La escritura encubierta

Dolores Medio y ‘La Regenta’

Ricardo Labra se adentra en las vetas clarinianas de otra gran escritora ovetense, la autora de 'Nosotros, los Rivero'.

/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /

Pocos comienzos de una obra de ficción son tan memorables como el de La Regenta: «La heroica ciudad dormía la siesta». Pero ¿qué quiere decirnos realmente Alas Clarín con este arranque prodigioso en el que apenas en seis palabras sintetiza su novela? Pues que la ciudad reflejada en sus páginas se resistía a abrirse a los nuevos vientos modernizadores y secularizadores que recorrían las ciudades europeas. Alas Clarín nos presenta —nunca mejor dicho, desde el principio— una ciudad ensimismada y replegada sobre sí misma, que en todo momento se muestra refractaria a cualquier cambio que pudiera alterar sus vetustos equilibrios, y que, por lo tanto, se recrea en dormir la siesta en el regazo de la historia.

Cabe preguntarse cuánto duró esa siesta en Oviedo, aunque, siguiendo los propios avatares de la recepción de La Regenta, hay que presuponer que sus efectos fueron largos y que la ciudad tiene una tendencia natural a recaer, de vez en cuando, en los melifluos influjos de su ancestral somnolencia. Si asociamos la damnatio memoriae de La Regenta y del legado intelectual y creativo de Alas Clarín con la etopeya de Oviedo, podemos encontrarnos con algunos hechos sorprendentes que alertan de la subrepticia presencia de su inveterado letargo.

Sirva a modo de cercano ejemplo lo que sucedió con el Parque Clarín, cuyo nombre aprobó el Ayuntamiento de Oviedo en pleno del 11 de enero de 1994; pues bien, en dicho Parque Clarín se construyó el edificio Calatrava, más conocido como el centollu, por lo que desde 2008 el minúsculo jardincillo que quedó a su entrada forma parte de la calle Arturo Álvarez Buylla. Del antiguo nombre de Clarín nadie sabe ni se acuerda, ni mucho menos responde: ¿damnatio memoriae, somnolencia o letargo?

Pero esta percepción de Oviedo como ciudad tendente a replegarse sobre sí misma, a enrocarse sobre sus murallas ancestrales en torno al baluarte de su pináculo catedralicio, no es exclusiva de Alas Clarín, al que en todo caso solo puede achacarse la responsabilidad de haber sido el primero en metaforizarla. Dolores Medio, autora de otra de las más memorables novelas de Oviedo, Nosotros, los Rivero, inicia la historia de los Aguiluchos-Quintana con una afirmación más categórica que la del autor de La Regenta: «Oviedo es una ciudad dormida». Indicando al lector que la ciudad no solo permanecía replegada sobre sí misma, sino totalmente emponzoñada por su reptiliana hibernación. Una ciudad que no solo sesteaba, con sus momentos de lúcida vitalidad, sino que estaba completamente dormida bajo el ataráxico tósigo de sus vigencias. Este arranque de Nosotros, los Rivero presenta un doble mérito, si se tiene en cuenta que la novela —ganadora del premio Nadal 1952— se publica en 1953, durante uno de los periodos más duros de la damnatio memoria clariniana.

La escritora, con este inicio, no solo hace una reivindicación del genial escritor olvidado, sino que actualiza intensificadoramente la negativa visión clariniana de una vieja ciudad de provincias. La ovetense, dándole otra vuelta de tuerca, todavía aplica matices más oscuros para hilvanar la trama que trenza los pasos de sus personajes: «Oviedo es una ciudad dormida» —parece decirnos la escritora— que destruye a sus más sensibles y lúcidos habitantes (todavía es muy reciente el caso López Otín para recordárnoslo). Quizá por ello, en la ficción de sus páginas, solo cabe para los Aguiluchos la huida de la ciudad —como hacen Heidi y Lena, e incluso María Rivero o la corrosiva destrucción de cualquier anhelo e ideal.  

Si bien lo más singular, y sobre todo más significativo, se encuentra en la inversión de los términos que hace la escritora. Su novela tiene como escenario Oviedo, así lo identifica y nombra no solo desde el inicio, sino en todo momento a través de su callejero. No hay duda: la escritora toma como marco de su ficción la ciudad de Oviedo, pero en cambio la dedicatoria general del libro la hace a Vetusta: «A la inmortal Vetusta, con mi devoción sincera». Si se tiene en cuenta que la dedicatoria debe considerarse como un paratexto que no pertenece a la propia ficción de la novela sino a la realidad, por su naturaleza fáctica y testimonial, nos encontramos ante una dedicatoria metaliteraria dirigida a una ciudad —la propia y vivida— metaforizada en las páginas de una novela: La Regenta. Una dedicatoria que contrasta intensivamente con el inicio de Nosotros, los Rivero, amplificando connotativamente sus significados.

Dolores Medio introduce en este binomio Vetusta/Oviedo una nota aclaratoria que contribuye a incrementar la especular resonancia de sus interacciones. Buena conocedora de las funestas consecuencias que ocasionó a Alas Clarín, y sobre todo a su familia, la publicación de La Regenta, la escritora evoca indirectamente estos hechos al señalar preventivamente, para que las iras de Vetusta no recaigan sobre ella, que: «Es deseo de la autora que nadie se sienta aludido ni ridiculizado en la novela. Aunque esta se desarrolla en Oviedo y por ella van desfilando sus calles, sus plazas, sus monumentos y ciertos sucesos históricos, declara que los personajes son imaginarios. Todo parecido con personas o hechos reales es pura coincidencia».

Dolores Medio no quiere que Nosotros, los Rivero se convierta en una novela de clave, donde los ciudadanos de Oviedo se busquen incesantemente por sus páginas. Vano intento que solo sirve para señalar anticipadamente —más que para conjurar, visto el precedente clariniano— sus recelos sobre la acogida de su novela en la ciudad. Una ciudad que no duda en describir crudamente a través de la sucesiva trama de su ficción:

«Oviedo era una ciudad de prejuicios y de intereses creados, que, como las viejas capitales provincianas, amaba el orden sobre todas las cosas y tenía muy arraigado el concepto del honor al antiguo estilo. Todo lo que representase una innovación o un desquiciamiento de su vida apacible era recogido con recelo, cuando no rechazado sin miramientos de ninguna clase».

Tal parece que hable de Alas Clarín y de La Regenta. Aunque también cabe preguntarse si quien describe así su ciudad la ama realmente o es fruto de su animosidad y resentimiento. Y yo puedo afirmar que hay que querer mucho a una ciudad para ponerla en el centro de las propias tribulaciones, para estudiarla y analizarla íntimamente como el arcano más preciado de la memoria. Solo quien intenta dilucidar su ciudad con la intención de abrirla a las coordenadas de su tiempo la ama profundamente, caso de Alas Clarín y de Dolores Medio, así como de todos los escritores que se han abismado creativamente por sus calles en su denodado intento de convertirlas en una obra de arte.

El Oviedo que nos presenta Dolores Medio en Nosotros, los Rivero es el de una ciudad vieja, resabiada, murmuradora y replegada sobre sus sinuosas espirales de piedra, donde: «[t]odavía durante los veinticinco años del siglo actual, conservaba Oviedo la vieja estampa de una histórica ciudad dormida, que no acababa de incorporarse al ritmo acelerado de la vida moderna».

La Regenta puede que no haya tenido muchos lectores durante la primera mitad del siglo pasado, como señaló Alarcos Llorach durante la conmemoración del centenario de Alas Clarín, pero Dolores Medio demuestra que sí tuvo lúcidos valedores que la supieron salvaguardar de las inhóspitas aguas del olvido. Por eso resulta tan relevante la reivindicación literaria de la dedicatoria de Nosotros, los Rivero, porque implica la vinculación deliberada de la novela con las contingencias clarinianas. La escritora ovetense, aunque desarrolle una trama en su novela muy diferente a la de La Regenta, sabe conjugar y actualizar encubiertamente los resortes idiosincrásicos que caracterizan la Vetusta clariniana. Nosotros, los Rivero tiene más concomitancias con una Bildungsroman —ya que, al margen de la decadencia de una familia, la novela cuenta sobre todo la forja de una escritora—, por lo que alguna despistada crítica, al ser también galardonada con el premio Nadal, quiso identificarla con Nada de Carmen Laforet.

Dolores Medio, aunque el tema y las pretensiones de su novela sean diferentes a los propósitos de Alas Clarín en La Regenta, no dejó de hacer en sus páginas algunas veladas referencias a quien debió ser uno de sus escritores más dilectos. Sabido es que Leopoldo Alas Clarín solía utilizar los espacios religiosos —la catedral, fundamentalmente— para ubicar los fragmentos más significativos de sus obras; por ejemplo, La Regenta finaliza con el beso robado de Celedonio a Ana Ozores: «Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo»; y Su único hijo lo culmina igualmente en un recinto religioso, cuando la Gorgheggi le dice a Bonifacio Reyes que el hijo que acaban de bautizar no es suyo: «Más el rostro de Serafina volvió a asustarle. Aquella mujer tan hermosa, que era la belleza con cara de bondad para Bonis… le pareció de repente una culebra». Vemos en estos dos sustantivos fragmentos como Alas Clarín utiliza la metáfora de un anfibio —«un sapo»— y el símil de un reptil —«una culebra»—con la intención de representar simbólicamente la degradación humana en el lodazal de sus bajas pasiones. Pues bien, Dolores Medio sigue los pasos de su maestro, ubicando uno de los episodios centrales de la novela —el intento del capitán Jáuregui de pervertir a Lena Rivero— en el claustro de la catedral, un ámbito netamente religioso, para comparar bajo el símil clariniano los andares del capitán Jáuregui con los de un reptil: «Jáuregui se embozó en su hermosa capa azul y roja. Sonrió desdeñosamente y, caminando sin hacer el menor ruido, como si en vez de andar reptase, salió del claustro».

 «Oviedo es una ciudad dormida» que mantiene muy despierta la imaginación y la lucidez de sus escritores.


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Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.


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2 comments on “Dolores Medio y ‘La Regenta’

  1. Esa foto no es Dolores Medio sino Carmen Laforet

  2. j m ferrandez

    Seguramente eran hermanas gemelas y se hacían fotos idénticas porque Google ofrece la misma foto de ambas escritoras

Responder a j m ferrandezCancelar respuesta

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