/ un relato de Rodolfo Elías /
Si quieres saber lo que realmente siento,
yo creo que la música me metía en el tiempo.
Julio Cortázar: El perseguidor
Se oían en el radio las primeras notas de A day in the life, con los Beatles, y en ese momento le cruzó un pensamiento que lo distrajo. Cuando menos acordó, la pieza estaba llegando a su fin. «Qué raro», pensó el hombre, «cómo avanzó rápido la canción». No le dio mucha importancia. Antes de meterse a bañar le echó un vistazo al reloj de la pared; eran quince minutos después de las siete de la mañana. Cuando salió de bañarse, en el radio estaban dando la primera capsula de noticias de las nueve. «No puede ser», se dijo. «¿A poco hice casi dos horas bañándome?». Estaba confundido. Pensó que quizá vio mal el reloj, aunque había puesto el despertador para las 7:00 a.m. Parecía que el hecho de estar de vacaciones, y no tener obligación esa semana, le estaba causando demora en sus actos.
Tomó el desayuno y después empezó a trabajar en sus finanzas. Para eso puso un CD de Dave Brubeck, Time Out. Comenzaba Strange Meadowlark en el momento que recibió un texto, mismo que leyó en seguida sin demorarse. Cuando puso el celular en la mesa, se dio cuenta que la pieza en el tocadiscos estaba llegando a su fin. «¡Es imposible!», gritó exasperado. «Es una pieza de siete minutos. Y no me tardé siete minutos para leer un estúpido texto». Le marcó a un amigo, para contarle lo sucedido, pero esteno contestó. Luego a otro, con el que tampoco pudo comunicarse. Finalmente le contestó una amiga, pero en cuanto se disponía a relatarle el asunto, la llamada se cortó y ya no pudo comunicarse.
Estaba conmocionado. Necesitaba tranquilizarse y distraerse un poco. Quiso escuchar algo de música clásica, que era lo que hacía cuando estaba alterado. Optó por la Sinfonía No. 9, de Dvorak. A la mitad del primer movimiento empezaba a agarrarle sabor y a regocijarse, cuando lo cogió una carraspera que casi se convirtió en un ataque de tos. Tomó agua y corrió al baño a sonarse la nariz. Regresó a la sala y ya estaba empezando el cuarto movimiento… Ya no quiso pensar nada.
Se sentía enormemente abrumado y hasta burlado; sin poder culpar ni reclamarle a nadie. Sin energía para nada, se dispuso a tomar una siesta. Quería privarse por un rato de lo que estaba viviendo.
Despertó a las ocho de la mañana de otro día. «Dormí más de veinte horas», pensó. Lo peor de todo es que ni siquiera se sentía descansado. La batería en su teléfono celular estaba totalmente descargada y tuvo que enchufarlo. Cuando encendió el celular vio que tenía varias llamadas perdidas y algunos textos. En eso se fijó en la fecha; habían pasado tres días. Espantado, pensó que se estaba volviendo loco. Se acostó otra vez y se quedó un largo rato viendo al techo.
Se levantó y se enjuagó la cara. En ese se instante la luz del sol se posó sobre la ventana, como pasaba al mediodía. Se asomó al patio trasero y llamó su atención el reloj solar que había comprado hacía unos días. Le cruzó un pensamiento que, aunque era bastante descabellado, no descartó; especialmente después de lo vivido en los últimos tres días. Cuando salió al patio, escuchó el camión escolar que pasaba a la una; nada más entre el vistazo que echó por la ventana y el tiempo que le tomó salir. Convencido, tomó el reloj solar y salió con él de su casa. «Tome», le dijo al anciano dependiente de la casa de empeño donde lo había comprado. «No le hace que no me devuelva mi dinero. Quédese con su cacharro». Puso el artefacto sobre el mostrador y salió sin esperar respuesta.
Cuando llegó a su casa estaba jadeante y sudoroso. Después de enjuagarse la cara en el baño se vio en el espejo y horrorizado notó que su pelo era entrecano. Marcó inmediatamente el número de la casa de empeño. La primera respuesta que recibió fue que no iban a devolvérselo. «Demasiado tarde», le dijo el anciano. «Al quedarse con el reloj solar, el tiempo avanza de una forma anormal. Pero al deshacerse de él, el tiempo se acelera vertiginosamente. ¿No se acuerda cómo me veía yo hace cuatro días, cuando pasó a comprarlo?».

Rodolfo Elías, escritor en ciernes nacido en Ciudad Juárez y criado en ambos lados de la frontera, colaboraba con la revista bilingüe digital, hoy extinta, El Diablito, del área de Seattle. Sus textos han sido publicados en la revista SLAM (una de las revistas literarias universitarias más prominentes de Estados Unidos), La Linterna Mágica y Ombligo. En la actualidad trabaja en dos novelas, una en inglés y otra en español.
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