Laberinto con vistas

El Jardín

Antonio Monterrubio escribe sobre el Living Theatre, una utopía de paz y amor, «revolución anarquista no violenta», hoy casi olvidada.

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Paradise now es la obra más emblemática del Living Theatre. Con ella, el grupo mostró a la sociedad adocenada y conformista de su época que el paraíso no era el de la Biblia, ni menos aún el de Selecciones del Reader’s Digest, la publicidad de los soap operas o el confort a plazos. Por más que se reflexionara sobre «just what is it that makes today’s homes so different, so appealing?», como se preguntaba Richard Hamilton en su cuadro precursor del pop art, la respuesta seguía estando en el viento. Juguetes para adultos y lujos de imitación tampoco parecían las llaves que abrían las puertas del Edén. El Living se empeñaba en que este podría estar en cualquier lugar, siempre y cuando uno accediera a cambiar radicalmente, o sea de raíz, su manera de pensar, y a renovar su vida y sus valores.

El montaje estaba pensado a modo de sucesión de escalones en un ascenso hacia otro mundo, otra sociedad, otra vida, o más bien hacia una forma distinta de vivir. El público era parte fundamental en la puesta en escena. Se trataba de una fiesta colectiva donde actores y espectadores eran invitados a un viaje esencial y trascendente, el único indispensable. Elemento decisivo en este ritual de liberación era la expresión corporal y la salida al exterior de la energía reprimida e interiorizada, su transmutación en impulso positivo. El texto de la obra ocupa dos o tres páginas. Actores y público debían recorrer ocho vías paralelas que iban de la multiplicidad a la unidad, de la oscuridad a la luz, del mal al bien. La meta era unificar teatro y vida. Todo se basaba en la premisa, desgraciadamente demasiado optimista, de que el hombre es bueno por naturaleza. La solución estaría en despojarse de cuanto le impide ser realmente él mismo, mostrar su genuino y sepultado yo.

Los que vivieron la experiencia iniciática de asistir en directo a una representación del Living Theatre salieron conmocionados por su intensidad. Del principio al final de su trayectoria, Julian Beck y Judith Malina sostuvieron con una energía vital y artística ilimitada su utopía de paz y amor, su «revolución anarquista no violenta». Hoy han sido casi olvidados. Paradise now se desvaneció entre las sombras. Como anota Carlos Granés, «la visión del Paraíso que quedó fijada en la retina de Occidente fue la que nos trajo Andy Warhol: una mezcla de lo mejor de los dos mundos. Aunó la revolución sexual de los hippies, con sus drogas y su deleitable manera de emplear la vida en labores creativas, a la complacencia con la sociedad, el capitalismo, la fama, la diversión y el dinero» (La invención del Paraíso). Ante la deslumbrante buena nueva de ese Edén inmediato al alcance de mí, me, conmigo, poco podía hacer la vía estoico-epicúrea que preconizaba el Living Theatre hacia uno que fuera para todos, y no personal, intransferible y de admisión reservada.

No somos pocos los que recordamos con emoción y gratitud a aquellos maravillosos y auténticos rebeldes que jamás dieron un paso atrás ni se rindieron. El Paraíso debió dejarse para más tarde. Nuestro sino es el Preparadise sorry now con el que Fassbinder tituló una de sus piezas. Pero los mitos utópicos que el grupo propuso subsisten como un horizonte al que es necesario tender asintóticamente si queremos salvar algo de lo que nos hace humanos. Ellos permanecieron fieles toda su vida a la causa de la fraternidad, la igualdad y la libertad. Los muy ingenuos ignoraban que esta consistía en tomar una caña y unas bravas espatarrados en una terraza «in Plaza Mayor». La de sinsabores que podrían haberse ahorrado si hubieran sido tan agudos como nuestros conciudadanos de hoy. Claro que ellos probablemente fueron más felices y tuvieron una existencia más plena.

«Empapar a la gente con una belleza tal/ que todos deseemos aplastar la fealdad, destruirla y convertir su energía en vida». Son palabras de Julian Beck en The life of the Theatre, publicado en español con el escueto título Living Theatre. Se trata de un libro caro a mi corazón, pues fue el primero que le regalé a mi compañera. Una de nuestras muy tempranas charlas versó sobre el teatro de creación colectiva, entonces en candelero. Entre las hojas descansan dos billetes de tren de un modelo hace tiempo caducado. Corresponden a un trayecto de solo 24 kilómetros hacia un lugar junto al agua. Llevan marcada la fecha: 2 de julio de 1975. Y siempre he sentido a mi lado la luz y el aliento de un verano eterno, el Jardín que me ha sido dado conocer y disfrutar.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Recientemente se ha publicado en un volumen la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) en la editorial Semuret.


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1 comment on “El Jardín

  1. ❤️‍🩹

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