Creación

El jugador de damas, 17: «Lucila»

Nueva entrega de una novela de Antonio Aledo Sarabia.

/ una novela por entregas de Antonio Aledo Sarabia /

El jugador de damas, 16

El club

José Luis no creía que su hermano hubiese hecho realmente un pacto con el diablo. Pero sí que de alguna forma, mediante ciertos poderes, había llegado a ver en el futuro la combinación ganadora de la lotería. De eso estaba convencido, como también de que la dichosa almohada se había desintegrado contra toda lógica. Quizá a alguien en el pasado o en el futuro, o en otro lugar del espacio, le apareciera por arte de magia una almohada debajo de la cabeza. Lo fantástico no es más que algo cuya causa desconocemos. Por lo tanto José Luis, en aquella época, fundó un club para el estudio de fenómenos paranormales cuya primera y casi única regla era no dar nunca nada por sentado.

Puso un anuncio en el periódico y empezó poco a poco a ir llenando con personas de carne y hueso los sillones imaginarios de su club social. Desechando a los locos y borrachos que al principio rondaron el club, se componía de gente a la que alguna vez le había pasado, habían visto u oído algo extraordinario. Eran personas normales y corrientes que habían tenido un encuentro con lo sobrenatural y ahora lo recordaban. Como turistas que han salido de su pueblo y vuelven contando sus experiencias, algunos mostraban fotografías, pequeñas pruebas que no superaban la incredulidad de los incrédulos, otros solamente los ojos abiertos y asombrados.

La búsqueda

Por aquella época, con 27 años y casi un centenar de novias a sus espaldas, se decidió por fin a buscar a la mujer que habría de acompañarlo el resto de su vida. A partir de esa decisión ninguna le parecía bien, incluso llegó a estar, cosa que no le había pasado desde los doce años, más de dos meses sin salir con nadie, y cuando lo hizo la ruptura se precipitó con más facilidad que antes. Deseó haber sido menos atractivo, uno de esos hombres corrientes que solo encuentran, y eso con dificultad, una mujer que les haga caso y se aferran a ella como a un destino. Aquellos, por ejemplo, a los que le cae un coche en una rifa o lo heredan de su padre conviven con él con mucha mayor facilidad que los otros, esos que lo han escogido entre muchos. Él conocía al típico indeciso, tarda medio año en comprarse un coche, mira todas las marcas, visita todos los concesionarios y cuando por fin se decide, lo cambia descontento a los pocos meses. A él le pasaba igual, el número de posibilidades a su alcance lo abrumaba. ¿Cómo escoger a la mujer correcta?

El hombre oráculo

Se imponía pedirle consejo a Miguel Catalán. Miguel fue el primer miembro del club. No se consideraba a sí mismo un caso interesante como Ignacio, el dueño del Fenómeno, que había desaparecido durante quince años, simplemente aglutinaba en él la coincidencia, era como un embudo que recogiera las moléculas dispersas de la casualidad y las hiciera confluir en un punto. Un hombre oráculo. Si alguien le planteaba un problema vital él cogía un libro al azar, subrayaba un párrafo al azar, y ese párrafo era la respuesta al problema.

Sus oráculos no eran precisos, no eran del tipo un número de lotería o un caballo ganador, necesitaban, como todos los oráculos, una interpretación. Tampoco acertaba siempre. Un grupo de científicos de la Universidad de Valencia (su fama había llegado hasta allí por el conocido de un pariente que trabajaba en el Departamento de Química de esa Universidad) lo estuvo estudiando durante una semana con resultados desalentadores. Miguel decía que su magia se manifestaba solo cuando el oferente le planteaba un problema verdaderamente vital. Juan Montero, por ejemplo, el famoso escritor, aún estaría leyendo libros en el parque si no hubiera sido por él.

Juan se destinó a sí mismo a la literatura desde muy joven. Sus amigos habían sido los libros, sus novias habían sido los libros, sus juguetes, sus travesuras, sus fiestas, sus pantalones cortos, su leche con galletas, todo los libros. No había vivido una vida real y esperaba vivir una vida ficticia. Pero esa vida ficticia no llegaba. Por más que se preparaba para escribir devorando páginas y páginas su mano era incapaz de manchar un folio. Lo intentaba con toda su alma, pues si después de haber sacrificado su vida no obtenía esa compensación habría vivido en vano.

Había leído en unas cartas de Miguel Hernández, el poeta oficial de la ciudad, enviadas a no sé quién desde Madrid cuando más difícil era su situación económica, que no podía comprar libros por no tener dinero, que no podía leer por no tener libros y que no podía escribir por no leer. Esas palabras eran su sancta santorum. Probablemente él no había leído lo suficiente. Además de cantidades ingentes de novela leía poesía, historia, filosofía, ciencia. Nada, no avanzaba ni un ápice.

Absolutamente desesperado empezó a trabajar en una notaría. Por las tardes seguía leyendo, por la noche seguía luchando, ya sin esperanza, contra cuatro frases rebeldes. Cuando conoció a Miguel era un fracasado al que una vez le dieron un premio en un concurso de cuentos, las únicas tres páginas coherentes que había escrito.

Una noche de borrachera e intimidad, como una pregunta retórica, le preguntó a Miguel qué podía hacer.

—Ven mañana a la biblioteca y te daré una respuesta.

Y allí estaban los dos en la biblioteca vieja, escarbando al azar en los ficheros, pidiendo al azar un libro, abriendo al azar el libro y subrayando al azar una frase (todo esto lo hacía Miguel con los ojos cerrados) y la frase decía simplemente: «Cuando estoy escribiendo una novela, me es imposible leer».

Juan había acudido allí como un juego, pero la coincidencia le erizó hasta el último vello. Era evidentemente una casualidad. Pero una vez recuperado de la sorpresa empezó a pensar en la respuesta del oráculo. Fue como si le iluminaran un camino que hasta entonces había estado oscuro. Dejar de leer. Eso era. Había utilizado los libros como un inválido las muletas. Debía empezar a andar.

Su primera novela, dos años después, fue premio Nadal. Su cuarta novela, la buena según la crítica, había sido traducida ya a más de veinte idiomas. Cada nuevo libro se lo enviaba a Miguel con una larga carta de agradecimiento.

José Luis también quería explotar su talento. Después de meses en un laberinto se le ocurrió por fin preguntar a su amigo. Muchas veces la proximidad de una solución nos impide verla, lo más sencillo se esconde tras una idea preconcebida de dificultad.

Fueron otra vez a la biblioteca pública. Yo tuve la oportunidad de asistir en directo al evento. Algo así como un testigo imparcial. Como era tarde y la sección de novelas se pierde en un vericueto del pasillo, Miguel pudo efectuar el rito con los ojos vendados, pasar las yemas de los dedos sobre los lomos que reposaban en los estantes. Un poco de teatro inofensivo que nosotros aceptamos con el fin de encontrar la receta de la novia ideal. Si dice morena excluiré a todas las rubias, si dice zurda a todas las diestras. José Luis no quería más que eso, un indicio, alguna clave para descartar aunque solo fuera una pequeña porción del género femenino. ¿Y si el libro habla de los esquimales? Se preguntó cuando Miguel pasaba los dedos sobre los libros de geografía. ¿Y si habla de esas mujeres jirafa que a fuerza de aros de metal alargan sus cuellos desmesuradamente? Cansado de representar Miguel giró rápidamente y cogió en el estante opuesto el primer libro que se ofreció a su mano. Se trataba de Rayuela, lo abrió y marcó un párrafo con el lápiz. ¡Ya está! Proclamó. José Luis se lanzó a leer su destino. Decía así: «Como si se pudiera escoger en el amor, como si el amor no fuera un rayo que te quiebra los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige, vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto». Era sorprendente que la respuesta estuviese relacionada con la pregunta, pero para mi gusto era demasiado vaga. José Luis sin embargo la aceptó como palabra de dios, consideró esa respuesta como un compromiso. De alguna forma, así lo veía, alguien le aseguraba ocuparse del asunto. Él no tenía que hacer nada. Y eso fue lo que hizo. Pronto se desencadenaría la tormenta de la cual saldría el rayo que le quebraría los huesos. Estaba escrito. Solo tenía que esperar.

Durante más de un año le fue fiel a su futura esposa como si ya estuvieran casados. Se acostumbró a preguntar sus opiniones, a indagar sus gustos. La sentía ocupando un lugar en la cama. El día de los enamorados le regaló una orquídea. El interés por el club (que había transcendido las fronteras locales) y el amor por su mujer eran los dos pilares de su existencia.

El club se había ido expandiendo y recibía cartas de toda España. Llegaban incluso de Argentina y de Francia. Cada seis meses se publicaban en una revista. La mayoría se referían a objetos voladores no identificados y a manifestaciones de los muertos. La más interesante le llegó en Junio y pedía expresamente no ser publicada. Venía de Galicia.

La tercera carta: el cazador de sueños

Estimado señor. He llegado por casualidad a conocer su afición por lo extraño. Permítame que no la comparta. Bastantes males me ha causado ejercer, contra mi voluntad, la horrible facultad de transitar por las secretas galerías del alma de las personas que duermen a mi lado. No hacen más que dormirse y me lo cuentan todo. Con palabras y con imágenes. Veo y oigo su pasado como en una película, o mejor, como en una novela. No ha sido fácil para mí soportar las noches en compañía. Dormí de niño con un hermano mayor en la misma habitación y desde el principio sus secretos nos enemistaron. Él creía que le espiaba porque sabía cosas que no podía saber. Cuando mi padre, por ejemplo, que siempre había estado loco, montó en cólera porque le habían roto su pluma estilográfica, me acusaron injustamente. Yo sabía que había sido mi hermano porque lo había visto en sus recuerdos. Di tantos detalles que en lugar de descartar sus sospechas las confirmaron. Mi padre me zurró por haber roto la pluma y mi hermano por haberme chivado.

Mucho peor fue en la mili. No se puede usted imaginar la bajeza moral de la tropa. Todas las noches vivía un infierno de vergüenza ajena. Y de miedo, pues algunos de mis compañeros eran delincuentes que incluso cargaban muertes a sus espaldas. Un día desapareció un subfusil de los armeros. Uno de mi compañía, precisamente el que dormía más cerca, lo había sacado del cuartel y lo había enterrado en el bosque. Era de la ETA. Pensaba el palurdo que aquello se olvidaría rápidamente, dada la imposibilidad de encontrar al culpable, y que él podría desenterrarlo cuando se licenciara. Se equivocaba. Se armó la de Dios es Cristo. La amenaza más terrible pendía sobre las cabezas de todos nosotros. Lo delaté en secreto al capitán y llevé a este al lugar donde estaba enterrada el arma. Naturalmente me consideraron cómplice y pasé tres años en un penal militar.

Por la celda pasó toda la escoria humana. Como en un Juicio Final todos me relataban noche tras noche sus pecados. El cuadro de los deseos que el hombre oculta es escalofriante, créame. Después de esos tres años juré no volver a compartir cama con nadie. ¡Cuánto mejor me hubiera ido si hubiera cumplido esa promesa! Si cuando me casé hubiera impuesto como condición dormir en habitaciones separadas, mi mujer lo hubiera considerado una excentricidad, pero al cabo de algunos meses se hubiera acostumbrado. No lo hice y eso fue mi perdición.

Sin embargo al principio estuvo bien. Por de pronto logré conocer al dedillo su pasado y en contra de mi temor no era reprobable. Algún pecadillo venial con miembros del sexo opuesto, algún tocamiento homosexual que no llegó a más, pequeñas violencias sin importancia, pequeñas mentiras. Nada serio. En general había sido una buena chica. Por otra parte era extraordinario escuchar cada noche sus deseos sexuales y satisfacerlos. Pasé medio año babeando, pensando solo en lo que ella quería (inconfesablemente) que le hiciera por la noche. Todo se acabó cuando esos deseos dejaron de referirse a mí. No es bueno no poder tener secretos.

Desde que me divorcié empleo este don miserable para conocer la interesante y excitante vida de las prostitutas. Ellas no saben que pagando una noche tengo todas las otras. Si lo supieran me cobrarían más.

Claro que conozco la utilidad que se podría sacar de mi peculiar telepatía. Ningún inocente estaría en la cárcel, ningún terrorista podría mantener oculto el emplazamiento del secuestrado o el lugar donde ha escondido las bombas. Los maridos celosos me contratarían para saber la verdad. Alguna vez he pensado darme a conocer y nunca me he atrevido. Me frena el recuerdo de la cárcel, quizá volviera a ella. Presiento que de alguna manera saldría perdiendo. Por eso le ruego que no publique mi caso. Si quiere venga a verme, necesito hablar con alguien que me crea. Si quiere puedo hacerle una demostración y revelarle su propia vida. En verano Galicia es el lugar más bello del mundo.

La visita

Así concluía la carta. Ese verano fue a visitarlo. Andrés Tejeiro, así se llamaba, le dio por escrito un relato fidedigno de su vida. Afortunadamente José Luis no tenía nada que ocultar. Como el paseante al cual un pintor ambulante en los malecones de una ciudad turística dibuja en pocas horas con un parecido exacto, José Luis se vino, después de cinco días en los cuales Andrés, para compensar, le contó pormenorizadamente su pasado, con un recuerdo pintoresco bajo el brazo y una incipiente amistad.

Lucila

Cuando regresó le estaba esperando la segunda sorpresa. Miguel se presentó impaciente en su casa con un recorte de periódico donde se daba cuenta de una mujer, una muchacha en realidad, ingresada en el psiquiátrico del Palmar. La habían encontrado vagando por las calles, vestida con una especie de sábana y hablando una lengua extraña que parecía latín. Efectivamente lo era, aseguraba un profesor universitario, pero debido a su estado de excitación nerviosa sus palabras eran absolutamente incoherentes. No tenía documentos, no la conocía nadie. Un objeto perdido que nadie reclamaba.

El mes de Julio había alcanzado su punto álgido. El calor, con los pies descalzos, pisaba el cerebro de los exiliados en el interior de la ciudad como si fueran granos de uva, dejándolos convertidos en una pasta gelatinosa y líquida. Todo se volvía irreal en ese infierno de cuarenta grados a la sombra. En la costa, a los privilegiados que se refrescaban en su centímetro cúbico de agua, todo les parecía festivo, alguien inventaba noticias para su diversión al igual que alguien asaba en los chiringuitos sardinas para su almuerzo. Por una razón o por otra el caso de la muchacha pasó desapercibido. Los organismos que tenían que haberse ocupado del caso estaban cerrados por vacaciones. El profesor que habló con ella en latín era de Zaragoza y se encontraba allí por casualidad camino de La Manga.

Cuando Miguel y José Luis, el 2 de Agosto, se presentaron en el psiquiátrico solicitando entrevistarse con la muchacha nadie sabía qué hacer. Los jefes estaban ausentes. El personal era contratado en su mayoría y apenas llevaba dos días en el puesto. José Luis se presentó como el editor de la revista La Luciérnaga y eso parece que terminó con la general actitud de indecisión. Miguel iba cargado con una máquina de fotos muy profesional y todo el mundo puso su mejor cara cuando los enfocó. No eran horas de visita, pero la prensa es la prensa.

El enfermero más antiguo tomó el mando de las operaciones. Ya que no estaban los jefes la entrevista se celebraría en la sala de reuniones. La sala de reuniones era una enorme habitación con cuatro ventanas de cristales rayados y sucios orientadas a sur. En invierno tanta luz debía ser agradable, pero en verano podía pasar perfectamente por una sauna. Las sillas no estaban arracimadas alrededor de la mesa redonda que dominaba el espacio, sino discretamente apartadas, pegadas a la pared. Esa sala se utilizaba básicamente para los aperitivos del personal: cuando alguien quería celebrar su cumpleaños o su boda, cuando se marchaba después de muchos años, cuando la empresa quería festejar La Navidad. Un armario viejo en una de las paredes delataba que el cuarto servía esporádicamente de trastero. Sin embargo en la pared enfrentada a las cuatro ventanas, como mirando por ellas los setos y los naranjos bordes del jardín, una foto del rey empesgada con un cristal confería una dignidad oficial a la estancia.

Se sentaron en incómodas sillas sin acolchado. Los celadores habían ido a buscarla dejándolos solos. La inminencia de su aparición los puso tácitamente de acuerdo para no iniciar una conversación. El silencio era agradable.

La mesa de caoba se reflejaba en el espejo del techo, una lámpara. Su hierro negro asemejaba el camino de una rueda de presos, pero en lugar de presos eran penitentes con velas encendidas y culminando cada vela una bombilla de 40 vatios probablemente fundida. Dos moscas se buscaban la gresca entre las bombillas hasta que sus grandes ojos facetados se fijaron en las figuras humanas e inmediatamente echaron a suerte las presas. La que ganó escogió a Miguel, el más gordo y apetitoso de los dos. Aunque se había duchado por la mañana, el exceso de calor estaba fundiendo a marchas forzadas su grasa como si fuera la lengua congelada de un glaciar y, como iceberg a la deriva, moléculas de olor, solo perceptibles afortunadamente para las finas trompetas de las moscas, vagaban a la deriva por el atlántico del aire. La que perdió tuvo que conformarse con molestar a José Luis, inodoro, incoloro e insípido como el agua.

En cada una de las ventanas que daban a un patio interior, rejas de hierro negro en la parte de fuera más que impedir la salida protegían la entrada; a fin de cuentas aquello era un manicomio y por ese patio, entre los naranjos y los emparrados que lucían apretados pendientes de esmeralda, pasearían los locos cuando bajara el calor. Miguel había encendido un cigarrillo y ahora que la ceniza estaba a punto de caer buscaba con la mirada un cenicero. Estuvo a punto de no encontrarlo, tan grande y tan evidente era. Al final se percató de su presencia. El cenicero era enorme, tenía justo las medidas de la habitación. Su fondo, donde se arremolinaban multitud de colillas, estaba cubierto por un terrazo de color marrón muy aportillado, sus bordes eran las paredes que alguna vez habían sido blancas y que ahora amarilleaban con una pátina de polvo y de tiempo. Más tranquilo tiró al suelo la ceniza.

¿Por qué fumaba? Cuando los motivos de una decisión se han olvidado o invertido hace mucho queda el resultado de esa decisión como un absurdo. Miguel empezó a fumar a los catorce años para sentirse mayor, para fastidiar a sus padres, para oponerse a las señoras de la acción católica, para parecerse a Bogart. Ahora que iba a cumplir cuarenta años todos esos motivos le parecían ridículos y sin embargo allí estaba, encendiendo sus cigarrillos, como el cónyuge que aguanta a su pareja cuando ya no la quiere.

José Luis se preguntaba qué hacía en esa sala persiguiendo fantasmas. La gente común convive con el misterio sin darle importancia. El hierro de la reja de la ventana se formó hace millones de años, lejísimos, en el infierno de una estrella masiva que explotó como un globo pinchado y sin embargo la gente lo mira sin extrañeza, pensando solo que sirve para esto o para lo otro. Los árboles del jardín se desarrollaron a partir de planos microscópicos enrollados en semillas minúsculas y se utilizan sin más aspavientos como adorno o para protegerse del sol. Todo es tan misterioso como esa chica indocumentada que balbucía incoherencias en latín.

¿Solo ahora que estaba a punto de llegar ella cae en la cuenta de que ellos no saben latín? Sintió de pronto esa sensación que se tiene en los sueños de ir por la calle desnudo.

—¿Cómo vamos a comunicarnos con ella?

—No sé. Teníamos que haber traído un diccionario.

—¿Y si salimos corriendo?

—No es mala idea.

En ese momento se abrió la puerta. Entre dos enfermeros llegó custodiada. José Luis enseguida la reconoció; no en vano había estado un año durmiendo con ella en la misma cama, comiendo en la misma mesa. Le vinieron a la mente las palabras de su oráculo: «El amor es un rayo que te quiebra los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio». En un instante todo había cambiado. Quién era y de dónde venía carecía de importancia. Lo realmente importante era sacar a su mujer de allí y llevarla a casa. Apremiaba abrazarla y quitarle el miedo que se reflejaba en sus ojos castaños, sacar de los armarios su ropa y sustituir ese pijama verde por las holgadas camisas de lino que a ella le gustaban.

El asunto del idioma se resolvió solo: se había quedado mudo. Sin embargo su cabeza bullía de pensamientos. Mientras tanto Miguel, para ganar tiempo, estaba haciendo fotos; la luz de la habitación era suficiente y no necesitó flash. José Luis había asistido hace años a un gimnasio para aprender kárate. Solo llegó a cinturón verde, pero aprendió algunos golpes que bien aplicados podían dejar inconsciente a un ser humano. En la encrucijada que hace la frente con las dos cejas y la nariz, un golpe seco y duro a uno de los enfermeros desprevenidos. Al otro ya no sería tan fácil. Eran grandes, acostumbrados a la violencia. Aunque lo lograra sin escándalo, sin prevenir a todo el centro ¿cómo saldrían de allí? Además, había dado su nombre y el de la revista que dirigía. El rapto inmediato, que era lo que le pedían todas las células de su cuerpo, quedaba desechado. ¿Y ella? ¿No hubiera gritado? El hecho de que él la reconociera no desbarataba la realidad: para ella él aún era un extraño.

Tendría que venir todos los días, ganarse poco a poco su confianza, enseñarle el idioma. Necesitaba su colaboración para rescatarla. Afortunadamente aun le quedaban quince días de vacaciones y todo un mes a los jefes del psiquiátrico.

La muchacha se había sentado y los guardianes permanecían de pie, uno a cada lado, esperando la conversación que entabla el abogado con su cliente. Acuciado por la necesidad de decir algo se acordó de las palabras del ponente en una conferencia sobre delincuencia y marginación a la que asistió el pasado otoño: «La única forma de sacar de la marginación es la educación. Fíjense ustedes que el verbo latino educo tiene dos acepciones principales, la primera educar, enseñar, la segunda sacar a alguien de algún lugar». Ese era el verbo de la frase que tenía que pronunciar. El sujeto y el complemento indirecto se lo daba una frase eclesiástica. De algo debía servirle vivir en una ciudad repleta de campanarios. «Ego te absolbo pecati tua» ¿O no era así? Ego es yo, de eso estaba seguro, de ahí viene egoísta, egocéntrico. Tua era más dudoso. En la frase: «Yo te absuelvo de tus pecados», el adjetivo posesivo está en plural. Se acordaba que la a forma el plural en algunas declinaciones. Decidió suprimirla. ¡Qué lástima no haber prestado más atención a los tres cursos de latín que dio en el Instituto! Prácticamente solo aprendió que loca significa lugar. Está en las palabras local, localidad, etcétera. Algo es algo. Sacrificando la vergüenza en aras de la urgencia de la situación construyó esta frase:

—Ego educo tu loca.

Que pretendía significar que quería sacarla de aquel sitio. Como ella no comprendiera lo repitió más despacio, más alto, señalándose a sí mismo: ego educo, a ella: tú, y, haciendo un movimiento circular con el dedo índice, a la habitación: loca. Los enfermeros se sintieron incómodos. Ese chico parecía una buena persona, creían que de su boca iban salir palabras de aliento, que ella al oírlo se sentiría reconfortada, y en lugar de eso lo primero que había hecho había sido insultarla. Ellos sabían que ahora ya no se llama loco al enfermo mental. La palabra loco es algo del pasado, allí nunca se utilizaba. Iban a reprenderlo cuando la chica, de repente iluminada, como enchufada a una red eléctrica, empezó a hablar. Su voz era dulce, ese idioma en su boca sonaba como una canción. Hablando estaba aún más hermosa.

Nadie entendía nada y bien pronto ella se dio cuenta. Se quedó callada y, utilizando un idioma universal y eterno, le transmitió con una sonrisa que estaba dispuesta a recibir su ayuda. Él se acordó del título de un cuento de Jack London. Quizá no viniera al caso, probablemente fuera precipitada una declaración de amor semejante, aunque ella no hubiera leído el cuento y no lo comprendiera, pero ¿qué podía decir?  Así que, echándose disimuladamente una mano al corazón dijo en voz baja: Per semper idem. Ella volvió a sonreír. Aquello parecía un ligue de  discoteca de pueblo, sin embargo era absolutamente sincero. Por siempre igual, así será mi amor por ti, como en estos momentos. Aunque pasen mil millones de años.

—Mihi nomen est Lucila. Quod nomen tibi est?

—José Luis —dijo él. Y se dieron la mano.

El latín no es difícil.

Los enfermeros quedaron maravillados del entendimiento mutuo. Pronto todo el psiquiátrico tuvo noticias del encuentro. Aquel joven tan guapo sí que sabía hablar el idioma de ella y no ese viejo chivo de la Universidad.  Primero, según las habladurías, la conversación, amena y distendida como si fueran primos o hermanos que se reencuentran, había durado media hora. Después, al pasar la historia de boca en boca, fue aumentando de tamaño. Casi dos horas habían estado dándose nuevas de sus andanzas. Una planchadora estaba convencida de que eran novios a los que su familia les tenía prohibido verse y que habían urdido esa trama para darles esquinazo. De alguna manera la idea de que eran novios fue reforzándose a medida que se sucedían las visitas. Lucila había pedido un espejo y un peine (speculum, pecten) acompañando su petición con gestos inequívocos que llovían sobre mojado en la comprensión de los guardianes, pues era lógico que quisiera acicalarse antes de que viniera a verla su novio.

Este le había traído un diccionario con 30.000 palabras en la parte latino-español, con lo cual, de la noche a la mañana, se había convertido Lucila en la persona con más vocabulario de todo el recinto. Los conducían a la sala de su primer encuentro y allí los observaban. Él traía revistas ilustradas y libros con fotos y le enseñaba palabras.

—Gato —decía él señalando a un gato.

—Gato —repetía ella. Felis.

—Efectivamente: Felix el Gato. ¿Veías los dibujos?

Ella se reía aunque no comprendiera la broma. Cosas así. Los guardianes echaban a suertes a quien tocaba vigilarlos durante las horas que pasaban juntos. Alguno, más comprensivo, se ausentaba para dejarlos solos. El trabajo en Agosto caía bastante, como si los locos, de alguna forma, también estuvieran de vacaciones. Después de las clases paseaban por el jardín. Lucila llevaba vestidos sencillos de algodón, sueltos o cogidos en la cintura, de colores claros. Él los había comprado en El Corte Inglés a un precio de escándalo aun en rebajas.

Cuando José Luis se iba parecía que el mundo se le caía encima. La pobre chica más de una noche se despertó gritando, bañada en sudor, tiritando de miedo.

Para consolarla se la llevaban a la sala de café del personal (ya era evidente que no estaba loca y su belleza inspiraba protección) y la sentaban delante de la televisión. Se quedaba horas y horas contemplando la pequeña pantalla, absorta, alucinada. Le gustaban sobre todo los anuncios. A fuerza de verlos una y otra vez aprendía de memoria, aunque al principio no las comprendía, las palabras que se pronunciaban en ellos. Después caía en una tristeza ensimismada.

—Pobre —se decían las limpiadoras, algunas de ellas abuelas—. Es joven. Aún no sabe que el futuro trae los problemas y las soluciones.

Los días de Agosto transcurrían lentos y largos. En la ciudad, orquestas de grillos aficionados se reunían en las calles tocando hasta despertar a un sol que se había acostado tarde. Solo José Luis tenía prisa. Desde el uno de Agosto, el mismo día que salió del psiquiátrico con el propósito de rescatarla, había mandado sus tropas a luchar contra el general verano y hasta ahora no había cosechado más que derrotas.

—Está de vacaciones.

—Vuelva usted en Septiembre.

—Yo soy nuevo, cuando se incorpore el titular…

Esas y otras parecidas eran las minas que hacían frenar su avance.

Miguel se reía porque, cuando comprendió que no era un caso paranormal más sino que su amigo estaba realmente interesado en la muchacha, no le hicieron falta sus dotes oraculares para pronosticar que hasta Septiembre no había nada que hacer.

Llegó septiembre por fin y, tras una operación retorno que dejó cincuenta y seis muertos en la carretera, pudieron entrar en el bufete del mejor abogado de Murcia.

—¿Cuál es el problema? —preguntó. Se lo explicaron—. Una vez comprobada su salud mental, lo cual no parece difícil, tenemos el simple caso de una emigrante ilegal. El juez querrá un contrato de trabajo, un matrimonio o dictará una orden de expulsión. Hay emigrantes que presentan la orden de expulsión dictada años atrás por un juez como sus papeles. Es curioso pero es así, una orden de expulsión vale tanto como un pasaporte. Si les parece bien orden de expulsión y mañana en la calle.

—¿Y matrimonio? —preguntó José Luis.

—Para el matrimonio la cosa se complica. Se puede tardar una o dos semanas. Deme el nombre completo de los contrayentes y el teléfono, ya lo avisaré.

José Luis explicó como pudo a Lucila que no tenían más remedio que casarse para salir de allí, naturalmente era una pantomima, un matrimonio de conveniencia ante un juez. Ella replicó como pudo que el único matrimonio que consideraba era el matrimonio ante Dios, y señaló una cruz vieja que había en una de las paredes. La madera negra de la cruz estaba carcomida y el cristo, de marfil, tenía los brazos rotos, razón por la cual lo habían sostenido en la cruz mediante dos franjas de esparadrapo, una que le pasaba bajo las axilas y le cubría el pecho y otra que le atravesaba los muslos.

A José Luis le sorprendió su salida. No se había preguntado por las creencias religiosas de la joven. No lo esperaba. Él mismo no era creyente a pesar de sus contactos con lo sobrenatural. Creía más en lo mágico que en los magos. Si existieran los magos se podría hablar con ellos, convencerlos. Si a él lo dejaran diez minutos con Dios, aparte de venderle un coche, podría persuadirlo, por ejemplo, de que hiciera desaparecer las enfermedades, las desigualdades sociales, la crueldad o la estupidez, de esos malos rollos no se beneficia nadie. Él creía en la magia porque la había visto de cerca, pero en una magia ciega e irracional. Lucila sin embargo era cristiana y quería casarse por la Iglesia.

En una ciudad repleta de iglesias, la mayor parte de las muchachas que había conocido habían estudiado en un colegio de monjas, habían sido bautizadas, habían ido a la catequesis, habían hecho la primera comunión. Después habían acompañado con velas en la mano a los santos que con cualquier excusa se sacan a la calle. De una chica de su anticuada ciudad se habría esperado, con una dosis razonable de certeza, que le pidiera una boda eclesiástica, pero no de ella.

A las opiniones les pasa como a los atuendos, que son elegantes, bellos, admirables o mezquinos según la categoría de la persona que los ostenta. José Luis, que hubiera tildado de pazguata esa propuesta venida de otros labios, en los de Lucila le pareció, después de pensarlo un poco,  encantadora. Viniera de donde viniera y fuera cual fuera su historia ese hecho la acercaba al paisaje común que él había vivido desde la infancia, la convertía en su paisana, en una chica que podía haber nacido muy bien en su misma calle.

Se casaron por la Iglesia. El ocho de Septiembre, el día de la Virgen de Monserrate, en la catedral. Acudimos la familia y los amigos de él. La novia estaba tan guapa que nadie indagó si era de buena familia. Cuando el cura le preguntó a Lucila si quería por esposo a José Luis no contestó un sí como es tradicional y preceptivo, contestó con una frase en latín que el sacerdote, conocedor del idioma, dio por válida. Per semper idem, dijo.

La historia de Lucila no acaba con la boda

Esa noche consumaron el matrimonio. Había empezado besándola y poco a poco fue siendo más audaz. Estaba dispuesto a detenerse a la primera insinuación de rechazo, pero ésta no se produjo, al contrario, ella lo animaba con sus jadeos como el público enfervorizado de un estadio anima a sus jugadores para que avancen. Él exploraba con los labios el terreno donde se instalaría y se decía a sí mismo: aquí levantaré una casa, allí haré un pozo, en ese lugar plantaré un jardín. Por el momento bastaba con tomar posesión. No quería asustarla. La trataba con tanta delicadeza, con tanta ternura, que parecía que el placer naciera directamente del amor que se tenían, sin necesidad de las terminaciones nerviosas de los órganos del cuerpo. Cuando la penetró, no es que se quedara defraudado hasta el extremo de repudiarla, de echarla de su cama y de su casa; no, simplemente el placer volvió a ser carnal. De repente estaba haciendo el amor con una mujer y no con un ángel. El hecho de comprobar que ella no era virgen le dio el punto de morbidez que llevan implícitas las relaciones sexuales. Ese descubrimiento lo bajó del cielo a la tierra. El resto de la noche no se comportaron como ángeles.

A la mañana siguiente partían de viaje. José Luis se lo enseñaba todo, utensilios tan comunes como un despertador o una cocina de gas eran para ella desconocidos más allá de las palabras que los designan. A pesar de eso estaba claro que Lucila no había nacido en la calle de Murcia donde la encontraron como a un pájaro caído de un nido, por más que José Luis, al principio, fantaseara con esa idea ¿No surgió Afrodita de las aguas en todo su esplendor? Era evidente que tenía un pasado y en ese pasado había habido al menos un hombre. ¿Qué podía esperar? La amaba tiernamente y la había hecho su mujer, pero mientras ignorara su pasado éste se cerniría sobre él como una espada ¿Quién le aseguraba que no aparecería un marido reclamando derechos? Sus padres o sus hermanos podían estar buscándola. Le preguntó a ella y ella contestó que su pasado era un sueño que había tenido y que había olvidado. Todo el mundo sabe que los sueños se olvidan en pocos minutos. No insistió porque vio que el tema la llenaba de sombras.

Sobrevolaron el Atlántico y olvidó su temor en un continente que aún conserva la pátina de nuevo como, pensó, el olor característico de los coches que vienen de fábrica y que perdura un tiempo. La había llevado a Canadá para ver el majestuoso salto de las cataratas y mientras todos los turistas y él mismo se extasiaban contemplando cómo el río Niagara pierde el suelo bajo  los pies y se precipita gritando al vacío, ella se sorprendía más del impermeable de plástico que les habían dado en el barco. Era una tela increíblemente práctica. Y más que de las imágenes que el diminuto artista que residía en el interior de las cámaras fotográficas dibujaba tomando como modelo el curso del agua se maravillaba de las cámaras mismas. José Luis nunca había visto a nadie asombrarse tanto de que los aviones volaran o de que uno pudiera subir a la habitación de su hotel en ascensor. Los espectáculos de la naturaleza la sorprendían menos, como si en su vida anterior ya hubiera contemplado saltos de agua o, y esto le dolía pensarlo, penes erectos. Nunca hubiera creído que él pudiera ser un hombre celoso, los celos denotan una inseguridad que estaba lejos de sufrir, sin embargo, quizá por ser el único dato de su pasado que conocía, no podía quitárselo de la cabeza.

Comprendía que era una obsesión injusta. Lucila no le había preguntado a él por su vida sexual anterior, si con los nombres de las mujeres que había conocido se podía escribir la guía telefónica de una ciudad mediana o por el contrario no daban para la inscripción en el reverso de un anillo. A ella le tenía sin cuidado. Él tenía que reconocer que tenía razón en eso, porque todos los encuentros sexuales que había tenido antes de conocerla se le antojaban carentes de realidad, falsos como árboles de cartón piedra que simulan un bosque en el escenario de un teatro, ontológicamente diferentes de los auténticos, sin un punto de comparación. Él, que había tenido cientos de novias, se encontraba tan virgen ante ella como si abrazara a alguien por primera vez. Quería suponer que a ella le pasaba lo mismo. Por unos días dio  el tema por cerrado. No era de esos ¡por dios! que exigen castidad en la mujer hasta el mismo día del matrimonio y por otra parte alientan la promiscuidad masculina. Creía en la igualdad de derechos. No hubiera consentido una unión basada en la desigualdad. No podía medir a Lucila con otra vara diferente, para él el lado ancho del embudo, para ella el lado estrecho, no, así ya se habían comportado sus padres y él odiaba esa moral hipócrita. Pero había una incoherencia en el comportamiento de Lucila. ¿Por qué había querido un matrimonio católico? Si había llevado antes una vida disoluta, en los términos de ella había vivido en pecado. Quiero decir —volvió a las andadas— que yo puedo acostarme con cien mil mujeres porque eso no constituye una trasgresión a las leyes morales por las que me rijo, un polvo es como una partida de ajedrez, algo divertido sin más, pero para una cristiana, al contrario, fuera del matrimonio supone jugarse la salvación eterna. ¿Qué vería en él para apostar tan fuerte? Conmigo no quiso hacer nada sin las bendiciones del cura ¿Por qué sí con el otro? Alguna vez, mientras copulaban, pensaba que le gustaría ser el otro y decirle al oído: ¿Me recuerdas? Luego se arrepentía. Esos pensamientos no eran dignos del respeto que le debía a ella ni del que se debía a sí mismo.

No tenía más remedio que saber y sabría. Los quince días que habían dedicado a su viaje de novios tocaban a su fin. Ella se había extrañado de que, al otro lado del Atlántico, existiera un continente. En Galicia hay un cabo al que los romanos llamaban Finisterre, el fin de la tierra. Así había nombrado él por primera vez esa región. Allí tenía un amigo que había sido seminarista. Injustamente condenado a tres años de cárcel por el robo de un subfusil que no cometió, se pasó el tiempo de su encierro ahondando en una lengua cuyos fundamentos había aprendido en el seminario. Tradujo a Cicerón, a Cesar, a Ovidio, a Virgilio. Se refugió en el latín para no desmoronarse. Aunque ella había avanzado bastante en el idioma de él, la idea de poder hablar su propia lengua no le desagradaba. Acordaron hacer una escala en el viaje de vuelta. Por fin José Luis conocería su pasado.

En el avión, se la veía tan feliz mirando la coronilla de las nubes, ella que en toda su vida solo les había visto los pies, que él pensó en proteger esa felicidad aun a costa de su curiosidad. Cuando se aproximaban a las costas gallegas ella vislumbró en el mar un barco diminuto que debido a la distancia debía ser gigantesco. Era un petrolero. José Luis pensó decirle que ese aceite era el motor del mundo que contemplaba, que era como monedas que la tierra había guardado dentro de una hucha y que cuando se acabaran los ahorros se desmoronaría todo; pero no se lo dijo, quería salvaguardar una felicidad que huía del pasado y se proyectaba esperanzada hacía el futuro. Si no fuera porque ya había llamado por teléfono a Andrés y éste los esperaba se dirigiría derecho a su ciudad y plantaría sus raíces en el porvenir.

¡Qué diferente esta vez la estancia en casa del vidente! Si unos meses atrás todo había sido circunspección y gravedad, dos hombres serios tratando un negocio vital, en esta ocasión la felicidad de ella los contagió, los volvió del revés, les hizo cosquillas en el alma. De la forma de hablar el latín, del cual Andrés se mostraba tan orgulloso, se reía Lucila cada vez que abría la boca. Desde luego parecían dos idiomas diferentes a pesar de que podían entenderse entre ellos. El de la muchacha parecía agua que corre y el del exseminarista agua estancada. El día fue pródigo en risas y cuando llegó la noche el sueño, ayudado por un somnífero que diluyeron subrepticiamente en su copa de vino, cayó sobre Lucila como un martillo dejándola fulminada. José Luis introdujo a Andrés en la habitación no sin cierta sensación celestinesca; ella dormida, su pelo suelto desplegado sobre la almohada, su respiración acompasada, cálida, el oleaje de su cuerpo bajo las mantas, todo eso era un espectáculo por el que debería cobrar entrada. Para su tranquilidad Andrés llevaba un saco de dormir que desplegó sobre la alfombra. José Luis había temido… ¿Puedo quedarme? Le preguntó. Mejor no, puede haber interferencias.

Al alba Andrés despertó a José Luis, que se había quedado dormido en el sofá. Por mucho que insistió no obtuvo del gallego más que la promesa de un informe completo por escrito que le sería remitido por correo a su debido tiempo y la recomendación, casi amenaza, de cuidarla. Como si fuera su padre.

Ya de vuelta, se instalaron en uno de los áticos que poseía José Luis en la ciudad. Mientras ella alimentaba su inmensa curiosidad viendo la televisión y leyendo libros cada vez con menos ayuda del diccionario, él esperaba impaciente satisfacer la suya. A mediados de octubre por fin recibió el relato prometido. ¿No sería mejor destruirlo? Pensó en la religión de ella que, al fin y al cabo era la de él: ¿Por qué dios se empeñaba en que la gente creyera sin ver? ¡Con lo fácil que sería salir en todos los telediarios y decir: soy el creador y puedo demostrarlo! Pero por lo visto la fe tiene más mérito que la evidencia. Romper las cuartillas mecanografiadas sin leerlas sería un acto de fe. La religión no era su fuerte, así que, una vez que ella se acostó, apostado en la tranquilidad de la noche, comenzó a leer.


Antonio Aledo Sarabia (Orihuela, 1956) estudió filosofia en la Facultad de Filosofía y Letras de Murcia y es funcionario del Servicio Valenciano de Salud. Ha publicado relatos en revistas nacionales como Ánfora Nova, Calandrajas, Empireuma o La Lucerna. En 1991 fue primer premio del Concurso Internacional de Poesía Miguel Hernández con el poemario Recuerdos del jardín de las Hespérides (1992). Tiene varios poemarios inéditos (El infiernillo, Sobre fantasmas y Sobre los altos hombros), participa activamente en la obra coral El murmullo, editada en formato digital por M. Susarte y es autor de la novela El jugador de damas.


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2 comments on “El jugador de damas, 17: «Lucila»

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