Almacén de ambigüedades

Sapere aude

«La reflexión y la acción se imponen ante la desactivación de la inteligencia y la pasividad de la voluntad. La búsqueda de la verdad requiere audacia, compromiso y reivindicación de la libertad de pensamiento. Se hace imprescindible rehabilitarla frente a las descalificaciones sistemáticas y devastadoras que le han caído encima. Lo que puede darse por abolido es el discurso sobre la Verdad, por su inoperancia y su intrínseco extravío al perseguir un ente inexistente». Un artículo de Antonio Monterrubio.

/ Almacén de ambigüedades / Antonio Monterrubio /

Parece existir un consenso en que ciertos saberes deben mantenerse ocultos, actualizando la prohibición bíblica sobre el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Tentados por esa serpiente superviviente de viejas religiones ctónicas, Adán y Eva comen el fruto vedado. «¡He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros en cuanto a conocer el bien y el mal! Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre» (Génesis 3). Así que hala, fuera del jardín del Edén, que sois unos liantes. En adelante, querubines con espadas llameantes impedirán el acceso a los mortales.

El ansia de conocimiento se paga caro. Es el sino de Prometeo, el Titán rebelde y filantrópico que, tras robar un ascua a los dioses, devuelve el fuego a los hombres. Ellos ya poseían esa tecnología, pero Zeus se la arrebató, muy cabreado por el ardid que les permitió arramplar con la mejor parte de los despojos del sacrificio animal. Un águila devora el hígado constantemente renovado del héroe cultural, mientras permanece cautivo en una cumbre del lejano Cáucaso. Cuando Hermes lo visita, le espeta: «Debes saber que yo no cambiaría / por tu papel de esclavo mi destino». Con arrogancia, defiende su derecho a la insumisión. «¿Tengo aspecto acaso de temblar y de humillarme ante los nuevos dioses?» (Esquilo: Prometeo encadenado). La leyenda acabará salvando al Titán de su suplicio por intermedio de Heracles, que en una de sus correrías lo libera.

Sin embargo, Zeus ya había lanzado su venganza sobre nuestro género en forma de Pandora, la hermosísima figura femenina forjada por Hefestos y convertida en prometida del cándido Epimeteo. Un impulso irrefrenable la lleva a abrir la maligna ánfora de la cual se escapan los males que asolarán a los humanos. Un detalle que no se tiene en cuenta, a la hora de condenar a Pandora, es que no es una mujer. Es una creación artificial, un engaño, un sucedáneo ideado por los dioses con el objeto de estafar al hermano de Prometeo. La historia no quedaría completa si no supiéramos que el fondo del recipiente alberga un tesoro insospechado: la esperanza. Cierto es que, como nos enseñó Baruch de Espinosa, solo es posible ser libre contra todo temor y contra toda esperanza. Ahora bien, si en ocasiones es un regalo envenenado y nocivo, sirve de alivio y acicate para los pobres mortales perdidos en sus tribulaciones.   

Dejando de lado verdades o realidades que puedan resultarnos inaccesibles, lo que rechazamos es que haya quienes se creen autorizados a declarar proscritas las que tenemos al alcance de la mano. En los tiempos que corren, esta postura coercitiva se justifica en el mal uso de determinados avances científicos. Se repite cual mantra la frase de Oppenheimer, uno de los padres de la bomba atómica, «los físicos hemos conocido el pecado», como si fuera una censura de la curiosidad. El empleo de un término con connotaciones religiosas es indicativo de que estamos ante una recriminación moral. La exploración de la fisión nuclear no puede ser reprobable en sí. Su utilización para concebir armas apocalípticas sí que lo es. Pero esa decisión, y más aún la de arrojarlas sobre las populosas ciudades de Hiroshima y Nagasaki, no depende sino de militares, políticos y otros detentadores de los resortes del Poder.

Se nos dirá que los científicos del Proyecto Manhattan intuían los devastadores efectos de lo que estaban construyendo. Quizás, y tampoco debían de ignorarlos quienes alentaron la investigación, así el mismo Einstein en su carta a Roosevelt, insistiendo en la urgencia de producir la bomba. Solo que se planteaba una cuestión de vida o muerte para la humanidad y lo humano: se hacía imperativo conseguirla antes que los nazis. Entre sus artífices se contaban europeos exiliados que sabían muy bien lo que podía suponer en manos del fascismo enloquecido y genocida.

No obstante, algo debería quedar claro: si el conocimiento no es culpable, el uso de los descubrimientos científicos y tecnológicos tiene que estar fiscalizado y controlado por la sabiduría moral, que siempre tendrá prioridad. La razón ética es la parte fundamental del ser racional; de hecho, es lo que nos hace hombres. Si se pretende sustituir el auriga de la ética por otro, la cuadriga de la inteligencia acaba derrapando, volcando o incluso estrellándose contra el muro de la irracionalidad.

Respecto al armamento nuclear, la conciencia reclama, más allá de la contención, su completa eliminación. Esto no deja de ser utópico, pero la verdadera gloria del hombre estaría precisamente no en prohibirse saber, sino en prescindir del conocimiento negativo. En el Mahabarata, al final de la guerra entre Pandavas y Kauravas, el rencoroso Asvathaman se sirve de un arma terrible capaz de aniquilar el mundo y la vida. Arjuna posee el secreto de la Pasupatastra, de efectos aún más tremendos. Sin embargo, por consejo de Krishna, encarnación de Visnú, renuncia a utilizarla. Con mística concentración, los héroes conjuran la destrucción mutua asegurada. 

El afán de explorar ha sido puesto en cuarentena. Se nos suministra un manual de instrucciones que exige obediencia a la banalidad generalizada. La pregunta se considera sacrilegio. Si este tiempo de desidia mental y desgana moral rehiciera el cuento de Barba azul, la mala de la película sería la esposa curiosa que, desoyendo las órdenes, abre el sótano donde se almacenan los cadáveres de las anteriores. En lugar de salvar el pellejo y contraer nuevo y más venturoso matrimonio, acabaría en el ostracismo social por seguir la consigna de Kant y atreverse a saber.

Esta sociedad en estado de chasis vegeta en el dulce sopor de la ignorancia. Eso entraña ser inmune al sufrimiento de quienes padecen las consecuencias de la injusticia y el mal, pero también evitar a toda costa lo que haga tambalear nuestro cómodo ir tirando. En la esfera íntima, privada, familiar o social, se opta por vivir en el palacio de las blanquísimas mentiras, con las falsedades malolientes escondidas bajo las alfombras. Al aire libre, el Huerto de la Verdad es un austero jardín zen, un paisaje de rocas y grava con algunos arbustos esparcidos. No es una ilusión de realidad, ni siquiera un lugar para la contemplación, sino un destilado de esencia de vida, con toda su pureza y hermosura. A cada cual elegir el paraje que le place, su locus amoenus.          

La razón no es un artilugio perfecto ni infalible. Proporciona herramientas que permiten hacer preguntas más o menos útiles; en ningún caso va a ofrecer una fórmula mágica que resuelva nuestros dilemas. Seguimos siendo depositarios del poder de decisión. No cabe separar de un tajo sucesos e interpretaciones, aunque esto no quiere decir que haya que desistir de buscar tesoros ocultos, disfrazados o perdidos. Si la verdad no puede atraparse con la mano, no es porque se trate de un ente fantasmático e inefable, sino porque es esquiva, inagotable y misteriosa.

Para llevar a buen puerto su tarea, la razón debe sustentarse en argumentos plausibles. El mundo no está realmente al alcance de un observador que recopila datos aquí y allá y nunca completa su colección de cromos. Tampoco del que parte de una visión global prefabricada que legitime cualquier barbaridad. Menos aún de quien se limita a pasar revista a cosas y hechos. «A él se le muestra todo, él no se muestra a nada y se muestra como nada. […] Ser espectador es reprobable» (Blumenberg: La posibilidad de comprenderse). Es la disposición de ánimo del explorador incansable y maravillado la que conduce a descubrir algo, o al menos a disfrutar de la vida. Ese gran sabio de la taiga siberiana que es Dersu Uzala conoce el secreto a cuyo lado han pasado pensadores egregios: «Aprendo todo cuanto necesito saber y tengo todo cuanto necesito tener».

La reflexión y la acción se imponen ante la desactivación de la inteligencia y la pasividad de la voluntad. La búsqueda de la verdad requiere audacia, compromiso y reivindicación de la libertad de pensamiento. Se hace imprescindible rehabilitarla frente a las descalificaciones sistemáticas y devastadoras que le han caído encima. Lo que puede darse por abolido es el discurso sobre la Verdad, por su inoperancia y su intrínseco extravío al perseguir un ente inexistente.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Recientemente se ha publicado en un volumen la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) en la editorial Semuret.


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