Crónica

La muerte de lo inmortal

Un cautivador ensayo de Alexei Yurchak, recién traducido al castellano, cuenta cómo vivía, qué creaba, de qué se reía y con qué soñaba la última generación soviética. Pablo Batalla hace aquí una reseña larga y atenta.

/ una reseña de Pablo Batalla Cueto /

El rock occidental estuvo muy de moda en la Unión Soviética tardía. No era fácil acceder a él, pero tampoco difícil. Había maneras. Prohibido no estaba. Al establishment le gustaba más o menos; los medios oficiales cargaban a veces contra los jóvenes fanáticos de Pink Floyd, Led Zeppelin o Elvis Presley y su desdén de la tradición rusa; alguna institución hizo alguna lista de bandas y artistas perniciosos: así, por ejemplo, cierto Comité Regional ucraniano del Komsomol —la juventud comunista—, que en 1985 compilaba una en la que se desaconsejaba la escucha de la «violencia» de los Scorpions, el «erotismo» y el «sexo» de Donna Summer o Tina Turner, el «oscurantismo religioso» de Iron Maiden o el «neofascismo»  de Julio Iglesias. Pero prohibido no estaba. Había un mínimo acceso abierto a él: discos de «músicas del mundo» en los que se incluía algún tema de moda en Estados Unidos o Europa, etcétera. Y sobre todo, un vasto mercado informal, negro pero tolerado, que lo mismo facturaba fanzines sorprendentemente actualizados sobre los hits más recientes que pergeñaba asombrosos elepés grabados en radiografías, material del así llamado rock sobre huesos o sobre costillas. Las placas de rayos X, el plástico más barato y accesible, se recortaban en forma de círculo para labrar en ellas —mediante un sistema de tocadiscos interconectados y agujas de zafiro caliente, ideado en el laboratorio el Instituto de Construcción de Barcos de Leningrado— los surcos de las canciones de Little Richard o Bill Haley.

Uno de aquellos discos es la imagen de portada de Todo era para siempre hasta que dejó de existir, de Alexei Yurchak; un libro publicado en inglés en 2005, pero solo ahora traducido al castellano por Siglo XXI. Su subtítulo promete hablarnos de lo siguiente: Cómo vivía, qué creaba, de qué se reía y con qué soñaba la última generación soviética. Su propósito, expresado en sus primeros párrafos, es explicar una paradoja: la de que «si bien la caída del sistema [soviético] era inimaginable antes de que comenzara, no sorprendió a nadie cuando sucedió». La desconcertante amalgamación de lo inconcebible y lo predecible. Sí: todo parecía para siempre en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. «Jamás se me pasó por la cabeza que las cosas pudieran cambiar en la Unión Soviética. Mucho menos que pudiera desaparecer. Nadie se lo esperaba. Ni los niños, ni los adultos. Teníamos la impresión de que todo era para siempre», decía el letrista y músico Andréi Makarevich en una entrevista de 1994, y es la primera frase del ensayo. Sin embargo —escribe Yurchak— «Makarevich y sus compatriotas […] no tardaron en descubrir otro hecho peculiar: pese a lo abrupto del derrumbe, estaban preparados para que ocurriera».

Uno de los factores de esta preparación —explica Yurchak— fue la lengua de madera del socialismo tardío, analizada con precisión filológica en uno de los capítulos del libro; la cualidad que aquella llegó a tener de carcasa de las mutaciones que se producían en su interior, como una suerte de biombo o de telón que confiriera apariencia de estabilidad a lo que en realidad resultaba ser febrilmente dinámico. El de Yurchak es un libro sobre las paradojas del tardosocialismo, y he aquí una de ellas: el discurso oficial, sus meras forma lingüística o estructura narrativa, era mucho más esclerótico en los tiempos de Brézhnev que en los de Stalin; una concatenación de clichés retóricos, de tropos reiterados hasta la saciedad, que los apparatchiki aprendían a reproducir en cursos que se les impartían o manuales con títulos como Los fundamentos básicos de la retórica marxista-leninista. Por dentro de ese tronco hueco fue cambiando la vida y preparándose el porvenir y ocurriendo lo contrario que en los tiempos del Vozhd georgiano: la forma cambiaba entonces con bastante facilidad para que el contenido, el significado, no pudiera hacerlo, para aquietar la existencia; y ello era así porque Stalin ocupaba una posición de «maestro externo» del acervo marxista-leninista, capaz de interpretarlo y transformarlo a voluntad, que nadie pudo ocupar después. Con Jrushchov, Brézhnev, Chernenko, Andrópov, carentes de semejante autoridad (que Gorbachov recuperará, pero fatalmente), el discurso se anonimizó; adquirió una fascinante vida autónoma. Experimentó —explaya Yurchak—

«una progresiva normalización, y los diferentes textos escritos dentro de su marco empezaron a sonar cada vez más como extractos o párrafos de un solo texto. Los discursos y documentos del partido que se redactaban en el Comité Central eran sometidos, cada vez más, a un interminable proceso de edición, siempre a puerta cerrada. El objetivo era producir textos que minimizaran la impronta subjetiva del autor y fueran idénticos en estilo y estructura a otros textos escritos con anterioridad […] A través del proceso de escritura colectiva, imitación mutua y edición normalizada, los estilos individuales se nivelaban y la responsabilidad personal por los textos se reducía al mínimo».

Se practicaba una «escritura en bloque» a partir de ladrillos de discurso que se reproducían de texto en texto, ya se tratara de un editorial del Pravda para decenas de millones de personas, ya de una perorata local para un puñado de aburridos asistentes. Ladrillos que podían no ser siquiera grupos nominales emblemáticos (el trabajo siempre era creativo, la ayuda siempre era fraternal, etcétera) o frases resultonas, sino párrafos enteros; y la estructura narrativa de los textos acababa tornándose circular, al extremo de que muchos discursos y alocuciones estereotipadas se podían leer de arriba abajo o de abajo arriba sin notar la diferencia. El embalsamamiento de estos estereotipos llegaba a ser obsesivo y a resultar absurdo. El lingüista Eric Han-Pira lo ilustraba con una anécdota, relatada así por Yurchak:

«Durante muchos años, los medios soviéticos usaron un cliché para anunciar las exequias de las figuras más importantes del partido y del Estado: “Fue enterrado en la Plaza Roja juntoa la muralla del Kremlin” (pokhoronen na Krasnoi ploshchadi u kremlëvskoi steny). Dado que este cliché se repetía con frecuencia, los ciudadanos soviéticos lo conocían de memoria. Sin embargo, en los años sesenta, debido a la falta de espacio, cada vez menos dignatarios eran enterrados junto a la muralla del Kremlin; la mayoría eran incinerados y las urnas con sus cenizas se colocaban en nichos excavados en la muralla. Para entonces el ritual se televisaba y millones de espectadores soviéticos podían ver con sus propios ojos que la formulación lingüística no ofrecía una descripción precisa y literal del rito. Esta incongruencia impulsó a quince profesores de lingüística del Instituto de la Lengua Rusa de la Academia de Ciencias Soviética a escribir una carta al CC en la que sugerían modificar la frase para que representara de una manera más fidedigna la realidad actual. La nueva frase debía decir: “La urna con las cenizas fue colocada en la muralla del Kremlin” (urna s prakhom byla ustanovlena v kremlësvkoi stene). Varias semanas más tarde, un representante del CC llamó por teléfono al Instituto de la Lengua Rusa para anunciar que la cúpula del CC había discutido la sugerencia de los lingüistas y había decidido rechazarla y mantener la formulación original. No se dieron razones. Al parecer, la estabilidad e inmutabilidad de la forma de la representación autoritativa era más importante para el Comité Central que el hecho de que representase literalmente la realidad».

En los años de Brézhnev circuló un chiste que reflejaba el cambio operado con respecto a los de Stalin. El secretario general asiste a una exposición de arte soviético y, al finalizar el recorrido, los miembros del Comité Central lo rodean para escuchar lo que piensa. Brézhnev espera unos minutos y por fin dice: «Muy interesante. Pero vayamos a ver qué piensan los de arriba». Había, en efecto, un arriba por encima de Brézhnev, pero no era un hombre, ni un comité de ellos, sino el Chat GPT de una retórica autosuficiente; de una estandarización de la que Brézhnev no era autor, ni maestro, sino un servidor más. No afectaba solo al lenguaje, sino al imaginario, a los paisajes urbanos mismos. Sus signos «eran tan comunes, idénticos y predecibles que se habían vuelto transparentes para los transeúntes y no eran más que “un inmenso telón de fondo para la vida cotidiana”», como dijera Václav Havel. Hasta cuando se viajaba a una ciudad desconocida se veían los mismos eslóganes conocidos y predecibles, devenidos invisibles. Ocurrió lo propio con la figura de Lenin, normalizada de modos diversos que iban de la producción taylorista de sus retratos y estatuas (un artista se especializaba en trazar los rasgos faciales de Uliánov, otro era especialista en la nariz y las orejas, otro en el traje y la corbata…) al archivo de miles de citas leninianas que guardaba Mijaíl Suslov, secretario de Ideología, que las utilizaba para justificar cualquier decisión política, e incluso dos decisiones que de otro modo podrían parecer contradictorias.

Las transformaciones que precedieron al colapso de 1991 se acometían envueltas en disfraces de continuidad, obediencia y fidelidad a los principios originarios, pero no debe pensarse en un enredo de élites taimadas, sino en un proceso complejo en el que el pueblo desplegaba también su propia creatividad, y en el que no puede pensarse a partir de las categorías binarias que han sido habituales a la hora de describir la realidad soviética desde Occidente: opresión/resistencia, represión/libertad, Estado/pueblo, economía oficial/informal, cultura oficial/contracultura, lenguaje totalitario/contralenguaje, yo público/yo privado, verdad/mentira, realidad/simulacro, moral/corrupción, cultura censurada/no censurada, etcétera. Miembro de la última generación soviética él mismo, Alexei Yurchak —profesor de Berkeley, pero nacido en Leningrado en 1960— sabe que las cosas no eran tan simples. Para empezar, los relatos binarios —escribe—

«tienden a ignorar el hecho, crucial y en apariencia paradójico, de que muchos de los valores fundamentales, ideales y realidades de la vida socialista (igualdad, comunidad, abnegación, altruismo, amistad, relaciones éticas, seguridad, educación, trabajo, creatividad, preocupación por el futuro) tenían una importancia genuina para una gran cantidad de ciudadanos soviéticos, aun cuando buena parte de sus prácticas cotidianas transgredieran, reinterpretaran o rechazaran de forma rutinaria ciertas normas y reglas representadas por la ideología oficial del Estado socialista».

En la URSS había activistas y disidentes, defensores numantinos del sistema y críticos inmisericordes del mismo, pero lo habitual era una vasta zona gris entre ambas posibilidades; «una coexistencia en apariencia paradójica de afinidad y lejanía, de pertenencia y extrañamiento». Un estar fuera y a la vez dentro del sistema; más o menos fuera y más o menos dentro de él, en un espectro que va de las pequeñas heterodoxias de los más fieles burócratas a los estilos de vida vnye, búsqueda de una existencia apolítica como la que así expresa Inna, una de las personas entrevistadas por Yurchak: «Nunca íbamos a votar. Sencillamente ignorábamos las elecciones y los desfiles. Mi única conexión con la vida soviética era en el trabajo y en la universidad, a la que raramente asistía porque no tenía tiempo». Ni prosoviética ni antisovetchik, esta leningradesa insiste en que el estilo de vida que llevaba con sus amigos no respondía a ningún discurso antisistema; en que no tenían el menor interés en apoyar el sistema soviético, pero tampoco en ofrecerle resistencia: «Simplemente no hablábamos de trabajo, ni de estudios, ni de política. Para nada, lo cual es obvio porque no veíamos la televisión, ni escuchábamos la radio, ni leíamos la prensa hasta 1986». El discurso de los disidentes, antes de la perestroika, les dejaba indiferentes: «Jamás hablábamos de los disidentes. Todo el mundo entendía la situación, ¿para qué hablar entonces? No era interesante [neinteresno]».

El mundo de las anekdoty, los célebres chistes irónicos que se pusieron de moda en el socialismo tardío en todo el bloque soviético (hay un libro de Tomás Várnagy sobre ello, titulado Proletarios de todos los países…, ¡perdonadnos!), refleja bien esta equidistancia entre el régimen y sus enemigos. Los conocidos son aquellos que satirizaban las carencias, penurias e hipocresías del régimen, tales como:

  • ¿En qué aspectos es el socialismo mejor que otros sistemas? En que «supera con éxito las dificultades» que no existen en otros sistemas.
  • ¿Cuál es la diferencia entre capitalismo y socialismo? En el capitalismo el hombre explota al hombre; en el socialismo es al revés.
  • ¿Qué significa la frase «el capitalismo está al borde del abismo»? Significa que el capitalismo está mirando hacia abajo desde el borde, tratando de ver qué hacemos nosotros allí.
  • ¿Qué pasaría si empezaran a construir el comunismo en el desierto del Sáhara? Pronto habría escasez de arena.

Pero también se hacían chistes que se burlaban los disidentes, típicamente considerados como seres histriónicos, plomizos, de los que ese histrionismo se consideraba excesivo o egoísta. Yurchak registra dos anekdoty sobre ellos a modo de ejemplo:

  • Un disidente sale de su casa. Está empezando a llover. Mira hacia arriba y exclama indignado: «¡Ellos [el partido] siempre hacen lo que se les antoja!». Al día siguiente, cuando sale de su casa, el sol brilla en todo su esplendor. El disidente levanta la vista y exclama, presa de la indignación: «¡Ah, claro! Para esto sí que tienen dinero».
  • Una multitud está parada en completo silencio dentro de un lago de aguas residuales que les llega a todos hasta el mentón. De pronto, un disidente cae adentro y empieza a gritar y a mover las manos, asqueado: «¡Puaj! ¡No puedo soportar esto! ¡¿Cómo pueden ustedes aceptar estas condiciones horribles?!». A lo cual la multitud responde con serena indignación: «¡Cállese de una vez! ¡Está haciendo olas!».

A esa normalidad pertenecían quienes peinaban el mercado negro en busca de discos de rock que no consideraban, porque no lo eran, un acto de disidencia. En la habitación universitaria en la que un joven soviético fijaba un póster de Police o Madness, bien podía haber al lado otro de Félix Dzerzhinski, como ocurría en un caso que registra Yurchak, de un ex soldado de la guerra de Afganistán que no sentía que la veneración por el fundador de la Cheka —el derribo de cuya estatua sería años más tarde uno de los momentos icónicos del colapso de la URSS— fuera incompatible con la devoción por Sting. Para muchos, la afición al rock no representaba una incoherencia con el apego a los valores socialistas, sino que antes bien se conectaba con el anhelo de un socialismo creativo, libertario y futurista como el que había hecho la revolución de 1917. Ello chocaba tal vez con el comunismo conservador de los defensores del realismo socialista y la tradición rusa, y podía motivar alguna viñeta mordaz en la revista satírica Krokodil, pero no era ilegal, ni estaba perseguido, sino que un establishment que no era monolítico, sino que tenía una izquierda y una derecha, se relacionaba con ello como lo con los cuadros de Picasso o el jazz. Este, dependiendo del momento y del orador, era —como los picassos— un pseudoarte burgués que había perdido la conexión con el realismo popular o una música valiosa con raíces en el genio creativo de los esclavos y el pueblo trabajador norteamericano. «Las formas culturales foráneas», asevera Yurchak, «eran simultáneamente criticadas y promovidas, atacadas y habilitadas por el Estado soviético». En todo caso, lo que Yurchak llama Occidente imaginario y analiza en uno de los más memorables capítulos del libro no era un mundo clandestino, sino parte consustancial del sistema soviético.

Occidente fascinaba a la juventud tardosocialista; una generación que, a diferencia de las anteriores, no se consolidó sobre la base de logros epocales, sino de la edad como tal, y convirtió las grabaciones de álbumes occidentales en el elemento constitutivo de su identidad. Pero no hablamos del Occidente real, sino de un constructo estético y onírico en el que lo genuinamente occidental, las esquirlas tangibles del Oeste que arribaban al Este, contaban tanto como las elucubraciones fantasiosas sobre cómo era la vida al otro lado del Telón de Acero. Occidente era un numen embriagador que se perseguía imitando a Elvis con un tupé de almíbar a falta de gomina y conformando tribus urbanas como la de los stilyagi, o palpitaba en reliquias como unos jeans, una lata de Coca-Cola o Fanta, convertidas en codiciados objetos decorativos —esto también lo cuenta Lea Ypi en Libre—, o una bolsa de plástico de un negocio cualquiera de Nueva York. Yurchak cuenta la anécdota de una estudiante de una escuela técnica de Leningrado que

«a comienzos de los ochenta, se paseaba con una bolsa de plástico estadounidense que había adquirido en el mercado negro. Su significado literal —el nombre y la dirección de una lavandería de Manhattan— era irrelevante para los estudiantes, que no estaban familiarizados con el concepto de lavandería aunque entendieran el idioma inglés. Sin embargo, ese tipo de bolsas eran sumamente populares, significativas y poderosas. Con su tangible materialidad extranjera —su textura, su color y su leyenda escrita en inglés— las bolsas establecían un vínculo con el Occidente Imaginario».

Los vaqueros, la ropa firmennyi —occidental— en general, eran también codiciadísimos, y aquella generación aprendió a escrutarlos con ojo experto, a fin de detectar falsificaciones; a desarrollar una cultura del mirar con atención cada costura, volver los pantalones del revés, frotar la tela con un fósforo húmedo a fin de comprobar la calidad del tinte, examinar uno por uno todos los botones, la etiqueta o el cierre. «Si veías que no eran firmennyi, no ibas a pagar ciento ochenta rublos aunque los vaqueros estuvieran perfectamente bien hechos y fuera imposible distinguirlos de los auténticos», cuenta a Yurchak uno de los miembros de aquella generación por él entrevistados para documentar el libro. No se buscaba calidad, sino procedencia, y, por otro lado, las marcas daban igual; no se pagaba más por las más conocidas. Cualquier leibl —«etiqueta»— era buena, resultaba cautivadora, a condición de que fuera firmennyi. Sobre este Occidente imaginario, por cierto,también había anekdoty. En una de ellas, un hombre le decía a otro: «Quiero ir a París». El segundo exclamaba, incrédulo: «¡¿Cómo?! ¿Ya has estado en París?». Y aquel le respondía: «No, pero ya quise ir antes».

Cuando la URSS cayó y aquella generación conoció el Occidente real, la decepción solió ser grande. Cuenta Yurchak que «cuando muchos de ellos viajaron por primera vez a Europa Occidental, entre 1988 y 1990, lo que más los impresionó no fueron los automóviles occidentales o la variedad de comida en las tiendas, […] sino darse cuenta de que el Occidente real era en cierto modo “ordinario”». Uno de los entrevistados, de nombre Marat y nacido en 1956, cuenta que, cuando visitó Londres en 1989, se quedó anonadado por la suciedad de las calles, las ropas colgadas en los patios traseros de las casas y los gatos sentados en los alféizares de las ventanas. El hechizo firmennyi se había disipado; dejaba de ser el «“más allá” interno de la cultura y la imaginación del período soviético tardío» que había sido. Moría con la URSS como morían las anekdoty, que desaparecieron a su vez: no las hubo sobre Yeltsin, ni sobre las carencias, penurias e hipocresías postsoviéticas. Cuando el edificio de la civilización soviética se derrumbó, no perecieron solo sus despachos oficiales, sino también sus sótanos, sus pasadizos secretos, los espacios en los que el underground había hecho sus cosas entre susurros, había imaginado el Occidente imaginario y había contado las anekdoty.

De todo esto habla un libro que nos traslada a la URSS, pero en el cual resuenan advertencias obvias sobre nuestro presente liberal y capitalista. Nosotros habitamos ahora un mundo cuyas instituciones también parecen para siempre, pero quizás también dejen de existir, y el día que lo hagan no nos sorprenda. Habitamos el tiempo que ha acuñado el concepto de la democracia iliberal: un sistema que mantiene la retórica y los rituales de las urnas cuatrienales, los carteles electorales y los hemiciclos de colores, pero en el que eso se constituye en carcasa, pantalla, biombo de una transición autoritaria. Leer el libro de Yurchak se vuelve aún más enriquecedor si hacemos el ejercicio mental de tratar de traducir cada ejemplo a algunas de nuestras propias cosas. Las anekdoty y la distancia irónica de la posmodernidad; las lenguas de madera de nuestras familias políticas; el Occidente imaginario y el pasado imaginario de nostálgicos que hoy buscan el hechizo del más allá, no en otro lugar del espacio, pues ya no hay un Telón de Acero al otro lado del cual pasen cosas distintas, sino en otro lugar del tiempo. Como dice Iván de la Nuez en el prólogo, «la experiencia soviética es aquí un área —una zona— de la modernidad y de sus contradicciones. Tal vez, la mitad de una pareja de baile que cayó primero, pero que al final conseguirá arrastrar a la otra parte consigo».


Todo era para siempre hasta que dejó de existir
Alexei Yurchak
Siglo XXI, 2024
432 páginas
25 €

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).


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