Crónica

La edad incógnita

«Todo lo que parecía que iba a ir mejor cuando terminó la Guerra Fría a comienzos de la década de los noventa del pasado siglo fue pulverizado por la acción combinada de la Gran Depresión 2.0 de 2008 y la pandemia de 2019-2020. Una era, la contemporaneidad, naufragó entre esos dos cabos», escribe Fernando Hernández Sánchez en 'En el presente hay dragones', un ensayo del que publicamos a modo adelanto uno de los capítulos.

/ reseña de Pablo Batalla /

«Todo lo que parecía que iba a ir mejor cuando terminó la Guerra Fría a comienzos de la década de los noventa del pasado siglo fue pulverizado por la acción combinada de la Gran Depresión 2.0 de 2008 y la pandemia de 2019-2020. Una era, la contemporaneidad, naufragó entre esos dos cabos», afirma Fernando Hernández Sánchez en En el presente hay dragones: repensar la historia en la edad incógnita

Un libro sobre el umbral de época que habitamos: la contemporaneidad tardía. Que no nació en los escombros del Muro de Berlín, que trajo simplemente «un nuevo reparto de naipes», de los mismos naipes barajados hasta entonces. Tampoco con los atentados del 11-S, acontecimiento indudablemente importante, «elevado a la categoría de suceso global merced a la multidifusión mediática del acontecimiento en tiempo real», pero que no dejó de ser —por más que la aldea global participase de su horror de manera vicaria— un movimiento isostático, un reajuste del cuadro de actores en los amenes de la era imperial». Sino que nace de otras ruinas: las cognitivas que dejó tras de sí la pandemia de covid-19 de 2020.

«2020 fue el umbral de la nueva era. A partir de él entramos en otra edad. La pandemia fue una experiencia global y total. Fue nuestra hecatombe, nuestro estado de excepción, nuestra posguerra, la memoria traumática de la que todos los coetáneos tienen vivencia», escribe Hernández Sánchez. Con el rigor y la belleza estilística que le caracterizan, diserta sobre «cómo se achatarran los antiguos valores ilustrados —progreso, libertad, tolerancia, democracia— y el multilateralismo que pretendió civilizar la diplomacia entre las naciones, mientras se saca lustre al chasis de viejas tartanas ideológicas atractivas para los ávidos de consuelo, dispuestos a comprar la ficticia bonanza de un pasado idealizado por contraste con un presente incomprensible y un futuro desasosegante».

El ensayo se apoya en grandes nombres de la reflexión historiográfica como Henry Rousso, para quien la historia del presente comienza con la última catástrofe; como Fernand Braudel, para quien los cataclismos, si bien no son necesariamente los artífices de las revoluciones, sí son sus pregoneros infalibles y constituyen una incitación a replantearse el mundo; como Johan Huizinga, que escribió que los períodos de paso de una época a otra no están marcados por hitos —la caída de Constantinopla, la toma de la Bastilla…—, sino que consisten en amplias franjas de tierra de nadie o zonas de transición en las que una época se entrelaza con otra. «Quien conciba los períodos históricos como los segmentos de una línea, procederá —decía— como quien se empeñase en introducir en la zoología el concepto de los filetes de salmón». En efecto, escribe Hernández Sánchez, «un período no es una línea dividida en segmentos, sino un conjunto irregular de círculos de variado tamaño cuyas periferias se intersecan de forma que la imagen de conjunto presenta la forma de un racimo». Y «la pandemia irrumpió en el tramo final de una cinta transportadora que desde 2008 venía trayendo los escombros, cada vez más fragmentados, de la contemporaneidad tardía, volcándolos al vacío».

«Lo que quedará del covid-19 para la posteridad serán sus demoledores efectos anticivilizatorios más que el descubrimiento de las vacunas que nos salvaron. Como en su remoto precedente, la Peste Negra de 1348, trascenderán menos las intuitivas medidas de aislamiento y profilaxis que circunscribieron y frenaron su expansión que las herejías, las procesiones de flagelantes, las danzas de la muerte y el cuestionamiento de las jerarquías que precipitaron la crisis bajomedieval», asevera el autor, preocupado también, como profesor, por la crisis educativa en la que nos hallamos:

«Que la escuela ha ayudado poco a la construcción de una ciudadanía crítica es achacable al conjunto de los agentes que participan en el sistema educativo. Es responsabilidad de quienes claudican ante la tiranía de los programas cerrados, ya sea resistiéndose a seleccionar los contenidos o por el temor a problematizar su vida profesional. Es responsabilidad de las autoridades educativas, por empeñarse en el mantenimiento de programas imposibles con horarios insuficientes. Es responsabilidad de las editoriales de libros de texto, que son a menudo los únicos libros de historia que muchos ciudadanos van a manejar a lo largo de su vida. Es también responsabilidad de las familias que vetan o permiten silentes el veto del conocimiento escolar del pasado reciente».

La historia no es maestra de la vida, señala en este libro que también es un sobrevuelo por las políticas de memoria de distintos países, sus éxitos y fracasos:

«Si un país se ha autoflagelado, fue la Alemania posterior a los años setenta. Si uno ha parido el concepto de deber de memoria, fue Francia en los ochenta. Si uno hizo la revolución más alegre de la contemporaneidad, fue Portugal en 1974. Ahora, sus parlamentos son hollados por los herederos de las SA, de la OAS y la PIDE. Su territorio de caza es global y su margen de actuación temporal, ilimitado merced a las redes sociales donde pueden administrar ricino digital a sus dianas antes de escalar al pogromo. Su ecosistema es un inframundo regido por reglas binarias, reservorio de veneno social, racismo, violencia e impulsos homicidas que supura a todas horas y sin fronteras a través de canales públicos o encriptados».

En ese mundo habitamos. Y En el presente hay dragones es un libro utilísimo para comprenderlo y saber cómo luchar en su seno por traer de vuelta, alumbrar o evitar que perezca una sociedad con libertades y justicia social.


La edad incógnita

/ por Fernando Hernández Sánchez /

2020 fue el umbral de la nueva era. A partir de él entramos en otra edad. La pandemia fue una experiencia global y total. Fue nuestra hecatombe, nuestro estado de excepción, nuestra postguerra, la memoria traumática de la que todos los coetáneos tienen vivencia. Según Patrick Boucheron, «todos juntos y simultáneamente separados, nunca habíamos sido tan vulnerables». Una epidemia es «como una guerra de ocupación: invade los cuerpos, pero también las conversaciones, es imposible hablar de otra cosa, es ensordecedor». Comenzó el conteo del inventario de daños, primero a nivel médico, luego psicológico, después social y, a la postre, sobrevino el estallido en los planos político y cultural.[1]

Decía Henry Rousso que la historia del presente comienza con la última catástrofe,[2] recogiendo la tesis de Braudel para quien los cataclismos, si bien no son necesariamente los artífices de las revoluciones, sí son sus pregoneros infalibles y constituyen una incitación a replantearse el mundo.[3] Huizinga escribió que los períodos de paso de una época a otra no están marcados por hitos (la caída de Constantinopla, la toma de la Bastilla…), sino que consisten en amplias franjas de tierra de nadie o zonas de transición en las que una época se entrelaza con otra. «Quien conciba los períodos históricos como los segmentos de una línea, procederá —decía— como quien se empeñase en introducir en la zoología el concepto de los filetes de salmón». Un período no es una línea dividida en segmentos, sino un conjunto irregular de círculos de variado tamaño cuyas periferias se intersecan de forma que la imagen de conjunto presenta la forma de un racimo.[4] La pandemia irrumpió en el tramo final de una cinta transportadora que desde 2008 venía trayendo los escombros, cada vez más fragmentados, de la contemporaneidad tardía, volcándolos al vacío.

Los límites de los períodos radican en las crisis y en la concurrencia de conflictos amenazadores y no tanto en la realización de nuevas aportaciones culturales, invenciones y descubrimientos que pueden marcar jalones destacados, pero no cesuras entre períodos históricos. Lo que quedará del covid-19 para la posteridad serán sus demoledores efectos anticivilizatorios más que el descubrimiento de las vacunas que nos salvaron. Como en su remoto precedente, la Peste Negra de 1348, trascenderán menos las intuitivas medidas de aislamiento y profilaxis que circunscribieron y frenaron su expansión que las herejías, las procesiones de flagelantes, las danzas de la muerte y el cuestionamiento de las jerarquías que precipitaron la crisis bajomedieval.

La pandemia global desarmó seguridades, derruyó certezas y abolió barreras morales. En el terreno político, clausuró el ciclo de movilización de la década anterior. Cuando el virus se enseñoreó de nuestras vidas todavía flameaban las banderas de la huelga feminista, la movilización adolescente de los Fridays for Future o el movimiento Black Lives Matter. Pero, al mismo tiempo, y disfrazadas de motines antiautoritarios y revuelta de privilegiados, afloraron las protestas contra el confinamiento, las tesis conspirativas y la oposición a las vacunas. Todo lo que era malo comenzó a verse como bueno o, en el mejor de los casos, como un «¿qué importa?». Las mentiras pasaron a rotularse «hechos alternativos» y alardear de ignorancia se erigió en sinónimo de acceso a la revelación del conocimiento verdadero, taimadamente vedado por misteriosos centros de poder mundial. Los Protocolos de los Sabios de Sion se reencarnaron en el Club Bilderberg. Soros y Bill Gates lideraban el nuevo sanedrín y su programa para la dominación mundial era la Agenda 2030.

El resultado es que cada cual alardeó de tener «su» verdad, otorgando igual validez a las predicciones de la AEMET que a las del charlatán de las cabañuelas. Las conclusiones del CSIC pesaban tanto como las ocurrencias monetizadas de un rebaño de streamers. La historiografía académica se batió en desventaja contra una turbamulta de aficionados y exhumadores de momias conceptuales. Las clásicas prescripciones epistemológicas («el historiador no puede inventar los hechos que estudia. O Elvis Presley está muerto o no lo está»)[5] declinaron ante el embate combinado de novelistas que trufaban de anacronismos groseros sus argumentos imaginarios y abolían los límites entre la realidad y la ficción. Se asistió al triunfo mediático de un «pasado blando»: series televisivas, videojuegos y pseudodocumentales con ínfulas historicistas, reelaboraciones estereotipadas, melodramáticas, con guiones lineales y plagados de tópicos. La historia se redujo a un sucedáneo cultural, identificada con personajes ilustres o confundida con la exaltación del patrimonio y las señas de identidad.[6] Se palpaba en el aire la sensación de que la historia había dejado de avanzar: se rumiaba. Conceptos que se consumieron deprisa volvían para ser mascados de nuevo. No había una sola idea en el horizonte que no fuera una regurgitación de otros tiempos. Historia rumiante.

La Ilustración, que ya venía herida de gravedad, fue ultimada. En la edad heredera de las Luces, el horizonte de expectativa apuntaba hacia el futuro. Lo mejor estaba por venir. La línea de tiempo era un producto de la Enciclopedia: una constante flecha ascendente, en la versión liberal clásica; o una espiral —la aceleración vertiginosa del tiempo sabiendo el origen y situándonos en vanguardia— de la revolucionaria. En la era actual, agonizante la Razón y ocluida la salida a cualquier mañana que no se perciba como amenaza, ya no hay flecha ni espiral: el presente se mueve en una cinta de Moebius, desplazándose a lo largo de una cara que parece cambiar, pero que siempre es la misma y nos devuelve al punto de partida. Movimiento sin sentido y sin cambio, sin avance ni ruptura: solo un eterno y desesperante retorno.

El fatalismo apuntilló al ideal de progreso, devaluado por la convicción del abocamiento a un abismo ineluctable. La marcha inagotable hacia un futuro mejor[7] dio paso a la melancolía reaccionaria; la universalidad, a la identidad de rebaño y a la tribu. La ciencia fue impugnada; la fraternidad, ridiculizada. Las reglas del juego se invirtieron: si las mentiras de Watergate fueron suficientes para hacer caer a un presidente de los Estados Unidos, la instigación de un golpe de estado no fue óbice para la reelección diferida de otro. Hoy se acusaría a Bersntein y Woodward de propalar fake news; serían cancelados por medios digitales mercenarios o despedidos por el magnate dueño de la cabecera. Con Trump y su gobierno de villanos de Marvel, La conjura contra América, la distopía de Philip Roth que fabulaba sobre la implantación de un régimen fascista en Washington amenazaba con convertirse en un reportaje de anticipación. Unos pocos meses de administración bajo la cosmovisión MAGA (Make America Great Again) dinamitaron el orden mundial nacido de las conferencias interaliadas, la estrategia reconstructora de Marshall, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (en inglés, GATT: General Agreement on Tariffs and Trade), los acuerdos de Bretton Woods, el carácter arbitral de las Naciones Unidas, las misiones filantrópicas de sus agencias (OMS, UNESCO, ACNUR) y los protocolos diplomáticos. En adelante, la nueva faz del mundo podrá ser esculpida a mazazos por Washington, Moscú y Tel Aviv, aunque eso supusiese sepultar en escombros regiones enteras del planeta. El torpedo dirigido contra la gobernanza global y el orden basado en reglas tuvo efectos más trascendentales que la caída del Muro de Berlín. Este episodio fue el acta de rendición de uno de los dos modelos surgidos de la segunda guerra mundial. No fue una bisagra etaria, sino la sumisión del perdedor al ganador en pos de la consumación de un objetivo largamente perseguido: la universalización del capitalismo. Lo que advino a partir de 2025, sin embargo, fue un cambio de paradigma: el mundo nacido de Yalta, en sus dos versiones, simplemente dejó de existir.

A pesar de la naturaleza de los tiempos, hoy escasean las producciones apocalípticas que en antaño poblaban las carteleras y los anaqueles de las cadenas comerciales. Quizás porque los acontecimientos catastróficos se anticiparon tantas veces que, cuando ocurrieron, ya se había producido lo que anunciaban. Las profecías fatalistas se formulaban para exorcizar su cumplimiento. En The End Times, el pensador Günter Anders escribía que, a diferencia de los apocalípticos judeocristianos que esperaban y al mismo tiempo temían el fin de los tiempos, «nuestra pasión apocalíptica no tiene otro objetivo que el de impedir el apocalipsis». En el cine anterior a 2020, el género de catástrofes cumplía esa función desde un punto de vista secularizado. Mad Max, Matrix o Independence Day eran parábolas extremas de la lucha del ser humano por prevalecer sobre las consecuencias de la crisis energética, la cibernética o la tecnología extraterrestre. En la actualidad, lo que antes eran películas y novelas de ciencia ficción se pueden catalogar como estudios de prospectiva y ensayos de geopolítica extrema. Los planes de contingencia que contemplan el despliegue de una guerra de guerrillas prolongada contra una invasión de Canadá por los Estados Unidos han pasado del ámbito de la ucronía, inverosímil argumento de filme de evasión, a aterrizar en el tablero de las posibles hipótesis de conflicto.[8]

Narraba Boucheron lo que sintió en octubre de 2022 durante un viaje a Nueva York, cuando el temor a un regreso de Donald Trump era ya un presagio funesto:

«¿Qué me impulsó entonces a entrar en la famosa Trump Tower, que rebosaba fervor y vulgaridad? ¿Fue para comprobar, como tras la caída de un tirano los alborotadores que entran en su palacio, que todo allí está vacío y hueco? Y, de hecho, no quedaba nada, excepto, al final del pasillo, contra una pared de pancartas tachonadas de estrellas, un escritorio marcado con el número 45, para el 45.º presidente de los Estados Unidos. Todo rodeado del gran silencio teológico donde se mezclan el terror y la reverencia. Era el trono vacío de la parusía [parafraseando la imagen bíblica que define la segunda venida de Cristo]: había estado allí, ya no estaba, pronto estaría allí. Eso es todo: aceleraremos su regreso a fuerza de temerle».[9]

Trump es el más eminente espécimen de la nutrida categoría de «políticos de la ira» descritos por Dani Rodrik. En el choque entre una economía hiperglobalizada y la cohesión social, dos tipos de grieta política se profundizaron: la división por identidad, que giraba en torno a la nacionalidad, la etnia o la religión; y la división por renta, centrada en la clase social. El atractivo de los populistas provino de su habilidad para identificar un chivo expiatorio y en la impostura con que pretendían dar voz a la ira de los excluidos.

El futuro dejó de ser el territorio de las esperanzas para convertirse en un escenario de pesadillas: terror a perder el trabajo y el estatus social asociado a él, terror a la ocupación del hogar y la confiscación fiscal de las rentas, «el terror a contemplar impotentes cómo nuestros hijos caen sin remedio por la espiral descendente de la pérdida de bienestar y prestigio, y el terror a ver las competencias que tanto nos costó aprender y memorizar despojadas del poco valor de mercado que les pudiera quedar».[10] La palabra progreso evocaba en muchos la inevitable desaparición de puestos de trabajo, tanto manuales como de cuello blanco, sustituidos por ordenadores, por robots controlados por ordenadores o por la inteligencia artificial controladora de todo. Citaba Cipolla que el progreso tecnológico había avanzado

«de modo típicamente exponencial, con un ritmo de crecimiento dictado en apariencia por una lógica propia del mundo de la ciencia y de la técnica, y anticipándose notablemente a las capacidades de adaptación civil y cultural de la sociedad humana y de sus instituciones. Este es el drama del hombre contemporáneo: drama que ha adquirido tal intensidad que hace que surjan cada vez con mayor vigor y en más cantidad los brotes de una contrarrevolución. Crece el número de quienes perciben el malestar provocado por las adaptaciones radicales impuestas por las nuevas tecnologías. Los dos espectros del desastre ecológico y del holocausto nuclear refuerzan esos sentimientos de malestar. Para un número creciente de personas el progreso tecnológico parece cada vez menos un progreso y cada vez más una amenaza. Son muchos los que vuelven a idealizar una lejana y perdida edad de oro. Aflora de nuevo una actitud mental que recuerda a la que prevaleció en el mundo clásico grecorromano».[11]

Para exorcizar viejos fantasmas de antagonismos materiales, los charlatanes agitaron la confrontación generacional basada en estereotipos: boomers contra millennials y generación Z. Pensionistas, propietarios y rentistas contra precarios, eternos inquilinos y nómadas involuntarios. El resultado de añadir a lo anterior el fantasma de la migración como proyecto de «gran reemplazo» de la civilización occidental, blanca y cristiana fue la formulación de un programa de guerra social en el que la única trinchera de la que se huía era de la de clase. Mientras, como señala David Lowenthal, «a medida que las esperanzas de progreso se desvanecen, la herencia histórica nos trae el consuelo de la tradición». «El pasado nunca muere, ni siquiera es pasado», decía Faulkner. Y es ahí donde crecen los monstruos.

El racismo volvió a campar por sus respetos sin complejos. El Mediterráneo y la ruta atlántica a Canarias se convirtieron en sucursales líquidas de un Sobibor sin crematorios. Los agentes del ICE, la policía de fronteras yanqui, pertrechados como para tomar Faluya, sembraron el terror entre bonancibles madres blancas de clase media que llevaban a sus hijos a extraescolares y sanitarios opuestos a la detención a placer de sus convecinos de piel morena por indicios como el acento o la apariencia. Escuadristas con licencia para matar no vacilaron en ejecutar sumariamente sobre el terreno a quienes percibieran como potenciales saboteadores de su patriótica misión.

El capital moral generado por el Holocausto fue dilapidado por un estado obscenamente parapetado tras la memoria de seis millones de víctimas para justificar la comisión de otro genocidio. El ángel de la historia yacía en Jabalia aplastado por las orugas de un Merkava. Las lógicas de la guerra retrocedieron a tiempos pre-Hiroshima. Las matanzas se registraban mediante drones. Los crímenes de guerra ya no se plasmaban con una Leica para lucimiento personal, al estilo de los Einsatzgruppen que perpetraron la Shoá por fusilamiento en Polonia y los países bálticos:[12] ahora eran selfis tomados por la soldadesca de la IDF y se compartían en TikTok.[13] Llegamos de nuevo a ese punto descrito por Timothy Snyder:

«Si se destruyesen los estados, si se corrompiesen las instituciones locales y si los incentivos económicos nos orientasen hacia el asesinato, pocos de nosotros nos comportaríamos como es debido. Apenas hay razón alguna que nos induzca a pensar que somos éticamente superiores a los europeos de las décadas de 1930 y 1940, ni que somos menos vulnerables a ideas como las que Hitler tan eficazmente promulgó y llevó a la práctica».[14]

Las atrocidades cometidas por regímenes despóticos se evaluaban según el grado de simpatía que suscitaran, la proximidad ideológica o el repudio a un enemigo geopolítico común. Las prisiones de Sednaya o Guantánamo eran buenas o malas según la orilla desde la que se miraran. La posibilidad de la mutua destrucción asegurada como resultado de una conflagración nuclear fue considerada una hipótesis para pusilánimes. El Doomsday Clock es un ficticio reloj apocalíptico desarrollado por los físicos del Proyecto Manhattan, cuyo comité publica anualmente una evaluación de los riesgos que comprometen la supervivencia de la humanidad. En 1947, albores de la guerra fría, el reloj del juicio final marcaba las 23:53 horas. En 1953, el desarrollo de la bomba de hidrógeno situó el apocalipsis a solo dos minutos de distancia. La distensión hizo retroceder las manecillas en dos ocasiones a una marca benevolente: doce minutos. Fue en 1963, superada la crisis de los misiles de Cuba, y en 1972, tras la firma de los acuerdos SALT sobre limitación de armas nucleares. En el momento de la desaparición de la URSS, el reloj marcaba las 23:43. Fue su mejor registro histórico.

En 1962, las potencias que jugaban al ajedrez sobre el tablero mundial se dieron jaque en la casilla de Cuba y valoraron los riesgos implícitos en un siguiente movimiento que implicara el uso de armas nucleares. Hiroshima, Nagasaki y las filmaciones de los experimentos controlados llevados a cabo en Álamo Gordo y el atolón de Mururoa obraron una disuasión acongojada ante el escenario apocalíptico de la mutua destrucción asegurada. La situación actual, por el contrario, se asemeja a la de Europa en 1914, cuando dos generaciones que desconocían lo que era un conflicto bélico a amplia escala bailaron con entusiasmo la danza de la guerra al tronar las primeras salvas de los cañones de agosto. La última confrontación conocida hasta entonces, la francoprusiana de 1870, había estado circunscrita a un frente limitado, se resolvió en breve plazo y apenas dio margen para emplear el arsenal de alto poder destructivo procurado por la segunda ola de la revolución industrial.[15] Hoy en día, la situación de Oriente Próximo remite a la estirpe de las guerras estúpidas, cuya madeja puede embrollarse hasta el infinito ante la carencia de previsión de escenarios de salida. Jrushchov y Kennedy pertenecían a una escuela de duelistas calculadores; tahúres fríos, pero razonables. Lo contrario a un Putin, un Trump o un Netanyahu dispuestos a bravuconear en la plazoleta global. Con la guerra fría vivíamos mejor.

Hasta 2007, los expertos del Doomsday Clock no consideraron en sus cálculos los riesgos epidémicos y medioambientales. La aceleración del calentamiento global, la irrupción de tecnologías disruptivas como la inteligencia artificial descontrolada, los riesgos biológicos asociados a potenciales nuevas pandemias, la guerra en Ucrania —una campaña que reedita en una sola las batallas de Verdún, Ypres y el Somme versión 2.0—, el genocidio de Gaza, la escalada de tensión en Oriente Próximo y el hecho de que, desde enero de 2025, con la presidencia de Trump, «ya no se pueda contar con Estados Unidos como voz de cautela o moderación nuclear» han contribuido a que la última cuenta atrás sitúe las agujas imaginarias en las 23:58:35, ochenta y cinco segundos antes de la medianoche.[16] El tiempo que nos queda. Como en la tesis XV sobre la historia de Benjamin, brota la tentación, al igual que en las jornadas de la revolución de julio de 1830, de abrir fuego contra los relojes de las torres.[17]

En la actualidad, el colapso medioambiental nos ha alcanzado y nos sume en una crisis de inminencia. Antes se creía que los tiempos de las fuerzas geológicas y los de las sociedades humanas no se regían por la misma escala: aquellas se movían en pautas cuya apreciación precisaba el paso de millones de años; estas, en siglos y décadas. Los avisos de un potencial desastre remitían a una casilla remota que confiábamos no alcanzar a ver en nuestras vidas. Ahora, señala Bonazzi, hemos entrado en el Antropoceno (el impacto del plástico y el hormigón ha cambiado la configuración de la Tierra), y el nuevo tiempo que viene es el del cambio climático: «La humanidad que creía que se había emancipado del tiempo de la naturaleza se encuentra de nuevo brutalmente arrojada a su lugar».[18] La responsabilidad humana en el cambio climático ha supuesto un giro trascendental al colocar los tiempos del planeta a merced de las decisiones políticas de sus gobiernos, cuya inacción no garantiza la supervivencia de la especie humana. Ya no se apunta a un porvenir superador, sino a tomar conciencia «de todo lo que aún no hemos perdido».[19] La medida del tiempo no la da el calendario, sino el cronómetro de una cuenta atrás.

Volvieron los fascistas, con líderes gestados en tanques de ideas y escuadristas con chándal, silla de gaming y masculinidad tóxica. La realidad se empeñó en desmentir al clásico aforismo sobre la historia como maestra de la vida. Si un país se ha autoflagelado, fue la Alemania posterior a los años setenta. Si uno ha parido el concepto de deber de memoria, fue Francia en los ochenta. Si uno hizo la revolución más alegre de la contemporaneidad, fue Portugal en 1974. Ahora, sus parlamentos son hollados por los herederos de las SA, de la OAS y la PIDE. Su territorio de caza es global y su margen de actuación temporal, ilimitado merced a las redes sociales donde pueden administrar ricino digital a sus dianas antes de escalar al pogromo. Su ecosistema es un inframundo regido por reglas binarias, reservorio de veneno social, racismo, violencia e impulsos homicidas que supura a todas horas y sin fronteras a través de canales públicos o encriptados.

Los analistas de la guerra fría valoraron en su momento que el impacto de una cabeza nuclear sobre la caldera de Yellowstone, el supervolcán existente en el subsuelo del parque nacional que comparten Wyoming e Idaho, tendría efectos devastadores a nivel regional y global. Toneladas de ceniza y flujos piroclásticos causarían la destrucción total en un radio de cientos de kilómetros y provocarían un invierno volcánico universal con efectos demoledores y prolongados sobre el clima, la población, la agricultura y la economía mundial. Hoy, Telegram, Instagram o TikTok conforman la caldera de Yellowstone digital y global. Hay una contracivilización agitándose en sus cámaras de eco, dominada por un corpus de valores invertido. Su topografía define los mapas de la guerra de nuestro tiempo.

Decía Walter Benjamin que la catástrofe que se avecina no provendrá de la aparición de lo inesperado, sino de la continuación de lo peor,[20] sin que nadie parezca encontrar la manera de frustrarlo. Países enteros han entregado, entregan o están dispuestos a entregar el poder a sujetos que harían pasar por sensato al Norman Bates de Psicosis: el fascioevangelismo que atraviesa Latinoamérica; Bukele, el criptobró con banco central emisor a su merced; Viktor Orbán, cancerbero de una Mitteleuropa blanca; Milei y la voladura de las bases mínimas del contrato social con la asesoría del fantasma de su perro. Todos tienen algo en común: voluntad de tierra quemada, de borrado del tiempo previo. Orban amaría retornar a la pureza magiar previa al tratado de Saint-Germain-en-Laye que liquidó el imperio de la doble corona. El caudillo salvadoreño obtiene divisas subarrendando sus cárceles al mejor postor como otros las extraen de los resorts para turistas en la Riviera maya. El anarcocapitalista argentino ha pulverizado el movimiento memorialista en pro de la verdad, la justicia y la reparación de los 30 000 desaparecidos bajo la última junta militar, sabedor de que los sujetos sin pasado ni memoria son excelentes aspirantes a la condición de siervos modélicos.

El multimillonario sonado, el streamer lenguaraz, el tertuliano estentóreo y el estafador empachado de esteroides son los santones del nuevo orden. Los conservadores coquetean con la cohabitación abandonando antiguos pudores y tienden una mano al posfascismo mientras con la otra sacuden amistosamente el polvo de los cascotes bajo los que parecía haber quedado enterrado el original en 1945. Mientras tanto, la izquierda se divide entre quienes aún creen posible el regreso a los «Treinta Gloriosos» y los que quedaron atrapados, a lo Dorian Gray, en el marco de una fotografía ceremonial tomada en la Plaza Roja cualquier 7 de noviembre anterior a 1991. Un espacio en el que, como en la historia del barón de Münchhausen, los protagonistas, tras caer de su caballo a un cenagal, intentan salir de él tirando de su propia coleta.

*

La aceleración de los tiempos no es ya la del progreso, sino la del centrifugado. Todos los detritus de tiempos pasados (big stick, deportaciones, oscurantismo, autarquía, universos concentracionarios, pogromos, cesantía, mercantilismo, colonialismo, expediciones punitivas, imposición de virreinatos) se han echado a la cuba y giran en tolvanera para que a cada día no le falte su afán. El futuro ya no se ve como una promesa, sino como una amenaza, un tiempo de catástrofes instigadas por nosotros mismos. Las crisis, que antaño se teorizaban cíclicas, ondulaciones dilatadas a lo Kondrátiev, con sus periodos de bonanza intermedios, se instalan en el paisaje cotidiano como un modus vivendi.[21] Ya no son episódicas: son la regla. Para reconfortarnos, llamamos crisis, depositando la esperanza en su transitoriedad, a lo que es una realidad estable, no coyuntural ni remontable, continua e ineludible.

«El tiempo se ha salido de sus goznes», afirma Boucheron con sensación de vértigo. «El mundo se ha estremecido inmediatamente, visiblemente, en sus elementos más fundamentales: es el agua que falta, el aire que sofoca, la tierra que se agota y el fuego que merodea», dejando tras de sí «paisajes desfigurados, dañados, entristecidos y disminuidos por un mundo hecho más difícil de habitar».[22] Las consecuencias, aunque globales, no se reparten de manera equitativa. La desigualdad aumenta según el lugar donde se habite y la posición que cada uno ocupe en la escala social. El precariado (inmigrantes, exiliados, desplazados…) carece de un pasado que procura obliterar y de un futuro que aprecia cerrado. Su existencia es la supervivencia del día a día en un presente estancado.[23]

La información cotidiana es un bombardeo en alfombra. Las redes sociales, con su culto por el titular y la economía de análisis, favorecen aquel efecto que señalaba Marc Bloch:

«Es como si [se] estuviera en la cola de una columna donde las opiniones se transmiten desde la cabeza, de fila en fila. No es un muy buen lugar para estar bien informado. Hace tiempo, durante un relevo nocturno, vi cómo se transmitía a lo largo de la fila el grito: «¡Cuidado! ¡Hoyos de obuses a la izquierda!». El último hombre recibió el grito bajo la forma: «Háganse a la izquierda», dio un paso hacia ese lado y se desplomó».[24]

La hiperinformación no genera masa crítica, sino entropía.

El pasado se idealiza. De hacer caso a los mistificadores, la humanidad estaría degenerando desde la noche de los tiempos. Seis mil años antes de Cristo, una inscripción en arcilla descubierta en las ruinas de Babilonia lamentaba: «La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura». Cuatro milenios más tarde, un sacerdote egipcio clamaba: «Nuestro mundo llegó a su punto crítico. Los hijos ya no escuchan a sus padres. El fin del mundo no puede estar muy lejos». En el 720 a. C. el poeta Hesíodo sentenció: «Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esa juventud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible». Hoy se da por seguro que los jóvenes en trance de afrontar las dificultades de la vida adulta y sus incertidumbres (emancipación personal, consolidación de un empleo seguro y justamente retribuido, logro de una vivienda en que llevar a cabo sus proyectos vitales…) son la primera generación que retrocederá en estatus social con respecto a sus padres. En los países ricos, una mayoría de la población piensa que los hijos serán más pobres en realidad de lo que hoy lo son sus progenitores. «Quienes así opinan —señala Bauman— van desde el 53 por ciento de los progenitores en Australia hasta el 90 por ciento en Francia».[25] A diferencia de lo ocurrido con las cohortes rebeldes de 1968, el sistema no se encuentra ahora en situación de integrar a los jóvenes para desactivar su malestar.[26] Para ellos, el porvenir está cargado de presagios funestos más que de buenos augurios. En la melancolía de esa supuesta Edad de Oro, pletórica de distorsiones y falsedades respecto a lo que fueron las verdaderas condiciones de vida de mucha gente común, reclutan adeptos los populismos.

Aumenta el estupor al no haber tiempo para calibrar las causas de un suceso antes de que acontezca el siguiente sin solución de continuidad. Se carece de las destrezas básicas para distinguir entre causalidad, casualidad y correlación. O, sencillamente, la avalancha nos arrolla. El resultado final es un empacho de espectacularidad, un hastío de sucesos. En 1941 —un año antes de su suicidio en Brasil, donde se había exiliado—, Stefan Zweig escribió un cuento titulado Los pescadores a orillas del Sena. La historia transcurre el 21 de enero de 1793, jornada de la ejecución de Luis XVI. A orillas del río parisino, pocos pasos más allá de la plaza de la Concordia en que se alza la guillotina, hay un grupo de hombres pescando: «De espaldas a este espectáculo único, solo prestaban atención al flotador de sus cañas. Ni siquiera volvieron la cabeza cuando los vítores de la multitud indicaron que acababa de tener lugar el mayor acontecimiento en la historia de su país». Su caso ejemplifica la imposibilidad de vivir intensamente todos los sucesos históricos que acontecen en un tiempo medio. «Piensen: han pasado cuatro años desde que comenzó la Revolución; en 1789, todos podían dejar su caña de pescar y unirse al grupo fusionándose en un entusiasmo general, pero qué quieren, nos cansamos, en el cuarto año su compromiso había comenzado a debilitarse».[27] Fin de ciclo.

Se combina un severo desconocimiento de las raíces del presente con el déficit de pensamiento a largo plazo. Ello genera una sensación de impotencia ante la frenética sucesión de fenómenos inconmensurables: nuevas amenazas pandémicas —el «enemigo mortal e invisible» cuyo impacto describió Carlo M. Cipolla—, la crisis climática y sus efectos devastadores, las sacudidas geopolíticas. La mundialización, la revolución digital, el deterioro de la supremacía de Occidente, el despertar del islam, los movimientos migratorios de masas, el retorno de China o el empuje de los grandes países emergentes han modificado irremediablemente nuestros horizontes. Estas perturbaciones socavan el confortable eurocentrismo y alteran las referencias heredadas de la Ilustración y del siglo XIX.[28]

La vorágine de un presente continuo remite a la profecía de Marinetti: «Ayer murieron el Tiempo y el Espacio. Ya vivimos en el Absoluto, puesto que ya hemos creado la eterna velocidad omnipresente».[29] Un presagio que semeja cumplirse en estos tiempos en que la red global mantiene permanentemente interconectados los mercados financieros —cuyos índices se influyen unos a otros al compás del movimiento de rotación terrestre: cuando cierran Tokio o Shanghái, abren Milán o Fráncfort mientras Wall Street aguarda a que suene la campana en su huso horario— o cualquier suceso se retransmite de forma instantánea, en bruto y sin el filtro analítico de un consejo de redacción.

Para conocer las claves del propio tiempo es preciso apelar a la capacidad analítica. Pero hacer un balance de los acontecimientos que se están viviendo, evaluar su alcance, comprender en qué secuencia tienen lugar, cómo tienen y tendrán sentido puede desanimar al observador más informado. La mayoría prefiere abstraerse o dejarlo para mañana.[30] El conocimiento del presente es un agujero negro que el sistema educativo se muestra incapaz de rellenar. Entre 2000 y 2025, serán más de nueve millones los estudiantes egresados de la enseñanza secundaria obligatoria con un conocimiento superficial, cuando no meramente inexistente, del pasado reciente de la sociedad que los interpela a la ciudadanía.[31] Parece como si a nadie le importara. Cuando fallan los canales formales, su lugar es ocupado por el albañal de los circuitos informales. En su Historia del siglo XX, Hobsbawm decía: «La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con las generaciones anteriores es uno de los rasgos más característicos y extraños» de nuestro tiempo. Y añadía: «Los jóvenes crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven».[32] La ignorancia comienza a tener consecuencias, como demuestran los sondeos de opinión.

Félix Guattari lamentaba que la turbulencia de nuestro tiempo borre formas de vivir todavía frescas en nuestra memoria y sitúe nuestro futuro en un horizonte opaco, cargado de nubes y miasmas. Para Jean Chesneaux, el tiempo está siendo aplastado por la inmediatez:

«La existencia cotidiana estalla en una sucesión grosera de momentos sucesivos desprovistos de toda coherencia, huérfanos del sentido que podría conferirles un arraigo en la duración. El individuo se encuentra lanzado a la borrachera de una carrera en la que, para vivir acorde a su tiempo, debe abandonar el control de su vida al dominio del instante y a la dictadura de la urgencia».[33]

Según Alain Touraine, vivimos en un presente casi ilimitado que absorbe gran parte del pasado y el porvenir y rechaza lo que no puede incorporar. El presente nunca tiene contornos precisos: se nutre de un flujo de estímulos, de sensaciones, de imágenes, de presentimientos, de ruidos y de actualidades de los que nuestra memoria solo fija retazos.[34] Alfred Whitehead formulaba una observación que interpela directamente a la escuela:

«En el pasado, la duración de un cambio importante era considerablemente mayor que la de una vida humana. De este modo, la humanidad tuvo que adaptarse a condiciones fijas. En la actualidad, la duración es considerablemente menor que la de una vida humana y, en consecuencia, la enseñanza debe preparar a los individuos para afrontar la novedad de las condiciones».[35]

Algo que ya había observado Michelet en los balbuceos de la aceleración contemporánea: «Uno de los hechos más graves y el que menos se advierte es que el curso del tiempo ha cambiado completamente. Aceleró el paso de una manera extraña. Dos revoluciones (territorial, industrial) en el espacio de la vida de un hombre sencillo». Concordaba con ello Stefan Zweig, representante de la generación de entresiglos:

«Desde que me empezó a salir barba hasta que se cubrió de canas, en ese breve lapso de tiempo, medio siglo apenas, se han producido más cambios y mutaciones radicales que en diez generaciones […] Yo mismo no puedo dejar de maravillarme de la abundancia y variedad de cosas que hemos ido acumulando en el breve lapso de una existencia (existencia, sin duda, de lo más incómoda y amenazada), sobre todo cuando la comparo con la forma de vida de mis antepasados. El padre, el abuelo, ¿de qué habían sido testigos? Cada cual había vivido su vida singular. Una sola, desde el principio hasta el final, sin grandes altibajos, sin sacudidas ni peligros, una vida con emociones pequeñas y transiciones imperceptibles, con un ritmo acompasado, lento y tranquilo: la ola del tiempo los había llevado desde la cuna hasta la sepultura. Vivieron en el mismo país, en la misma ciudad, incluso, casi siempre, en la misma casa; todo lo que pasaba en el mundo exterior ocurría, en realidad, en los periódicos: nunca llamaba a su puerta […] Nosotros, por el contrario, lo hemos vivido todo sin vuelta atrás, del antes no ha quedado nada ni nada ha vuelto; se nos ha reservado a nosotros el «privilegio» de participar de lleno en todo aquello que, por lo general, la historia asigna cada vez a un solo país y un solo siglo. Una misma generación era testigo, como máximo, de una revolución; otra, de un golpe de Estado; una tercera, de una guerra; una cuarta, de una hambruna; una quinta, de una bancarrota nacional… y muchos países privilegiados y no menos generaciones afortunadas ni tan siquiera habían tenido que vivir nada de esto. Nosotros, en cambio, los que hoy rondamos los sesenta años y de iure aún nos toca vivir algún tiempo más, ¿qué no hemos visto, no hemos sufrido, no hemos vivido? Hemos recorrido de cabo a rabo el catálogo de todas las calamidades imaginables (y eso que aún no hemos llegado a la última página)».[36]

Luis Landero cierra el círculo en El mágico aprendiz: «Cuando se inauguró la fábrica, no había nada, solo campo. Yo he visto cómo nacía Fuenlabrada, y ya hace años que observo cómo se acerca cada vez más. Llegará el día en que todo esto sea también Fuenlabrada ¿A usted le parece que un hombre sea más viejo que una ciudad? Esto antes no pasaba».[37]

Reinhart Koselleck describió que la relación entre el presente, el pasado y el futuro se asemeja a lo que percibe un espectador al ver alejarse el confín a medida que se encamina hacia él. El tiempo histórico se produce por la distancia que se crea entre el campo de la experiencia y el horizonte de expectativa. Desde finales del siglo XVIII, el desequilibrio entre ambos factores no dejó de crecer bajo el efecto de la aceleración.[38] En la actualidad, el centrifugado del tiempo presente ha pasado una esponja por el encerado de nuestro campo de experiencia. No hay ningún país donde al desaparecer la generación política que tuvo experiencia directa de la segunda guerra mundial o de cualquiera de los grandes cataclismos y traumas de la época contemporánea no se haya producido un cambio cada vez más patente en su política, en su perspectiva histórica del pasado y en su imaginario colectivo.[39] El alejamiento de la vivencia de la dictadura franquista va obrando efectos constatables. Un informe sobre valores del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO) del primer trimestre de 2024 reveló que los jóvenes catalanes de entre 16 y 24 años eran los ciudadanos más dispuestos a renunciar a vivir en un país gobernado democráticamente si a cambio se les garantizase un nivel de vida adecuado a sus intereses. Otro estudio del CIS apuntaba a una tendencia similar en toda España. Los menores de 35 años eran, con diferencia, los españoles que menos creían que la democracia fuera mejor que cualquier otra forma de gobierno. Un 12 por ciento defendía que en algunas circunstancias un gobierno autoritario sería preferible a uno democrático. Al 15 por ciento de los jóvenes de entre 18 y 24 años le daba completamente igual una forma de gobierno que otra.[40]

En El ocaso de la democracia: la seducción del autoritarismo Anne Applebaumaborda este escenario: «La generación actual de jóvenes de Europa y Estados Unidos ha crecido en un mundo sin guerras, sin dictaduras. Dan por sentado que hay democracia, que esta siempre va a existir. Pero la democracia no es inevitable, requiere esfuerzo y tiempo. Me preocupa que no hayamos transmitido esa verdad a los jóvenes». En septiembre de 2023, la Open Society Foundation hizo público un estudio basado en más de 36 000 entrevistas en treinta países en la que el 42 por ciento de los menores de 36 años estaba convencido de que una dictadura militar sería una buena forma de gobierno. Un 35 por ciento decía que aceptaría tener un líder fuerte, aunque jamás convocase elecciones.[41]

La desaparición de las escatologías igualitarias que alentaron la confianza en un porvenir mejor ha supuesto la práctica eliminación de un horizonte optimista, reemplazado por la casi certidumbre del advenimiento de un futuro caótico y angustioso. A título de visionario, Lucien Febvre predijo en 1946 la entrada del mundo en un estado de inestabilidad definitiva: el reinado de la desesperanza, de la impotencia para imaginar los mañanas soñados o solo deseados.[42] Nuestra era no se percibe a sí misma como ineluctablemente dirigida hacia un hito de cierre de naturaleza o calidad superior. Más bien, lo teme en lugar de perseguirlo:

«El horizonte lejano es un espacio vacío. La tierra de la abundancia está envuelta en la niebla. Justo cuando deberíamos estar afrontando la histórica labor de imbuir de sentido esta rica, segura y saludable existencia, hemos optado por enterrar la utopía. No hay ningún sueño nuevo que la reemplace, porque no podemos imaginar un mundo mejor que el que tenemos».[43]

La certeza del colapso ambiental y el miedo a los nuevos fascismos convierten al calendario en una cuenta atrás. De algún modo, hemos retornado a los tiempos anteriores a la revolución científico-técnica y la Ilustración: aquellos en que la historia, aherrojada por la concepción cristiana del tiempo, era un relato de expectativas, de añoranza de una edad áurea perdida, la desasosegante anticipación del juicio final y, a la vez, el agónico aplazamiento del fin del mundo.[44]


[1] Patrick Boucheron: Le temps qui reste, París: Seuil Libelle, 2023.

[2] Henry Rousso: La dernière catastrophe: l’histoire, le présent, le contemporain, París: Gallimard, 2012.

[3] Ferdinand Braudel: La historia y las ciencias sociales, Madrid: Alianza, 1995.

[4] Johan Huizinga: El concepto de la historia, México DF: Fondo de Cultura Económica, 1977.

[5] Eric Hobsbawm: Sobre la Historia, Barcelona: Crítica, 1998.

[6] Serge Gruzinski: ¿Para qué sirve la historia?, Madrid: Alianza, 2018.

[7] John Bury: La idea del progreso, Madrid: Alianza, 1971.

[8] Don Braid: «Braid: invading Canada would spark guerrilla fight lasting decades, expert says», National Post, 7 de marzo de 2025 [en línea], <https://nationalpost.com/news/canada/braid-invading-canada-would-spark-guerrilla-fight-lasting-decades-expert-says&gt;. [Consulta: 28-4-2026].

[9] Patrick Boucheron: Le temps qui reste, París: Seuil Libelle, 2023.

[10] Zygmunt Bauman: Retrotopía, Barcelona: Paidós, 2017.

[11] Carlo M. Cipolla: Pequeñas crónicas, Barcelona: Crítica, 2011.

[12] Christopher Browning: Aquellos hombres grises, El batallón 101 y la solución final en Polonia, Barcelona: Edhasa, 2002.

[13] Varios de estos testimonios están recogidos en un documental elaborado por Al Jazeera: Investigating war crimes in Gaza (3-10-2024), <https://www.youtube.com/watch?v=kPE6vbKix6A>. [Consulta: 28-4-2026].

[14] Zygmunt Bauman: Retrotopía, Barcelona: Paidós, 2017.

[15] George L. Mosse (2003): De la Grande Guerre au totalitarisme: la brutalisation des sociétés européennes, París: Hachette, 2003.

[16] El Bulletin of the Atomic Scientists se puede consultar en: <https://thebulletin.org/doomsday-clock/>. [Consulta: 28-4-2026].

[17] Walter Benjamin: Tesis sobre el concepto de historia y otros ensayos sobre historia política, Madrid: Alianza, 2022.

[18] Mauro Bonazzi: El pasado: entre la nostalgia y la cancelación, Madrid: Alianza, 2025.

[19] Patrick Boucheron: Le temps qui reste, París: Seuil Libelle, 2023.

[20] Walter Benjamin: Tesis sobre el concepto de la historia y otros ensayos sobre historia política, Madrid: Alianza, 2022.

[21] Susan Buck-Morss: Año 1: un recuento filosófico, Madrid: Akal, 2024.

[22] Patrick Boucheron: Le temps qui reste, París: Seuil Libelle, 2023.

[23] François Hartog: Régimes d’historicité: présentisme et expériences du temps, París: Points, 2015.

[24] Marc Bloch: Apología para la historia o el oficio de historiador, México DF: Fondo de Cultura Económica, 2018.

[25] Zygmunt Bauman: Retrotopía, Barcelona: Paidós, 2017.

[26] Josep Fontana: Por el bien del imperio: una historia del mundo desde 1945, Barcelona: Pasado & Presente, 2011.

[27] Patrick Boucheron: Le temps qui reste, París: Seuil Libelle, 2023.

[28] Eric Hobsbawm: Sobre la historia, Barcelona: Crítica, 1998.

[29] François Hartog: Régimes d’historicité: présentisme et expériences du temps, París: Points, 2015.

[30] Dominique Kalifa: Les noms d’époque: de «Restauration» à «années de plomb», París: Gallimard, 2020.

[31] Fernando Hernández Sánchez: El bulldozer negro del general Franco: una historia de España en el siglo XX para la primera generación del XXI, Barcelona: Pasado & Presente, 2016.

[32] Eric J. Hobsbawm: Historia del siglo XX, Barcelona: Crítica, 1995.

[33] Jean Chesneaux: Habiter le temps, París: Bayard, 1996.

[34] Serge Gruzinski: ¿Para qué sirve la historia?, Madrid: Alianza, 2018.

[35] G. J. Whitrow: El tiempo en la historia, Barcelona: Crítica, 1990.

[36] Stefan Zweig: El mundo de ayer: memorias de un europeo, Barcelona: Acantilado, 2001.

[37] Citado en Marcello Caprarella: Crónica de (una) capital en tránsito: crisis económica, luchas ciudadanas y cambio cultural en Madrid (1975-1985), Madrid: Postmetrópolis, 2016.

[38] Reinhart Koselleck: Futuro pasado: para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona: Paidós, 1993; François Hartog: Régimes d’historicité: présentisme et expériences du temps, París: Points, 2015.

[39] Eric J. Hobsbawm: Historia del siglo XX, Barcelona: Crítica, 1995.

[40] Rodrigo Terrasa y José Aymá: «Los jóvenes ante la seducción de la dictadura: «¿De qué nos sirve la democracia si no podemos progresar?», El Mundo, 7 de abril de 2024 [en línea], <https://www.elmundo.es/papel/historias/2024/04/07/66103831fc6c83ac7a8b45c6.html&gt;. [Consulta: 28-4-2026].

[41] Ibídem.

[42] Dominique Kalifa: Les noms d’époque: de «Restauration» à «années de plomb», París: Gallimard, 2020.

[43] Rutger Bregman: Utopia for realists (2016), cit. en Zygmunt Bauman: Retrotopía, Barcelona: Paidós 2017.

[44] Susan Buck-Morss: Año 1: un recuento filosófico, Madrid: Akal, 2024.


Fernando Hernández Sánchez es historiador y profesor titular de la Universidad Autónoma de Madrid, miembro de la Asociación de Historiadores del Presente y colaborador del Centro de Investigaciones Históricas de la Democracia Española. Preside la Asociación Entresiglos 20-21: Historia, Memoria y Didáctica, dedicada a la investigación sobre la enseñanza escolar de la historia reciente. Sus investigaciones versan sobre la historia del movimiento comunista en España. Es autor de Comunistas sin partido: Jesús Hernández, ministro en la Guerra Civil, disidente en el exilio (2007), Los años del plomo: la reconstrucción del PCE bajo el primer franquismo (1939-1953) (2015), La frontera salvaje: un frente sombrío de la guerra contra Franco (2018) o El torbellino rojo: auge y caída del Partido Comunista de España (2022). Colaboró en el volumen En el combate por la historia dirigido por Ángel Viñas (2012). En 2026 publica En el presente hay dragones: repensar la historia en la edad incógnita.


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