/ una reseña de Fruela Fernández /
El historiador Enzo Traverso —italiano de origen y de formación política (fue militante de Potere Operaio), aunque transnacional en su carrera académica, que ha oscilado entre Francia y Estados Unidos— es conocido entre nosotros por sus brillantes acercamientos a la «melancolía de izquierdas», las diversas formas del fascismo, el concepto de revolución o el destino trágico de los judíos europeos. Su libro más reciente, Gaza ante la historia (Akal), es un texto de intervención política, breve y contundente, que intenta aportar nuevos argumentos al debate sobre Israel y Palestina. Traverso ejerce aquí lo que podríamos llamar «divulgación conceptual». Es decir, su objetivo no es proporcionar nuevos datos sobre el conflicto —como hacen Ignacio Álvarez-Ossorio y José Abu-Tarbush en el también necesario Gaza: crónica de una Nakba anunciada (La Catarata)—, sino plantear paralelismos, ideas, marcos de análisis o conceptos que nos ayuden a comprender y explicar lo que está pasando —también a otros, pues la cuestión palestina es, en buena medida, un durísimo conflicto entre relatos, que influye en las respuestas políticas y diplomáticas.
Sin miedo a entrar en polémicas, Traverso desmonta varios discursos que se reiteran en los medios de comunicación, pero también en el argumentario de políticos e instituciones. Un punto clave es cómo la historia (la europea, claro está, porque la de Oriente Medio rara vez la tenemos en cuenta) distorsiona nuestra comprensión del conflicto. En primer lugar, el carácter terrible del Holocausto, que condiciona toda definición moderna de genocidio, hace que muchos se nieguen a entender que lo que está cometiendo Israel en Gaza es, precisamente, un genocidio, como vienen denunciando numerosos expertos y entre ellos el profesor israelí Raz Segal, que lo considera «un genocidio de manual». Por otro lado, los orígenes europeos del proyecto sionista —nacido a finales del siglo XIX en países como Alemania o Austria-Hungría y que defendía, como es bien sabido, la creación de un Estado judío en el territorio histórico de Palestina— hace que los países occidentales traten siempre a Israel con una benevolencia excesiva y, a menudo, acrítica. Como señala Traverso, esta filiación europea del Estado de Israel se ha basado en argumentos racistas, en la medida en que el sionismo ha sabido posicionarse desde un principio del lado occidental, en lo cultural y en lo racial. Recuérdese, por ejemplo, que Theodor Herzl, figura clave del primer sionismo, defendía la necesidad de un Estado judío en Palestina como «baluarte contra Asia» y «avanzadilla de la civilización contra la barbarie»; argumentos que, con pequeños matices, vemos reaparecer de continuo en el discurso público.
Otro punto notable del texto y que, sin duda, causará polémica es la contextualización del enfrentamiento entre Israel y Hamás, apoyándose en el pensamiento de autores como Carl Schmitt y Frantz Fanon. Traverso no justifica en ningún caso los asesinatos del 7 de octubre —que califica de «atroces»—, pero señala que el terrorismo palestino es una respuesta al «terrorismo de Estado» que militares y colonos israelíes cometen desde hace décadas. Por lo tanto, no es legítimo analizar la violencia del oprimido —por horrible que sea— sin tener en cuenta también la del opresor. En este punto, Traverso traza un paralelismo iluminador con los partisanos y guerrilleros que luchaban contra los ejércitos de ocupación durante la segunda guerra mundial; otro ejemplo pertinente son los esclavos negros que se rebelaban en las plantaciones.
En la parte final del ensayo, Traverso se ocupa del lema «From the river to the sea, Palestine will be free» («Desde el río hasta el mar, Palestina será libre»), malinterpretado y tergiversado con frecuencia: en el caso extremo de Alemania, por ejemplo, se juzga como delito de odio, aunque hay disparidad de interpretaciones entre los tribunales de los diversos Länder. Como bien explica Traverso, no se trata de una llamada a la destrucción de Israel —según pretenden los propagandistas del sionismo—, sino una profunda crítica a la configuración del país, que se caracteriza por la fuerte desigualdad interna y por el privilegio de un grupo étnico y religioso concreto (algo que, por otro lado, no afecta sólo a los palestinos, sino también a los judíos de confesiones minoritarias). Es por ello que Traverso hace suya esta llamada a la liberación y defiende que la única salida al conflicto sería un Estado binacional, donde todos los ciudadanos gocen de igualdad de derechos, sin importar su origen o religión.

Enzo Traverso
Akal, 2024
112 páginas
12 €

Fruela Fernández nació en Llangréu (Asturias) en 1982. Es autor de los poemarios Folk (2013), Una paz europea (2016), La familia socialista (2018) y Corrige los nombres (2023). En prosa ha publicado el ensayo Una tradición rebelde (2019) y el cuaderno Incertidumbre de aldea (2021). Entre sus traducciones recientes destacan el ensayo-antología Manos verdaderas (2022), Apocalipsis: revelación de Juan (2023) y De Lichtenberg a Kafka: aforismos y apuntes alemanes (2023). Con Andrés Navarro ha traducido la antología de Edoardo Sanguineti Querido señor Myself (2022) y Cuaderno de cuatro años (2022) de Eugenio Montale. Entre 2007 y 2011 codirigió el festival Cosmopoética (Premio Nacional de Fomento de la Lectura); en la actualidad es asesor de la editorial Kriller71. Vive en un pueblo de Mallorca y es profesor de la Universitat de les Illes Balears.
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De Traverso basta decir que fue durante muchos años militante de la trotskista LCR (Ligue communiste révolutionnaire) hasta su transformación en 2009 en el NPA (Nuevo Partido Anticapitalista) – una prueba definitiva de su lucidez política.