/ por Víctor Muiña Fano /
Ayer fue el día de Asturias (y el de Extremadura) y yo dediqué un rato a pensar en irme a vivir fuera de Gijón. Es una idea que llevo gestando un tiempo, que no hace tanto habría sido para mí un anatema (como para Judas la de negar a Cristo, hasta que lo hizo) y que finalmente he alumbrado en este, «el mejor verano de la historia». Aquí diríamos «el Veranón»: una explosión de termómetros, visitantes y números verdes fundidos en una deliciosa relación directamente proporcional.
Yo vivo en una zona privilegiada de la ciudad y tengo una hipoteca a tipo fijo, así que la inflación podría llegar a convertirse en las treinta monedas de plata que me ayudaran a escapar del desorbitado precio de las cocacolas: podría poner mi casa en alquiler e irme lejos a vivir de las rentas; podría incluso invertir una parte en hacer como que trabajo de algo guay. Todo gracias a que mis padres se mataron a trabajar, primero para que yo pudiera estudiar y, luego, para que siguiera haciéndolo. Así, a base de sacrificio e insistencia (de mis padres), saqué unas oposiciones y vine a vivir a un sitio bonito en el que los fines de semana los niñatos del barrio hacen trompos con los Mercedes de sus padres. Yo simplemente estuve en el lugar adecuado y en el momento indicado, me dejé llevar; pero no por ello siento que no tenga derecho (qué típico de mí, qué típico de mi generación) a coger la furgoneta orgullosamente destartalada de la familia y largarme de aquí mirando a todo el mundo por encima del hombro. Mis padres tenían una tienda de barrio y, ahora, como no la tengo yo, no la tiene nadie. Pero, por encima de todo, conciencia de clase.
Creo que no hace falta ni explicarlo, pero no me gusta lo que veo. Han puesto un Starbucks en Begoña, el parque más céntrico de Gijón. A pesar de ello, el rápido franquiciado de la ciudad no nos libra de nuestros males endémicos: frente al nuevo establecimiento y durante buena parte del verano, la mafia de hosteleros que tiene secuestrada la ciudad ha instalado en mitad del espacio público más valioso de Gijón una terraza gigante, infinita, que ha estado llena todo el tiempo. De turistas, sí, pero también de gijoneses con síndrome de Estocolmo: por fin hay gente por la calle. Y dinero. Por fin hay trabayu. Y ye verdá. Pero toos sabemos que tamién ye mentira.
Me dan ganas de irme de Gijón, con lo que yo lo quiero, porque no me gusta en lo que se está convirtiendo y, encima, tengo que soportar haber contribuido activamente a darle forma con todas y cada una de las decisiones de mi vida. Así que, veamos: ¿dónde podría escapar? Quizás a Sariego, porque allí mis cuñados trabajan la tierrina con sus propias manos; sacan sus alimentos de dentro de ella, que fue lo que aquí se hizo siempre (de una u otra forma). En cualquier caso, no muy lejos porque no me atrevo y porque no tengo claro que haya algún sitio más allá de las altas fronteras donde las cosas vayan mejor. De hecho, deberíamos darle una vuelta al lema patrio y querido: quizá esto va a dejar de ser un paraíso natural, pero cuando más allá del Pajares no haya más que desierto podremos seguir presumiendo de ser «Asturias, el mal menor».
En fin, mis cuñados (que era de lo que estaba hablando) son de un pequeño pueblo de León y vinieron a Asturias porque en el secano la tierra se cuenta por hectáreas y las hectáreas ya están repartidas desde la Reconquista y se trabajan de cierta manera. Ellos prefieren metros cuadrados y trabajarlos de otra forma. Me atrae la dignidad de lo que intentan hacer y, sin embargo, me doy cuenta de que allí, alrededor de ellos, yo sería un impostor (en mi descargo diré que ahora, aquí mismo, también lo soy. Una vida de éxito radica en escoger una ficción y perseverar). Si voy al pueblo, si alguien va al pueblo, vamos a estropearlo igual que estropeamos todo lo demás.
En Gijón, y me temo que pronto también en Sariego y en toda Asturias, vivimos en un largo capítulo de El Equipo A, aquella serie que mi generación consumió sin saber que estaba atisbando un pedacito de su propio futuro. Casi todos los capítulos empezaban igual: con un tipo muy sonriente que hacía una generosa oferta a un pequeño propietario. Cuatro décadas más tarde, no hace falta que vengan con dos gorilas, gafas de sol y amenacen entre dientes con rompernos las piernas si no vendemos. Hemos captado el mensaje y, además, la oferta sigue siendo generosa: hoy, café para todos y para mañana pan duro. En esto no podemos negar que tenemos mucha experiencia.
Creo que no es casualidad que aquella serie naciera en Estados Unidos en 1983, el mismo año que yo nací en Gijón. Se dijo que era muy violenta, pero no por las amenazas de «los grandes inversores» sino porque algunos se resistían llamando a los protagonistas y entonces aparecían el Tío Sam y las explosiones. A España llegó unos años después, más o menos cuando nacía el coordinador de la revista en la que hoy publico mi texto y cuyo padre fue minero, como mi bisabuelo.
A mi bisabuelo lo recuerdo siempre callado. Iba en silla de ruedas y tenía silicosis. La mina en la que trabajó, la de La Camocha, sigue rodeada de carteles de «no pasar», pero porque se cae a pedazos. Un autobús nocturno, un búho, lleva hasta los adosados que se han ido construyendo alrededor a los que vuelven del Starbucks el sábado por la noche. De La Camocha es también, por cierto, la mujer de mi cuñado. Sus bisabuelos seguramente conocieron al mío. Ella vivió un tiempo en el pueblo de León de mis cuñados, que no está muy lejos del pueblo de León al que se ha ido a vivir el coordinador de esta revista. Batalla es de mi barrio y fue al mismo colegio que yo, pero ahora escribe desde allí y a veces, también, escribe sobre todo esto que nos está pasando.
No sé si me iré de Gijón, pero espero que su pueblo no se estropee tanto como el mío. No sé cuánto de lo que escribimos, cuánto de lo que dejamos de picar o cuánto de lo que aramos queda enterrado en la tierra que pisamos…

Víctor Muiña Fano (Gijón, 1983) es profesor de historia y en 2013 comenzó a escribir en la revista cultural Neville. Desde entonces, ha colaborado con medios como El Comercio, A Quemarropa, Asturias24 o La Voz de Asturias. Desde 2014 dirige La Soga, una revista digital guiada por el libre albedrío cultural, que cree que un mismo camino une la alta cultura y la cultura popular; que es posible leer a Dostoyevski después de ver un partido de fútbol; que se puede debatir acerca de los poderes de Superman o el último pleno del Congreso de los Diputados y terminar recordando los dudosos métodos policiales de Jimmy McNulty.
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Este comentario no está en su lugar. Era este: Perdonad. «Veía la vuelta y pasaban los pueblos con sus casos ajustadas a la carretera, sin espacios amplios que cultivar. En realidad, le decía a mis nietos, los asturiano tenían el espacio de trabajo en el subsuelo, en sus pozos. Hoy no veía actividad significativa y eso me daba una cierta pena. Veía una Asturias reducida a su naturaleza y a su paisaje. Eso es mucho, pero no es bastante porque muchos tendrán que salir , que seguir saliendo para organizar sus vidas. Feliz día de Asturias!, Guillermo.
Qué bueno. Algo triste pero precioso.
Me resulta cercano.. qué buena y sincera reflexión!