/ La verdad del cuentista / Antonio Monterrubio /
Por razones electorales, en buena parte de Occidente, la derecha conservadora tradicional precisa y busca —a veces hasta mendiga— el apoyo del nacionalpopulismo. Esto facilita la normalización del peligroso discurso del odio que las formaciones de ese espectro ideológico predican, y del que se nutren. En España la epidemia es aún más grave, dado que en ningún momento tales fuerzas han sentido necesidad alguna de despegarse, aunque fuera retóricamente y por conveniencia, del fascismo histórico. Incluso en Italia, una convencida mussoliniana como Meloni ha tenido que distanciarse de cara a la galería. Aquí en cambio, no solo los muy cafeteros, sino las derechas de todos los matices permanecen fieles, prietas las filas e impasible el ademán, a los voceros de la barbarie.
Con ese mar de fondo, no es de extrañar que racismo, misoginia, homofobia, clasismo, negacionismo y saña política circulen por radios y televisiones ante la sonrisa atolondrada y bobalicona de presentadores/as estrellas y reputados conductores de desinformativos vespertinos. El nihil obstat que los poderes mediáticos otorgan al rugido del mal posibilita que vaya arraigando, en especial en las mentes más moldeables. Desde el instante en que es admitido, aceptado y aplaudido en esos foros masivos, puede hacerse pasar por un mensaje igual de respetable que cualquier otro. Para colmo, se le recubre con una pátina de rebeldía frente a una supuesta corrección política que, si alguna vez existió, tiempo ha que hizo mutis por el foro.
Las consecuencias no tardan en salir a la luz. Una encuesta publicada en el otoño de 2022 y avalada por instituciones tan sospechosas de sesgo izquierdista como el Centro Reina Sofía y la Fundación FAD detectó en el 25% de los adolescentes y jóvenes opiniones y actitudes abiertamente racistas. Sin embargo, solo el 5,6% de los entrevistados se ubicaban ideológicamente en posiciones de ultraderecha. El que la xenofobia sea mucho más marcada en los varones es claro indicio de que tampoco serán ajenos a otros prejuicios. Únase a estos preocupantes datos el de que, en un año, el número de delitos de odio experimentó un aumento de 32%. Los colectivos puestos en la diana eran principalmente gitanos y marroquíes (léase musulmanes), pero eso es simplemente porque son los más visibles. A poca distancia se sitúan los subsaharianos, y luego los latinoamericanos. Sondeos varios revelan también recelos crecientes hacia los inmigrantes asiáticos y de Europa del este, sin descartar los de países pertenecientes a la Unión europea. Hasta un grupo casi inexistente en la España actual es asimismo objeto de aversión, y no solo teórica. Cuando el pequeño pueblo de Castrillo Mota de Judíos recuperó su nombre, renegando del Castrillo Matajudíos que el delirante antisemitismo de un tiempo había impuesto, empezó a recibir visitas, no precisamente turísticas, de nazis procedentes de Madrid y alrededores. La ofuscación con el topónimo se acompañaba de pintadas ofensivas, grafitis imprecatorios o injurias al alcalde.
El odio no es una broma, aunque a menudo comienza a modo de inocente chiste. Pero menor de lo que parece es el trecho que media entre el chascarrillo en el que alguien afirma que «todo es culpa de los ciclistas y de los judíos» y su interlocutor contesta «¿y por qué de los ciclistas?», y las frases de Himmler: «Hay que aplastar incluso a los bebés en la cuna como a sapos hinchados y repulsivos. [… T]enemos que barrer con escobas de hierro» (Rees: El holocausto). Y no digamos una vez que se ha comenzado la innoble tarea de demonizar y deshumanizar a un colectivo. Recordemos que vivimos en un país donde a quienes no dicen amén al catecismo reaccionario, les caen encima violentos insultos, con lindezas como ratas, escorpiones, serpientes o monos. Volvamos a las páginas más negras de la historia europea, con otras perlas del mismo personaje. «Hacemos lo correcto cuando nos defendemos contra las alimañas […] todo el mundo tiene que cumplir con su deber sin consultar antes con la conciencia».
Hay que guardarse mucho de poner en marcha el tiovivo de la Danza de la muerte. En el cuadro de Otto Dix Los siete pecados capitales, puede verse a lomo de una anciana encorvada de ojos ávidos, alegoría de la avaricia, a un siniestro enano con los rasgos de Hitler encarnando la envidia. Se percibe algo de profundo comentario histórico en esa maligna coalición entre la codicia y el mal. Presentar a orcos y troles como si fueran elfos un poco quisquillosos es un error mayúsculo que abre el camino del Infierno. «El espíritu venenoso al que se han rendido los cerebros amenaza con sobrevivir al apocalipsis» (Karl Kraus: Hitler, 1934).

Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas), Al revés te lo digo, El serano y La primavera y el titán. Publica textos en El Cuaderno desde 2020, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo desde 2023.
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