/ un relato de Jaime Tovar Iglesias /
—¡Pues claro que me acuerdo! —gritó elNegro Santamaría—. En la Comitiva Nacional, aquellos fachos siempre enterados de todo, y ustedes callados.
—Ya, cálmese, Negro. Ya está bien —lo contuvo el Ártico.
El Negro Santamaría se levantó y daba vueltas en la habitación sin rumbo.
—Oigan. Si aparece una nota más, tan solo una notita más sobre otra desaparición o muerte de esos pelados, no voy a quedarme acá, ¿me oyeron? —inquirió con tono amenazante—. ¿Cuánto tiempo más quieren seguir de brazos cruzados?
Daniela Lomas entró agitada en la cochera.
—Tenemos que marcharnos —advirtió—. ¡Ahorita mismo!
—¿Qué pasó?
—¡Vienen! —anunció violenta—. ¡Esos gorilas están entrando en los depósitos!. Tienen vigilados a grupos de estudiantes y están deteniendo a mucha gente. No podemos seguir acá. Están a pocos metros.
—¿A qué viene tanto alboroto? Ya sabemos, pero no van a venir por acá —se anticipó el Ártico.
—¡Atentaron en la Contraloría! —explicó Daniela Lomas—. Unos manifestantes prendieron fuego al carro del contralor. Protestan por las obras demoradas en la avenida Alsacia. Se están aprovechando de las manifestaciones y ahorita el ESMAD está tomando represalias en esta zona de Kennedy.
—¿Acaso las obras tienen algo que ver con la reforma tributaria? —preguntó incrédulo el Negro Santamaría, tomando asiento de nuevo.
—Ya. ¡Marchémonos! —lo alentó Julio Briceño.
Salimos del garaje. El callejón estaba vacío. Montamos en el coche situado a dos manzanas de la parte trasera del edificio, en la calle 23. Daniela y yo subimos al coche de Julio Briceño. El Negro Santamaría y el Ártico arrancaron en la moto y se escaparon por la 65.
—¿Y Sinfo? —pregunté.
—Él está en la casa —respondió Daniela Lomas—. Fue quien me avisó.
—¿Y dónde está ese hombre? —volví a preguntar.
—¿Qué hombre, Andresito? —dijo casi molesta.
—Ese tal Tomás Patrón. El tipo que venía a la cochera. El que me encontré en la Negrita Guajira.
—¿Quién, el Muerto? —se entrometió Julio Briceño, mientras conducía.
—¿Cómo que el Muerto? —pregunté extrañado.
—Sí bueno, al man así le dicen —me aclaró —. No habla, tan solo asiente. Le dicen Tomás el Muerto. Estuvo un tiempo preso. Cuando salió, trabajó vendiendo frutas en un puesto del Mercado de Paloquemao.
—¿Donde está ese mercado? —pregunté.
—Pues más o menos céntrico —se anticipó Daniela Lomas—. Un día vamos a desayunar allá. Es chévere. Aunque ya se ha convertido en un sitio muy turístico por la cantidad de tours gastronómicos.
Una señora que vende hormigas fritas de Bucaramanga se nos acerca en el trancón; sus largas trenzas, sus ojos rajados, nos ofrece un cucurucho: ¿gusta, señor?
Julio Briceño avanzaba hacia el túnel, va dejando atrás el Transmilenio, los taxis, las motocicletas.
Entré en el apartamento de Julián, donde yo estaba viviendo. Era de noche y saqué de la nevera unos tamales congelados. Coloqué mi abrigo en la percha del vestíbulo y salí a la terraza del bloque divisando los edificios que se sobreponían en la lejanía. La avenidas abarrotadas de luces en movimiento. La brisa fustigaba la ciudad y cambiaba de intensidad. Una ventisca azotaba las ramas de los árboles de la 58, levantaba los toldos y aleteaba los banderines de los edificios oficiales. Ante mis ojos se abría una ciudad infinita que continuaba parpadeando en el horizonte; Bogotá era inmensa. El cielo, ya oscuro, capitaneaba una ciudad tan hermosa como lúgubre. Tan cálida como fría. Tan colorida como cenicienta. Y arropando a millones de habitantes tan distantes y serios como alegres. Tan ricos, y sobre todo tan pobres. Entre esa jungla de humanidad, ¿dónde estarías, niñera? Saqué de mi bolsillo una cajetilla de Starlite y encendí un cigarro. Sentí un rayo de tensión placentera. Una impaciencia y nervios que se calmaron con la primera calada.
Los edificios descoloridos, retratos tatuados en las paredes, letras de canciones sobre los ladrillos, la maraña de cables entre las columnas, las cocheras pintadas de la carrera 65, allí estaba: La Negrita Guajira.
Flotaban los compases de una música caribeña. Un olor a frites invadía la cantina. Melchor el Camello limpiaba la barra. Un cuadro en la pared presentaba dos perros tumbados bajo una columna; otro, una ciudad del Caribe: debía de ser Cartagena de Indias. En frente, uno más colorido, esta vez publicidad de Havana Club; al lado, una silueta de piel africana sostenía en su cabeza un cesto de frutas. Sonreía llena de abalorios verdes en el cuello y en las orejas. ¿Sería ella la negrita guajira que daba nombre al local? Es cierto: Dorita era costeña.
—Era un muchacho despierto, ¿sabe? —indicó Tomás Patrón sirviéndose cerveza en el vaso—. Fíjese que ya en la Universidad andaba con vainas de política y nadie lo entendía. Que si el marxismo, que si Trotksi, que si Mao. Carlitos estudió en la Universidad Javeriana hasta que se enroló en las FARC. Era un hombre muy inquieto, desde chiquito. ¿Puede creer que se preocupaba por todos los pobres del país?
Me hablaba de Carlitos con cierta nostalgia. Lo recordaba con afecto. Una extraña emoción se colaba en sus ademanes cuando hablaba de él, el ya difunto Carlos Pizarro Leongómez, con el que tantas veces compartió cantimplora en las selvas. El que fue comandante del ya disuelto M-19.
—Caminamos por montañas y páramos con el morral cargadito ¿sabe? —continuaba—. Y qué sed, muchacho, ¡si viera…! Los bultos pesaban. Rompíamos a machetazos las ramas. Dormíamos en el piso, en cobijas de esparto. Así, noches hasta que llegábamos a algún cuartel o caserío. Almorzábamos sentados, escondidos entre las ramas. Lo que hubiera, joven; plátanos, panela, yucas. ¡Éramos guerrilleros, carajo! Luján: ese sí era bravo. Subía rapidito y nos regañaba. Que si éramos tortugas, joven. Que si ustedes se la pasan fumando y bebiendo nomás: así decía. Cómo era el manco. Sí. No es que le faltara la mano, sumercé. Pero la izquierda, para nada le servía sino para mirar la hora. Así le llamábamos: el Manco. Pero ellos sí eran grandes amigos. Uno era la sombra del otro. Se conocieron en el setenta y dos, cuando el comandante Carlos Pizarro ingresó en las FARC. Entonces era muy jovencito. Luego de que asesinaran a Jaime Bateman, Carlos Pizarro pasó a ser la mano derecha del comandante Felipe —repuso.
Dorita se acercó a la mesa dejando una pequeña bandejita de filetes empanados con arepas fritas, mayonesa de ajo y dos cervezas espumosas.
—¿Quién era el comandante Felipe? —pregunté.
—Así era su nombre en el campo de batalla —aclaró, acomodándose la servilleta bajo el cuello de su camisa—. Se llamaba Iván Ospina. Iván Marino Ospina; el segundo en asumir la jefatura del movimiento, ¿sabe? Casi toda la lucha se hizo en el Cauca, también en El Caquetá. La gente del pueblo se unía al cordón de hombres cargados con armas que corrían a los montes. Venían con nosotros, sumercé. Cuando entramos en Yumbo, cerca de Cali, nos llamaban. Las mujeres y los niños gritaban de alegría, los hombrecitos nos abrazaban y se quitaban el sombrero. Las viejitas nos daban flores, ¿cómo cree, sumercé? Nos enseñaban el pueblo, los caseríos, los caminos, vayan por acá, vengan por allá: así decían. Si viera.
La Negrita Guajira descansaba de su habitual trajín. Aquél exótico bar donde normalmente Daniela Lomas traía alguna exclusiva para La Pluma Directa a través de algún compañero de la Universidad, algún vecino de Chapinero o un posible becario soplón que había logrado colar durante un semestre en el semanario El Tiempo, donde yo ahora colaboraba. El bar de Melchor y Dorita era un refugio para sus tertulias a ciertas horas de la noche. Allí, el Negro Santamaría y el Ártico no daban rienda suelta a sus discusiones hasta llegar a las manos, como hacían en el garaje. Tomaban siempre la mesa del final, donde comprobaban los últimos datos sobre las torturas cometidas por la policía, sobre altos funcionarios del ejército que ordenaban sofocar pueblos indígenas y sobre presuntos escándalos de corrupción que salpicaban a ministros, alcaldes o líderes de prensa. Tomás Patrón nunca se inmiscuía en esas conversaciones. Ese grupo de jóvenes que intentaban denunciar los abusos del Estado y atacar al uribismo no hacían sino causar cierta gracia a quien que arriesgara su vida en las montañas de Colombia esquivando disparos o acabando preso. Quizás por ese motivo lo llamaban Tomás el Muerto: porque para él eso ya estaba muerto. O tal vez su vida guerrillera fuera la que estaba ya muerta. Sin embargo, aquel día en su voz, en el fulgor de su insólita mirada, noté una inquietante y palpitante vida:
—¡La Operación Garfio! —bramó, inclinado sobre la mesa—: así la llamaban. Así decían ellos sobre la emboscada. Nosotros respetamos la tregua en Corinto. No podíamos contradecir nuestra palabra de guerrilleros. ¡Nos sorprendieron, carajo! El Ejército Nacional nos tomó por sorpresa. El movimiento reclutaba a muchos irregulares que no tenían más adiestramiento que el poco que les ofrecíamos. Ellos: el comandante y varios más, habían estado en Cuba. Cuando regresaron de La Habana, del adiestramiento militar, nos hablaban de vainas que ni entendíamos. Aprendieron nuevas tácticas para la guerrilla. Nos instruían sobre dominio de zonas geográficas, manejo de explosivos, crearon fuerzas especiales para realizar operaciones de comando. Vinieron fuertes, sumercé. Los llamaban Los Académicos.
Las paredes de la Negrita Guajira ofrecían otro panel de retratos. En todos aparecía Melchor junto a personalidades que debieran ser importantes, o al menos conocidas. Estaba mucho más joven, sin canas. Todos los cuadros mostraban grupos de personas en blanco y negro. La última fotografía ofrecía la imagen de un puñado de milicianos en un campo. Solo logré observar hierba bajo la pirámide de guerrilleros que aparecían. Casi todos eran barbudos y con ropas de camuflaje y gorra al estilo del Che. Llevaban armas, y sonreían. Reconocí a Tomás Patrón en la esquina. Su bigote sobresalía de las barbas, una rodilla inclinada en la hierba, agarra un rifle que apoya en el suelo. En el centro de la docena de hombres, se observaba a Melchor el Camello. En la esquina inferior de la fotografía ponía: «Yarumales, Valle del Cauca. Diciembre de 1984».
—Cuando llegamos a la hacienda de Yarumales, levantamos el campamento —reanudó Tomás Patrón, apuntando con el dedo a la fotografía—. Nos movilizamos desde el caserío. Vinieron muchos irregulares. Reclutamos pelados que no habían empuñado un arma nunca, joven. El comandante Pizarro ordenó asentarnos entre esos predios. Colocamos las carpas. Nos demoramos un día entero en despejar la zona, en mirar tras las laderas. Construimos pozos para los fusileros y vigilamos tras las lomas.
Tomás Patrón hablaba sin pausa. Cada detalle que manifestaba lo empujaba a una irrefrenable locuacidad extraña en él. Pareciera que hablar sobre su pasado lo liberara de un oscuro recoveco. Una música descorazonada resonaba en la Negrita Guajira. Melchor el Camello depositaba en filas los vasos limpios que ordenaba en el estante tras la barra. Dorita barría entre las mesas, abismada en su tarea.
—Cavamos zanjas para comunicarnos entre las guarniciones —continuó, hundiendo el cuchillo y el tenedor en la mitad del filete rodeado de una ensalada de aguacates—. En los huecos del piso formamos la artillería. De todos los combatientes, un grupo salió a vigilar por el norte. El Ejército Nacional nos sorprendió. Atacaron desde arriba, nosotros vigilábamos por la zona de abajo y comenzó así la primera ofensiva. Eran muchos más, unos ciento cuarenta. Los vimos, fuimos a inspeccionar la zona, no éramos más de diez. Mataron a Guzmán; él fue el primero. Despejamos tras el primer ataque. Yo disparaba nomás. Me atrapó el polvo y no vi nada, sumercé. El Ejército Nacional rodeó todo el área. No había escapatoria. Nos asediaron por sorpresa. Nosotros mismos habíamos pedido la tregua. Meses antes. ¿Cómo cree? Sí, meses antes, acordamos con el Gobierno dejar las armas. ¡Nos sorprendieron! ¡Nos agarraron mal parqueados! Fíjese.
Las cordilleras se ocultaban entre la niebla. El viento silbaba y los colibríes retozaban entre los hibiscos. El cielo era plomizo. Los helicópteros rodeaban el cerro como moscas gordas. Caían ráfagas sobre el campamento. Así comenzó el ataque. La guarnición se dividió en tres grupos. El comandante Pizarro ordenó camuflar con pintura tubos simulando lanzacohetes.
—Atábamos ruedas de madera a los árboles —prosiguió—. Parecía que les apuntábamos con cañones, ¿sabe? No teníamos rifles apenas, sumercé. Cada tres hombres nos rotábamos un fusil. No había más de unas sesenta armas para todos. Nos dividimos en tres frentes. Tomamos diferentes caminos en la batalla. Yo fui con el Manco. Nosotros íbamos hacia abajo, dirigidos por Carlos Erazo: el comandante Nicolás. El pelotón se acercó hasta el caserío de San Pablo, allá estaba el Comando del Ejército. La infantería atacaba las posiciones guerrilleras. El objetivo del operativo militar era acabar con el movimiento, ¡querían aniquilarnos! —rugía untando un trozo de pan en la salsa de ajo—. El enfrentamiento fue difícil. La posiciones de combate del enemigo eran superiores en el primer ataque, ellos tenían controlada la zona norte del cerro, si viera.
—¿Cuánto duró la batalla? —pregunté.
—Estuvimos veintidós días —respondió llevándose el trozo de pan untado a la boca—, logramos enfrentar a las fuerzas de la contraguerrilla colombiana.
—¿Y cómo lograron sobrevivir siendo tan pocos, comparados con el Ejército?
—Los primeros momentos del ataque fueron duros —hace una pausa, bebe, deja el vaso, hace un gesto de alivio, se lleva otro trozo de bistec empanado a la boca—. Imagínese: apenas teníamos munición —mastica, mientras clava el tenedor en otro trozo—. El comandante ordenó cavar acequias para que los fusileros pudieran atrincherarse. Los peladitos que no estaban entrenados excavaban día y noche, juiciosos. Estuvimos sin comida, luego llegaron campesinos de las regiones. Pudimos alimentarnos bien. Traían sacos de papas, arroz, aguacates y tinto, mucho tinto caliente. Asábamos carnes y comíamos pescado. A los días, el combate fue cada vez más largo y la guerrilla se encadenó como un ejército de regulares en el frente.
Tomás Patrón hablaba con confianza mientras comía. No era un hombre viejo, pero lo parecía. Era el segundo día que nos veíamos en el bar de Melchor el Camello. ¿No había sido Melchor también guerrillero? Quizás solo imaginaciones de Daniela Lomas, pero no: aquel retrato lo corroboraba.
—¡Incumplieron su palabra! —se atora mientras engulle otro trozo de carne. Tose, bebe un trago de cerveza, continúa—. Nos enfrentamos a las Fuerzas Militares y a la Tercera División del Ejército de Colombia —se acerca el puño cerrado, disimulando un eructo—. ¿Le parece poco?
Tomás Patrón tenía una voz rajada. Un acento de Boyacá. Sus manos sujetaban el vaso sobre la mesa. Brazaletes y pulseras rodeaban sus muñecas. El vaporoso dibujo de un tatuaje se ocultaba bajo la camisa. En el otro brazo, la cicatriz. Aquella herida perdurable en las paredes de su piel. La singular huella que marcaría su vida. ¿Cómo logró salvarse, Andresito? ¿Le preguntarías?
—Y dígame una cosa, Tomás —titubeé—. Aquella herida, esa herida que tiene usted, ¿se la hizo en la batalla?
Sus ojos cayeron de nuevo sobre la mesa. Estaban vacíos. Miró hacia la puerta sin ganas y bebió otra vez cerveza.
—No. Nada que ver —volvió a esconderse en un apocado silencio. Hizo una extraña mueca mientras se arrullaba el bigote.
Lo miré e intenté cambiar de tema.
—Fue un accidente —manifestó.
El Sol se había escondido de repente. Viscosas nubes cerraban el cielo. Los llamaron de la Alcaldía Municipal de Turmequé. La farolas, fundidas desde hacía días, esperaban su reparación dejando en penumbra la plaza del pueblo. «¿Qué se les ofrece?», contestaron en la Municipalidad de Úmbita. «¿De nuevo otra avería? ¿Tantos días llevaban sin luz en la plaza?».
—Yo trabajaba para la Municipalidad de Úmbita, ¿sabe?
Ahorita enviaremos al equipo de reparación eléctrica. Daremos de alta el protocolo de colaboración de los municipios. El funcionario dio la orden, y los tres trabajadores acudieron a Turmequé.
—Llegamos a Turmequé, un pueblo vecino —continuaba Tomás Patrón—. No era la primera vez que íbamos desde Úmbita a otros pueblos.
La camioneta estaba parqueada frente a la iglesia. La lluvia caía fuerte. Raudos y estridentes ululaban los relámpagos. Las campanas de Turmequé anunciaban las doce del mediodía.
—¿A Turmequé? —pregunté exaltado.
Dos señoras vienen cargadas del mercado, un viejecito con ruana cruza la calle sujetando su sombrero, tira de la mula, hunde en el suelo el horcón. Los transeúntes que caminan por el Parque de la población marchan corriendo a los portales.
—Sí. Bueno, entiendo, usted no es de Colombia. Úmbita es un pueblo de Boyacá, en el centro del país —me aclaró—. Turmequé, también.
De pronto, sentí un ramalazo de nervios.
El pueblo estaba vacío. Las lavanderas se guarecían bajo los arcos con los carros atestados de ropa. Los fruteros rescataban los cestos de la calle. Los vendedores empujaban los carritos hacia los pórticos. Las corrientes, como riachuelos, empantanaban la tierra, los perros ladraban.
—Yo nací allá, en Sogamoso.
El cielo emitía luces extrañas. El aguacero castigaba las montañas, barría las calles, azotaba las palmeras de la plaza. Los torrentes de lluvia inundaron los predios y los cafetales. Los campesinos guardaban el ganado en las cuadras, apresurados.
—Allá en Sogamoso tenemos el museo arqueológico de los muiscas. ¿No conoce a los muiscas?
Los albañiles abandonaban las obras, tapaban el cemento, recogían las lonas en el suelo de los andamios. Los tres trabajadores de Úmbita guardaban las cajas en la camioneta. Ya terminaron, por fin, y de pronto este aguacero. ¡Por la Virgen Negrita de Moniquirá! ¡Cómo llovía de esa manera!
—También tenemos un templo indígena del Sol —cargaba la conversación, sin miramientos—. Allá, en Sogamoso tan sólo está ya mi hermana Casildita. Hace rato no voy a visitarla. Sufrió mucho cuando marché a las montañas.
Los trabajadores de la Municipalidad de Úmbita corrían hacia la camioneta con las cajas: una, otra, otra, y así con todas. Guardaron las herramientas. El tercer trabajador mira de pronto detrás de él.
—«¿Cómo voy a hacer entonces si me quedo acá?», yo les decía. ¿«Cómo voy a combatir la oligarquía y el imperialismo si me quedo con ustedes?», yo les repetía, pero ellas no entendían, sumercé. Ni de vainas querían que marchase. Mi mamá me dio un escapulario de la Virgen Negrita de Moniquirá que llevo siempre. Mi hermana Casilda me retiró la palabra, hasta que se nos fue la viejita.
Queda ensimismado. Mira una estatua que está en la plaza. La observa parado en medio de la lluvia.
—¡Y cómo llovía aquella mañana! —se entretenía Tomás Patrón devorando ahora la ensalada—. Jamás vi cosa igual. Los truenos sonaban como bombas.
Los hombres de Úmbita terminaron su trabajo. Amontonaban las cajas deprisa y se refugiaron en la camioneta. El tercer hombre seguía allí, se acercaba a la estatua bajo el diluvio.
—Pues ya habíamos terminado con nuestras diligencias aquella mañana. Y fíjese: ¡nos sorprendió el aguacero! Justo cuando empezamos a guardar las cajas de las herramientas en la camioneta. Ya habíamos depositado los cables en el carro.
Petrificado, parece quedar sordo a los avisos de sus compañeros. Tronaba sin cesar.
—En la plaza había una estatua hermosa, sumercé. Fuera como si me hubiese hechizado. Jamás me sentí así.
¡Tomasito!
—Fue como un embrujo.
¡Tomasito! ¡Qué putas haces!
Tomás Patrón acortaba las palabras, su mirada volvía a vaciarse sin rumbo. Clavaba los ojos en la botella de cerveza como secuestrado por un recuerdo.
—¿Y qué es lo que pasó, Tomás? —pregunté.
—Mis compañeros estaban apurados —prosiguió—. Nos demoramos demasiado aquella mañana. Yo de pronto dejé de escuchar. Tan solo veía una luz, y olía. Olía a tierra mojada. Y me acerqué.
Uno de los trabajadores de Úmbita se quita el sombrero, se irrita, golpea la camioneta, «¡es que no oyó!», rugía a su compañero bajo la lluvia.
—La acaricié —dijo.
Aturdidos ladraban los perros, sonaba la inclemencia de la tempestad, los rugidos del cielo triste. Una estrella se formó en el parque de la población. La estatua, hierática, miraba hacia las montañas. En el reflejo de sus ojos muertos parpadeó una luz mortal. El hombre dio un brinco y cayó al suelo. Un llanto de dolor, un alarido. Los trabajadores de Úmbita entran en pánico, se estremecen, lo dan por muerto.
Tomás Patrón se arremangó la camisa y recorría con el dedo la silueta de la herida.
Los compañeros, absortos, van corriendo a recogerlo del suelo. Las mujeres chismosas desde la puerta del Granero se llevan las manos a la cara, otra se tapa el rostro, espantada. El llanto de una niña, el ladrido de los perros, el rebuzno de un asno desde el establo. Ya solo cae agua.
—Fue un milagro —aseguró y me miró en silencio, con la mente en el recuerdo de aquella mañana en la que volvió a nacer—. Jamás volví al Valle de las Trompetas: así llamaban a ese pueblo vecino. Jamás volví a Turmequé.

Jaime Tovar Iglesias (Cáceres, 1993) es graduado en derecho por la Universidad de Extremadura y realizó el máster de acceso a la abogacía. Es jurista, pero su vocación es la escritura y el ejercicio periodístico. Ha colaborado en otras revistas como La Trastienda Infinita y ha publicado relatos como «Las flores no mueren en Orihuela», «El aquelarre de los ciervos» o «Entre el verbo y la guerra», entre otros. Actualmente está inmerso en su primer proyecto de ficción.
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