/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Leo los diarios de Gaspar Melchor de Jovellanos magníficamente editados en Gijón: sin duda una obra monumental como pocas. Tiene mérito este tipo de ediciones en un país en donde pocos leen las fuentes primarias.
Retirado de la vida política en su Gijón natal, el sabio ilustrado comenta, en su entrada de 10 de abril de 1794, el infortunio de dos amigos suyos: el conde de Floridablanca y el conde de Cabarrús. Del primero dice que lo han puesto en libertad, pero que sufre destierro, mientras que del segundo lamenta que «se ha nombrado una junta para decidir la causa del Conde de Cabarrús, mi desgraciado amigo» y desconfía de algunos de los miembros de la junta, de quienes dice que uno es malo y el otro necio. Sigue diciendo: «¿Qué cargos hacen a Cabarrús? ¿Por qué no se le comunican? ¿Por qué no le dejan defenderse? ¿Por qué no se deja esta causa en su ordinario curso?».
Jovellanos también conoció en aquellos días la desgracia de otro colega suyo, el ilustrado conde de Aranda: en sus diarios explica que este, hallándose indispuesto, un día no pudo asistir al Consejo de Estado y, por esta razón, dirigió al rey y a los miembros del mencionado consejo un informe en el que explicaba las funestas consecuencias de la guerra que se estaba librando entre España y la Convención francesa, más conocida con el nombre de guerra de los Pirineos (1793-1795). Para Aranda, era necesario firmar la paz a causa del mal estado en que se hallaba el ejército; también por la falta de soldados, la deficiente manutención de las tropas y, especialmente, la absoluta falta de dinero. En este informe, Jovellanos decía que se estaba engañando al Rey y afirmaba «que era preciso descorrer el velo y presentar las cosas como eran en sí». Pero este documento ni tan siquiera se leyó en el mencionado Consejo; o, lo que es peor, no se leyó todo.
Cuando Aranda se personó en el siguiente Consejo, reiteró de palabra lo que había escrito en el informe, y uno de sus miembros le quiso callar o discutió sus observaciones. Entonces, airado, Aranda «rompió diciendo que, pues conocía que su persona y sus servicios no le eran agradables, no le quedaba otro recurso que retirarse, lo que hizo así, quedando el Rey en el Consejo».
Podemos interpretar el hecho de la siguiente forma: viendo Aranda que los miembros del consejo boicoteaban sus opiniones —especialmente Godoy, que era el presidente—, dio un puñetazo sobre la mesa y se largó de la sala. Por ello, fue destituido de todos sus cargos y desterrado a Jaén. ¿Qué estaba ocurriendo para que uno de los más importantes ministros de la monarquía se alterara de aquella forma? La Revolución francesa había tensado la cuerda de las ideas y la sociedad, así como la política española —y europea—, se hallaba fuertemente dividida. Jovellanos proponía apartarse de la guerra, dada la situación militar, y negociar la paz, mientras que Godoy era partidario de continuar. La situación en la Francia revolucionaria en aquellos días era confusa; las distintas facciones se devoraban entre sí; Jovellanos estaba informado y comentaba al respecto hasta qué punto «horroriza el furor de las proscripciones. Por fortuna mueren todos los malos», tal como escribió a principios de mayo de aquel mismo año de 1794.
La condena de sus antiguos amigos, ilustrados como él, sin duda le afectaba; y especialmente la de Cabarrús, quien había ideado la emisión de vales reales, la creación del Banco de San Fernando —antecesor del Banco de España— y primer banco en emitir papel moneda en España, iniciador de la construcción de canales como el que se llamó de Isabel II, pero que él empezó, y tantas otras reformas.
Pero, con la condena de Floridablanca, con quien Jovellanos se había enfrentado hacia algunos años, quedaba clara la posición del monarca Carlos IV y su Real Consejo. Conocía, cómo no, que Floridablanca había sido desterrado fulminantemente de la Corte, fue expulsado de Aranjuez y se había iniciado una enconada persecución política contra él, hasta que fue detenido y conducido prisionero a la ciudadela de Pamplona. Prisioneros también Cabarrús y Aranda, Godoy se adueñó del poder, y aun cuando nombró a Jovellanos ministro de Gracia y Justicia en 1797, el ilustrado fue destituido un año despues por enfrentársele de nuevo e incluso sufrió cautiverio en el castillo mallorquín de Bellver.
Así pues, en aquel final del siglo XVIII, la tensión y los conflictos vividos en Europa dividieron a les élites ilustradas e impidieron que el propio pensamiento ilustrado se afianzara, mientras el país quedara a merced de los golpes de viento de la revolución y de la contrarrevolución. El resultado es bien conocido: una primera mitad del siglo siguiente estéril, con una larga década absolutista, la llamada década ominosa, una guerra civil —la primera— y una muy lenta recuperación, en contraste con una revolución industrial que avanzaba rauda y veloz por gran parte de Europa, mientras en España tan solo salpicó la cuenca del Llobregat y algún otro lugar. Desde entonces, siempre hubo dos Españas…

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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