/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
Hôtel du Nord, clásico entre los clásicos del cine francés dirigido por Marcel Carné en 1938, cuenta las vivencias de una serie de personajes instalados en un modesto hotel parisino a las orillas del Sena. Es una película de tono casi fantasmal y extraño lirismo, con seres trágicos y a punto de quebrarse y que, más allá de por las memorables réplicas de la guapa Arletty («¡Atmósfera! ¡Atmósfera! ¿Acaso tengo yo pinta de atmósfera?»), recuerdo sobre todo por un momento de su escena inicial. No es más que un pequeño instante. En el interior del hotel del título se está celebrando un banquete de comunión. Entre los comensales, un niño huérfano español, que ha sido acogido por la pareja dueña del hotel, y que rompe a llorar al escucharse los truenos de una tormenta, abrazándose inmediatamente a su madre adoptiva. Estamos en la primavera de 1938, no lo olviden. Otro de los invitados, un gendarme, se burla del miedo del niño y la mujer, mientras intenta consolar a la criatura, explica con firmeza: «C’est pas la peur, c’est les souvenirs». No es miedo, son los recuerdos.
Pensé en esa breve escena al enterarme de la muerte hace unas semanas en París de Michel del Castillo, escritor de origen español, pero que hizo toda su carrera en Francia y cuya dolorosa infancia bien podría corresponderse con la de ese niño atenazado por la memoria cruel de los bombardeos de la guerra española. No sé si aquí, y a pesar de las visitas regulares que hacía al Mediterráneo y a Andalucía, alguien se acordaba de él. Sus libros, especialmente Tanguy, tuvieron cierta resonancia en los ochenta gracias al amparo y elogios de Muñoz Molina o Vázquez Montalbán, pero sus últimas obras, que gozaron de un gran éxito de crítica en Francia y merecieron algunos premios, no se han traducido. Para encontrar las anteriores, hay que recurrir a los cajones de las librerías de viejo. Se podrán ofrecer muchas razones para explicar ese olvido, aunque a mí se me ocurre apuntar la relación de amor-odio que el propio escritor tenía con España y todo lo español. El suyo es un caso parecido al de otros autores que, tras verse obligados al exilio cuando eran solo unos niños, eligieron más tarde el francés como lengua literaria. Una especie de generación perdida ligada por el mismo infortunio y en la que se podrían incluir los nombres de María Casares, Agustín Gómez Arcos, Adélaïde Blasquez o Jacques Folch-Ribas. Apátridas que hicieron una literatura sin fronteras y que se negaron a emplear el español en sus obras porque esta era la lengua del odio y la represión, la de la muerte de la frágil experiencia republicana y de toda su infancia. Para Michel del Castillo, y según él mismo confesó en más de una ocasión, España era una enfermedad que lo había perseguido toda la vida y de la que no podía curarse. No había, pues, un sentimiento de rechazo o resentimiento, sino el peso de los recuerdos, igual que el niño de la espléndida película de Marcel Carné.
Si uno echa un vistazo a la accidentada biografía de Michel del Castillo —Miguel Janicot del Castillo antes de que cambiara su nombre— o, mejor aún, lee Tanguy o La calle de los Archivos, comprenderá mejor esa memoria atormentada. Parece increíble que en apenas veinte años pueda caber tanto horror y sufrimiento. Nacido en Madrid en 1933, su padre, un rico terrateniente de origen francés, los abandonó a él y a su madre, Isabel del Castillo, cuando el escritor apenas tenía dos años debido a una supuesta infidelidad de aquella. Poco antes de estallar la guerra, las convicciones republicanas de su madre la llevaron a prisión, donde estuvo hasta 1937, y el niño quedó a cargo de su abuela materna. Con el ejército de Franco a sus puertas, Madrid se había convertido, como escribió Machado, en «rompeolas de todas las Españas». El escritor hablaría años después del frío, el hambre, el terror a los bombardeos. Casas ardiendo, edificios en ruinas, colas de racionamiento, toques de queda y el ruido de los disparos lejanos. Todas esas cosas que los niños ven, pero no comprenden. ¿Qué puede pensar un niño de la guerra? No hay ningún asidero racional al que aferrarse. Solo el miedo, una permanente sensación de angustia y soledad. Michel recordaba que, cuando su madre salía de casa por las noches para acudir a la radio o al periódico donde trabajaba, él se metía despavorido en su cama, temblando ante aquel silencio nocturno porque le habían advertido de que si duraba más de quince minutos significaba que Madrid había caído y su madre estaba muerta. Los dos lograrían abandonar la capital poco antes de la derrota definitiva y cruzar a Francia. Allí se encontraron con su padre, quien no quiso hacerse cargo de ellos y no solo permitió el internamiento de su esposa y de su hijo en un campo de refugiados, sino que fue quien los denunció. Los alemanes acababan de entrar en París y el régimen de Vichy perseguía con saña a los extranjeros indeseables. Otra vez la guerra de los adultos. La madre negoció su propia libertad y se desentendió de Michel, que poco después fue deportado a Alemania y terminó en Mauthausen, el campo creado para los prisioneros españoles. Tenía solo nueve años cuando llegó allí. Aquel abandono marcaría su futura obra literaria, derivando en un enfrentamiento que recuerda al sostenido por Patrick Modiano con su madre a lo largo de toda su obra. Isabel del Castillo siempre negó las acusaciones de su hijo e incluso hizo correr el rumor de que ella había sido la verdadera autora de sus libros.
Repatriado en España después de la liberación del campo, Michel del Castillo fue internado de nuevo en un reformatorio de Barcelona que hacía, además, la función de asilo para huérfanos republicanos. En aquel lugar, dirigido con mano de hierro por religiosos que más bien parecían verdugos, sufrió violencias, humillaciones, abusos y castigos que parecen sacados de una de las novelas de Dickens. Pero allí también cayó en sus manos Memoria de la casa de los muertos de Dostoyevski, el libro o el milagro que le salvó la vida —como durante la guerra española lo hicieron los cuentos de Grimm y Perrault; la ficción como consuelo y alivio de la desgracia— y que le ayudó a dar un sentido a todo el sufrimiento y crueldad que había padecido. Se lo prestó uno de los maestros que tuvo, tal vez apiadado por el aspecto desvalido que presentaba aquel muchacho famélico y casi mudo que había sobrevivido al mismísimo infierno. De aquel siniestro reformatorio logró escaparse con la ayuda de otro recluso en 1949 y llegó a Madrid convertido en un vagabundo, enfermo y desesperado, pero fue de nuevo internado, esta vez en un colegio de jesuitas de Úbeda. Aquello fue un cambio porque, aunque seguía bajo el rigor y la disciplina que se les dispensaba a los hijos de rojos, pudo adquirir unos estudios y ordenar toda la maraña autodidacta que había constituido su formación hasta entonces. En aquella época llegaron también las preguntas y el deseo de volver a reunirse con los suyos. Escapó de nuevo, esta vez a Francia, y sobrevivió trabajando en una cementera. Su padre no quiso saber nada de él. No volverían a verse. Su madre, por otra parte, tampoco hizo mucho por recuperar la relación. Tras un breve encuentro en París a mediados de los cincuenta, partió a América y jamás volvería a tener contacto con su hijo.
Toda la obra de Michel del Castillo, como una tenebrosa representación de la vorágine de la historia, gira en torno a estos acontecimientos terribles. La crónica de una infancia abominable y el señuelo de una búsqueda personal que cobija en el torbellino de la escritura los espantos más íntimos que anidan en el alma. Un deseo de conocerse, de adquirir una identidad a través de las palabras y de desnudarse. «No tengo otra biografía que los libros, los que me hicieron y los que hice», afirmó hace unos años. En ese empeño no bastaba con exponerse una sola vez, era necesario contar muchas veces el horror, crear distintas versiones de lo sucedido para, entre todas ellas, alcanzar una que se aproximara a la verdad o que, al menos, proporcionase un consuelo. Todo eso lo aprendió Michel del Castillo de Dostoyevski (a la influencia del genio ruso dedicó precisamente uno de sus libros, Mi hermano el Idiota, la reivindicación de una deuda permanente) y de Unamuno, el otro de sus maestros. Se me ocurre que son estos aspectos los que confirman la excepcionalidad de la obra del autor de Tanguy. También su honestidad. Seguramente no sea frecuente encontrar en la literatura experiencias tan traumáticas y dolorosas como las que aquí se narran. Están el desarraigo y el pecado de los padres, contado en De padre francés y La calle de los Archivos; la visión lúgubre del franquismo en La noche del decreto y Tiovivo español o de la complicidad francesa con el nazismo en El demonio del olvido. También la memoria de una Europa colmada por la destrucción, habitada por un paisaje de seres huidizos y dolientes que aparecen en Muerte de un poeta y Las estrellas frías. Y siempre España, como una herida que nunca se cerraba, y a la que regresó una y otra vez en libros como El sortilegio español, Las lobas de El Escorial o —ya en su vejez, cuando parece que por fin logró reconciliarse con nuestro país— Diccionario amoroso de España.
De todas las obras que escribió Michel del Castillo, ninguna tan conmovedora y honesta como Tanguy, subtitulada «Historia de un niño de hoy». Aquel libro, escrito cuando solo tenía veinte años y donde dio cuenta con una sinceridad que estremece de todo el calvario que había vivido siendo un niño, lo convirtió en una celebridad. Hasta la mismísima Carmen Polo, que leyó una edición recortada por la censura española, encargó una investigación para saber si era cierto lo que allí se contaba. Le interesaba saber quién era aquel autor francés de origen español, huérfano o delincuente, descendiente de la estirpe miserable del Lazarillo, y, sobre todo, si el truculento internado de Barcelona en que había estado lo llevaban frailes o sacerdotes. No estaban las cosas, con aquella búsqueda de respetabilidad de cara al exterior que buscaba el régimen a principios de los sesenta, para permitirse mala propaganda. Tuvieron que pasar unos cuantos años de aquella primera edición que salió con recortes para que se percibiera la hondura de lo que había contado Michel del Castillo, la impresionante desolación que rezumaban aquellas páginas. Alguien dijo que deberían ser lectura obligatoria en los institutos de toda España. Razón no le faltaba. Por lo menos para hacer un necesario ejercicio de memoria acerca de nuestro pasado. En otras cosas ya no estoy tan seguro. Se ha hablado de novela de aprendizaje, de relato pedagógico y de autobiografismo, como si una etiqueta genérica pudiera resumir o definir lo que significa Tanguy. Como si la dolorida verdad que cuenta esta novela pudiera resumirse o definirse.
La primera vez que la leí me sobrecogió su despojamiento, la desnudez con que aquel jovencísimo escritor, superviviente de las más atroces injusticias, relataba su historia. Uno tiene que trazar paralelismos con obras tan extremas como las de Primo Levi o Tadeusz Borowski sobre la barbarie de Auschwitz para encontrar algo que se le parezca. Aquí no hay la más mínima concesión a la ficción, solo el testimonio directo y preciso de unas experiencias límite que encima fueron vividas por un niño incapaz de poner unas certezas a cuanto le sucedía. Tampoco se permiten sentimentalismos ni malabarismos retóricos, quizás porque el horror no puede ser enfatizado ni subrayado. Emocionan los recuerdos del niño Tanguy en el Madrid republicano, sacudido por las bombas fascistas, y los de las frías noches de invierno en los barracones de los campos de refugiados de París, cuando oye en los altavoces las canciones navideñas y experimenta «una secreta nostalgia por un pasado que, en realidad, jamás había existido para él». El relato de una infancia frustrada en el que a pesar de tantos horrores —y puede que esta sea la grandeza de la obra de Michel del Castillo— prevalece siempre la esperanza. Tanguy, víctima del mundo de los hombres que no entiende «por qué no había sido tratado como los otros niños y qué era lo que había hecho para no ser como ellos», nunca pierde, sin embargo, su mirada de niño. Esa inocencia es su impulso para seguir adelante y sobreponerse a la mezquindad, la crueldad y al egoísmo de los adultos. He mencionado antes el nombre de Primo Levi. No me parece una comparación desacertada. Su testimonio de Auschwitz muestra, a pesar de la infamia y el espanto del nazismo y de heridas que jamás podrán cerrarse, un compromiso con la vida. El legítimo odio que podía sentir el autor de Si esto es un hombre por lo que presenció y sufrió nunca empañó la claridad de su mirada. Algo parecido sucede con Tanguy, relato que también nos brinda una lección acerca de la necesidad de la bondad y la justicia y la fuerza del ser humano para sobreponerse al mal. Sirva este homenaje a Michel del Castillo y a su obra para recordarlo.

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.
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Extraño artículo, lleno de errores:
«un modesto hotel parisino a las orillas del Sena.»
L’Hôtel du Nord está a orillas del canal Saint-Martin (que va de La Villette a Bastille).
«la muerte hace unas semanas en París de Michel del Castillo».
M. del C. murió en Sens (Yonne), a 125 kms de París.
«la relación de amor-odio que el propio escritor tenía con España y todo lo español.»
M. del C. no tenía la mínima relación de odio con España, sino todo lo contrario. En 2005 escribió un «Dictionnaire amoureux de l’Espagne». El autor del artículo lo reconoce unas líneas después: «Para Michel del Castillo, y según él mismo confesó en más de una ocasión, España era una enfermedad que lo había perseguido toda la vida y de la que no podía curarse. No había, pues, un sentimiento de rechazo o resentimiento, sino el peso de los recuerdos».
«No sé si aquí, y a pesar de las visitas regulares que hacía al Mediterráneo y a Andalucía, alguien se acordaba de él. Sus libros, especialmente Tanguy, tuvieron cierta resonancia en los ochenta gracias al amparo y elogios de Muñoz Molina o Vázquez Montalbán, pero sus últimas obras, que gozaron de un gran éxito de crítica en Francia y merecieron algunos premios, no se han traducido. Para encontrar las anteriores, hay que recurrir a los cajones de las librerías de viejo.»
Eso es también falso: en lo que va de siglo se han publicado en España 7 traducciones de libros de M. del C., cosa que para un autor olvidado no está nada mal (sabiendo además que desde 2007 sólo publicó 2 novelas):
De padre francés (2002)
Calle de los archivos (2002)
Mi hermano el idiota (2003)
El crimen de los padres (2005)
Diccionario amoroso de España (2005)
La religiosa de Madrigal (2007)
Andalucía (2020)
Otra falsedad: que sus libros más viejos no se reediten. En Amazon se pueden encontrar varias reediciones.
Más errores:
«Michel, que poco después fue deportado a Alemania y terminó en Mauthausen, el campo creado para los prisioneros españoles. Tenía solo nueve años cuando llegó allí.»
M.del C. fue deportado en septiembre de 1942 por los nazis no a Mauthausen sino a granjas de trabajo alemanas. Estuvo en campos de concentración pero sólo de paso. En cuanto a Mauthausen no fue creado en absoluto para los prisioneros españoles: «Mauthausen sirvió en un principio como un campo de prisioneros para criminales comunes, prostitutas y otros «Criminales Incorregibles». El 8 de mayo de 1939 se convirtió en un campo de trabajo para el encarcelamiento de prisioneros políticos. Desde el 6 de agosto de 1940, republicanos españoles provenientes de los stalags, campos de prisioneros de guerra, fueron transferidos a este campo. Se trataba de exiliados que, tras salir de España en 1939, habían sido encuadrados en el Ejército francés y que en el momento de la invasión de Francia por la Wehrmacht fueron capturados por los alemanes.» (Wikipedia)
«Escapó de nuevo, esta vez a Francia, y sobrevivió trabajando en una cementera.»
Eso sucedió en España, en Vallcarca de Sitgès en 1950, antes de que pudiera pasar a Francia en 1953.
«Tanguy, subtitulada «Historia de un niño de hoy». Aquel libro, escrito cuando solo tenía veinte años»
M. del C. escribió ese libro entre los 21 y los 23 años.
«Emocionan los recuerdos del niño Tanguy en el Madrid republicano, sacudido por las bombas fascistas, y los de las frías noches de invierno en los barracones de los campos de refugiados de París, cuando oye en los altavoces las canciones navideñas y experimenta «una secreta nostalgia por un pasado que, en realidad, jamás había existido para él».»
En París no hubo en los años 40 campos de refugiados con barracones. El más cercano a la capital francesa fue el de Drancy, que era un capo de tránsito en el que se encerraba a los judíos y extranjeros que iban a ser deportados hacia Alemania. En la novela se puede leer: «El campo de concentración era una inmensa ciudad. A decir verdad, había dos ciudades: una construida de cemento; la otra hecha de barracones de madera, simétricamente alineados. Aquellos barracones eran más largos y más anchos que los que Tanguy había conocido en Francia […] Ya casi no pensaba en su pasado, y sus recuerdos se habían desvanecido, dejándole sólo una especie de vacío en su interior: una secreta nostalgia por un pasado que, en realidad jamás había existido para él.»
Hay en ese texto, además de errores, expresiones raras:
«Unamuno, el otro de sus maestros».
«una Europa colmada por la destrucción».
…un caMpo de tránsito…
No hay que ocultar -aunque el autor de Tanguy lo haga, diciendo que no eran los hermanos de la Salle (creo),- que el Asilo Duran, de Barcelona, estaba regido en eso anyos de la postguerra por los muy caritativa y cristiana Orden de los Hermanos de San Juan de Dios.