/ Cuentos de la Torre / José Manuel Ferrández Verdú /
Amílcar fue invitado a regresar a puerto. Al llegar lo tiraron al mar. Vivía en un cofre, muy resistente, en el agua. Su padre también fue náufrago que ejerció cerca de Creta. En un bar conoció a una tipa que lo obligó a raptarla. Ambos vivieron solos en un cofre sobre las aguas. Luego ella murió en un motín, no sin haberle dado un hijo. Le puso Amílcar en recuerdo de Amílcar.
Amílcar recorrió con su padre muchos metros. Estuvieron a punto de fracasar en su naufragio, víctimas de un encontronazo con unas pájaras de cuidado, pero, por fortuna, ninguna de ellas sabía francés. El padre de Amílcar murió ya anciano, a la edad de 89 años de reloj. Luego él continuó solo con el negocio.
Pescaba con la boca, meaba contra el viento, aprendió a no hablar, montó una fábrica de salazones en el cofre. Con la crisis del veintinueve se arruinó. Intentó manipular la bolsa de Leningrado con sardinas saladas, pero los cosacos hicieron subir los precios con una danza yugoslava. También abrió una librería de viejo para náufragos en el cofre. Quiso fundar una escuela de vuelo sin motor para náufragos, pero solo se matriculó un minero árabe que no estaba dispuesto a dejar la camella en tierra. Cuando lo encontraron, era un lobo de mar y un ágil corredor de bolsa. Durante el regreso entretuvo a los pescadores contándoles hábiles maniobras de futuros y derivados. «El Mediterráneo —solía decir— es la cuna del océano. Allí nacieron las olas y la mejor espuma está en Almería. En Calatañazor hubo una escuela de náufragos de donde salieron los mejor preparados de Extremadura. El mejor naufragio de todos se llama La Flor de tu Nosequé, y está considerado por los críticos como la obra cumbre del género. Trece años lo estuvo preparando».
Después de que Edipo se marchara a torear a Badajoz, Lina se cansó de esperarlo. Amílcar estaba en la puerta con una cesta de pescado para venderlo a los gamberros que pasaran por allí.
—Conozco a alguien —dijo—: un sastre llamado Samuel.
—¿Y quién es ese sastre?
—De joven era un desastre, pero una tarde vio una pintura al óleo y cayó al suelo convencido de sastrería.
—A lo mejor Edipo ha hecho un esfuerzo y quiere torear.
Amílcar le dio un poco de vino, que traía en una bota junto con los peces. Cuando se hubo reanimado la joven se recostó contra la pared, y durante dos días durmió un sueño lleno de extraordinarios elementos oníricos.
Samuel Sastre vivía en una barca amarilla y verde anclada en la ribera del río, donde ejercía la sastrería más desastrosa. Al llegar Lina, la recibió vestido de esmoquin y fumando un grueso cigarro habano; luego le dijo que en sus horas libres era buscador de toreros de segunda especie.
—¿Qué significa eso? —preguntó ella .
—Yo no busco a los toreros, sino a mendigos, para que los busquen en especie.
—Me envía Amílcar.
Entonces se quedó dormido de golpe y, mientras dormía, pintó al óleo el puerto de Siracusa.
En la plaza de Badajoz, entre la multitud de turistas, pescadores, traficantes de teorías, etcétera, había un viejo sentado sobre una piedra, la cual había pertenecido a su familia, todos ellos mendigos, desde hacía cuatro generaciones. A su lado había una botella de vino. Al verla acercarse, levantó la mano en señal de buena voluntad.
—¿Qué te ha pasado? —le dijo.
—A mí nada; es a Edipo, que hace turismo de salón por Badajoz.
—¿Lleva hilo? —dijo él.
—Sí.
—¿Y dónde está?
—Aquí —y ella le mostró la punta de la cinta de treinta kilómetros de longitud que había traído.
—¿Hasta dónde llega? —preguntó el pobre.
—Más allá de Puturu, en la otra punta debería estar él, pero solo hay un bote de cerveza vacío.
El pobre se levantó de la piedra y se pusieron en camino para llegar hasta el final del hilo de Lina, el cual continuaba entre las piedras del puerto hasta llegar al mercadillo. En uno de los puestos estaban Rosendo, Julia y Edipo vendiendo cosas de muchas clases, incluso pollos de madera. Al ver a Edipo, Lina se dirigió a Rosendo y le dijo:
—Has encontrado a Edipo —pero sin dejar de mirar a este último.
—Helo —dijo Rosendo.
—Hola Edipo —dijo Lina.
—¿Cómo estás? —dijo este.
—Estas con ella —dijo Lina refiriéndose a Julia, quien junto con los otros dos se dedicaba a vender figurillas frescas.
—Sí, me encontró primero —dijo en tono de reproche.
—¿Entonces para qué te llevaste ese hilo, pedazo de idiota?
—Fue algo verdaderamente horrible —dijo Edipo—, pero no resistió y a la segunda cornada se me fue de las manos. Un banderillero se lio con ella y clavó las banderillas a un vendedor de autobiografías de toreros que estaba detrás de él.
—Eso suena raro —dijo Lina.
Edipo estaba nervioso porque aún no se había acostumbrado a vender pollos de madera. Lina, que había dejado caer el hilo al ver a Edipo, volvió a cogerlo.
—Seguiré buscándote, no sé si te encontraré o no, pero no puedo dejar de hacerlo. Aunque me has engañado y no sé qué va a pasar si te encuentro.
Se fue con el pobre, siguiendo el hilo para continuar con lo suyo.
—¿Quién es ella? —dijo el pobre.
—No lo sé, pero me va a tener que dar muchas explicaciones.
La cinta los llevó por Arabia y Guadalajara. Luego fueron a Huéscar, donde la cinta se metía por debajo de la puerta de la casa de Borges.
—Hemos llegado hasta aquí siguiendo el hilo —dijo el viejo.
—Edipo no tiene la culpa de haberse ido —dijo Borges—. A mí me parece un buen hombre; solo necesita algo que lo empuje a dejar las corridas, quizá un poco de jamón o tal vez jazz. ¿Habéis ido a la torre?
—¡Ja! —dijo Lina—. ¡Y un jamón!
Los Borges prepararon café sobre una mesa. El hombre pobre se acostó en el suelo y se puso a pensar. Como era un mendigo, no sabía tomar café, de manera que con las manos vacías se las llevó al rostro para ocultarlo a la vista de los allí presentes. Luego se puso otra vez de pie y preguntó lo siguiente:
—¿Qué pasa con Edipo: es un hombre o un tema de oposiciones?
Pero ella se negaba a hablar amparándose en excusas metaliterarias.
—Eso es lo que él desea —dijo Lina—. No hace más que preguntar que cuándo se va a publicar lo nuestro, como si se tratara de una obra maestra.
—Hay que avisar a la crítica literaria.
—¿Qué significa eso? —preguntó el pobre, que por no tener no tenía ni nombre, o era de alquiler. Pero Borges, viendo que las cosas no estaban saliendo como a él le hubiera gustado, los invitó a quedarse a dormir. Los dos invitados tuvieron que acomodarse en una habitación de la casa y Lina yació con el mendigo hasta agotar su mendicidad, y luego se durmieron en sueños separados.
—Me dijeron que eras un buscador de gamberros; y, ya que me amas, al menos dame la oportunidad de demostrármelo.
El pobre se puso a trabajar con todos sus instrumentos de buscar gamberros, pero no lo encontró a Edipo. Eso sí, le dijo a ella que lo esperara en un banco de piedra mientras él iba hasta la oficina de desempleo a inscribirse como pobre pero honrado. Ella terminó por quedarse dormida sobre el banco, donde luego fue encontrada por varios niños. Edipo salió de la plaza de toros de Badajoz por una puerta que daba a un callejón
—Será mejor que busques a Alejo en el ministerio, porque sabe lo tuyo —le dijo un terrateniente empedernido.
Cuando llegó al ministerio, las cosas estaban mal. El primer ministro acababa de almorzar dos veces seguidas y esto había alarmado a la prensa extranjera, que no encontraba palabras para describir el fenómeno.
Allí preguntó por Alejo en una de las ventanillas más famosas y menos concurridas (su fama procedía de que años atrás alguien había hecho en esa ventanilla varias preguntas tan inesperadas que hubo que convocar elecciones libres y gratuitas). El que estaba situado al otro lado era un joven agraciado, fuerte y humano, que mostraba signos de una gran educación y prosperidad económica y una brillantez a prueba de reflejos. Se llamaba Peter Valdomer y había sido elegido para ocupar esa ventanilla hasta la muerte, y sustituir así a su predecesor, un antiguo cineasta cuyos cuernos le llegaban hasta las rodillas.
—Perdone, ¿vive por aquí Alejo? —preguntó Edipo.
—No y tampoco —respondió el joven Peter Valdomer demostrando con su respuesta un gran respeto hacia el saber y la ciencia.
—Por eso mismo deseo ser amigo suyo. Él es un hombre terriblemente organizado.
—Alejo y yo no tenemos consecuencias comunes —dijo P V—. Él continua reunido en los sótanos del ministerio rumiando las verdades más célebres y eternas, dejándose engatusar por los tópicos de la literatura. Dejémosle descansar. ¿Puedo ayudarle yo en algo, caballero?
—Había venido a torear, pero en una biblioteca que hay en la plaza de toros he leído la biografía de un tal Crémel y ya no sé si quiero torear o no. He oído decir que en este pueblo hay varios críticos literarios que saben de esto.
—Usted lo que necesita es un abrigo —dijo PV.
—¡Vaya!
—Hay uno, creo, no lejos, quizá en una barbería. Pero el barbero es un antibarbero y ha estudiado con Bertrand Russell: no sé si podrá ayudarle a ponérselo.
—¿Cree que con ese abrigo podré torear a gusto?
—Déjese de tonterías y escuche con atención —dijo el funcionario—. Camine hasta la barbería Brancusi y si ve a una hermosa bella con mantón de Manila, desapruébelo con honestidad, no lea los titulares de la prensa.
—¿Qué pasa con la hermosa-bella? ¿Forma parte del plan?
—No hay ningún plan. Todo esto es secreto. Alejo mismo está fuera de esto. Conseguiremos su manto y usted tendrá a sus críticos literarios.
—La crítica literaria es lo que más falta me hace. ¿Ve usted este hilo? —y le enseñó su fragmento de la cinta roja de Lina—. Es lo único que tengo.
En ese preciso instante entraron Alejo y una joven. Pero como Alejo era el propietario del local, enseguida fue atendido por Peter V, el cual extrajo un magnífico formulario de un arcón de hierro forjado, hecho de papiro egipcio de la tercera dinastía, y colocándolo sobre el mostrador rogó a Alejo que lo firmara a placer. Todos quedaron boquiabiertos ante la belleza y antigüedad del formulario.
—Es perfecto —dijo Alejo—. Es el formulario que he estado esperando toda mi vida para poder firmarlo en estado puro. ¿Permiten ustedes que lo firme aquí delante de ustedes?
—Por mí no hay inconveniente —dijo Peter Valdomer.
—Por mí sí —dijo Edipo, y extrajo de una herida que llevaba en la barriga un inconveniente de plata peruana que entregó a Peter V.
—¿Qué clase de inconveniente es este? —preguntó el joven y apuesto funcionario.
—Del orden de los inconvenientes.
—¡Vaya por Dios! —dijo Alejo resignado.
—No se preocupen —dijo la joven, y quitándose el abrigo bailó varias piezas del folclore vasco.
—¡Por todos los ministros de la Monarquía! ¿Qué es ese hilo que lleva usted?
—No lo sé —dijo el propio interesado.
—Venga, vámonos —dijo Alejo—. Le voy a dar un par de cartas de recomendación para que busque un trabajo honrado.
*
Carta de recomendación numero 1: El portador de esta carta está capacitado para llevarla a cualquier parte que le plazca y depositarla allí donde haga falta.
Carta de recomendación número 2: Desde un punto de vista musical, quiero que todo el mundo sepa que en la torre de los músicos he escuchado canciones que ahora no puedo reproducir. Ahora he visto a un hombre a una cinta pegado y ello me mueve al éxtasis Pero ¿qué digo? ¿Acaso este hombre no merece encontrar algo, sea lo que sea? Ruego al ministerio que le ayude a todo. Firmado: Alejo.
*
—La crítica literaria es mi obsesión desde que me entrevisté con Borges.
—Eso está claro —dijo Alejo—, pero Borges… Bueno, ¿conoce usted a Rosendo y a Olber?
—A Olber, no.
—Le he enviado a la barbería de Brancusi —dijo Peter Valdomer dirigiéndose a Alejo.
—Correcto —dijo Alejo—. Es usted un hombre con suerte.
—Si quiere lo puedo acompañar —dijo la joven del abrigo que tan bien interpretaba el claqué y que en realidad era Julia, la hija de Alejo, disfrazada para la ocasión.
Al sur de Puturu, en un descampado, estaba la barbería y el propio Brancusi los recibió en presencia de un aficionado al cine, de oficio carbonero, llamado Esteban Dédalo.
Mientras Julia entabló conversación con la esposa de Brancusi sobre chismes universales y ropa de cama, aquel comenzó a afeitar a Edipo a la vez que el carbonero tomaba nota de las palabras de Edipo.
—¿Qué tal te ha ido?
—Mal —dijo Edipo.
—Porque tienes mala memoria, seguramente antes de ir al corral estuviste afeitándote como ahora. Mi maestro Russell ya estuvo afeitando a un irlandés afincado en Sevilla que no podía afeitarse a sí mismo.
Pero el carbonero no hizo ningún gesto, sino que sentándose se cubría los pies con un tejido estampado y escribía acerca de asuntos conocidos un sesudo artículo lleno de notas aclaratorias.
—¿Puede leernos lo que está escribiendo? —preguntó Julia con su voz de contralto, y todos miraron al carbonero.
El carbonero Esteban Dédalo no parecía muy seguro de lo que iba a decir
Apareció Rosendo en la barbería y entrando por la puerta de atrás saludó a Esteban, con quien le unía una antigua amistad de carácter constructivo y carbonífero.
Antes de ser carbonero, Esteban había sido maestro de obras. De hecho, había aprendido albañilería una mañana después de afeitarse. Al ir a guardar la brocha y el jabón, no recordaba dónde debía ponerlos. Como vivía en un almacén que tenía varias habitaciones, comenzó a buscar, y de este modo se confundió en las habitaciones que él mismo había levantado con ladrillos del 9 y estuvo más de media hora sin poder salir. Luego tropezó con un libro y se dio con las narices contra un trozo de carbón. Entonces leyó el libro mientras con la otra mano tocaba el carbón. Poco tiempo después recibía el título de carbonero.
— Ya no confío ni en la guía de teléfonos.
—Está bien —dijo—: voy a complacerte. Escucha con atención. «Yo conocí a una mujer paralítica a quien no me atrevía a dirigir la palabra. Tenía miedo de parecer idiota. Una de las cosas más difíciles del mundo es averiguar si algunas personas son idiotas o no. Yo deseaba saber si yo mismo lo era; había oído decir que todo el que se afeita a sí mismo no puede ser demasiado idiota. Está, como si dijéramos, a salvo de caer en lo más hondo de la idiotez académica. Fui a Dublín, donde se rumoreaba que unos terroristas se estaban afeitando en lo alto de una torre. Me afeité delante de ellos, pero no les convenció mi estilo, ya que pensaron que si yo era carbonero, no tenía ningún derecho a rasurarme yo solo, por lo que me animaron a ejercer la burguesía».
Tras estos hechos, Lina escribió una carta a Edipo: «Querido, estás haciendo el tonto en una historia que no es la tuya, sino de Teseo. Aunque yo te admiro por lo que pasó con la Esfinge y todo ese rollo, y te quiero muchísimo, te aviso de que no sigas en esto o vas a perder el poco juicio que te queda, ya que intentas ser otro y eso es imposible.
»Tu Lina que te sigue buscando».

José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.
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