texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Colores)
Extraña pasividad la del poeta. Inmerso en ese silencio que precede a la nevada, como dice Javier Lostalé, se sienta a recibir el poema. Así la espera se convierte en acción. Engañosa quietud, sí, la del poeta.
Te ves en una vieja fotografía, insolencia en el rostro y el pelo muy revuelto de juventud. Te reconoces de lejos, casi te saludas a ti mismo con prevención como se saluda a alguien de paso, de acera a acera. Adiós y adiós. Ese fui yo, te dices a ti mismo (y ya sois tres). En las fotografías antiguas sobrevive el pasado con extraña, inaudita solvencia. En cambio, nuestras radiografías son documentos íntimos del futuro. Miras al trasluz la serpentina de tu columna, el doble panal sombrío de los pulmones, los anillos de las vértebras, el juego de cartílagos… Es la última fidelidad del esqueleto. Un siniestro golpe de prospección te hace intuir que seguirás siendo eso, incluso después de morir. Fotografías; radiografías. Unas recuerdan y otras avisan. Ambas huyen del presente. En distintas direcciones.

Alzan la tapa de los contenedores, la ajustan con un puntal para trabajar mejor con las dos manos y se tiran de cabeza, como a una piscina hedionda, a revolver lo que allí se ha arrojado. Pasan por aquí dos, tres veces al día. Son los inspectores de lo sobrante.
Un misionero que reside en República Centroafricana me contaba cómo un nativo le llamó todo orgulloso para mostrarle el exterior de su precaria vivienda, donde acababa de instalar una antena parabólica que nunca podría funcionar porque la televisión no llegaba a la aldea. El progreso sigue dejando en las manos de estos pueblos juguetes inesperados (armas, vestimentas, aparatos) que no sirven para sacarlos de una menesterosidad inagotable; en todo caso, son para que sepan que eso existe, pero que no es para ellos. El colonialismo trató de terminar con el salvajismo en los pueblos que ocupó pero mantuvo interesadamente hasta hoy su ignorancia a fin de entretenerlos y seguir explotando sus materias primas, deforestar sus selvas o utilizar mano de obra indiscriminada. Que jueguen con nuestros cacharros pero que no se enteren de las reglas del juego. Algo así. Y aún más: que no accedan al escenario donde esos juguetes se manejan. Dejémoslos retenidos fuera del limes (en Albania, en Turquía). Si pudiéramos, pondríamos el aviso de las habitaciones en los hoteles: «No molestar, somos europeos».

La suya es una manera tan especial de vestir que cuando decide ir de normal nos parece a los demás que sigue disfrazado.
Pronto caerá el otoño desesperadamente sobre nosotros. Cada año es igual: tras la timidez de los primeros signos —ese goteo amarillo trasteando por las crestas de los álamos, ese olor a heno mojado que trae el aire de la noche en bandazos desiguales— llega un grito mudo y general que atraviesa todos los corazones. Sí, es el otoño, la estación de los preparativos misteriosos. Y nosotros empezamos a ensayar versiones de la quietud. O, como decía fray Luis de León en aquella oda a Juan de Grial, «el tiempo nos convida/ a los estudios nobles», algo que por estas fechas le gustaba repetir también al poeta Luis Javier Moreno.
Cuando esperamos una llamada, esa manera de pasar junto al teléfono y mirarlo de soslayo como si estuviera a punto de ladrar.

Tiene al parecer la costumbre de llevar consigo miguitas de pan que, a la menor, esté donde esté, echa a los pajarillos de la calle. Lo hace y enseguida sigue a lo suyo. Estos actos mínimos restablecen el pacto de cercanía con las criaturas y llevan lo nuestro hasta esa zona de comunidad con el mundo animal, una alianza que aprendimos en los sueños, en los mitos, en las fábulas y en los relatos infantiles. Sí: entregar migas de pan a los pájaros vivarachos de una calle como para hablar con ellos en el idioma de la delicadeza.
La vida privada; la vida íntima. No son lo mismo. Aquella ha adquirido tal rango que se hace de ella un territorio inexpugnable dominado por la prevención social; cuidado con mostrar algo considerado inaceptable: «eso pertenece a mi vida privada», oímos decir a menudo para excusar hablar de algo que no conviene airear. En cambio, la vida íntima se puede hacer pública con más facilidad, como si ya hubiese entrado en los dominios de una nueva naturalidad antes impensable. No hace mucho escuché en el tren una conversación por el móvil a la que solo faltó el remate de una sesión de fórum entre todos los viajeros del vagón. Observaba yo los rostros de la gente mientras sucedía aquella conversación monográfica y fantasmal —solo oíamos a una de las partes y había que suponer la otra— y, nolis velis, esa impavidez general delataba precisamente más curiosidad que indiferencia. Cuando aquel hombre terminó de hablar, se puso a juguetear con el aparato, inconsciente de habernos servido un serial de su intimidad que él convirtió sin reservas en pasto público.

Decoran con columnas de libros el escaparate de una tienda de calzados. Torretas y torretas coronadas por un solo zapato soportado, como Simón Estilita, por los volúmenes que hay debajo. Así, da la impresión de que las obras, aplastadas por un pisotón feroz, quedan «a la altura de las suelas de los zapatos». No puedo evitar fijarme en el título del primero: es de Victoriano Crémer. El zapato contundente que lo aplasta da una impresión feroz de apabullamiento. Los libros, usados como decoración y a la altura del betún. Todo un símbolo.
Llegan manzanas a casa, su palidez redonda, su piel de cutis cariado. Ahí están, misteriosas e inmediatas como astros descolgados sin ruido. El consuelo de la fruta es el mismo que traen el canto de los pájaros y la belleza mortal de las flores: limpian nuestros sentidos y ayudan a descifrar la oscura sinfonía de la costumbre.
Manifestaciones por doquier exigiendo para todos casa digna y de adquisición razonable. El derecho constitucional a una vivienda se ha convertido en otro acto especulativo: resulta que los jóvenes se tienen que ir vivir donde hay trabajo —mal o bien remunerado—, pero allí encarece el precio de las viviendas, precisamente por eso. Por no hablar del descontrol de los pisos entregados a la fiebre del turismo. ¿Y un gobierno necesita que este drama llegue a tal crispación colectiva para creer, además, que la solución es repartir bonos de dinero público? Los gestos subvencionados no van a arreglar el fondo real del asunto. Por no hablar de esa otra vivienda de la que nadie dice nada y que no aparece en ningún programa electoral: me refiero a las residencias geriátricas, la última vivienda de quienes se la pueden pagar, en manos privadas en su mayor parte. El último negocio inmobiliario cuando los viejos necesitan buscar un sitio donde les dejen morir.
Esperando la lluvia, las palomas se van colocando poco a poco en los cables de la luz. Vibran con el idioma de los escalofríos sobre el plumaje. En su comportamiento hay una aceptación irremediable: esa manera atenta de dejarse tocar por el agua. Tú las miras y tratas de aprender en estos días: no volver la cara a la dentellada de los aniversarios. Porque es octubre.

Un buen porcentaje de negros e hispanos están dispuestos, según una encuesta, a votar a Trump en las próximas elecciones. Entre otras razones, aducen que ellos no se sienten ofendidos cuando Trump suelta barbaridades contra los grupos humanos procedentes de la inmigración. Es lo que tiene la integración plena en el país de llegada: se acaba olvidando la propia identidad. Los negros o los hispanos son los otros, pueden decir estos virtuales votantes de Trump cada mañana mientras se peinan mirándose en el espejo.
Cuando termina la jornada y nos despojamos por fin de las ropas del día, cuánta broza invisible o inconfesable se desprende de ellas, se libra de nosotros y busca la esquina de la desaparición. Brozas del alma. A veces nos esperan para montarse de nuevo sobre nosotros a la mañana siguiente.
OCTUBRE, 2018
Del calendario
sale hoy un nombre en llamas.
Aniversario.

Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.
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