/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /
En el buzón había un sobre abultado con una carta de cuarenta folios firmada por un tal Alejo. No conocía a nadie llamado así. Comencé a leerla, pero no entendí nada. Miré la guía de teléfonos. Había ocho Alejos en la ciudad, y todos, menos uno, trabajaban en la misma funeraria. Llamé a ese último:
—¿Vive ahí Alejo?
—Sí.
—Quiero hablar con él.
—¿Quién lo llama?
—Yo.
—Espere.
—¿Quién coño es? —dijo una voz de bajo profundo.
—¿Eres Alejo o no?
—Sí. ¿Pasa algo?
—Pasa que he leído tu carta y no se entiende una mierda.
—Porque es basura.
—¿Qué?
—Digo basura. BA-SU-RA.
Y colgó.
Pensé que lo mejor era hacerle una visita de cortesía.
Vivía en las afueras. Llamé al timbre y una joven salió a abrir. Le dije que quería hablar con Alejo y me hizo entrar a una habitación con pocos muebles. Sentado en un sofá había un hombre con bigote que leía.
—Este es Baldomero —dijo ella.
—Hola —dije yo.
Baldomero apenas movió un extremo del bigote.
—Alejo viene ahora —dijo ella—: está acabando una carta al ministerio. Sus cartas le ocupan mucho tiempo y le dan muchos dolores de cabeza. Son importantes —dijo—. Alejo es aficionado a escribir cartas. En el ministerio las esperan con terror y, cuando llega una, todos se ponen nerviosos y muchos se esconden en los lavabos. Sus cartas ponen patas arriba el ministerio, despidiendo a mucha gente y cambiando de lugar todos los muebles. Pero no lo hace por dinero. ¡Fíjese lo pobres que somos! Tenemos el mismo coche que tenía de soltero para ligar. Antes de morir su mujer le dijo que no comprara otro porque era hombre de un solo coche. Pero sus antiguos compañeros lo quieren tanto que no desean verlo por la oficina. Él dice que no querían dejarlo marchar, que intentaron retenerlo con trucos bastante modernos: bolígrafos, estufas, toallitas sucias, etcétera. Pero ni así consiguieron que se quedara. El caso es que ahora se pasa la vida pensando solo en las chifladuras oficiales. Las mira de todas las maneras. Les da muchas vueltas y por la noche se le oye gritar lleno de indignación mientras va y viene como alma en pena por su habitación.
Mi madre se pasaba la vida despotricando.
Se oyó un ruido en la otra habitación. La puerta se abrió y vimos a Alejo en calzoncillos. Se puso una bata verde papagayo, como las que usan en el ministerio para estudiar los asuntos serios. Su cara parecía la del que no sabe ni qué hora es.
—¿Quién es este hombre? —dijo.
Alejo parecía atontado.
—Me siento mal y estoy a punto de hacer una barbaridad.
Le entregué el papel.
Alejo leyó durante un cuarto de hora
—Esto no se entiende —dijo.
Entonces Baldomero intentó averiguar qué clase de moscas había en la ventana.
—Bueno, vale —dije.
—Me largo de aquí —dijo Baldomero.
—¿Conque esas tenemos? —dije yo.
—Aquí no tenemos nada. Más vale que se largue —dijo Baldomero.
—Escuche, Baldo, es usted idiota, se lo juro —dijo ella.
Habría jurado que Baldo era un gamberro .
Dos días después, a eso de las cinco y tres minutos de la tarde, Baldomero se fue de la casa de Alejo en compañía de una mujer gorda. Subieron a un coche con chófer que había aparcado delante y se largaron. Entonces llamé de nuevo a la puerta.
—Es usted un pelma —dijo al abrir la chica.
—¿Quién es Baldomero? —dije.
—No lo sé.
—¿Vive aquí?
—No, pero a veces viene a dormir. Otras veces pasa cuartos de hora con nosotros, y de vez en cuando habla con Alejo sobre arte moderno.
Julia fue hasta el sofá, donde estaba su padre bebiendo whisky, y yo la seguí. Ella tomó asiento junto a su padre y yo lo hice en un sillón frente a ellos.
—Una mujer iba con él al salir —dije.
—No la conocemos —dijo ella.
—¿Cómo es posible? —dije.
—Como lo oye.
—¿Entonces qué hacía aquí esta tarde? —ellos me miraban.
—Puede venir cuando quiera, pero nosotros no sabemos a qué viene —dijo Alejo.
—¿Nadie más sabe esto? —dije.
Ellos no decían nada.
—Escuche, mi posición es muy delicada en este momento.
—No me extraña —dije.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Deberían contarle algo para que se fuera —dije.
—Eso es del todo imposible —dijo Alejo—. Se trata de alguien importante. Es casi imposible hablar con él, porque comprende enseguida lo que le dices, y entonces estás perdido.
—Eso es una idiotez —dije—. ¿Han intentado asesinarlo?
—Sí, varias veces, pero siempre dice que se tiene que ir.
—Ese tipo es un farsante.
—Muy pocas veces he hablado con él. Lo que sé me lo ha contado su madre, una mujer extraordinaria. Tiene una pierna inmóvil y sin embargo va por la vida a una velocidad de vértigo. Es un caso de entusiasmo morboso. Ella le dijo que viniera. Han llegado del extranjero. Pero al llegar, Baldomero no quiso hablar conmigo alegando que no se encontraba bien. No sé si usted se dio cuenta el otro día, nunca habla de cosas raras.
—¿Entonces la mujer gorda era su madre?
—Supongo.
El padre de Baldomero había sido asesor musical del príncipe Helmuth. El propio Baldo se crio como un obispo. Luego asistió a varias batallas en calidad de invitado. Pudo estudiar detenidamente el teatro de operaciones en Crimea y en Gallípoli. Estuvo en varios países y mantuvo numerosos pleitos e idilios. Su vida aventurera acabó cuando se hizo socio de la Biblioteca.
Crémel, jefe de la novena galería de la famosa institución, recibió una larga epístola de Alejo hablando de las grandes posibilidades como lector de Baldo. Crémel llamó a Baldy y se lo dijo el día antes de desaparecer el propio Crémel. A raíz de eso Baldomero decidió aproximarse a Alejo sin que este se percatara. Le dio una tremenda bofetada en una reunión importante. Alejo ni se percató, distraído como estaba pensando en las cartas.
Durante años Crémel trabajó como jefe de la novena galería de la Biblioteca. Un día su persona comenzó a desgastarse, para ser sustituido por su autobiografía, Vida de un hombre de pueblo, que pasaría a ocupar su lugar en el Universo.
Encargaron a Carlos que averiguara qué había sucedido con Crémel, quien había conocido a Alejo en una importante cena que tuvo lugar años atrás y en la que se habló de tantas cosas que algunos tuvieron que ser atendidos en un sanatorio cercano, víctimas de una intoxicación informativa.
Atanasio Crémel había comenzado a escribir su autobiografía con cuarenta años. Sin embargo, algo debió de fallar en sus cálculos, porque cuando llevaba escritas 369 páginas, notó que la cosa no marchaba del todo bien. Había algo que fallaba y no le pasó desapercibido. Crémel había cometido uno de los errores más graves que se pueden cometer en una autobiografía. Cuando iba por la página 369 advirtió con estupor que estaba escribiendo la vida de un primo suyo de Bulgaria, en lugar de la suya propia. A partir de ese momento, todo fue de mal en peor. Como no quería destruir su obra, comenzó a remendarla. Envió el manuscrito a su primo Rodolfo y este lo demandó ante los tribunales por falsear completamente su vida y no haberla entendido en absoluto. Según Rodolfo, Crémel no hacía mención en ningún momento al episodio quizá más importante de su vida, cuando visitó a la famosa podóloga croata Pieslaja Patavetski, la cual le resolvió un problema de sabañones, dando pie así al nacimiento de una romántica relación que duró veinte minutos. El pobre
Crémel, presa de su propio error, comenzó de nuevo, y la tituló Vida de un hombre de pueblo, en la que, entre otras cosas, cuenta cómo tuvo que compartir su propio yo con un desconocido. También fue acusado por su primo de haber intercalado en ese libro fragmentos manoseados de una novela inexistente y atribuida a Jorge Luis Borges, el cual ni negó ni afirmó los hechos, sino que se limitó a verlos venir con esa elegancia propia de un gentleman inglés del barrio de Belgrano o Belgravia, según se mire. Flora, enterada del juicio contra Crémel, quiso defenderlo, y para ello involucró a Rodríguez.
Rodríguez, músico de jazzz, se afeitó delante del tribunal, y una vez rasurado dijo que iba a dar un concierto de su invención para apoyar la posición de Crémel, el cual propuso, en su defensa, que el libro de Borges estaba equivocado desde el principio. El concierto se inició con un cántico moral a la húngara y luego tocó una sonata triste llamada La sonata triste, que tenía tres trozos. El primero describe la vida de un hombre que vive en Jerusalén, Filomelo, el cual es un consumidor empedernido de cebollas en vinagre. Esto lo conduce al delirio y comete un crimen perfecto en Baker Street, en el mismísimo domicilio de S. Holmes. Allí acaba con la vida de un cantante ruso llamado Volodimir, que había ido a visitar al famoso detective para que investigara su próxima desaparición. Holmes vio al hombre de Jerusalén metiendo al cantante ruso dentro de su propia caja fuerte. Luego vio cómo Filomelo abandonaba al cantante durante dos meses dentro de la caja, mientras ellos dos se daban la gran vida en Oxford a base de correrse unas juergas de miedo en sus polvorientas y oscuras bibliotecas. Todo esto lleva a Holmes a sospechar de Filomelo, al cual le hizo varias preguntas antológicas:
—Hace casi diez semanas que no sé nada de Volodomiro ¿Tiene usted alguna idea de donde pueda estar?
A lo que Filomelo repuso:
—Hace tiempo me dijo que le gustaría dar un paseo por el interior de su caja fuerte de usted, y ya no lo he vuelto a ver.
Entonces Holmes empezó a atar cabos, sospechando que tal vez existiera una estrecha relación entre lo que vio él mismo y la respuesta de Filomelo. No contento con eso y deseando esclarecer algo más los hechos, Holmes invitó al sospechoso a cenar en el interior de su caja fuerte y durante la cena, en la que se vieron acompañados por el cadáver en estado de putrefacción de Volodomiro, Holmes volvió una vez más a la carga:
—Aquí hay algo que huele mal.
—Pues la sopa está deliciosa, y el solomillo de buitre manchego no puede ser más jugoso.
Holmes vio confirmadas sus sospechas diecisiete años después, cuando se publicaron las obras completas de Volodomiro.
El segundo movimiento simbólico hacía referencia a un asunto relacionado con pollos salvajes. Parece ser que se trataba de una serie de pollos numerados y desordenados que ciertos conflictos territoriales habían dejado confinados en una extensa región llena de salvajismo y pollería de la peor especie.
El tercer movimiento simbólico de la sonata defendía varias tesis:
Tesis numero 1.- Crémel, un hombre demasiado fiel a su propia autobiografía, no pudo haber influido en los posibles errores del texto de Borges, en primer lugar porque tal texto había sido calificado por ciertos críticos como inexistente. Hacía referencia a la labor de Crémel durante la época en que colaboró con Borges, ayudándolo a permanecer inactivo.
Tesis número 2.- Crémel y el Monstruo Sagrado, un personaje de la biblioteca, montaron una función de teatro en Siberia, en la que finge sostener relaciones epistolares con Cansinos, al cual le transmite los siguientes mensajes y paradojas:
Mensaje a.- el KGB envió a tres de sus mejores poetas para infiltrarse en las tertulias de Cansinos y Gómez de la Serna, y sacar información privilegiada de la literatura en boga, como el modernismo o el ultraísmo, dos inventos que amenazan con desequilibrar la balanza de pagos, y que, en caso de extenderse, llevarían a Europa al caos poético. De hecho, cuando asesinaron al príncipe Ferdinand en Sarajevo, llevaba en el bolsillo unas hojas manuscritas con versos muy delicados y sencillos cuyo conocimiento habría hundido las finanzas en todo el centro de Europa y los Balcanes y los Cárpatos.
En Londres, uno solo de aquellos versos, filtrado por un loco radical aficionado a la poesía, había hecho caer la libra esterlina, que solo se salvó en el último momento gracias a la intervención de un jovencísimo James Joyce.
Paradoja del pordiosero.
Paradoja del pirómano.
Paradoja del barbero, del manisero.
Paradoja del misionero, del molinero, del herrero.
Por último, el cuarto movimiento críptico era una lista resumida de algunos indios importantes.
En el juicio Flora defendió a Crémel con el siguiente alegato: «Hay dos cosas en la vida de Crémel. Una es él mismo, representado por su propia persona, y la otra es su autobiografía, escrita en un estilo tan lamentable que parece la biografía de un tío suyo natural de Bielorrusia y que tenía fama de escribir las peores autobiografías de su provincia natal».
Carlos era un detective que había realizado investigaciones eméritas y honoríficas sin cobrar honorarios. Era un hombre bajo y corpulento.
Durante una temporada frecuentó los antros del puerto en busca de alguna conversación que lo encaminara hacia el objeto de su búsqueda. Una mañana, cansado, tomó asiento sobre una piedra cerca del muelle. Allí permaneció un rato viendo pasar a la gente, hasta que alguien lo tocó en el hombro. Volvió la cara y vio a una niña.
—Señor, esa piedra es de mi abuelo —dijo la niña.
Carlos quedó pensativo.
—Llévame a ver a tu abuelo —le dijo.
La niña lo condujo a través de los callejones hasta llegar a un edificio de piedra cerca de la dársena. En el último piso vivía un hombre con barba que le mostró las escrituras de propiedad de la piedra.
—Soy crítico literario.
—Yo soy detective. Mi nombre es Carlos.
—¡Bravo! —dijo el crítico.
Entonces el viejo tomó un volumen y lo tiró por el balcón.
—Estaba mal escrito —dijo para justificarse.
—¿Sobre qué? —preguntó Carlos.
—Sobre un crítico que arroja un libro por el balcón —dijo el crítico.
—¿Entonces habla de usted?
—Hasta hace un minuto, no, pero ahora sí. He hecho lo que estaba escrito.
—¿Cómo? —dijo Carlos.
—Arrojándolo por el balcón. El libro cuenta la historia de un crítico que arroja el libro que está leyendo por el balcón, después de recibir la visita de un detective llamado Carlos, que anda por el puerto.
—¿Y por qué lo tira por el balcón? —dijo Carlos.
—Por intereses del argumento. Al crítico del libro le pasa lo mismo que a mí. Figúrese que había estudiado en Lugo, donde conoció a una mujer llamada Carla, de origen persa, pero educada en Tréveris y Calahorra. Y además, su libro también cuenta esa historia o muy parecida.
—Vaya lío —dijo Carlos.
—Y no acaba ahí la cosa. El caso es que yo también estudié en Lugo y también tuve una novia llamada Carla, de Calahorra.
—¿No me diga?
—Pero el paralelo se acaba ahí —dijo el crítico Ramos con cierta pesadumbre.
—¿Por qué?
—Porque el crítico que arroja el libro, en el libro que yo he tirado, le dice al detective que el paralelismo acaba ahí.
—¿Qué paralelismo? —dijo Carlos sin salir de su asombro.
—El de la historia del crítico con la del libro que él tira por el balcón.
—¿Y qué historia es esa? —volvió a preguntar Carlos, que no se cansaba de preguntar cosas.
—La misma que la del libro que yo he arrojado —dijo Ramón Ramos con pesadumbre.
—Y entonces ¿qué sucede después? —preguntó Carlos con enorme curiosidad.
—Pues no lo sé.
—¿Cómo es eso?
—No he acabado de leerlo, ya que el protagonista tampoco acaba de leer el que arroja a su vez.
—Pero ¡hombre de Dios! —dijo Carlos—. Si no termina de leerlo, ¿cómo va a saber lo que sucede luego?
—Sí, eso es cierto, pero si termino su lectura, habré hecho algo que no hace el protagonista de la novela.
—Por eso no se preocupe —dijo Carlos—. ¿Y qué pasa con el detective?
—Eso tampoco lo sé.
—Está bien: iremos a recuperar el libro que ha tirado tan alegremente y nos enteraremos del resto del asunto.
Cuando bajaron a la calle, el libro no estaba. Al parecer, alguien lo había encontrado y se lo llevó consigo mismo.
—¡Maldita sea! —dijo Ramos.
—¿Y no habrá otro ejemplar en la biblioteca pública? —dijo Carlos.
—Es posible. Deberíamos ir a preguntar.
En la Biblioteca preguntaron en recepción, donde se les informó de que ese volumen pertenecía a una galería remota, hasta donde hacía mucho tiempo que no había ido ningún funcionario conocido. Nadie quiso atenderles con relación a ese volumen, que era un libro raro, más por el lugar que ocupaba que por el libro en sí. Se titulaba Vida de un hombre de pueblo, y su autor, un tal Crémel, había desaparecido de la biblioteca hacía tiempo, hallándose en paradero desconocido.
Al escuchar el nombre de Crémel, Carlos ató cabos. También había trabajado, el tal Crémel, en una fábrica de fichas de dominó. Carlos y Ramón salieron de la biblioteca desanimados. Fueron al club taurino a tomar unos vasos de vino. Había mucha gente y el ambiente era muy animado. Carlos se fijó que en una mesa apartada estaba Crémel acompañado por una mujer.
Se lo dijo a Ramos, y este reconoció a Carla de inmediato. Se acercaron a la mesa. Carla fue la primera en reaccionar.
—¡Ramón! —dijo—. ¿Qué haces aquí?
—Querida —dijo este—, te he buscado por media Alemania.
—¿Y la otra media? —preguntó ella.
—Allá se ha quedado, sin ti…, que es como estar vacía.
—No sabes cómo te agradezco que me digas esas cosas de Alemania. ¿Me has buscado también en París?
—No, ¿por qué? —dijo Ramos—. ¿Acaso has estado allí?
—No, pero me hacía ilusión que me buscaras allí.
—A ti te habría buscado hasta en Mérida, aunque supiera que no estabas, es lo menos que tú te mereces —dijo Ramos.
Ella le besó en agradecimiento a sus palabras.
—Quiero que conozcas a un amigo. Es Crémel, un magnífico agricultor —dijo Carla.
—Creíamos que Crémel había desaparecido de la faz de la tierra, me alegro de conocerlo —dijo Ramos.
—No sé todavía si he desaparecido o no. Estoy esperando a que me lo confirmen. Pero supongo que para algunos fanáticos es posible que no haya desaparecido lo suficiente.
—¿Fanáticos de qué? —preguntó Carlos con su habitual falta de escrúpulos.
—Hola, detective —dijo Crémel—. Me da igual de qué sean fanáticos.
Luego se sentaron todos a la mesa y pidieron unos martinis. El lugar estaba muy animado y se les contagió la alegría. Después de haber contado algunos chistes y dicho diversos disparates, Crémel tomó la palabra, dirigiéndose a Carlos.
—¿Qué le ha traído por aquí?
—Quiero desvelar el misterio de la desaparición de usted —dijo—, pero por casualidad me he encontrado con el señor Ramos, el cual ha defenestrado su libro Vida de un hombre de pueblo por el balcón de su propia casa antes de acabar su lectura. En la biblioteca nos han dicho que no es posible prestarlo, ya que se halla en una galería dominada por conserjes rebeldes.
Crémel estaba desolado.
—Al parecer solo quedan dos ejemplares —dijo—. Pero no imaginaba que fuera tan malo. ¿Qué es lo que buscan en él? Yo no cuento más que mi propia vida tal y como yo la veo.
—Hay ciertas coincidencias muy raras —dijo Ramón Ramos—. Cuando habla de crítica literaria, por ejemplo…
—¿Qué? —dijo Crémel.
—Pues que pasa lo mismo que me pasó a mí.
—Bueno, eso es asunto de usted, no mío —dijo Crémel.
—Pero no me negará que es bastante sospechoso —dijo Carlos.
Al final, después de numerosas discusiones, lograron convencer a Crémel y a Carla. Decidieron entrar en el edificio y llegar hasta la galería que albergaba el raro ejemplar. Durante días recorrieron galerías y pabellones, camuflándose durante el día entre los cientos de lectores, hasta que llegaron a los límites conocidos más allá de los que no existe bibliografía. Por fin, un día, atravesaron el umbral de la remota ala oeste. Más allá estaba la infinita llanura crepuscular, el gran círculo y la Rámide, pero no hallaron el libro.
Crémel había conmovido el corazón de Carla con su historia del Monstruo Sagrado, por quien había sido perseguido en Siberia. Ella le entregó su amor a pesar del deterioro físico del gran agricultor. Este le dedicó unos sonetos muy imperfectos, pero llenos de tópicos campestres. Alquilaron una casa y vivieron en ella como dos amantes de la poesía. Carla decidió irse de viaje y Carlos alquiló una habitación en casa de Ramos.
Una tarde, Carlos fue a la taberna El Botarate, cerca del puerto. Dos pescadores hablaban, cerca de él, sobre gallinas. Se dio cuenta de que junto a él, en el rincón, había un clarinete.
Una mujer que entró al local atravesando unas cortinas laterales se acercó a donde estaba Carlos, y, tomando el clarinete, se puso a tocar con sensualidad. Estaba sentada junto a Carlos y a veces le ponía el extremo del clarinete muy cerca de la oreja amorosamente mientras tocaba alguna melodía, para que Carlos la escuchara bien. Carlos estaba un poco desconcertado.
La mujer era guapa. Su rostro le resultaba familiar.
—Dime quién eres —dijo Carlos.
—Lina.
—Creo que te he visto en algún lugar, pero no sabría decirte dónde.
—Pues no lo digas.
—¿Ejerces la música? —dijo Carlos.
—Hago lo que puedo, ¿y tú?
—Soy detective.
—¿Te gusta sospechar, no?
Él se sintió obsediado por un súbito deseo de conocerla. Pero se puso a pensar de nuevo en sus pensamientos.
—¿Qué es lo que estás tocando en mi oreja, si puede saberse?
—Debe de ser jazz, porque toco lo que me da la gana —dijo ella.
—Yo no entiendo mucho.
—Más vale que no digas tonterías ahora.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Mira —señaló la mujer hacia la puerta de las cortinas. Había alguien allí de pie con cara de no tolerar que nadie dijera tonterías en 6,28 metros a la redonda de su persona. Le llamaban el Piojo, porque era muy hábil con el número pi. Se aproximó a la mesa y tomó asiento. Luego pidió un vaso de agua turbia y dos monedas de oro del periodo clásico. Cuando el camarero le sirvió el agua y las monedas, tomó éstas últimas y las guardó en el bolsillo de su gabardina. El agua, sin embargo, la rechazó.
—Esta agua es una porquería —dijo.
—Es lo que usted ha pedido, pedazo de cabrón —le explicó Carlos.
—Ojo con lo que dice —dijo el piojo—. Tenga cuidado y pi-ojo conmigo.
—Ya lo tengo —dijo Carlos—. Estoy intentando por todos los medios a mi alcance no arrimarle un tortazo ahora mismo y aquí mismo que se iba a escuchar hasta en el mausoleo de Lenin, en Leningrado, o San Petersburgo, como prefiera.
—Aquí la única fiera soy yo, pedazo de mequetrefe. Se está equivocando con respecto al mausoleo de Lenin, ya que, lejos de hallarse en Leningrado, ciudad portuaria donde las haya, está ubicado, si mi memoria no me falla, en la espléndida y cosmopolita ciudad de Oremburgo, cerca ya del Ural euroasiático, cuna de los dialectos Uralo-altaicos, de origen no indoario, caballero mío.
-—Carlos se puso de pie y Lina dejó de tocar el clarinete y miraba al Piojo con curiosidad, para ver qué se le ocurría hacer.
El piojo sacó un mamotreto que traía colgado a la espalda con unas correas de cuero de Manchuria ad hoc, y lo abrió por la página 628.
—Además no se dice «esta agua», sino «esta agua» —subrayó Carlos de pie.
El otro leyó en su libro una página cuyo título era:
«Texto principal
»Pedimos que se nos mire como a negros auténticos
»Y aun cuando todo tiene su espléndida manifiesta
Se rumoreó entonces que algunos blancos se habían disfrazado para estudiar en sí mismos los efectos de la humillación».
El piojo se llamaba Sebastián y había nacido en Sevilla (quizá por eso se llamaba Sebastián). Estudió música y el arte de colocar instrumentos musicales en lugares inesperados. Intentó arrojar el libro contra la pared del fondo del bar, pero Carlos forcejeó con el Piojo, intentando que no lograra su objetivo. Al final, el libro salió volando por el aire del bar. El libro describió en su vuelo la misma parábola que el libro lanzado por Ramos por el balcón de su casa. El aire hizo pasar algunas páginas que Carlos, en un alarde de agilidad lectora, se apresuró a leer con vertiginosa eficacia. Uno de los pasajes decía lo siguiente:
«Carta de Monterroso al crítico Ramos
»Queridísimo Ramos, le envío un tomo que habla del universo, como cualquier otro. Como todo libro es estrictamente autobiográfico, ya que cada palabra ha pasado por la mente de su autor en el momento de escribirla. Nos cuenta la vida de alguien llamado Carlos. Arriba de tres veces no lo he leído, pero nadie me vio abandonarlo en la unánime noche. Acaso temí que si lo leía la cuarta yo ya no sería yo y temí ser abandonado por mí mismo. No sería injusto si no dijera que el libro no es perfecto.
»En la primera página, alguien que se hace llamar Carlos y que afirma ser el autor de esa página y las siguientes, acapara el protagonismo. Más avanzado el relato asistimos a una extenuante discusión entre el protagonista y el autor. Carlos pasa a trabajar para una oficina de detectives de Toronto. Es obligado a abandonar el relato por unos críticos que se hacen pasar por frases subordinadas de relativo. Uno de tales críticos es acusado de matar al autor del relato de donde escapó Carlos, y la oficina le encarga encargarse del caso. Carlos se vuelve loco y entra en una escuela para histéricos con un solo pie. Cuando lo ven utilizar el segundo pie lo obligan a refugiarse en un extenso territorio al norte de Dakota del sur. Como ignora sigilosamente la geografía, acaba confundiéndose y escapa en dirección a Sicilia, yendo a caer en poder de la magia calabresa. Al enterarse por la prensa se calabrea y decide ponerse al servicio del todopoderoso Alejo, el cual le encomienda que busque por sus propios medios algo que no sea de color verdigracia».
Todo esto lo leyó Carlos en el libro mientras volaba. Luego el libro fue a caer en alguna parte, pero antes de caer Carlos logró leer este otro párrafo: «…luego alzaré el vuelo y el hombre que peleare con el Piojo deseará tomar posesión de mí ya que yo soy lo que él no sabe que soy…». Estas palabras, leídas como a volapié, cabrearon a Carlos, el cual dio un tortazo a Sebastián y fue corriendo en pos del tomo volador.
Había un nutrido grupo de personas alrededor de una mesa, en pie, como si observaran el desarrollo de una partida de ajedrez. El libro fue a caer entre el apretado círculo de observadores, los cuales constituían una muralla humana, pues se disponían espesamente en torno a la mesa y no dejaban ver lo que sucedía en el centro de la misteriosa reunión. La caída del grueso volumen no produjo ningún movimiento entre aquella pequeña pero abigarrada masa de aficionados. Su afición era tan poderosa que obraba como un pegamento entre ellos. A veces se escuchaba el leve movimiento de alguna pieza que podía ocasionar un levísimo murmullo que surgía del centro del compacto grupo, como el síntoma de alguna jugada sorprendente. Carlos intentó inútilmente abrirse paso hacia la mesa. Intentó forcejear y alguno de los rostros que se volvió a mirarlo le persuadió de no seguir haciéndolo. Había visto el odio de un verdadero aficionado. Era el rostro de un asesino que no habría dudado en acabar con la vida de quien hubiera osado interrumpir el curso de la partida que debía ser espantosamente arrebatadora.
Carlos aguardó inútil y pacíficamente el final de la partida. Pasó allí todo el día y toda la noche y el día siguiente y la noche siguiente. Pero la muralla de aficionados no mostraba el menor resquicio o grieta. Aquella gente parecía no necesitar nada en el mundo salvo observar intensa y obsesivamente lo que debía ser una partida de ajedrez concienzuda y asesina.
Quiénes pudieran ser los jugadores protagonistas era un enigma. Qué había sido del libro caído allí dentro, otro.
Derrotado por fin, Carlos se acercó a tomar algo a la barra del bar
—¿Qué es lo que pasa ahí? —preguntó al barman.
Este lo miró y le acercó el rostro para decirle en tono confidencial:
—Creo que un peón se ha pasado de listo, se ha ido de la lengua y… ha empezado a cantar. Los muchachos han venido —y señaló al grupo compacto—, y no se irán hasta que…
Crémel entró en el bar y pidió un vaso de agua del lago Kar. El barman le puso un vaso de agua del grifo que bebió con satisfacción. Luego se sentó a una mesa donde Carlos se hallaba anotando algunas palabras en una hoja de papel.
—¿Has escrito ya la palabra Mara? —preguntó Crémel con autoridad.
—No, aún no, la iba a escribir ahora. He escrito la palabra paroxismo y la palabra botijo.
—Esas son, sin duda, nobles palabras cuya anotación te honra —dijo.
—Sin embargo no me satisfacen del todo. Necesito una palabra que al escribirla me llene de orgullo.
—En tal caso no tendrás más remedio que anotar el famoso término eslavo Morolopo. Es uno de los pocos que aún quedan.
—No sé qué decir —dijo Carlos—. Necesito meditar.
—Déjate de tonterías —dijo—. Ya has meditado bastante. Ahora se impone la acción rápida.
—Vamos allá —dijo Carlos, y ambos salieron del bar y comenzaron los preparativos para la acción rápida.
Se dirigieron a casa del crítico Ramón Ramos, el cual estaba comiendo con su nieta. Este los invitó a su mesa y compartieron con él un estofado de ternera.
—Hemos venido a emprender la acción rápida —dijo Crémel.
—A eso lo llamo yo tener suerte —dijo Ramos.
—¿En qué consiste la acción rápida? —preguntó la nieta llamada Pilírope.
—En algo totalmente voluntario, espontáneo y libre —dijo.
—Ahora sí que lo entiendo —dijo la niña.
La especie acerca del fracaso de la investigación de Carlos llegó a Clidamo y Carlos llegó detrás de la especie. Se instaló en una casa de las afueras y compró ocho gallinas que colocó en el patio, donde había hecho construir un gallinero de tela metálica. Tres días después apareció Esperanza Godoy y le rogó que le dejara suicidarse en su gallinero.
—No reúne condiciones —dijo Carlos.
Ella permaneció en casa de Carlos para ver si se presentaba la ocasión de suicidarse.
Por la noche Carlos bajaba desde el dormitorio a ver si el gallinero seguía sin reunir condiciones.
—¿Cuántos pollos tienes? —le preguntó Esperanza una mañana de noviembre.
—Ocho —dijo él.
—Entonces quizá sea esa la causa.
—¿La causa de qué? —dijo Carlos.
—De que yo no quiera suicidarme.
—Querida, no te comprendo.
—Yo a ti sí —dijo ella.
—¿Cómo que tú a mí sí? ¿Qué significa eso?
—Que comprendo que no me comprendas. Sé cómo piensas. Eso es todo.
—Ya —dijo Carlos—. ¿Y cómo pienso?
—Si te lo dijera no lo entenderías —dijo ella.
—¿De veras?
Por la mañana Esperanza Godoy se había suicidado. Pero solo quedaban siete pollos.
Carlos fue acusado del suicidio de Esperanza Godoy y él se defendió alegando que le había desaparecido uno de los pollos.
El caso parecía interesante, así que la policía lo transfirió al departamento de Estética de la universidad para que lo confrontara literariamente con los casos más sobresalientes de la historia de los casos estéticos. A los pocos días el señor Martín Bruno, que acababa de acceder a la cátedra de estética criminal, fue hasta la casa de Carlos y mantuvo con él la siguiente entrevista policial:
—Veamos, al parecer la víctima vivía con usted —dijo MB.
—Así es. A veces íbamos a pasear al río.
—¿Y sabía usted que deseaba suicidarse?
—Al principio sí, pero luego, cuando supo que en el gallinero había ocho pollos solamente, renunció.
—¿Entonces cómo se explica usted que apareciera muerta? —preguntó incisivo el señor Bruno.
—No me lo explico. Apareció muerta inexplicablemente.
—Eso cuénteselo usted a otro.
—¿Es que va a venir otro? —dijo Carlos.
—No va a venir nadie.
En aquel preciso instante se abrió la puerta y apareció Godot.
—¿Quién es usted? —dijo MB.
—Soy Godot.
—¿Y qué desea?
—Que los que crean que soy esperado por ellos me pregunten primero. ¿Tendría usted inconveniente en sospechar de mí también? —dijo Godot.
—Por mi parte no veo ningún motivo para no hacerlo. Pero para sospechar de un extranjero necesito la autorización de la aduana.
—Por eso no se preocupe —dijo Godot, y le entregó unos papeles del Ministerio de Asuntos Exteriores francés, autorizándolo a ser sospechoso en cualquier país del mundo.
—Excelente —dijo MB—. Veo que lleva su documentación en regla.
Godot fue encarcelado en el altar mayor de la catedral y obligado a decir misa el resto de su vida. Tuvo que aprender latín y música sacra. Fue invitada la filarmónica de Londres que bajo la batuta de Ibn Battuta interpretó la misa a cuatro manos de Jesucristo. Jesús acudió como invitado de honor y después de la misa dijo unas palabras de agradecimiento.
Poco después de estos hechos, Carlos compró un tratado sobre consideraciones.
El primer capítulo contaba la historia del propio libro, y de qué modo fue escrito por un árabe y vendido luego en la feria de Murcia a un tal Rosendo. Luego enumeraba los lugares en donde había estado guardado durante los diez últimos años. Después pasaba a describir cómo debía ser utilizado y en qué circunstancias debía apoyarse su existencia. El libro exigía para sí mismo un gallinero y se podía leer el siguiente diálogo:
Leo: He aquí que tomaré la llave del gallinero y abriré su puerta de tela metálica para penetrar con el libro y ponerlo allí donde el libro exige estar, según las reglas dispuestas en el propio libro.
Carlos: He aquí que tú no vas a hacer nada de eso.
Leo; He aquí que el libro dice que eso debe hacerse.
Carlos: He aquí que el libro también dice que yo no voy a permitirlo.
Luego el libro pasaba a desgranar unas prescripciones.
1.- Quien lo leyere se obligará a sí mismo, por la fuerza de la palabra del libro, a cumplir la palabra del libro, y deberá pensar que el libro debe ser puesto en el gallinero.
2.- Quien viere a otro que, habiendo leído el libro, trate de poner en práctica las prescripciones del libro y su palabra, por la fuerza de su propia palabra, aborrecerá al otro y lo tratará como persona intratable y enemigo suyo y del libro.
3.- Quien viere todo esto y callare será declarado confesor de la reina.
El último capítulo contaba el futuro del propio libro. Cómo iba a ser leído por algunos hombres, de los que contaba su vida, y cómo estos impedirían que se cumpliera el futuro del libro.
Después de haber leído algunos párrafos del libro, Leo intentó introducirlo en el gallinero arrojándolo dentro por encima del extremo superior de la tela metálica que era la pared del gallinero.
Los partidos de la derecha hicieron correr la voz de que a los albañiles comunistas que habían construido el gallinero se les iba a aparecer próximamente la Virgen María. Dichos albañiles fueron expulsados del partido sin contemplaciones. Se reunieron todos en un bar a esperar acontecimientos. Pidieron unas cañas y las tomaron en la barra. Al cabo de un rato, junto a ellos, en la barra del bar, había una pequeña escultura de madera del siglo XIII que representaba a la Virgen.
—¿Quién la ha puesto ahí?
—No lo sabemos, hace un rato no estaba.

José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.
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