Filosofía

De nuevo los naranjos del lago Balatón

Pablo Batalla Cueto reseña 'La idea del socialismo: una tentativa de actualización', de Axel Honneth.

De nuevo los naranjos del lago Balatón

La idea del socialismo: una tentativa de actualización, de Axel Honneth

/por Pablo Batalla Cueto/

Ocurre a veces que el mejor resumen de un libro se halla en otro. Y es ésta una de esas ocasiones. Enfrentados a la tarea de reseñar La idea del socialismo: una tentativa de actualización, librito de Axel Honneth recién publicado por la siempre interesante Katz, recordamos el espléndido inicio de un viejo título de 1981: Los naranjos del lago Balatón, de Maurice Duverger; una aproximación al encanallamiento de los entonces vivos socialismos reales cuyo título hacía referencia a una pintoresca anécdota húngara, que Duverger relataba así:

En tiempos del estaliniano Rakosi, los dirigentes húngaros decidieron cultivar naranjos en las orillas del lago Balatón. Aunque sus aguas atenúan la crudeza del clima continental y dan un aspecto un tanto meridional a sus orillas resguardadas de los vientos del Norte, no por ello dejan de verse expuestas a intensas heladas invernales. El agrónomo encargado de la empresa expuso con valentía que ésta era quimérica. Fue en balde. Intérprete del materialismo histórico, fiel expresión de la verdad científica, el partido no podía equivocarse. Se plantaron, pues, millones de árboles a base de divisas que escaseaban. Los árboles murieron. Por consiguiente, el agrónomo fue condenado por sabotaje. ¿No había mostrado su mala voluntad desde el principio, al criticar la decisión del buró político?

Duverger se preguntaba en aquel ensayo qué había de muerto y qué de vivo en la ciencia social de Marx y participaba al hacerlo de una convicción muy generalizada en su tiempo incluso en la izquierda comunista, y que paradójicamente pasaría a estarlo menos después de la caída de la URSS: la del fracaso histórico innegable de la experiencia soviética, más allá de las virtudes que pudieran reconocérsele, en tanto que ariete emancipador de la humanidad. Sobre cómo el colapso del Imperio soviético obró el extraño milagro de jibarizar en lugar de confirmar esa convicción, Xandru Fernández escribía así el año pasado en una impagable crítica de la serie de televisión Chernobyl para la revista CTXT:

Como si fuera una radiación de origen desconocido, un paradójico proceso de conversión religiosa afectó a buena parte de los hasta entonces detractores marxistas de la URSS, haciéndoles mutar en esforzados defensores del régimen soviético. Si hasta la caída del Muro de Berlín el carácter intrínsecamente perverso de la Unión Soviética había sido un tópico hegemónico entre la izquierda marxista de Europa occidental, a partir de 1991 algunas de esas mismas voces críticas con el sistema soviético y su capitalismo de Estado empiezan a emitir nostalgia y remordimiento a partes iguales.

Duverger cerraba aquel libro así de hermosamente: «Nos hubiera gustado que floreciera el azahar a orillas del lago Balatón». Cierre melancólico para un libro que también lo era, pues expresaba —y qué alto había sido el precio de comprenderlo— que el socialismo no era, no podía ser, fe ciega en un porvenir luminoso y seguro, sino una construcción pesada y paciente; un incierto camino de espinas hacia la trabazón de una vida razonablemente buena para los más. Debía limitar el socialismo «el campo de sus ambiciones, renunciando a mostrar en la lejanía un futuro paraíso que refleje el sueño perdido de la vida eterna»; y toda renuncia es frustrante.

Casi cuarenta años después de la publicación del libro de Duverger, la renovación del socialismo revolucionario sigue estando tan pendiente como siendo necesaria, porque lo es —necesario— demoler un sistema homicida que conduce visiblemente a una humanidad desigualada como jamás a la catástrofe, y lo está —pendiente— en un momento en que sucede esto que ya es cita del libro de Honneth; su inicio de hecho:

Hace menos de cien años, el socialismo era un movimiento tan poderoso en la sociedad moderna que casi no existían teóricos sociales que no creyeran necesario dedicarle tratados extensos, algunos críticos, otros con mirada favorable, pero siempre movidos por el respeto. […] todos […] veían en el socialismo un desafío intelectual que acompañaría de forma permanente al capitalismo. Eso ha cambiado radicalmente. Si se menciona el socialismo en contextos de la teoría social, parece aceptarse que agotó su expectativa de vida: no se confía en que pueda volver a despertar el entusiasmo de las masas ni se lo considera apto para señalar alternativas posibles al capitalismo. En un abrir y cerrar de ojos —Max Weber se sorprendería— se intercambiaron los roles de dos grandes adversarios del siglo XIX: el futuro parece pertenecerle a la religión como fuerza ética; el socialismo, en cambio, es percibido como criatura intelectual del pasado.

Honneth hace una constatación amarga: la de que «en las últimas décadas ha aumentado el malestar con la situación socioeconómica, [… pero] a esta indignación masiva parece faltarle una orientación normativa, un sentido histórico», y «este desacoplamiento entre la indignación y cualquier orientación hacia el futuro, entre la protesta y todas las visiones de algo mejor es una situación verdaderamente nueva en la historia de las sociedades modernas». Y en su libro, se propone «demostrar que en el socialismo existe aún una chispa de vida si se libera decididamente su idea rectora del andamiaje intelectual arraigado en el industrialismo temprano y se la coloca en un nuevo marco teórico social».

Del tocón del cercenado optimismo teleológico del socialismo histórico, un brote paradójico de pesimismo obstinado. El socialismo es posible si se entiende que es imposible: «como no sabían que era posible, lo hicieron». Honneth reivindica en su libro un socialismo experimentador, que aprenda haciendo en lugar de seguir creyendo en ese «curso regular de la historia» que establecía «claramente desde un principio dónde se encontraba el siguiente paso de la transformación social, por lo que no parecía necesaria a una comprobación situacional de los potenciales existentes». Honneth argumenta convincentemente que la vinculación con la cultura y el pensamiento del industrialismo es «un armazón anticuado para el pensamiento» que provocó que el socialismo quedara

casi vedado de concebirse a sí mismo como un movimiento que debe utilizar experimentos sociales para averiguar cómo se realizará la idea rectora de la libertad social según las condiciones históricas particulares. En lugar de ello, quedaba claro para todos sus representantes cómo debería estar conformada la nueva formación social de la libertad realizada sin que se experimentaran las oportunidades de modificación que ofrecían las circunstancias, que cambiaban velozmente.

Vindica en este sentido Honneth a los llamados socialistas utópicos, quienes, bien pensado, lo eran bastante menos que aquéllos que se autodenominarían científicos. Los primeros creían en un socialismo tentado, aquilatado resuelta pero cautelosamente a base de experimentos sociales, mientras que los segundos lo hacían en la absurda seguridad absoluta de un porvenir luminoso que caería por el propio peso de las contradicciones capitalistas, como la fruta madura. Las iniciativas de los utópicos —escribe Honneth—

pueden parecer un poco ingenuas, […] pero no sólo tenían el atractivo del comienzo audaz, sino también la virtud de que se «aprendía haciendo». Los participantes no tenían aún totalmente en claro con qué tipo de sistema económico estaban lidiando en sus actividades político-intelectuales; más bien tenían que experimentar para conocer los límites de la resistencia moral del mercado, si bien creían incondicionalmente en un progreso regular que conduciría al socialismo. Sólo con la aparición de Marx cambia fundamentalmente en el socialismo temprano este acercamiento que tal vez se pueda seguir llamando «experimental».

De lo que se trata, como en la famosa canción de Franco Battiato, es de buscar un centro de gravedad permanente. De buscarlo; de nunca dejar de hacerlo; de hacer de los medios fin y de la búsqueda encuentro. Y eso pasa, nos dice Honneth, por «sustituir en la autocomprensión histórica del socialismo la fe en la regularidad, imperante hasta aquí, por un experimentalismo histórico»; por entender que «la idea de ampliar los campos de libertad social en el ámbito económico buscando de manera experimental formas apropiadas de su puesta en práctica institucional es incompatible con la idea de que la historia de la humanidad adopta la forma de un progreso regular, defendida por pensadores desde Saint-Simon hasta Karl Marx». El socialismo no puede ser visto «como la conciencia articulada de las transformaciones sociales que deben producirse como consecuencia necesaria del potencial del desarrollo de las fuerzas productivas», sino que debe ser entendido «como la articulación específicamente moderna del hecho de que, en el proceso histórico, grupos siempre nuevos, que varían según las circunstancias sociales, aúnan esfuerzos para dar a conocer públicamente demandas hasta ese momento no consideradas e intentan derribar las barreras a la comunicación y, así, ampliar los espacios de libertad social». Debe ser el socialismo «un adalid de las reivindicaciones sociales en una sociedad en la que una interpretación parcial de los principios de legitimación subyacentes permite una y otra vez que se impongan intereses puramente privados, amparándose en la libertad individual, y que se vulnere la promesa normativa de la solidaridad».

Y debe experimentar. El socialismo

no puede saber de antemano cuál es la manera óptima de realizar la libertad social dentro de la esfera económica. Esta búsqueda debe realizarse mediante un proceso experimental de exploración permanente de ideas muy distintas, cuya característica común debería ser, en principio, el esbozo de las posibilidades de organización de la creación de valor económico, no bajo la forma de un mercado capitalista privado, sino con la ayuda de mecanismos institucionales de acción mutua cooperativa. En este proceso de búsqueda, además, nada excluye categóricamente que en el curso de la adquisición de conocimientos resulte aconsejable considerar, según el tipo de satisfacción de necesidades de orden económico, distintos modelos económicos, y tener en cuenta como método de ensayo la posibilidad de sistemas económicos mixtos.

De algún modo, un socialismo así pensado vuelve la tarea de su búsqueda a la vez más pesada y más excitante; más penosa y más alegre, pues pueden celebrarse ya aquellas porciones del mundo ideal que, en el proceso de experimentación, se han hallado y puesto en práctica; festejarse un presente promisorio en lugar de instalarse en una permanente danza de la lluvia en demanda de un porvenir así llamado por no venir jamás. Procediendo de tal modo, se conjura —dice Honneth— «el riesgo […] de convertirse en una teoría de la justicia puramente normativa entre muchas otras, que concibe sus demandas sólo como un llamamiento a un deber, pero no como la expresión de algo que se ha buscado».

El pensador alemán rescata de Dewey, en este sentido, la idea de un end in view; de un fin visible que exprese «que los fines no deberían ser entendidos como objetivos fijos, sino como magnitudes que deben adecuarse a las experiencias realizadas hasta cada momento». Así pensado, el fin —dice Dewey y cita Honneth, barruntando que «si el socialismo se hubiese apropiado antes de esta comprensión transformada de fin y medios, se habría salvado de gran parte de las desgracias acaecidas a partir del uso del objetivo final»—

es un fin visible y está actualizándose constante y acumulativamente en cada etapa del movimiento hacia adelante. No es ya un punto terminal, externo a las condiciones que llevaron hasta él; es el significado en desarrollo constante de las tendencias actuales: las cosas mismas que llamamos medios. El proceso es arte y su producto, no importa en qué estadio, es una obra de arte.

Todo cambia si se revisa así el socialismo, que pasa a, por así decirlo, laicizarse: los viejos libros sagrados se desacralizan pero no se arrojan a ninguna pira, sino que se trasladan con pulcritud bibliotecaria a un archivo en el que vuelven a ser valiosos, pero no ya como la palabra de Dios revelada en que llegó a convertírselos, sino, perdido el olor de incieso catedralicio, como documento histórico; como parte de «un archivo interno de todos los ensayos de socialización de la esfera económica que se hayan realizado, para tener de este modo una especie de ayudamemoria de experiencias hechas, con las respectivas ventajas y desventajas de las medidas tomadas». Ensayos literarios y también sociales: como nos dice Honneth, «en la actualidad existe una gran cantidad de iniciativas económico-políticas, desde las cooperativas en la ciudad vasca de Mondragón hasta los fondos de solidaridad de los trabajadores canadienses, que están emparentadas con el espíritu de un socialismo que se entiende a sí mismo como experimental»; y «las intervenciones experimentales en una región siempre deberían poder aumentar las probabilidades de éxito de los experimentos llevados a cabo en otras regiones». Para el filósofo,

como portadores sociales de las reivindicaciones normativas que el socialismo intenta inscribir en las sociedades modernas, no deberían considerarse las subjetividades insurgentes, sino las mejoras que se han vuelto objetivas; no deberían contar los movimientos colectivos, sino los logros institucionales. El socialismo debe poder descubrir, en los avances que han llegado a ser realidad social, los contornos de un proceso de progreso que prueba que en el futuro las visiones propias seguirán siendo realizables.

De esa experimentación, no debe quedar fuera del tan frecuente anatemático mercado. A juicio de Honneth, «Marx alineó tan estrictamente el mercado en la multiplicidad de sus formas con el capitalismo que, después de su muerte y durante mucho tiempo, fue imposible dentro del movimiento pensar la forma económica socialista alternativa de otro modo que no fuera una totalmente prescindente del mercado». Sólo ocasionalmente se filtra en sus escritos, explica el filósofo, «la posibilidad de que el mercado capitalista no sea finalmente una unidad fija, sino una estructura de instituciones que se encuentra en transformación permanente, y que puede ser modificada, cuya posibilidad de ser reformada se determinaría sólo a partir de repetidos experimentos». Y hoy, cuando el socialismo «sigue estando reducido a la idea de que sólo una economía de planificación central puede sustituir con éxito a la economía de mercado capitalista», «la tarea más importante para la reactivación de la tradición socialista es revertir la equiparación hecha por Marx de la economía de mercado con el capitalismo, de modo de ganar espacios para proyectar usos alternativos del mercado»; «depurar el concepto de mercado de todos los agregados —hechos a posteriori— de características específicas del capitalismo para verificar de esta manera su resistencia moral».

En su tentativa de actualización, alude también Honneth a otras cegueras históricas del socialismo; y en particular, a la que ha solido tener «respecto del significado democrático de los derechos fundamentales», que explica por qué, «para los socialistas, durante mucho tiempo fue casi imposible formar una alianza con el ala radical de los republicanos liberales». Fiando todo cambio al cambio económico que lo modificaría todo como por ensalmo, el socialismo ha solido despreciar a quienes también habían surgido como un «intento de hacer realidad las promesas incumplidas de la Revolución francesa mediante una reinterpretación de sus principios rectores», sólo que no tomando «como puntos de partida las carencias de la esfera económica, sino los déficits de la constitución política de la nueva configuración del Estado»; la no «participación en igualdad de derechos de todos los ciudadanos en el procedimiento legislativo de la construcción de la voluntad colectiva». El socialismo —asevera Honneth—

no se puede conformar con la perspectiva de la eliminación de la heteronomía y el trabajo enajenado en la esfera económica porque sabe que la sociedad moderna no será genuinamente social en tanto persistan la imposición, la intervención y la coacción dentro de las otras dos esferas: la de las relaciones personales y la de la construcción de la voluntad democrática. Frente a la autocomprensión teórica de sus fundadores, este socialismo modificado de raíz quiere al mismo tiempo más y, también, menos. Por un lado, en las visiones de un futuro mejor no puede restringirse meramente la idea económico-política de socializar el ámbito de la acción económica, porque en el ínterin ha aprendido que aún falta generar condiciones de libertad social en las relaciones familiares y amorosas como así también en los procedimientos de la construcción de la voluntad pública. Por otro lado, a diferencia de sus antecesores, ya no necesita apoyarse en un conocimiento de las regularidades históricas y, por lo tanto, debe conocer siempre aquello que se ha de generar en las distintas esferas mediante nuevas exploraciones experimentales y con conocimientos, por lo tanto, modificados.

Sólo cuando cada miembro de la sociedad —afirma también Honneth— «pueda satisfacer la necesidad, compartida con todos los demás miembros, de intimidad corporal y emocional, de independencia económica y de autodeterminación política, confiando en que sus pares en la interacción se interesarán por él y le brindarán ayuda, se habrá transformado nuestra sociedad en una sociedad social en todo el sentido de la palabra».

Honneth también se refiere a la cuestión nacional, que en el socialismo ha solido significar tensiones entre un enfoque simplonamente internacionalista y un no menor simplismo, si no nacionalista, sí entusiasta de los Estados-nación. A juicio del pensador, el socialismo enfrenta la dificultad

de la brecha temporal que hay entre la creciente internacionalización y la conciencia social de ésta. Aun cuando las reglas normativas de las esferas de acción individuales se definan cada vez más a nivel transnacional, una gran parte de la población les sigue atribuyendo a sus propios órganos nacionales la capacidad de adoptar y modificar reglas de acuerdo con cometidos democráticos. Sería un error entender este rezago de la opinión pública como consecuencia de una mera falta de sentido de la realidad o, incluso, de la tan mentada idolatría de la conciencia cotidiana. Se debe suponer, más bien, que se está expresando en ello la necesidad político-práctica de atribuir procesos graves que ocurren en el propio entorno a instancias visibles para todos, que luego puedan rendir cuentas o a las que se puedan exigir acciones de intervención.

Esa «conciencia rezagada de los ciudadanos —nos dice Honneth— no puede ser pasada por alto, porque hay que ganar sus intereses y ánimos para la causa normativa»; y en este sentido, el socialismo «debe seguir el modelo de las organizaciones no gubernamentales exitosas y ser un órgano de representación de la demanda moral de realización de las libertades sociales, con una red internacional».

De lo que se trata, en conjunto, es de lograr «una conjunción sin imposiciones de todas las libertades sociales en la diferencia de sus respectivas funciones»; de que «la libertad individual prospere no a expensas de la solidaridad, sino con la ayuda de ella». No florecieron ni florecerán los naranjos a orillas del lago Balatón, pero el sueño de una sociedad justa no debe ni puede dejar de ser perseguido. La razón en marcha podrá seguir tronando otros dos siglos si sabe adaptar su caudal furioso —tiene que serlo— a nuevos y distintos cauces.


La idea del socialismo: una tentativa de actualización
Axel Honneth
Katz, 2017
224 páginas
16,15€


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleCrítica.cl y La Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro, Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’, y en 2019 el segundo: La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista.

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