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Cavernosos

Dos espeleólogos se casan y hacen su luna de miel en una cueva. Cuando salen, a los tres meses, ven que la tercera guerra mundial ha arrasado el mundo. Un cuento de José Manuel Ferrández Verdú.

/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /

Querían casarse de una manera original, pero eso era ya prácticamente imposible. La gente, en su afán de hacer lo nunca visto, ya se había casado de tantas maneras distintas que no dejaba espacio para ser creativo en ese tema, ni tampoco en lo del viaje de luna de miel, cuyas posibilidades se habían agotado del todo.

Como eran espeleólogos ambos, él y ella, decidieron casarse en el interior de una cueva y hacer su viaje de novios en las profundidades de la misma como la manera más novedosa hasta entonces. El principal problema era convencer a las familias y amigos que los acompañaran, así como al cura. La gente no estaba dispuesta a correr riesgos excesivos por una simple boda caprichosa, de manera que después de muchos y muy buenos arreglos y de gastar miles de palabras, consiguieron convencer a un mínimo de gente necesaria para su enlace.

No se celebró demasiado hondo. El convite con velas fue rápido y hubo pocos discursos y tonterías, de manera que enseguida se largó todo el mundo y ellos cogieron los bártulos y comenzaron su luna de miel descendiendo hasta las profundidades de la tierra.

Debieron de pasárselo bomba, porque tardaron más de tres meses en salir de nuevo al aire libre.

Había un olor a tostado en el ambiente y enseguida notaron que algo raro estaba pasando. El silencio era muy extraño y caminaron hasta encontrarse con una carretera. Continuaron andando y al cabo de varios kilómetros llegaron a un pueblo, o, mejor dicho, a un montón de escombros que había sido un pueblo, y que ahora despedía humo por todas partes y no se veía a nadie en ninguna. Después de mucho buscar, encontraron una bicicleta aún útil, y subidos a ella pedalearon en busca de alguna huella humana

—Debe de haber sido un terremoto.

—Cualquiera sabe, a lo mejor es el fin del mundo.

—Me parece demasiada casualidad

Al cabo de un rato vieron un cartel blanco escrito con letras rojas bastante irregulares:

 TERCERA GUERRA MUNDIAL TERMINADA

 SOLO HE QUEDADO YO

 AVISARME SI PASA ALGO RARO

 JORGE

—¿Quién habrá sido el idiota que ha escrito esto? —dijo Josefina.

—Jorge, ¿no lo ves?

Todo el pueblo estaba lleno de carteles semejantes tirados sobre los escombros.

-—¿Cómo puede saber que es la única persona que queda? De hecho nosotros también estamos vivos y no tenemos ni idea de si hay alguien más. Es imposible que la guerra haya destruido el mundo entero, y si queda alguien es jodidamente difícil que sepa si está solo o no.

—Sí, es puñeteramente difícil saberlo. ¿Cómo te vas a enterar? ¿Por los periódicos?

—Bueno, al menos sabemos que hay por ahí un iluso llamado Jorge poniendo carteles a troche y moche para que, según él, no los lea nadie.

—El tema de los carteles absurdos ya lo trabajó un pintor noruego cuando fabricó su famosa obra cartelaria titulada

PROHIBIDO LEER ESTE CARTEL,

y luego lo llevó a la bienal de arte de Persia.

Iban pedaleando mientras hablaban. Al rato vieron a alguien a lo lejos.

—Mira —dijo ella.

—Debe de ser Jorge.

—Seguro. Pero lo que más me extraña de todo esto es que la guerra no haya dejado un invierno nuclear, sino que hay un sol espléndido.

—Puede ser una primavera nuclear.

—Seguramente es eso.

Mientras hablaban, habían llegado hasta donde el tal Jorge se hallaba intentando poner otro cartel en lo alto de un palo que milagrosamente había sobrevivido a la gran conflagración universal.

—Hola, ¿eres Jorge?

—Sí. Habéis leído mis carteles, ¿no?

—Es imposible no leerlos, están en todas partes.

—Es que quiero dar bastante publicidad al asunto. Me gusta ser famoso, ¿a vosotros no?

—Sí, claro, a nosotros también —dijo Gómez—, pero si tú mismo dices que eres el único que queda, cosa que como ves es falsa, ¿para qué te has molestado? Si pensabas que no los iba a leer nadie.

—No tenéis ni idea, chicos, de cómo funciona esto. Yo quiero hacerme famoso, ¿lo comprendéis? Y para eso tengo que darme a conocer. ¿Qué mejor momento que este, que tengo a mi disposición el mundo entero?

—Yo juraría que estás loco de remate —dijo Josefina.

—¿Y eso por qué?

—Es una corazonada; creo que la fama es cosa de que haya mucha gente que te conozca, ¿no crees?

—Pero yo me siento famoso si veo mi nombre por todas partes. Mucha gente pensaba como yo y no hacía más que escribir su nombre en montones de sitios.

—Ya, pero a esos tíos o tías que eran famosos los llamaba mucha gente y hablaban con todo el mundo y siempre estaban de fiesta en fiesta. ¿Cuántas fiestas crees que se van a celebrar después de una guerra que no ha dejado títere con cabeza?

—Tonterías, no hacen falta fiestas ni hablar con nadie para sentirse famoso. He conocido gente que estaba escondida en su casa y su nombre estaba escrito en multitud de sitios, papeles, hojas, tarjetas, libros, periódicos, en fin, un verdadero torbellino de nombres del mismo sujeto repartidos por el mundo. Justamente eso es lo que estoy haciendo, ¿lo entendéis ahora?

—Está clarísimo —dijo Gómez—. En lo que a nosotros respecta, date por famoso. Hablaremos de ti y te pondremos a caldo en algunos momentos. Te llamaremos y, si tienes mucho interés, incluso podemos organizar alguna fiesta en tu honor.

—No sé qué fiesta vamos a celebrar ahora que el mundo está hecho añicos. Seguramente no quede ni una maldita cerveza en ninguna parte —dijo ella.

—Eso no lo sabemos, cariño. Antes de hablar tenemos que ver cómo ha quedado el resto del planeta.

—Ya, el resto del planeta.

—Ya lo he comprobado —dijo Jorge—. Por eso estoy poniendo los carteles.

—Pero ¿cuándo ha sido la cosa?

—Hace ya dos meses que se terminó, creo. Me salvé de puro milagro porque estaba debajo de la escalera de mi casa. Luego salí y todos estaban muertos. Recorrí mucho territorio y llegué hasta un aeropuerto donde todavía quedaba un avión que funcionaba. Seguramente el único en todo el mundo. Encontré gasolina y el manual de instrucciones y durante dos meses he recorrido todo el planeta. Os aseguro que no queda ni un solo pedazo de edificio…

—¿Tampoco animales?

—Algunas moscas, pero poco más.

—Pues ahora también estamos nosotros. De la misma manera puede ir apareciendo alguien más, supongo…

—Ya veremos. Me huelo que no —dijo Jorge.

—¿Sabes por casualidad quién ha ganado? —dijo Josefina.

—Todos, creo —dijo Jorge—, pero no me hagas mucho caso: es solo una teoría especulativa.

—Es mucho especular. Deberíamos buscar por ahí a ver si encontramos signos que nos puedan orientar acerca del vencedor.

—¿Es muy importante para ti saberlo?

—Hombre, tampoco es que sea importante. Más bien es curiosidad —dijo ella.

De este modo, y luego de haber puesto unos cuantos carteles más con la ayuda de los recién casados, se fueron los tres hasta que arribaron a un puerto de mar. Había algún pequeño barco que no se había hundido y que funcionaba a vela, de manera que decidieron emprender un crucero por el Mediterráneo. Fueron navegando a lo largo de la costa y alimentándose con algunos peces que lograban sacar del agua con mucha astucia y persuasión. Así llegaron a un lugar que en otra época se llamó Alejandría y que ahora era una masa informe de piedras y demás objetos inútiles.

No vieron a nadie.

Habían logrado hacerse con botellas de licores variados, de manera que se emborrachaban casi todos los días. Había comida en abundancia tirada por todas partes, aunque pronto muchos de aquellos comestibles se irían deteriorando con el tiempo. Pero de momento saciaban el hambre con lo que iban pillando.

Una tarde, Gómez se echó una siesta posnuclear en el camarote y al despertarse vio a su mujer hablando con Jorge, y este le estaba entregando un caramelo a ella.

—Veo que estáis un tanto acaramelados. ¿Se puede saber de qué es el caramelo…? Pero no me lo digas: me juego lo que quieras a que es de cuerno quemado.

—Cariño, es de menta fuerte. Estaba en un depósito del Pireo lleno de chucherías de esas para los cumpleaños de los niños, quienes ya no las van a necesitar. Jorge cogió un buen puñado y ahora me estaba regalando uno que no tiene mala pinta.

—Menudo pinta que está hecho nuestro amigo Jorge. Me echo un rato y no pierde el tiempo contigo, ni tú tampoco, ¿verdad?

—No es lo que piensas. ¡Mira que incluso ahora que no quedamos más que tres gatos tienes que estar celoso! Quién sabe si no tendremos que engendrar de nuevo a todo el mundo y volver a darle cuerda a la humanidad otra vez.

—Ya lo veo. La cuerda va a ser larga. Entonces, ¿qué pasa conmigo? ¿Estamos casados o no?

—¿Crees que eso es ahora relevante, amor mío?

—Por lo que veo, para ti no demasiado.

—Bueno, tranquilo —dijo Jorge—. Yo solo quería ayudar si hay que volver a procrear a la gente. Pero, por lo que a mí respecta, puedes engendrar tú solo lo que te venga en gana. No pienso meterme por medio. Pero no me vengas luego con quejas ni lamentos si la nueva población te da problemas. Puedo pasar soltero como hasta ahora, muchacho.

—A mí no me llames muchacho, que puedo ser más viejo que tú.

Volvieron a Gibraltar y se encaminaron hacia el norte de Europa. Róterdam era como el noveno círculo de Dante, pero en plan amasijo hirviente. Sin embargo encontraron bidones de gasoil flotante para el motor del pequeño velero. En la desembocadura del Elba vieron una balsa con tres mujeres dormidas. Resultaron ser tres ingenieras ucranianas tripulantes de un submarino ruso naufragado que por pura casualidad hablaban español, ya que habían estado de Erasmus en México durante un curso. Se pusieron la mar de contentas y luego todos bajaron por la costa africana hasta Cabo Verde y de allí regresaron porque el Atlántico se puso borde.

—¿Sabéis quién ha ganado?

—Nosotras no. Nuestro submarino explotó y nos hemos salvado de milagro.

Eran Olga, Sonia y Lika, y las tres eran guapas y jóvenes. Lástima que el mundo se hubiera acabado para ellas y para todo bicho viviente, pero aún podían agradecer a la fortuna estar vivas, aunque con un futuro poco prometedor, o quizá no, quién sabe.

Después de mucho navegar regresaron a algún puerto de la costa mediterránea que hiciera posible desembarcar. Hacía muy buen tiempo y eran seis supervivientes de una conflagración que había acabado con todo el mundo conocido. Sin embargo se podrían permitir, a pesar del desastre, aprovecharse de muchos jirones de comida, combustible, etcétera, de manera que el porvenir inmediato no parecía demasiado oscuro, siempre que no se pensara a largo plazo.

La situación, por tanto, había cambiado, y mucho. Gómez intentó ponerse de acuerdo con Jorge para que se repartieran por igual a las chicas, pero para ello debería guardarle el secreto de su matrimonio. Jorge estuvo de acuerdo. Dos ucranianas guapas eran quizá demasiado para él solo. Pero ahora su esposa Josefina se negó en redondo, de manera que dijo a las ucranianas que Gómez era su esposo legal y por tanto tendrían que conformarse con Jorge si querían tener algo de intimidad, a lo cual las tres bellezas eslavas no pusieron ningún inconveniente, convencidas como estaban de que no tardarían en encontrar a alguien más en alguna parte. Sin embargo, pasaron los meses y no aparecía nadie en ningún sitio. Ya habían perdido toda esperanza de aumentar el grupo de seis que formaban, con lo que tuvieron que hacerse a la idea de compartir a Jorge si querían que sus cuerpos juveniles no se limitaran a comer, beber, dormir, defecar e ir de un lado para otro como almas en pena.

No tenían más remedio que moverse continuamente en busca de comida en buen estado. Una tarde, mientras descansaban, Jorge propuso viajar a los Estados Unidos para ver cómo estaba todo por allí.

—Allí habrán caído bombas para parar un tren —dijo Jorge.

—Todos los trenes —completó Olga.

Emprendieron un largo viaje por toda Europa, Rusia y Siberia hasta Vladivostok. De vez en cuando encontraban comida y vodka y a veces podían pescar en los ríos. Por Bering pasaron a Alaska y de allí bajaron hasta Chicago después de varios meses de viaje sin haber vislumbrado indicios de vida en ninguna parte. Solo moscas sueltas que comían toda la comida podrida que había quedado, millones de toneladas de carne y pescado y todo tipo de porquerías. Las moscas eran felices y se notaba en el ambiente el gran zumbido oscuro y lleno de alegría de los vivaces dípteros.

Alcanzaron Chicago, es decir, la masa hirviente que desprendía calor hasta varios kilómetros de distancia. De vez en cuando encontraban algún vehículo que andaba y así podían ir avanzando.

—Hagamos la ruta 66 —dijo Jorge—. Siempre me ha hecho ilusión, pero nunca tuve un duro. Ahora sí podríamos hacerla.

—¿Y para qué? —propuso Josefina.

—Hombre, es algo legendario. Gran parte de la mejor literatura underground pasó por la 66 durante los años dorados de la contracultura.

—Sí, para contraculturas estamos ahora, ¡mira a este con qué tonterías nos sale! —dijo Josefina.

—Bueno, de todas maneras no tenemos más remedio que ir de un lado a otro en busca de lo necesario. ¿Por qué no podemos ir por esa carretera? —dijo Sonia—. Yo también he oído cosas.

Emprendieron el viaje en un viejo cacharro que había por allí, negro y grande.

Cuando llevaban unos cuantos cientos de kilómetros, se les acabó la gasolina. El auto renqueó un poco y se paró. Iba conduciendo Jorge.

—¿Qué pasa ahora?

—Creo que no hay gasolina en el depósito.

—¿Cómo que no hay gasolina en el depósito? ¿Entonces dónde está? —preguntó Lika.

—Seguramente en la atmósfera —concluyó Gómez—. Es lo que pasa cuando se quema en los cilindros y luego sale por el tubo de escape

—¿Y ahora qué?

Decidieron dejar el vehículo y seguir a pie hasta encontrar algún surtidor, ya que en esa carretera debería haber bastantes. Mientras andaban iban charlando.

—De manera que ibas conduciendo y no miraste el contenido del depósito —dijo Gómez.

—Ya, es que con la emoción contracultural se me pasó por alto.

Después de un par de horas andando, divisaron algo a lo lejos junto a la carretera. Al aproximarse fueron apreciando mejor lo que había allí. Únicamente delante de lo que era tenido técnicamente por una gasolinera, había una especie de surtidor lleno de grasa y restos de otras sustancias, pero ni el más mínimo rastro de vida, inteligente o no, daba señales de ninguna clase.

Visto desde la orilla de la carretera, donde aún permanecían los recién llegados, el lugar tenía toda la apariencia de la más típica y turística imagen de la mítica ruta 66.

—Ahí lo tenéis: delante de vosotros está lo que tanto tiempo hemos perseguido. ¡Cuánta gente habría dado todo lo que tuviera por poder estar aquí ahora! Mirad y disfrutad del auténtico aroma del Medio Oeste americano. Somos unos privilegiados de poder estar en este solitario lugar que es lo más apreciado de estos espacios inmensos —profirió Gómez, poseído por una emoción turística incontenible.

—Ya vemos, ya. Pero recuerda que hemos dejado el tanque a dos horas de aquí.

—¿Es que no os extasiáis de este lugar, en vez de pensar en menudencias?

—Ya nos extasiaremos cuando hayamos conseguido combustible —dijo Josefina.

Luego, poco a poco, se dirigieron hacia las instalaciones de la supuesta gasolinera.

Antes de que les diera tiempo a llegar y ver si había vida más allá de la fachada, un coche lleno de polvo y tierra llegó a una velocidad supersónica, derrapó al introducirse en aquel antro y dio un frenazo tan estrepitoso que levantó polvo suficiente para destruir los posibles dinosaurios que no hubiera destruido el famoso meteorito.

Antes que de que tuviera tiempo de disiparse la impenetrable nube de polvo, se escuchó el pitido de un vehículo policial, el cual, siguiendo el rastro de los recién llegados, fueran quienes fuesen, ya que no se podía ver nada, llegó con la misma rapidez, frenó cerca del otro vehículo, y entre ambos se organizó un tiroteo tan feroz y ruidoso que el ladrido de los perros más feroces en sus mismas orejas les parecería música de Bach en comparación con la retórica de petardos y balas a que dio origen aquel encuentro infernal.

Ellos corrieron a refugiarse detrás de unos matorrales resecos que había por allí, y durante casi media hora estuvieron disfrutando del concierto mientras temían que en cualquier momento fuera a saltar por los aires todo el complejo turístico por la acción de alguna bala perdida o de quién sabe qué tipo de armas.

Al cabo de un tiempo, en un momento dado y de una manera imprevisible, el primero de los coches salió de entre la nube de polvo, a una velocidad espantosa, seguido a los varios segundos del vehículo policial, ambos llenos de agujeros que hacían imposible creer que todavía les fuera posible desplazarse lo más mínimo. Sin embargo, en el plazo de unos pocos segundos, ambos coches explosionaron y se incendiaron, muriendo todos los posibles ocupantes.

Durante un rato todavía permanecieron detrás de los rastrojos y matorrales, como si aún no comprendieran del todo lo que había pasado. Y solo poco a poco fueron abandonando su refugio, mientras el polvo se disipaba y dejaba ver la silueta del cochambroso local. Se aproximaron tímidamente mientras vigilaban la carretera, no fuera a llegar otro convoy tan estruendoso y salvaje como el anterior.

—¿Habéis visto eso? —dijo Olga.

—Lo hemos visto y lo hemos oído —dijo Jorge—. Al final va a ser que queda bastante gente aún, al menos por aquí.

Después de casi un cuarto de hora, se acercaron hasta la puerta de cristales del tugurio, que milagrosamente permanecía en su íntegra y miserable totalidad, y trataron de abrirla para ver si existía alguna presencia, humana o no, que fuera capaz de atenderlos. Dentro había un anciano seco y con barba que leía tranquilamente un viejo periódico, como si no hubiera ocurrido nada de nada desde hacía cincuenta años.

—¡Más gente! —vociferó Lika al ver a aquel viejo que parecía haber emergido desde la Biblia.

—¡Oiga, abuelo! —dijo Jorge haciéndose el desenvuelto—. ¿Podría ponernos algunos litros de gasolina en algún recipiente?

El viejo ni siquiera levantó la mirada del periódico. Continuó leyendo como si la noticia que traía la prensa fuera la del fin de la civilización. Ante la pertinaz ausencia de atención del anciano, Jorge, recordando algunas de las películas que había visto a lo largo de su vida, le dirigió de nuevo la palabra.

—¿Es que no me ha oído, viejo del demonio? ¡Le he preguntado que si tiene gasolina!

Pero ante la indiferencia del lector que no parecía estar dispuesto a dar su brazo a torcer, se acercó y le tocó el periódico para que advirtiera su presencia.

Entonces aquel hombre levantó la vista y lo miró como si estuviera mirando algún fenómeno misterioso que estuviera teniendo lugar ante sus ojos. Parecía sorprendido de su presencia.

—¿Ha escuchado lo que le he dicho, abuelo?

—¿Cómo dice? —dijo por toda respuesta el hombre mayor en un perfecto español.

—Digo que si no ha oído lo que le he dicho —volvió a repetir, prácticamente gritando.

—Estoy sordo, amigo, ¿qué es lo que quiere? —dijo el viejo.

—¡¡¡GASOLINAAAAAAAA!!!!

—Vale, ahora voy –— mientras cerraba el periódico y se incorporaba de su mecedora aún más vieja que él, pasó casi media hora. Al fin, ya de pie delante de ellos, señaló la puerta y dijo—: vamos allá. ¿Cuánta gasolina quiere? —dijo mientras salía seguido por todos los demás.

—Toda la que podamos transportar, pero tendrá que ponerla en algún recipiente, porque hemos dejado el coche a dos horas de aquí —le dijo a voz en grito.

—Entonces busque usted mismo por ahí algún cacharro donde llevársela. Yo no tengo aquí nada.

—Oiga, jefe —dijo Gómez con fuerza para que lo oyera—, ¿cómo es que ha sobrevivido a la catástrofe?

—¿A qué catástrofe se refiere, hijo? ¿A la del veintinueve?

—Dejémoslo en paz —propuso Sonia—. Bastante tiene con lo que tiene.

Todos se pusieron a revolver por los alrededores del turístico lugar para tratar de encontrar algo con que llevarse la gasolina.

Había cerca del chiringuito un enorme montón de objetos y chatarra que seguramente estaría allí desde los tiempos del Mayflower, que fue el barco en el que llegaron los primeros colonos a Nueva Inglaterra. Es muy probable que lo primero que hicieran al desembarcar fuera acarrear hasta allí todos los trastos viejos que llevaban y amontonarlos para quien les pudiera sacar provecho. Muebles rotos, tubos de escape, viejas máquinas tragaperras hechas picadillo, piezas de coches, cacharros de hierro oxidado, lavadoras y otros electrodomésticos inservibles, sillas rotas, ladrillos, neumáticos, botes de plástico, cacerolas, etcétera.

Rebuscando y removiendo durante más de una hora, se apropiaron de varios botes y botellas. Allí el anciano sordo les puso toda la gasolina que le cabía y después de pagarle con billetes encontrados por el camino, regresaron por donde habían venido.

Tras este aparatoso episodio, continuaron dicha ruta, pero ya no volvieron a ver a nadie. Aparte del viejo, los únicos que vieron iban en plan de guerra y nada se pudo hacer para salvarlos de su propia furia.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.


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