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La escuela franquista: una educación contra el pueblo

Un artículo de Xavier Tornafoch.

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Quizás sea reiterativo insistir en lo que supuso para el desarrollo general de España la victoria franquista en el año 1939. En el orden social, económico y moral fue un desastre de magnitudes estratosféricas. Para las clases populares, como afirma Paul Preston en su reciente libro Un pueblo traicionado, fue un calvario. La vida de millones de personas se vio reducida a la pura subsistencia, y la muerte y la humillación se convirtieron en cotidianidad. Ese fue el legado del primer franquismo, paradójicamente el más reivindicado por los heraldos del régimen; el de los buenos tiempos, que se diría en un lenguaje coloquial. En realidad, excepto para un sector muy minoritario de la sociedad española, fue una pesadilla. En ese contexto, la escuela no defraudó: fue también un proyecto desastroso que dejó en el analfabetismo y en el semialfabetismo a segmentos enteros de la población. Hay pocos casos en Europa similares a lo que sucedió aquí con la educación.

Hace unos días, en el marco de la presentación del libro Totalitarismos europeos: propaganda y educación, el profesor de la Universidad Complutense de Madrid Antonio Francisco Canales aseguraba que la escuela franquista inmediatamente posterior a la guerra no se rigió solo en base a criterios fascistas, sino que quedó en manos de una jerarquía católica ultramontana que la utilizó exclusivamente para adoctrinar a los niños y niñas, sin ninguna voluntad de formar, instruir y, mucho menos, educar. Ni siquiera los pedagogos del régimen, como Antonio Juan Onieva (1886-1977), imbuidos de las ideas fascistas que circulaban profusamente por Europa durante los años treinta, fueron capaces de enderezar el rumbo. La Iglesia católica se empeñó en consolidar una educación de corte casi medieval que no ofrecía ninguna garantía pedagógica, y que además se servía del maltrato físico y emocional. Por supuesto, la obra de la Segunda República fue desmontada pieza a pieza, empezando por una profunda depuración del personal docente, al que se vio con suspicacia desde el minuto uno de la rebelión del 18 de julio, siendo muchos los maestros que fueron encarcelados, torturados y asesinados. Fue la Iglesia católica la que les señaló como culpables de lo que ellos llamaban la descristianización de España, aunque los republicanos preferían el término laicización. Sin embargo, los propios detractores de la escuela republicana amplificaron lo que en términos reales no fue una auténtica revolución, sino el intento de implementar proyectos de modernización educativa, que se habían aprobado durante los treinta años anteriores a la guerra civil con la intención de situar al sistema educativo español cerca de los estándares europeos, a base de dedicar los recursos económicos y humanos que se le habían denegado durante décadas.

Es cierto que el ambiente de libertad que facilitó el régimen republicano y la influencia de teorías pedagógicas avanzadas, aunque también la apertura de nuevos centros y la contratación de maestros y maestras, hicieron de la educación republicana un modelo acorde con lo que sucedía en los países democráticos de Occidente, pero no se construyó casi nada desde cero; no se hizo una tabula rasa del pasado. Contrariamente, fueron los gestores de la nueva escuela franquista los que arrasaron con todo lo anterior, los que atrasaron el reloj de la historia hacia tiempos medievales.

Hace unos años tuve la oportunidad de hablar con una mujer de mi pueblo que vivió ambas experiencias, la de la escuela republicana y la de la primera escuela franquista. Me contó que ella fue feliz con los maestros republicanos, que vivió con mucha emoción la introducción de las pedagogías activas, que supusieron entre muchas otras cosas el acercamiento a la naturaleza, la experimentación educativa y la recuperación de su lengua materna, el catalán, que aprendió a escribir correctamente. Destacaba el trato amable y cariñoso de los docentes y la alegría con la que acudía cada día a la escuela. Contrariamente, me contó que su reintegración escolar después de la guerra civil la sumió en una absoluta tristeza. Aquella escuela era fría y doctrinaria, no enseñaba nada que fuera significativo para los niños y niñas y se empeñaba en inculcar ideas que no entendían en un idioma que no era el suyo. A los doce años abandonó la escuela y empezó a trabajar en una de las muchas fábricas textiles que había en el curso alto del Llobregat. Esa debió de ser la historia de la mayoría de niños y niñas de las familias obreras en aquellos tiempos. Hasta la aprobación de la Ley General de Educación (1970), que significó un paso importante en la dirección de modernizar el sistema educativo español, la escuela fue un páramo doctrinario que privó a generaciones enteras del acceso a una mínima formación, convirtiéndose en un bastión del fanatismo y la intransigencia nacionalcatólica, para lo cual sus gestores no dudaron en marginar a los teóricos de la educación fascista que, como Onieva, habían soñado alguna vez con la construcción de un Estado nacionalsindicalista, totalitario pero eficiente. Nada de eso sucedió: lo que ocurrió fue el retorno a una educación medievalizante en la que el catecismo, que se enseñaba en la única lengua que se consideraba cristiana, es decir el castellano, era la materia principal y más importante.

A menudo, cuando coincido con amigos europeos y les cuento que mis padres, obreros escolarizados en aquellos años, no pudieron acudir a la escuela más que dos o tres cursos seguidos y que durante toda su vida arrastraron notables déficits académicos, se quedan muy sorprendidos. Los padres de mis amigos austriacos, holandeses, franceses o italianos, muchos de ellos también obreros, cumplieron un ciclo completo de escolarización. Acudieron a escuelas de capacitación profesional y aprendieron más de un idioma. Ese fue el hecho diferencia español, la extensión del analfabetismo, completo o funcional, de gran parte de la población, para alejarla de ideas que el régimen consideraba peligrosas. Esta situación empezó a corregirse con la ley que impulsó Villar Palasí en 1970, cuyo objetivo no era tan sólo ofrecer una educación de calidad a los niños y niñas españoles, sino favorecer el crecimiento económico y modernizar el sistema productivo, lo cual no se podía hacer sin contar con una ciudadanía convenientemente instruida.


Xavier Tornafoch i Yuste (Gironella [Cataluña], 1965) es historiador y profesor de la Universidad de Vic. Se doctoró en la Universidad Autónoma de Barcelona en 2003 con una tesis dirigida por el doctor Jordi Figuerola: Política, eleccions i caciquisme a Vic (1900-1931) Es autor de diversos trabajos sobre historia política e historia de la educacción y biografías, así como de diversos artículos publicados en revistas de ámbito internacional, nacional y comarcal como History of Education and Children’s LiteratureRevista de Historia ActualHistoria Actual On LineL’AvençAusaDovellaL’Erol o El Vilatà. También ha publicado novelas y libros de cuentos. Además, milita en Iniciativa de Catalunya-Verds desde 1989 y fue edil del Ayuntamiento de Vic entre 2003 y 2015.

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