Escenario

La vida a través de una cámara: ‘Los Fabelman’, de Steven Spielberg (2022)

Javier Mateo Hidalgo reseña el filme semiautobiográfico del gran cineasta, «un canto de amor al cine, una deuda por tanto recibido que por fin cristaliza en este extenso largometraje de 151 minutos».

/ por Javier Mateo Hidalgo /

Dicen que hay vidas que merecen ser contadas (y cantadas) por el séptimo arte. Si a determinadas biografías se añade, además, el cine como elemento trascendental en su desarrollo, lo sublime generará un relato abrumador. El invento de los Lumière tiene esa capacidad de abrir nuevos mundos al individuo, los cuales le elevan y marcan para siempre; después, dicho espectador —ya metamorfoseado por la fascinación cinéfila— puede demostrar su agradecimiento a las imágenes en movimiento enriqueciendo ese mundo de celuloide con creaciones cinematográficas propias. No es un camino fácil pero, quien así se lo proponga, lo conseguirá de uno u otro modo. Sólo hace falta pasión, constancia y creencia ciega en la obtención de su sueño.

Este será el caso de Steven Spielberg (Cincinnati, 1946), un cineasta tan prolífico y diverso como irregular, que ha enriquecido los últimos sesenta años de nuestra cultura con auténticas cimas cinematográficas. Su firma es también inconfundible, sabiendo dotar a sus obras de un halo que el cine actual prácticamente ha perdido. Tal vez porque su creencia en el cinematógrafo como herramienta capaz de hacer milagros desde su ciencia se ha mostrado inquebrantable. Spielberg continúa cautivado por esa fantasmagoría que es el cine y sabe transmitirlo a través de su estilo. Sigue siendo el niño que fue, dejando constancia en su último filme hasta la fecha: Los Fabelman (2022). Un prodigio de película que nos demuestra que el autor sigue siendo capaz de sorprendernos, cautivarnos y conmovernos. Aunque su dilatada carrera le habría permitido retirarse dignamente hace décadas —como hemos afirmado, un puñado de sus títulos serían suficientes para hacerle pasar a la historia, como así ha sido—, ha continuado empeñado en seguir filmando, apostando fuerte y arriesgando. Prueba de ello fue la nueva versión que hizo de West Side Story, el inmortal musical de Leonard Bernstein —demostrando la vigencia del Romeo y Julieta shakesperiano— que adaptó a la gran pantalla magistralmente el cineasta Robert Wise en colaboración con el coreógrafo Jerome Robbins en 1961. Con su film producido en 2021, Spielberg demostró que podía hacerse una nueva y digna versión de la película clásica erigida desde el respeto y la admiración.

Un año después, el estadounidense acomete un ambicioso proyecto inspirado en su propia biografía. Un canto de amor al cine, una deuda por tanto recibido que por fin cristaliza en este extenso largometraje de 151 minutos. Y lo hace desde la sinceridad y complicidad hacia su público, como no podía ser de otra manera. Pero Los Fabelman no es solo un nada convencional biopic, sino que se convierte en una oda al celuloide. Cine dentro del cine si se quiere. Ya desde los primeros minutos, cuando el padre Burt Fabelman (Paul Dano) explica al hijo antes de llevarle por primera vez a una sala en qué consiste eso de la persistencia retiniana. Visionando El mayor espectáculo del mundo (Cecil B. Demille, 1952), el niño queda fascinado de la capacidad mágica del invento, tan del Méliès de los trucajes. Ese tren colisionando nos lleva inmediatamente al mundo de las maquetas donde tuvieron lugar los primeros experimentos o trucos primitivos. En los primeros años de una vida todo es posible y ese pequeño Spielberg ve a través de sus ojos las posibilidades que se abren con una cámara ante un mundo donde todavía dominan los juegos. Los juguetes pueden convertirse en realidades aumentadas y esa locomotora en miniatura simulará ser, desde su imaginación, un medio de transporte real rumbo a una auténtica —y catastrófica— odisea.

El cine no muestra únicamente su artificio mecánico a través de la mencionada figura del padre —maravillado como ingeniero con las posibilidades de la técnica—, sino que se convierte en lupa a través de la cual descubrir realidades incluso dolorosas. Las imágenes en movimiento acompañan a Sammy Fabelman en su propio crecimiento, ayudándole a dejar atrás cierta inocencia. En este sentido, el montaje que llevará a cabo de la filmación de la acampada familiar se asemejará en cierta forma al revelado y ampliado fotográfico ejecutado por Thomas, el personaje protagónico de Blow-Up (Michelangelo Antonioni, 1966) —relato de Julio Cortázar mediante—. En ambos casos se produce un punto de no retorno en las historias de los personajes, la caída del caballo que marca sus personalidades, modificándolas.

Que el cine como arte puede ser un veneno, dando sentido a toda una vida, lo explica a las mil maravillas el personaje del tío Boris (Judd Hirsch), bien iluminador. Un tipo novelesco, que nos habla de su pasado como currante de circo y de cine. Quien trabaja desde el arte y por el arte debe ostentar cierta sensibilidad, y ésta surge de una personalidad única, tal vez inusual por inestable. Cada uno de los personajes de la familia Fabelman tienen algo que podría presentarles ante la sociedad de su tiempo como poco convencionales y, en caso extremo, de «lunáticos». Tal vez debamos asumir que cada individuo tiene un punto de rareza y que, probablemente sean quienes no lo reconozcan los realmente extraños. Seguramente las personas receptivas a lo artístico potencien todavía más lo que les hace distintos o especiales. Al desvivirse por ello llegarán a enfrentarse a la sociedad e incluso a la familia, por no sentirse comprendido dada su «rara» obsesión.

Al igual que Sammy, su padre o su tío abuelo, la madre Mitzi Fabelman (Michelle Williams) se encuentra también dotada de un talento innato. En su caso, decidió sacrificar su prometedora trayectoria como pianista para dedicarse a cuidar de su familia. Eran otros tiempos, claro, pero Mitzi parece haber cedido solo en apariencia. Dentro de ella bullen pasiones, tanto artísticas y carnales, que la convierten en un personaje adelantado a su tiempo. Su carácter indomable chocará con los convencionalismos de la época, generando una pugna que acabe afectando a su estado emocional. El propio marido parece ser uno de sus obstáculos más importantes, pues a pesar de su aparente comprensión parece embebido en su trabajo y considera los dones artísticos como «pasatiempos». A Sammy todo esto le dañará por descontado, encontrando en su propósito de dedicarse al séptimo arte un refugio para soportar tanta realidad junta y difícil de asimilar ya en su adolescencia. Serán momentos que le marquen haciéndole más duro y, por ello, maduro. Lo fantástico mitigará como bálsamo y, en ocasiones, se fundirá con lo real, siendo difícil de discernir dónde empieza uno y acaba otro. Una percepción que trasciende al propio personaje para contagiar a los demás, confundiendo sin duda también al espectador.

Surgen los primeros rodajes de ficción, espoleados por la obtención de premios juveniles; brotan con ellos los géneros variados y atrayentes, que suponen por su categoría todo un desafío: el western —influido por la escena que impactó a Sammy en el cine de El hombre que mató a Liberty Valance— o el bélico. Las dificultades de su materialización ante la mocedad del cineasta y la carencia de medios económicos y materiales quedan solventadas mediante el ingenio creativo y la colaboración de familia y amigos, arrastrados por la energía y personalidad del muchacho. De este modo, el espectador asiste a la sorprendente realización de efectos especiales como los disparos en un tiroteo —la imaginación y el carácter artesano llevan a que Sammy perfore el celuloide mediante alfileres, logrando con este truco dicho efecto—. En definitiva, hacer de la necesidad virtud. Ingenios que sin duda nos recuerdan a cómo el cine en sus orígenes se desarrolló gracias a invenciones propuestas por genios de la talla de Segundo de Chomón. ¿Y qué eran los pioneros sino niños en cuerpos de adultos haciendo de prestidigitadores?  

También junto con el aprendizaje en el manejo de la cámara y del lenguaje cinematográfico llegarán los primeros encuentros con el deseo y el amor, tan relevantes dentro del aprendizaje madurativo como el descubrimiento de amargas realidades —camufladas para la infancia dentro del ámbito familiar o durante la conformación de las primeras amistades serias. 

Sin duda, la ilusión y tesón de este «Sammy Spielberg» le posibilitaría llegar a la médula del cine. Más allá de la materialización de su sueño de cineasta, uno de los hitos previos de su biografía —a caballo entre la adolescencia y la madurez— será el encuentro con un John Ford crepuscular y, por ello, sabio. El aprendiz de director vivirá intensamente este episodio, donde la experiencia acumulada del mítico realizador de westerns será captada en una mínima pero fructífera conversación en el despacho del autor de La diligencia. Sammy actuará de esponja, ávido de conocimientos pero también obnubilado ante la presencia de este mito viviente. Un hombre malhumorado y parco en palabras que no se consideraba artista sino obrero del celuloide —esta actitud le hará si cabe más grande, ampliando su leyenda—.  El diálogo recrea el que Spielberg recordaba. Ford intenta quitarle la idea de convertirse en director de cine y, acto seguido, le hace observar los cuadros que colgaban en su despacho, representando distintas escenas del Lejano Oeste. Ford pregunta al muchacho qué es lo que ve en ellos y, tras disuadirlo de descripciones que se alejan de la respuesta que espera, le conmina a fijarse en los fondos y añade: «Si el horizonte está abajo, es interesante. Si el horizonte está arriba, es interesante. Si el horizonte está en el medio, es aburrido y soso». Según el veterano director, en estas reglas se encerraba el secreto para ser un buen director de cine. No pudo haber estado Spielberg más acertado en esta elección de David Lynch para la encarnación de Ford. Su magistral interpretación supuso, viéndolo con distancia tras su reciente muerte, un broche de oro a su carrera.

La escena previa al encuentro, cuando Sammy aguarda nervioso la llegada del cineasta, se convierte en un homenaje único al realizador clásico. La cámara comienza a girar mostrando las diferentes paredes de la sala de espera con los distintos carteles de los films más memorables del director. La banda sonora empleada para acompañar a estas imágenes parece convertir este momento en uno de los filmse de Ford, pues nos recuerda el aprecio del director por este tipo de música tan envolvente y mágica, representativa de una América ya desaparecida.     

A partir de ahí, llegará todo lo demás en Spielberg… pero eso ya será otra historia.


Javier Mateo Hidalgo (Madrid, 1988) es doctor en bellas artes por la Universidad Complutense de Madrid (2019), donde cursó sus estudios de licenciatura en la misma especialidad (2012); titulado asimismo en sucesivos másteres en formación del profesorado en la especialidad de artes plásticas y visuales, guion cinematográfico y lenguajes y manifestaciones artísticas y literarias. Ha publicado diferentes artículos en revistas académicas como Archivos de la Filmoteca, Femeris, Aniav, Re-visiones, Asri o Síneris, así como pronunciado conferencias en espacios como el Instituto Cervantes, las universidades de Salamanca, Huelva, Valencia o la Universidad Complutense y la Autónoma de Madrid, ejerciendo asimismo como profesor de educación plástica, visual y audiovisual y dibujo artístico en varios colegios de Madrid. Debido a su formación multidisciplinar, su trayectoria ha abarcado diversos ámbitos relacionados con la cultura, tales como el arte, el cine, la música, la escritura o el teatro.


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