Javier García Rodríguez fue escritor, profesor, poeta, un apasionado defensor de la palabra en todas sus formas. También fue miembro del consejo editorial de EL CUADERNO, a cuyas páginas trajo tanto textos propios como a los discípulos de su interés por la «narrativa aumentada» de los videojuegos. La gélida noticia de su fallecimiento cayó sobre nosotros el pasado 7 de noviembre. A modo de homenaje, rescatamos una nota de Jaime Priede, anterior director de esta revista, escrita en redes sociales inmediatamente después de asistir al funeral del referente y amigo.
Me fallan las ganas, pero me sobran los motivos para hablar de Javier, hablar o escribir, hablarle o escribirle, con tal de alargar una despedida que muchos no deseábamos ni imaginábamos tan pronto. Hace una semana nos juntamos unos cuantos amigos para despedirle, al menos despedirnos de la forma en que nos tenía acostumbrados a estar con nosotros. A media tarde se llenaba la sala, llegaba en tropel la gente de Valladolid, se veían alumnos, de ahora y de hace años, compañeros, escritores, músicos, periodistas, en fin, toda la jungla en la que él se movía como pez en el agua, consciente de que «esto es agua». Nos lo recordaba muy a menudo echando mano de aquel discurso de Foster Wallace en el que están dos peces nadando uno junto al otro cuando se topan con un pez más viejo nadando en sentido contrario, que los saluda y dice: «Buenos días, muchachos, ¿cómo está el agua?». Los dos peces siguen nadando hasta que, después de un tiempo, uno mira al otro y le pregunta: «¿Qué demonios es el agua?». Javier tenía presente cada día la importancia de estar atento a lo importante, es decir, que las realidades más obvias son con frecuencia las más difíciles de ver y seguramente de hablar.
Pasaba la tarde y se mantenían los corrillos, salíamos y entrábamos, gente a veces con pocas cosas en común, pero reunidas en torno a lo importante, porque Javier tenía ese talento para conectar ideas, palabras, sensaciones, citas, personas, y con ese talento levantó un estilo inimitable.
María José, su mujer, abría los brazos, celebraba desde la tristeza todo aquel montón de gente dispar, genta amiga, lo celebraba sinceramente, y Fernando apuntaba: «Se recoge lo que se siembra», porque él sabe mucho de siembra. Guillermo, su amigo del alma, nos contaba ese derrumbe de la salud de Javier la última semana, ese precipitado, inevitable desde la medicina, que lo iba desconectando de la vida, una parte del cuerpo, el habla, pero seguramente no tanto el pensamiento, cómo le cogía la mano con su brazo útil y una mirada que «decía cosas». Alejandro nos hablaba de ese talento descomunal, infatigable, expansivo, periférico e incombustible como tituló su reciente sección de artículos, seguramente la obra magna de Javier que alguien debería reunir cuanto antes. Alguien apuntaba que él debería haber sido el verdadero referente, el famoso, el tertuliano…
Y pasó la tarde con algún juego de palabras que habría dicho Javier en aquel momento, con algún silencio, con Claudia, su hija, yendo de un lado para otro, con muchos abrazos, muchos.
Conocí a Javier precisamente al calor de este cuaderno digital que tantas horas nos ocupó con una ilusión desmedida, casi obsesiva. Entró a formar parte de su consejo editorial poco después que yo, creo recordar que por iniciativa de Miguel Barrero, y casi desde el primer contacto visual me di cuenta de que tenía delante a un amigo recién estrenado. Y que tocaba aprender con él en esa nueva aventura, pero sobre todo, aprender de él en la aventura de la vida, porque vida y literatura eran lo mismo para Javier.
Lo dijo muy bien en una ocasión Cristina Gutiérrez Valencia: «Javier García Rodríguez lleva puesto, cuando hablamos de cultura, el baciyelmo del perspectivismo». Nada le parecía desechable como tema de análisis crítico o de creación, que en su caso era lo mismo. Y formalmente tampoco renunciaba a cualquier recurso disponible, sea en la vida o en la literatura. No hubo otra pretensión por su parte que la de escribir con plena libertad, como quiso y de lo que quiso. La búsqueda de la superación formal, de lo insólito en el doble sentido, del guiño cómplice. Todo texto suyo, por ese motivo, conduce más allá de sí mismo, del motivo que lo genera. Juegos de palabras, asociaciones semánticas, perspectivismo y cambios de encuadre, atención a un detallismo a veces extremo, estructuras sintácticas que se repiten, paralelismos, resonancias y ecos múltiples conectan los textos entre sí generando una expectativa hacia el siguiente, una empatía con la voz que lo genera.
Ahora nos toca seguir, Javier, a ver cómo es nuestra suerte, a ver hasta cuándo. Queremos vivir, ese es tu legado. No permitiremos un punto final en lo tuyo.
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