Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas

Tócala otra vez, Sam

«Todos queremos vender nuestro producto, pero tenemos que preguntarnos si nuestros libros contribuyen a frenar la deriva desquiciada de un capitalismo inhumano y depredador, o si más bien son combustible añadido a esta caldera del infierno». Un artículo de Alberto R. Torices.

/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /

Es como un recordatorio, una advertencia recurrente o quizá una prueba más de que avanzamos en círculos, pasando una y otra vez por los mismos lugares. Y siempre, un dato rotundo, casi increíble, entristecedor o quizá ya no tanto… El último, este: «El libro en España: el 86% de los títulos vende menos de 50 ejemplares». Leemos, hacemos clic aquí y allá y enriquecemos nuestro conocimiento con este otro dato: «El 49% de los libros que se publican tienen una venta cero». Ni cinco, ni tres, ni uno solo: cero. La mitad de lo que se publica. Y ya puestos a deprimirnos, otro más: solo «el 4,5% de los libros venden más de 100 ejemplares». Brindemos, queridos colegas. Emborrachémonos de éxito.

Los datos van cayendo como sucesivas paladas de tierra, nos van enterrando en la pesadumbre y el absurdo, y me recuerdan unas declaraciones de Antonio Orejudo, hace años, en las que comentaba la portada del que era entonces y, por lo que veo, sigue siendo hoy su último libro, Grandes éxitos: un actor subido a un escenario, los brazos abiertos, el gesto grandilocuente de cara a una platea… vacía. Una imagen y un título llenos de ironía, pero aún más llenos de tristeza. Así nos veía Orejudo a los escritores, así se veía a sí mismo. Un crudo retrato de nuestra vanidad, nuestro teatrillo y nuestro ridículo.

Dejaré a un lado, graciosamente, la prueba del algodón a la que habría que someter unas cifras tan gruesas como las antedichas, obviaré su origen y conformación, su muy probable naturaleza estadística y estimativa y el ancho que podría tener su margen de error; obviaré también los treinta años que llevo en contacto con el mundo editorial, siempre en sus ámbitos más esforzados y marginales, en esta periferia provincial en la que nacen, sobreviven y mueren editoriales pequeñas, muy pequeñas o minúsculas, treinta años en los que no he tenido conocimiento de ningún libro, ni uno solo, que haya tenido «una venta cero». Dejando a un lado todo eso, los titulares, es verdad, nos obligan a hacer una pausa. O dos.

La sensación, en efecto, es de absurdo total, o más que total en un caso como el mío, sospechoso como soy de que la mayoría de mis libros, si no todos, han sido arrojados a ese 86% y acaso también a ese otro 49% del que no he tenido conocimiento en treinta años. No le he preguntado nunca a mi editor y no lo haré ahora. Nos los creamos o no, responda a la realidad o la necesidad periodística, los titulares y sus números nos hacen sentir absurdos, pero no nos sorprenden, no tanto. Formamos parte de este hábitat, nos desenvolvemos en el ecosistema del libro, en su afanosa periferia. No todo, por supuesto, pero algo sí sabemos. Y por si se nos olvida, en el menú degustación de las noticias del día uno de los platos que aparece de cuando en cuando es una noticia de este cariz. El porcentaje de libros impresos que acaban en una trituradora de papel o en una incineradora, por ejemplo. El volumen y el ritmo al que se atropellan las novedades en las librerías, la presión de los grandes grupos editoriales, las estrategias de supervivencia de las pequeñas…

Los periódicos en casa los usamos para encender la chimenea, es el servicio más noble y útil que pueden prestar: arder tan fácilmente, desatar el fuego y desaparecer; pero es verdad que desde hace tiempo asisto con asombro y tristeza, sobre todo tristeza, a la deriva de un sector al que pertenezco por partida doble, como autor de libros, ay, y como trabajador del sector editorial, otro ay. Escribo esto ahora tratando de amansar pensamientos y emociones presentes en mi día a día, pero creo que podría haberlo escrito en términos similares hace cinco, diez, veinte años. Hoy tengo un poco más de información, al menos la que me brinda mi propia experiencia, y supongo que tengo también más necesidad de escribirlo porque mi impresión es la de que en estos cinco, diez, veinte últimos años el absurdo no ha hecho sino aumentar, los datos que nos abruman siguen engordando y todo parece ir a peor.

Me aferro, claro, a realidades estimulantes y hasta esperanzadoras, intento hacer una lectura positiva mientras me siento un poco enterrado en vida, como mis libros, triturado o calcinado como esos ejemplares que ya han desaparecido. Hay más sellos editoriales, más diversidad y más oportunidades de publicar que nunca. Sí, se publica más que nunca (también nos lo recuerdan los amables periodistas culturales de vez en cuando), esto es, el nervio de la creatividad vibra en un flujo constante de impulsos; la musculatura del pensamiento se ofrece bien desarrollada; poetas, narradores y ensayistas se muestran activos y productivos y se mantiene bien engrasada la cadena del relevo generacional. Además, el formato físico que tanto amamos, el libro de papel, sobrevive en plena era digital allí donde otros soportes materiales se han desvanecido. De hecho, no solo sobrevive: vemos con deleite y gratitud cómo algunos sellos innovan en el diseño, cuidan los materiales y el acabado y nos engolosinan con sus novedades. Sí, pero…

La lucha por la supervivencia nos impide pensar en cómo estamos luchando por sobrevivir. La deriva del sector del libro no es tanto un problema acotable al propio sector como un síntoma de la enfermedad del sistema económico. La industria editorial, en todo su rango, en toda su diversidad, es exponente y botón de muestra —uno más, uno entre tantos, y sin duda los hay mucho más gruesos y reveladores—, del turbocapitalismo rampante, que es el río de aguas sucias que nos lleva. Dejando a un lado, graciosamente también, el ámbito en el que se desenvuelven las superestrellas del asunto, que nos interesan lo justo, o sea nada, o incluso englobándolas a ellas también, advertimos que las prácticas del mundo editorial, periféricas, centrales y mediopensionistas, revelan modelos empresariales desquiciados, forzados a exprimirse a ritmos cada vez más rápidos para conseguir, a duras penas, mantener el cuello por encima del agua, y parece razonable que nos preguntemos si esta deriva contribuye a salvar al sector o a hundirlo más. ¿Es sostenible esta marcha? ¿Lo es económica, ecológica, éticamente?

Suponemos que hace diez, quince o treinta años, los porcentajes ante los que nos coloca el periodismo cultural eran menores, y que dentro de diez, quince o treinta años, si todo esto sigue en pie, serán aun mayores. Lo cierto es que desde nuestro puesto de operario del engranaje sí acusamos el ritmo de producción creciente, el acortamiento progresivo de los plazos de entrega, las prisas ya cronificadas; asistimos a la eliminación de fases del proceso editorial como la mismísima corrección de textos y a la sustitución del trabajo hecho por personas (ilustradores, traductores) a cambio del bodrio que nos despacha en unos segundos la inteligencia artificial; sabemos de la presión en aumento de los manuscritos que hacen cola para entrar en la cadena de producción y del modo en que todo ello se traduce en estrés y aumento de la jornada laboral, algo que tampoco se refleja en una mayor holgura económica para nadie en un contexto de demandas y gravámenes cada vez mayores sobre las economías domésticas y de las pequeñas empresas.

El sistema obliga a producir cada vez más y a hacerlo cada vez más rápido y más barato, y todo ello exclusivamente para no hundirse, para seguir tirando y aguantar un poco más antes de bajar la persiana.

No tenemos, por supuesto, soluciones en nuestra mano, ni siquiera esbozos de ideas para corregir un problema que es más complejo de lo que alcanzamos a entender, pero sí nos parece necesaria una toma de conciencia por parte de quienes todavía creemos en el libro como herramienta de conocimiento y desarrollo, como gran reserva humanista e instrumento básico y esencial del pensamiento, como bastión en la defensa de la justicia. Del libro, y del mundo en el que se gesta, siempre esperaremos algo más, esperaremos mucho más. Siempre nos resistiremos a que sea un objeto de consumo como cualquier otro, por más que su circulación discurra por los cauces y bajo los estándares que imperan en una sociedad de consumo, porque no hay otro cauce por el que discurrir. Y aplaudiremos a los editores que, a costa de esfuerzos ímprobos y desvelos permanentes, siguen dirigiendo sus sellos con pleno sentido de la responsabilidad cultural inherente a su oficio y del compromiso ético en su gestión empresarial. A su ejemplo nos remitimos, a su vera nos arrimamos.

«Desgraciadamente, pocos son los libros que tienen resonancia», escribe Miguel Ángel Curiel en su último libro, que acabo de maquetar. «Las casas se llenan de libros sin resonancia. Hay una producción ingente de libros. Un libro solo es un libro cuando tiene resonancia». Son palabras que llegan y se quedan en mí, palabras con las que no sé qué hacer. Palabras que exudan tristeza y vencimiento, y una conclusión que tampoco sé si compartir o rebatir. ¿Un libro solo es un libro cuando tiene resonancia? Muchos de los libros que yo compro son «libros de viejo», libros editados hace veinte, treinta, cincuenta años. Ajados, descatalogados, viejos… Los compro porque me gustan ya antes de leerlos, porque despiertan mi ternura, mi interés, no sé. Son libros sin resonancia que vuelven a ser libros, según Curiel, cuando encuentran una resonancia en mí, cuando yo los busco, los escojo y me meto en ellos como si me metiera en un útero primordial, y me quedo dentro todo lo que puedo, y releo cada página y termino el libro y lo vuelvo a empezar y me resisto a salir como si en este mundo ya solo quedara oxígeno ahí dentro, entre las páginas de ese libro viejo.

Debilidades o parafilias aparte, yo escribo novelas y quiero pensar, elijo pensar que toda novela, se lea o no se lea, se venda o no se venda, tenga la resonancia que tenga, es una contestación y un acto de disidencia, de rebelión. Miles de novelas, se lean o no se lean, se vendan o no se vendan, son miles de actos de rebelión, eso decido o necesito pensar. El mero hecho de estar en casa con tu libro viejo o nuevo en el regazo, y no aturdiéndote en internet o en el hipermercado, es rebelarse; estarse quieto, no hacer nada, no comprar, es revolucionario, y si encima abres un libro… Lo mismo acabamos haciendo que algunas cosas cambien. «La novela tiene sus propias formas de impregnación», decía Rafael Chirbes. «Es un género que trabaja despacio y que mina la realidad —la percepción de la realidad— desde los ángulos y no desde el centro. No importa tanto el número de lectores a corto plazo que tenga un libro, lo que importa es que alguna vez el mundo ha sido contemplado desde un lugar nuevo». Son palabras que algo tienen, es verdad, de consuelo y de derrota, pero por lo que valen es por lo que tienen de contestación y de enmienda a la totalidad de un sistema que cifra en el «éxito», esto es, en el rendimiento contable, el valor de las personas.

Todos queremos vender nuestro producto, de acuerdo, pero tenemos que pensar en qué producto, en cómo lo hacemos y cómo lo vendemos. Tenemos que preguntarnos si nuestro trabajo —nuestros libros— contribuyen a frenar la deriva desquiciada de un capitalismo inhumano y depredador, en fase ya abiertamente contraria a la sostenibilidad de la vida, o si más bien son combustible añadido a esta caldera del infierno, un peso añadido a la inercia global que, más pronto o más tarde, nos conducirá con toda seguridad al fundido en negro final de nuestra historia.

Para una abeja obrera, un minúsculo operario de la industria editorial, también para un autor de cuyos libros, según el periodismo cultural, no se venden ni cincuenta ejemplares, o ni uno solo, resulta difícil no sentirse como el pianista que ama su instrumento y ama la música y toca, sigue tocando junto a sus compañeros de orquesta mientras el barco se hunde y la tripulación se busca la vida. Él ama la música y toca, toca, sigue tocando para nadie y piensa: «Total, nos vamos a hundir igual…». Pero no es eso, no es eso.


Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

0 comments on “Tócala otra vez, Sam

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo