Mirar al retrovisor

Todo empezó en Filipinas (lo que Trump se dispone a terminar)

Joan Santacana escribe sobre los hechos de 1898, cuando España perdió su imperio a manos de Estados Unidos, que iniciaba la conquista del suyo.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

Fotografía destacada: el Maine, destruido en el puerto de La Habana

Mi abuelo, cuando yo era pequeño, en los años sesenta del siglo XX, no era amigo de los norteamericanos, como ocurría con una buena parte de su generación. Él explicaba con cierta satisfacción cómo en los días previos a la intervención militar de los Estados Unidos contra España a raíz de Cuba, en Barcelona, la gente se manifestaba por las Ramblas, pisando y quemando banderas yanquis hasta que, cuando la guerra fue una realidad, el consulado norteamericano en Barcelona fue asaltado, y su escudo o placa consular de lata, arrastrado por las calles. También contaba anécdotas que no recuerdo de publicaciones como La Campana de Gràcia, en la que se ridiculizaba a los americanos y a los cubanos independentistas, que siempre se presentaban como mulatos o negros. Él era un asiduo lector de La Vanguardia y puedo imaginar que las noticias que leía no eran ciertamente neutrales.  

Precisamente el rotativo La Vanguardia, el día 16 de febrero de 1898, publicaba en su página 5 varias breves noticias desde Cuba en las que se informaba de que «hoy ha sido un día de fiesta a bordo del crucero norteamericano Maine. Todas las familias de los secretarios de despacho, acompañados de sus distinguidas esposas de aquella capital, visitaron el barco siendo obsequiadas por su comandante con un espléndido lunch».

A pesar de los negros nubarrones que se cernían sobre el imperio colonial español en las Antillas y el Pacifico, La Ilustración Española y Americana de 8 de febrero de 1898 publicaba en sus páginas el solemne tedéum en la iglesia de San Francisco el Grande de Madrid en acción de gracias por la pacificación de las Filipinas, con fotos de la entrada de estandartes y banderas en el templo. En otras páginas del mismo ejemplar se mostraba en un vagón de tren a «los principales jefes de la insurrección filipina detenidos y conducidos a Dugupan». Sobre Cuba se informaba en el mismo rotativo que el crucero acorazado Vizcaya partía en viaje hacia Nueva York y en Puerto Rico desembarcaba el nuevo gobernador militar, el general González Muñoz, que sin embargo murió al día siguiente. Pero en la edición siguiente, del día 15 de febrero, las noticias se referían al envío de tropas y de buques a Cuba, con fotografías del puerto de Barcelona, repleto de soldados en el momento de embarcar, así como información con imágenes de cabañas de las cuales se decía que eran la sede del «titulado gobierno de la República de Cuba en la provincia de Puerto Príncipe».

No fue hasta el día 17 de febrero que el diario barcelonés informaba de que por vía telegráfica

«Acaba de recibirse un telegrama oficial de La Habana comunicando que ayer por la noche, a las nueve y media, voló el acorazado yanqui Maine. Se cree que la voladura ha sido producida por la explosión de una caldera. Muchos muertos y heridos. A las 3 h y 38′ recibimos la confirmación de la noticia en otro despacho, el cual resume por completo todo lo conocido en Madrid durante la tarde. Se van recibiendo noticias relativas a la voladura del Maine. Los muertos y heridos pasan de 100. El incidente ha sido casual, creyéndose motivado por la explosión de la caldera de la dinamo. El general Blanco envió al lugar del suceso todos los elementos necesarios para el auxilio de los heridos y salvamento de los náufragos. También envió a un ayudante al consulado norteamericano para que se ofreciera a Mr. Lee. Al estallar el Maine se apagaron todas las luces de La Habana».

Este buque había llegado al puerto de La Habana el 28 de enero, sin previo aviso, lo que era poco usual en la práctica diplomática, pues la visita de un buque de guerra a un puerto siempre se notificaba previamente. Parecía una maniobra de intimidación. Con todo, el nuevo capitán general de Cuba actuó como siempre, recibiendo al capitán del navío y ofreciendo una recepción a los oficiales.

El USS Maine era un acorazado que hacía diez años que estaba en servicio, asignado a la escuadra del Atlántico Norte. Había sido enviado a La Habana oficialmente para proteger los intereses de los ciudadanos norteamericanos de la isla en caso de estallar violencias en la ciudad por culpa de la guerra. La explosión del barco causó la muerte de 252 marineros y 2 oficiales. Posteriormente murieron siete marineros de los rescatados. Sin embargo, la mayoría de la oficialidad no murió, dado que estaba participando de un banquete en el consulado norteamericano en la Habana. William Randolph Hearst y su cadena de diarios, a raíz de esta tragedia, inició una campaña para culpabilizar a las autoridades españolas por el siniestro. Al día siguiente del accidente, la portada de los diarios sensacionalistas de William Randolph publicaba el siguiente titular: «El buque de guerra Maine partido por la mitad por un artefacto infernal secreto del enemigo». Naturalmente, la noticia era falsa.

Pese a que se crearon dos comisiones de investigación sobre las causas de la explosión, nada se aclaró. España negaba toda responsabilidad mientras la prensa norteamericana atribuía la explosión a los españoles. La comisión norteamericana encargada de investigar lo que ocurrió se reunió en una mansión de Cayo Hueso. ¿Fue provocada la explosión por agentes españoles? Si fue así, solo demostraría que repercutió en contra de los intereses de España. ¿Fue provocada por los mismos americanos que, previamente, sacaron del acorazado a la mayoría de los oficiales para que sirviera de casus belli? La comisión norteamericana de investigación realizó un informe que fue tildado de «infame y calumnioso» por la Ilustración Española y Americana en su edición del 15 de abril, que publicó una fotografía de los autores del mencionado documento. De hecho, la armada norteamericana, desde mucho antes de este hechom ya había ordenado a su flota del Pacífico que se dirigiera a Hong Kong e hiciera allí ejercicios de tiro hasta que recibiera la orden de dirigirse al archipiélago de las Filipinas y a la isla de Guam, para atacarlas. En España las informaciones de prensa hablaban a menudo de navíos de guerra norteamericanos que se estaban preparando para la inevitable colisión.

Los intentos de pactar un final del conflicto con los Estados Unidos se materializaron en una conversación entre Segismundo Moret (1833-1913), ministro español de Ultramar que poco antes había decretado la autonomía de Cuba y Puerto Rico, y Stewart L. Woodford (1835-1913) que era el enviado especial y ministro plenipotenciario a España:

Moret: Queremos hacer una paz con honor. ¿Cómo se puede hacer esto?

Woodford: No creo que la autonomía proporcione la paz a Cuba… Ni creo que los insurgentes cubanos puedan asegurar la paz en Cuba con un gobierno libre e independiente. Solo hay un poder y una bandera que pueda asegurar la paz. Los Estados Unidos son ese poder y la bandera norteamericana es la bandera.

Moret: ¿Esta es vuestra opinión definitiva?

Woodford: Sí, es eso mismo.

Moret: ¿Qué sugiere usted?

Woodford: Si vuestro gobierno os autoriza para actuar en nombre de España y el mío me faculta a hacerlo en nombre de Estados Unidos, podríamos llegar a un acuerdo sobre una base general que podría ser esta: los Estados Unidos pagarán la cifra que se fije para comprar Cuba. El acuerdo de venta no se publicará en el memorándum oficial. […] Habrá un memorándum secreto que fijará las condiciones.

El acuerdo fue imposible después de esta conversación. El 17 de abril todavía nadie sabía si estallaría o no la guerra con los Estados Unidos. En artículo publicado en el diario barcelonés El Correo Catalán, José María de Llauder escribía:

«A la vista de lo que oímos, basta con leer el asqueroso mensaje del presidente McKinley a las Cámaras, con un lenguaje brutal, contra España y con la resolución de apoderarse de la isla de Cuba violentamente, para darse cuenta de que al gobierno le quedan solo dos opciones: o defenderse o entregarse, es decir, contestar con las armas o abandonar con cobardía Cuba. ¿Habrá guerra? No lo sabemos, ¡pero yo digo que debería haber!».

El 19 de abril, en el Congreso de los Estados Unidos, se debatía la cuestión cubana y las relaciones con España. La mayoría de los congresistas eran partidarios de apoyar la independencia cubana, pero no había acuerdo sobre qué había que hacer después: ¿sería Cuba una nación independiente? ¿Sería anexionada? El senador republicano Henry M. Teller de Colorado propuso la Enmienda Teller, mediante la cual se daban garantías de que Estados Unidos no establecería un control permanente sobre Cuba después de la guerra, es decir, no habría anexión. Naturalmente, durante décadas este acuerdo no se respetó y Cuba estuvo totalmente subordinada a Washington.

Mientras estos hechos se desarrollaban como estamos comentando, lejos de Madrid y de Washington, la escuadra norteamericana del Pacífico, que estaba preparada en Hong Kong, bajo el comando de George Dewey, recibió la orden de atacar a la débil flota española que había en el puerto de Manila, en las Islas Filipinas. Evidentemente, la flota americana era muy superior a la española y el almirante Dewey lo sabía perfectamente, ya que la artillería suya era de tiro rápido, mientras que la española no lo era. La batalla fue muy desigual y se decantó a favor de la escuadra de Dewey.

Poco después la escuadra española era derrotada a su vez en Santiago de Cuba. La isla fue invadida y se inició desde entonces un nuevo movimiento libertador, pero esta vez no era contra España sino contra los yanquis. Este fue el inicio del imperialismo norteamericano. Aquí empezó lo que ahora se disponen a terminar.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


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