/ por Antonio Monterrubio /
«Un mundo de imágenes y de incógnitas —mi biografía— brotó de las vísceras de la heredad. He tenido que repetir, para describirlo, las palabras enorme, inmenso, gigantesco, colosal, agotando hasta la saciedad los sinónimos. Todo era formidable en el Sacro Bosque». Quien así habla es el duque Pier Francesco Orsini en la novela de Manuel Mujica Lainez. El jorobado y extravagante aristócrata, pariente de papas, dignatarios y señores de la guerra, había levantado, a la vera de su castillo, el Bosque de los Monstruos. El lugar es conocido en los ámbitos de lengua española gracias, sobre todo, al Bomarzo del escritor argentino. Pero Bomarzo tiene existencia real fuera de esas apasionantes páginas. Es un pueblecito italiano, en la provincia de Viterbo, antiguo territorio etrusco, situado a escasos cien kilómetros de Roma. Allí se extiende un terreno de varias hectáreas donde, entre los árboles, el musgo y las piedras, conviven en buena vecindad esfinges, sirenas, dragones, tortugas, Pegaso, el Cancerbero, un ogro y muchos más figurantes. Apenas cruzado el umbral, una inscripción nos exhorta: «Vosotros que entráis aquí, considerad lo que veis y luego decidme si tantas maravillas están hechas por el engaño o por el arte». Tras recorrer el extraordinario jardín, caben pocas dudas de que ambas cosas se hermanan en el mundo fuera del espacio y del tiempo que lo habita. La nostalgia por las infinitas posibilidades de la infancia se conjuga con el anhelo del adulto por tomar caminos aventureros que lo lleven hacia otro universo y otra vida.
Al emprender este trayecto iniciático, los visitantes son recibidos por una imponente estatua representando a Proteo-Glauco, pescador elevado a la categoría de dios marino, alegoría clara de la trasmutación. No muy lejos, un combate de gigantes —al parecer, Hércules y Caco— simboliza la lucha eterna y siempre indecisa entre el bien y el mal. Pero el más famoso, recordado y quizás temido de los residentes pétreos del jardín de Bomarzo es el ogro. Su descomunal semblante de fauces abiertas y dientes afilados infunde respeto. Se puede acceder al interior bajo la consigna «Dejad todo pensamiento los que entréis aquí». No se trata de una invocación a la irracionalidad, sino a liberar la mente y concentrarnos a la vez sobre nosotros mismos y lo que somos. Sentir el fluir de la vida y alcanzar a escuchar la música de las esferas celestiales exige pararse y aguzar el oído. Bomarzo es una experiencia irrepetible para la imaginación y una vivencia estética que muestra, esculpida en la piedra, la cercanía y complicidad que une lo bello y lo siniestro.
Una tarde en Bomarzo, cuando el sol va cayendo y las sombras comienzan a insinuarse, no es un paseo por Disneylandia, el país de la mentira. Igualmente, los monstruos que pueblan este jardín nada tienen que ver con los gnomos kitsch de colores chillones y rostros rubicundos sembrados en los huertos y parterres de las clases medias aspiracionales. La diferencia entre un nivel y el otro es la que separa el mito de la retórica barata. Todos necesitamos el encanto del primero —sin perder de vista lo que es— para alimentar la esperanza, reconocer el peligro y atrevernos a afrontarlo. La oratoria falsaria, insensata y hasta violenta es en cambio una magia negra que hechiza las conciencias ligándolas a lo inferior y perverso. Los monstruos del parque, seres legendarios o inventados, pertenecen a la estirpe mítica. Los enanos de jardín, producto de un mundo donde señorean lo falso y lo vulgar, son de la raza de los espectros. El mito actualizado y adaptado al espíritu laico crea cosmos, hace al universo abarcable, si no del todo inteligible, ofreciendo un tejido en el que asentar un sentido para la existencia.
La nulidad constitutiva de la sociedad del consumo y el espectáculo excava un abismo entre la comprensión racional del entorno y los deseos irracionales que suscita. Pero merced a su dominio prácticamente absoluto del escenario, cala cada vez en más gente y más profundamente. Y creer que en el público anida un sentido crítico que le advierte de la trampa y le permite eludirla es vivir en Babia. Ya en 1997, antes de la explosión de las redes sociales, de los móviles que jamás se apagan y de la adicción obsesivo-compulsiva a los mundos de Yupi virtuales, Pierre Bourdieu escribía: «Considerar universal, como hacen algunos hermeneutas posmodernos, la aptitud para realizar de forma reflexiva una lectura crítica de los mensajes que engendra el cinismo manipulador de los productores de televisión y los publicitarios significa caer en una de las formas más perversas de la ilusión escolástica en su forma populista» (Contrafuegos).
Las hordas de librepensadores adictos a las conspiranoias y los negacionismos, nostálgicos de un pasado siniestro y real, amenaza para el futuro de todos, no surgen por generación espontánea. La educación sentimental, intelectual y moral de muchas criaturas del mundo rico las lleva a formarse una idea no solo errónea, sino deliberadamente falseada de la realidad. Viven en una torre de marfil onírica y ficticia, de lo cual el universo digital no es el único culpable. La conjura de los necios constituida por los aparatos familiar, educativo y comunicacional contribuye grandemente a tan nefasto resultado. Se les ha adiestrado en la egolatría más intransigente y en la creencia firme de que todo les es debido por su fina estampa. Es decir, han sido alimentados con la ideología, primaria pero eficaz, que predica el posmocapitalismo. Las órdenes de los tiernos infantes, convertidos en déspotas absolutos, son deseos para sus cegados padres. Educadores temerosos y hastiados pasan por alto sus fechorías una y otra vez. Y mientras tanto, sus demonios de la guardia, elevados a consejeros áulicos, les regalan los oídos con cantos y melopeas que inflan su vanidad hasta hacerlos levitar por encima de todo lo tangible y lo intangible. Se está criando un ejército de solipsistas morales orgullosos de su ignorancia, devotos de la simplificación y el esquematismo, adictos al insulto, el desprecio y el odio. Por supuesto, ellos mismos son responsables de sus actitudes y conductas, pero no dejan de ser muñecos de ventrílocuo.
El significado y el sentido, más que de la vida en general, de la de cada cual, la comprensión de la realidad circundante, se adquieren por etapas, no vienen de golpe. Vivencias, experiencias y reflexiones van elaborando un acervo propio, a través de un aprendizaje lento, pero sólido. Para llegar a lo alto de la escalera, o al menos a un descansillo, es necesario ir escalón a escalón. Solo así se va construyendo una personalidad coherente y congruente. Esto exigiría, claro es, que no se te mienta durante años presentándote un mundo con un único rostro, siempre risueño y paradisiaco. Insistir en persuadir a cada individuo en formación de que cuanto alcanza su vista será suyo no algún día, sino aquí y ahora, es preparar hornadas de seres inacabados e inmaduros. Especialmente funesto es el inveterado hábito de familias y consejeros espirituales varios de ocultarles la complejidad de lo real, y en particular la existencia del mal —también el que mora dentro de cada uno.
«Está muy extendida la negativa a dejar que los niños sepan que el origen de que muchas cosas vayan mal en la vida se debe a nuestra propia naturaleza; es decir, a la tendencia de los hombres a actuar agresiva, asocial e interesadamente, incluso con ira y ansiedad» (Bruno Bettelheim: Psicoanálisis de los cuentos de hadas). Eso era allá por 1975. Hoy la cosa ha cambiado tanto que tales tendencias ya no se niegan. Se han normalizado socialmente, y muchos hasta las reivindican para sus vástagos. Más aún, se educa a las nuevas generaciones en ellas, en la convicción de que son imprescindibles si quieren llegar a formar parte de la élite. Pues pocos son los padres o los hijos cuya vocación sea pasar desapercibidos y ser felices. La mayoría se abonan, aun sin conocerla, a aquella jaculatoria del fundador del Opus Dei que rezaba: «¿Adocenarte? Tú, ¿del montón? ¡Si has nacido para caudillo!».
Mimados por familia y sociedad, imbuidos de imágenes de omnipotencia, terminan por convertirse en megalómanos nihilistas. Poseídos por delirios supremacistas, se mueven guiados por anhelos frenéticos e insaciables pero indefinidos, borrosos. La precariedad de su conciencia, congelada en un narcisismo infantil, los aboca a la frustración permanente. Creen merecerlo todo, aunque nada los satisface realmente. Una epidemia de egocentrismo paranoico recorre Europa y América. Su paradigma es el macho alfa que no conoce otro lenguaje oral y gestual que el salvajismo. Más aún que su verbo desquiciado y pirómano, son sus ojos inyectados de odio los que lo delatan.
«El Basilisco reside en el desierto. A sus pies caen muertos los pájaros y se pudren los frutos; el agua de los ríos en que se abreva queda envenenada durante siglos» (Borges: El libro de los Seres Imaginarios). No hay mejor alegoría del bárbaro posmocapitalista que la de este curioso animal de mortífera mirada surgido de la fantasía, y cuya estampa ha atravesado las edades, pasando de Plinio el Viejo a Chaucer o Aldrovandi, y llegando hasta Quevedo o Thomas Browne. En la Farsalia de Lucano, trasladada al castellano por Jáuregui, se le describe de esta guisa:
En lengua y ojos de inflamable peste,
aun de las sierpes mismas recelado:
allí se jacta de tirano agreste,
lexos hiere en ofensas duplicado,
pues con el silbo y el mirar temido
lleva muerte a la vista y al oído.
La sociedad debería dejar de practicar la política del avestruz. La hegemonía de la posverdad lleva de cabeza al abismo de la posrealidad. Ahí puede suceder de todo y, desde luego, nada bueno. Cuando pululan los que opinan que los impuestos son un robo, las pensiones esquilman los ingresos de los jóvenes leones, y el otro —cualquier otro— es un enemigo a batir (y, en tantos casos, a abatir), la comunidad está amenazada. El miedo, el resentimiento y la rabia son emociones no solo irracionales, como todas, sino específicamente antirracionales. Movilizan mucho más rápidamente que los argumentos reflexivos y ponderados. El dinamismo del mal sobrecoge. Reconocerlo en la propia conciencia brinda una herramienta con la que exorcizar sus prestigios y anular sus compulsivas ansias de supremacía. Los que crecen ignorando este precepto básico de la instrucción ética corren riesgos similares a quienes no han sido vacunados contra enfermedades potencialmente mortales. Y ponen en peligro a los demás. Se ha querido diseñar un paisaje social coloreado por enanos de jardín alegres y juguetones, ajenos del todo a cualquier problemática. Pero se está propiciando una proliferación de monstruos de jardín. El Tinglado, transformado para la ocasión en Sociedad Anónima Frankenstein, ha dado a luz una innumerable camada de clones del Individuo-Monstruo. Puede que, como le ocurrió al desventurado doctor salido de la mente de Mary Shelley, se le acabe escapando de las manos. No sería la primera vez.
«Era el autor de males irremediables y vivía bajo el constante terror de que el monstruo que había creado cometiera una nueva maldad. Tenía el oscuro presentimiento de que aún no había concluido todo y de que pronto cometería de nuevo algún crimen espantoso, que borraría con su magnitud el recuerdo de su anterior delito». Víctor sentía remordimientos por los actos de su criatura y buscaba la oportunidad de detenerla, aun a costa de su vida. Los modernos demiurgos, aficionados como son a ignorar la realidad en favor de mundos digitales frágiles cual pompas de jabón, sueñan que son no el doctor original, sino el Jovencito Frankenstein de Mel Brooks. Pero no habrá risas ni paz para los malvados. Sus culpas no van a desvanecerse en la nube.
Lo que llevamos de siglo XXI parece confirmar el triunfo irreversible de la superficialidad y la venalidad. Las divisiones acorazadas de la banalidad institucionalizada intentan aplanar el terreno arruinando toda esperanza de otra vida y otros valores. Se ha construido una sociedad obsesionada colectivamente con el éxito, donde el pavor a ser visto como un perdedor autoriza cualquier desvergüenza. Poco de extraño tiene, pues, toparnos con sujetos que recuerdan a los adeptos del Espíritu Libre, corriente herética estudiada a fondo por Norman Cohn en su libro En pos del milenio. Al igual que aquellos, los actuales feligreses sienten que pertenecen a una élite de superhombres amorales. Consideran que normas o límites no van con ellos, y no re-conocen líneas rojas para sus instintos y pulsiones. A sus ojos, el mal no existe. Y si los más entusiastas sectarios llegaron a declarar, como una mujer de Schweiditz, «cuando Dios creó todas las cosas, yo las creé con él… Soy más que Dios», esa afirmación, privada de connotaciones religiosas, sería hoy suscrita por un amplio sector de la ciudadanía.
El fascismo es un iceberg. La parte visible la forman las turbas aficionadas a los uniformes y la caza en manada, empapadas de testosterona y vulgaridad. Pero lo más grave y peligroso está bajo la superficie. Allí se acumulan capas diversas, pero todas dañinas. Arriba, la de quienes solo esperan la ocasión propicia para dar rienda suelta a sus viles inclinaciones y su anhelo de destrucción. Luego, la de aquellos que, en aras de la obediencia debida, el conformismo y la banalidad del mal, asumirían los papeles más indignos si el guion lo exigiera. Por último, pero no menos importante, la multitud de los indiferentes, los equidistantes, los tibios de espíritu, que mirarían gustosamente hacia otro lado desde los mismos prolegómenos de la tormenta. Todos ellos contribuyen, con sus respectivas patologías éticas, a que el barco de la sociedad choque contra la montaña de hielo.

Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024), El serano (Castilla Ediciones, 2025), Antígona vive, El tiempo en llamas y Una época formidable. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en Nueva Tribuna, Nueva Revolución y Diario del Aire. Colabora con la revista El Viejo Topo.
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Monstruos de jardín”