Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas

Sobre un libro llamado ‘Desposesión’

Alberto R. Torices escribe sobre su propia novela, protagonizada por un individuo instalado cómodamente en una existencia rutinaria y gris que de pronto siente la llamada de una vida más intensa y vibrante; un tipo ordinario que se ve arrollado, desbordado, por la surgencia en su interior de unas emociones de las que seguramente ni se creía capaz.

/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /

Se dirá o se podría decir o se habrá dicho que esta es la historia de un hombre «anodino», de acuerdo. Un individuo instalado cómodamente en una existencia rutinaria y gris que de pronto siente la llamada de una vida más intensa y vibrante; un tipo ordinario, vale, que se ve arrollado, desbordado, por la surgencia en su interior de unas emociones de las que seguramente ni se creía capaz. Esta nueva vida —o este retorno a la vida— le coloca, cómo no, ante el viejo dilema que ha asaltado a tantas criaturas literarias: resistir, renunciar y retroceder a su estado anterior, sepultando eso que siente tan ardientemente para seguir viviendo su vida plana y predecible, ordenada y aceptable para la tribu, o bien ceder y entregarse, y permitirse sentir, gozar, sufrir… Mantenerse a buen recaudo en el bastión de sus seguridades, en fin, o dejarse traer y llevar por tan poderosa fuerza, esa corriente interior que crece y crece alimentándose de sí misma y que podría convertirlo en un individuo fuera de control.

Pues bien, entre lo normal y lo extraordinario, entre lo consabido y lo imprevisible, nuestro hombre gris elige, mira tú, lo nuevo, lo distinto. O quizá no llega a tanto como a «elegir», acaso su dominio de sí mismo no sea tan grande y simplemente se deja arrastrar, se deja… poseer. En todo caso, responde con un claro sí a un reclamo y a unas emociones que lo arrojan al curso sobresaltado de una vida no tasada, no sancionada socialmente; nuestro hombre elige, incluso, si es que llega a elegir, permanecer en ese accidentado curso incluso cuando certifica que para sus nuevas e irresistibles emociones no hay reflejo ni correspondencia, que no hay reciprocidad, ni puede haberla, ni debe. Que si arde y se consume, lo hará en una insalvable soledad. Elige, esto sí, no volver a ser el muerto en vida que era hasta que alguien, o algo, lo reclamó. Como la enamorada Elsa cuando se reconoce no correspondida por Eneas, podría decir: «no quiero volver a la calma anterior, a ese vacío».1

Nuestro héroe se ve arrojado, lanzado como la piedra al aire, y como esta inicia un camino de elevación y caída; primero exaltado, liberado de su existencia lisa y neutra, y luego forzado a caer, degradado ante sus ojos y desprovisto, finalmente, del revestimiento de decencia y dignidad que recubre al individuo en sociedad. Es este el precio que paga a cambio de preservar su fuego interior, el ardor que lo devolvió a la vida y que le permitió sentirse entre los elegidos para una existencia más plena e intensa, para algo más que lo consabido y lo común.

Su caída, es cierto, se ve refrenada por su propio sentido de la resignación ante lo que en primera instancia se le ofrece y en última se le niega, por el sustrato de escrúpulo moral sobre el que se asientan su carácter y dos mil años de historia. Por los inevitables remordimientos, por el peso de la culpa. Esto es así porque no cae él solo… Arde en soledad, sí, pero en su voluntad de seguir ardiendo, el daño no se lo hace solo a sí mismo. Nuestro hombre comprende esto algo tarde, por supuesto, igual que comprende, o se ve forzado a comprender, que ni puede ni debe tener lo que desea; reclama su derecho al deseo pero asume, de mejor o peor gana, a la primera o a la segunda o a la tercera, que no debe hallar nunca la satisfacción, que no debe poseer. La gran revelación que se le hace —y no siempre— al amante es esa: que solo él ama, y que al otro lado no hay otro amante, sino un amado. Que al otro lado no hay… nadie. De la mano firme del despecho, el amante podría entonces apartarse del fuego, podría renunciar honorablemente, dejarse enfriar. Pero nuestro hombre anodino y gris no se aparta, no renuncia, no por completo: elige seguir ardiendo y acepta el agravio de las satisfacciones parciales, mínimas, acepta las migajas que lo frustran y lo enardecen más, el alimento exiguo que mantendrá su hambre exasperada y alerta.


Hay, podría decirse o se ha dicho o se dirá, en esta «parábola», un intento de desplegar toda la potencia psicológica de un personaje en principio básico y plano, podríamos pensar que inservible para el conflicto, para contar una historia. Hay un intento de sumergirse en las profundidades de sus pensamientos y emociones, de conocerlo, de des/cubrirlo. Hay también un afán de empatía, y una invitación a la empatía, una necesidad de re/conocerse, de verse reflejado en toda la gama sentimental que se despliega en el relato, particularmente en sus tonos más oscuros: la expectación, el deseo, la esperanza; la frustración, los celos, la cólera; la resignación, el desprendimiento, la culpa. Todo ello con la voluntad, asimismo, de preservar un margen crítico, esto es, autocrítico; una necesidad de reconocerse en lo extático y sublime, y también en lo patético y ridículo, en lo indigno, en lo peligroso, en lo netamente inaceptable que ocultan nuestra sentimentalidad y las conductas ligadas a ella.

Pero hay también, o se quisiera que haya, en todo esto, una voluntad de trascender la propia historia, una intención (digámoslo con sumo cuidado) simbólica, o alegórica, un trazado sobre el que quizá podríamos calcar otros asuntos, otras historias íntimas y públicas, personales y colectivas. Quiero decir, creo, que a menudo no sabemos, no podemos o no queremos renunciar a aquello más deseamos y que sin embargo se nos resiste, aquello que tanto ansiamos y que no logramos por más que insistimos y porfiamos, y antes de renunciar, de aceptarlo y buscar nuestra satisfacción en otros lugares, o en ninguno, nos conformamos con los logros parciales, mínimos, con la calderilla que mantiene insatisfecho y vivo nuestro deseo, que nos mantiene en la condición de esclavos. Un ejemplo muy claro de esto puede ser, me parece, el escritor, pongamos por caso el escritor que escribe estas líneas, el escritor y su relación con la literatura, su deseo de poseer el don, de dominar su arte; de hacer suya la belleza de las palabras y ver cómo se le entregan, cómo se rinden a sus pies…

El deseo y la realidad, en fin, esa vieja historia de desencuentros, ese viejo divorcio que no termina de resolverse nunca. La manera en que afrontamos —esto es, las maneras en que no afrontamos— la frustración, la negación de lo que tanto queremos, lo que creemos merecer más que nadie.

Vayamos a saber, además, si esta novela podría estar hablando de cómo la literatura, la tan reputada poesía en particular, el arte en general, ha hecho —es decir, hemos hecho: los escritores, los poetas, los artistas— durante siglos una labor de embellecimiento y sublimación de todos esos afanes y deseos que brotan en nosotros y nos ciegan y arrebatan, nos exaltan y embrutecen, un esfuerzo sostenido al que, deliberadamente o no, se suma cada nueva generación de escritores, de poetas, de artistas; una labor de blanqueamiento, de romantización de las emociones ligadas a nuestro deseo, de manera que nos resulten no ya aceptables sino incluso admirables, como si desear, y todo lo demás, fuese una gesta, como si estuviésemos haciendo algo magnífico. El amor romántico, la idealización de la persona amada, y de nuestro deseo de ella, son parte fundamental de esta labor de siglos que consiste en sobreponer máscaras de belleza, de respetabilidad, prestigio y alta cultura a lo que no son más que impulsos ordinarios e instintos básicos y comunes. Esto viene ocurriendo en la literatura, en el arte, desde hace siglos, por lo menos desde que en los palacios medievales se inventó el amor cortés, desde los sonetos que Petrarca escribió para Laura, o los que Dante compuso para Beatriz, aunque muy probablemente ni una ni otra existieran, no más allá de la imaginación y el deseo sublimado en versos perfectos de sus cantores. Es algo que hemos interiorizado y asumido, lo hemos normalizado y lo seguimos haciendo por muy modernos o posmodernos que nos creamos; y lo llamamos cultura, lo llamamos arte, por muy perverso que sea. Por eso creo que es pertinente, que es deseable, una escritura que quiera ponernos ante el espejo de lo que somos y procuramos disimular, que quiera arrebatarnos la máscara para que veamos lo que nos resulta inaceptable. La poesía, el arte, no merecería nuestra admiración y nuestro respeto si no fuera capaz de elaborar también o sobre todo su propia autocrítica, y si no lo hiciera de forma sostenida, agresiva, rotunda. A eso quisiera contribuir esta pequeña historia, esta modestísima escritura.

Son reflexiones que me parecen posibles, aun dentro de su vaguedad, ahora, después de la escritura. Lo cierto es que mientras esta dura, no hay en absoluto este nivel de conciencia, sea el que sea. Mientras se escribe, uno no sabe lo que escribe, aunque lo pretenda. Se escribe, en buena medida, sin la mediación del pensamiento, suene como suene esto, y atendiendo u obedeciendo a necesidades y/o impulsos oscuros para uno mismo, o no tan oscuros, capaces en todo caso de mantenernos frente al papel un día tras otro. Y sin embargo…

Y sin embargo, han pasado ya como treinta años, o más, desde que el abajofirmante empezó a emborronar papel, y desde la altura de la edad (¡ja!) puede volverse y ver con cierta distancia y algo de perspectiva lo que ha hecho, es decir, ver qué formas sobresalen o se repiten, cuáles son sus colores dominantes, qué paisaje se va configurando, por más que no haya tenido nunca la intención de pintar ningún paisaje, no más que la de ir añadiendo pinceladas al lienzo, perfilando una figurita aquí, otra allá. Sin ánimo de ser exégeta de sí mismo, el autor ve o cree ver en lo que va haciendo una escritura atravesada por la más vieja dualidad, ese vector de doble dirección que forman, decíamos, el deseo y la realidad, es decir, el deseo y su frustración; por esos lares deambulan, entre luces y sombras, criaturas desacomodadas e incapaces de amoldarse, hombres y mujeres que no pueden llevar vidas «normales» porque han sufrido la picadura de una pasión inconveniente, inoportuna, inaceptable, destructiva y, por supuesto, autodestructiva. Los suyos son pequeños dramas en los que el sujeto suele dejarse ganar por aquello que menos le conviene, aquello que tendrá un coste seguramente elevado, no solo para él mismo. Cree el autor que son seres que entregándose a lo inapropiado, eligiendo la opción incorrecta, se sienten por fin vivos, se sienten revivir. Muertos en vida que resucitan en su pasión errónea. Quizá lo erróneo sea plantearse este dilema, planteárselo así. O quizá sea muy cierto que las vidas tasadas socialmente no son vidas, aunque nos lo parezcan.

El dolor y la culpa, claro, son tonalidades inevitables en estas historias, una pátina que lo va cubriendo todo… No, casi todo. Tampoco es algo deliberado. Acaso, si el autor pudiera elegir, elegiría para su paleta colores más alegres. O acaso no. Parece, en efecto, que un autor no elige sus temas, sino que son los temas los que lo eligen y se sirven de él para manifestarse. Sale la materia literaria a través del autor como sale la lava por el cráter, por ser el autor una falla del sustrato social, un punto frágil o más practicable, que ofrece una resistencia menor.


Elio es un personaje más de la vieja, larga, interminable galería de individuos a los que la buena sociedad solo puede condenar; la suya es una pasión destructiva y autodestructiva que solo podemos desaprobar y señalar como ejemplo a no seguir. Y sin embargo, uno no puede dejar de ver en él, en sus elecciones, en su persistencia y en su inmolación prácticamente voluntaria, una rara nobleza… Un afán de pureza, además de una sensibilidad y una determinación que quizá nos falten a quienes debemos condenarlo, sin remisión. O tampoco. Quizá la literatura pueda ser o volver a ser eso: una oportunidad para repensar lo que hemos dado por resuelto y claro. La posibilidad de «suspender» el juicio, sine die.


1 El silbido del arquero, Irene Vallejo (Contraseña, 2015).


Desposesión
Alberto R. Torices
Trea, 2024
176 páginas
15 €

Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.


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1 comment on “Sobre un libro llamado ‘Desposesión’

  1. Una explicación que abre nuevas perspectivas al lector. Elio desespera un poco, en una primera aproximación. Seguramente porque nos acercamos a él ya con la prevención de lo «razonable», del «hijo, no hagas el tonto, no te metas en líos». Pero, ¿no es el amor justo lo contrario? Oportuna también esa invitación a extrapolar la historia a todo cuando tiene que ver con la pasión por algo.

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