/ por Niall Binns /
Imagen destacada, de Melissa McMasters (Flickr)
Juzgar por el envoltorio se supone que es un error. El hábito, según dicen, no hace al monje, pero no hay mejor manera de abordar este libro del poeta uruguayo Jorge Olivera, residente en Madrid desde hace ya dos décadas, que a través del envoltorio de sus paratextos: de su título, de sus seis epígrafes y antes que nada de su índice. Al fin y al cabo, lo dicen también, el hábito sí hace al monje.
El índice de Allá lejos, unos pájaros divide el libro en tres apartados: un primero, de cuarenta poemas, que se titula «Diario de contención (marzo-mayo 2020)»; un segundo, de otros cuarenta poemas, «Diario de distensión (mayo-julio 2020)»; y un tercero, más breve, de solo diez poemas, «Diario del resguardo (octubre-diciembre 2020)». Sabemos demasiado bien a qué año, qué meses, aluden esas fechas, y los epígrafes de las tres secciones, tomados de A Journal of the Plague Year, el Diario del año de la peste que escribió Daniel Defoe a sus sesenta años de edad, rememorando la peste bubónica que vivió a los cinco, lo corroboran. Pero el título y esos tres epígrafes inducen, al menos en parte, al engaño. Por mucho que se asegure en cierto momento que «esto es un diario de vida», los poemas se presentan en la página sin que se especifique la fecha concreta de su escritura, algo —se supone— que sería lo habitual en un diario. Por otra parte, en ningún momento se habla concretamente de la pandemia. Sucede que lo que le interesa a Jorge Olivera de esa peste nuestra que fue el covid-19 no es un registro testimonial de lo sufrido en persona y alimentado por las tragedias diarias relatadas en la prensa, por los estados de alarma y las medidas de contención, por el vértigo de las estadísticas, las muertes necesarias y las innecesarias, por el aplauso en los balcones, las vacunas y las desescaladas; lo que le interesa es la reflexión desencadenada por la experiencia insólita, extendida en el tiempo, ocasionada por el aislamiento y la soledad que el covid conllevó. Dice Albert Camus, en una cita de La peste que es uno de otros tres epígrafes reunidos al comienzo del libro, que en el juego de la peste y de la vida no se gana más que el conocimiento y la memoria. Y son ellos, el conocimiento y la memoria, lo que gana, en su vivencia de esos meses de 2020 y en la escritura de este libro, Jorge Olivera.
Allá lejos, unos pájaros parece haber surgido, como título, de una fusión o maridaje de los libros citados en los otros epígrafes del inicio. El primero proviene de Ella, los pájaros, de Olvido García Valdés, un libro en que la introspección del yo, los ires y venires entre presente y pasado parten a menudo de la captación sensorial, ora visual ora auditiva, de la naturaleza no humana, de flores y sobre todo de aves nombradas con deleitosa precisión, que deslumbran por su belleza y fascinan e inquietan por lo que dicen de sí mismas y también, por analogía, de la condición humana. Ese mismo movimiento, ese misma insistencia en la captación sensorial de la naturaleza será un rasgo esencial en el libro de Jorge Olivera.
El otro epígrafe consiste en dos citas del angloargentino W. H. Hudson, tomadas de su libro de memorias Far away and long ago, que ha sido traducido habitualmente como Allá lejos y hace tiempo aunque la edición española de Acantilado lo rebautiza como Allá lejos y tiempo atrás. En la primera de las citas, Hudson reflexiona sobre cómo nació su libro: en noviembre de 1915, en plena guerra mundial, fue internado con una pleuresía en un hospital de Cornualles, en la costa sudoeste de Inglaterra. Durante un confinamiento de seis semanas, se desplegaron ante él con una vividez tan inesperada como incontenible los años de su infancia pasados en la pampa del Río de la Plata. De la inmersión vertiginosa en ese mundo surgió la escritura de sus memorias. En la segunda cita, Hudson recuerda el intento frustrado de su madre de confinar a sus hijos en casa en clases diarias con una sucesión de tutores. «She sympathised too much with our impatience at confinement when sun and wind and the cries of wild birds called insistently to us to come out and be alive and enjoy ourselves in our own way». La leo en traducción de la poeta uruguaya Idea Vilariño: «[Mi madre] simpatizaba demasiado con nuestra impaciencia por estar confinados cuando el sol y el viento y los gritos de los pájaros silvestres nos llamaban insistentemente para que saliéramos y viviéramos y nos divirtiéramos a nuestro modo». En 1918, año de la pandemia de la gripe española, Hudson —que ya llevaba casi medio siglo sin pisar América Latina— publicó sus memorias, en las que revivió con asombroso detalle y emoción esos paisajes de su infancia, en los que las aves, como en todo lo que había escrito y estaba aún por escribir, eran omnipresentes. A partir de 1926, cuando Jorge Luis Borges —feliz por su descubrimiento de un argentino anglófono que había vivido entre gauchos y escribía sobre ellos— lo bautizó como «Guillermo Enrique Hudson, muy criollero y nacido en nuestra provincia», los argentinos se apropiaron de su figura y desde entonces lo consideran suyo: allí está el Museo Histórico Provincial Guillermo Enrique Hudson, en la casa natal del escritor, a treinta kilómetros al sur de Buenos Aires en la localidad de Ingeniero Allan. Pero Hudson es imprescindible, también, en la historia literaria y en los programas escolares de Uruguay, o bien de la Banda Oriental, donde situó su novela The purple land. Hay un poema de Jorge Olivera (que enseña La tierra purpúrea —me consta que es así— en sus clases de la Universidad Complutense), el número 72 de Allá lejos, unos pájaros, que está dedicado explícitamente a la memoria de Hudson:
allá lejos y hace tiempo, unos pájaros
en escritura febril, dibujo sobre la sombra
antesala del fin, borrones en tiempo de vendavales
en lo único que importaba entonces, volver
una quimera en el paisaje de la llanura
un inglés pampeano enfermo en costa lluviosa
mar agitaba la plana memoria, mar
lejano mar azul, planicie
y los pájaros trinaban
y los gauchos aquellos
teñidos de niñez
En su vivencia de la peste de 2020, Jorge Olivera también volvió a su niñez y adolescencia en el Río de la Plata, a la campiña uruguaya del ddepartamento de Treinta y Tres (no lejos de la frontera con Brasil). En su viaje entre uno y otro espacio, de una y otra orilla, las aves del título de su libro lo acompañan. En compás con el movimiento estacional, son los principales marcadores temporales para el yo adulto, encerrado en un piso de Madrid con terraza invadida por palomas, que capta los primeros cantos del mirlo y registra la llegada (en abril) y luego la partida (en agosto) de los vencejos. Las aves de acá ejercen como una especie de vehículo de transmisión, y aunque el regreso al pasado —al otro lugar, al otro tiempo— sea intermitente, aunque la escritura titubee y los espacios de la memoria se asomen y se quiebren en versos llamados a deshacerse, se asientan de pronto en un canto de gallos, o en la imagen visual de aves del Uruguay natal del poeta. En los benteveos: «lejos, aquel pecho amarillo». En boyeros «que sudan lo suyo para armar el nido / y después los huevos / rosados como la piel de un niño». En mistos y tordos, en colibrís, teros y churrinches. Surge en medio de ellas la ilusión de siempre, aunque siempre efímera, de que la palabra poética será capaz de sortear lo que separa hoy de ayer, el aquí del allá, la soledad Madrid 2020 de la campiña uruguaya con madre y hermana años setenta, o del Montevideo con amores años ochenta. Los pájaros, volando, cantando, encienden la ilusión:
allá lejos, unos pájaros
picotean el alba, asoman
un espinillo viejo
una pareja de pirinchos
canto de amanecer
¿cuánto pesa esa imagen?
traer esos pájaros cuesta lo suyo
Pesan las imágenes y sí: cuesta lo suyo traer esos pájaros, ese canto. La intermitencia del regreso lo muestra; la atribulada reflexión metaliteraria del poeta también lo apunta: «querías una orientación nueva / una poesía nueva, un tono nuevo / y no salía, era solo contención». El desaliento se impone: las palabras a veces «no hablan de lo que hablan / no articula el sonido la voz que adolece»; y hay días en que «las palabras están cosidas al paladar / como con alambre». Pero llega, de golpe, la iluminación, el fulgurante traspaso del acá al allá, de la tormenta en Madrid a una tormenta vivida en la infancia de Treinta y Tres y vuelta a vivir en toda su intensidad en un poema de 2020, con el niño montado sobre su yegua pangaré, una yegua pangaré con ese vocablo surgido, al igual que la imagen, del mundo rural del Río de la Plata y de esos años setenta, para referir el color desteñido, casi amarillento, del pelaje de un caballo:
tormentas eléctricas como estas
aquellas que reinaban sobre el verde
Yerbal adentro, el niño sobre la yegua pangaré
el miedo sobre el hombro como una letanía
y el ganado no parecía tener prisa
a las voces del niño no se movía, sacarlo
del bañado, agua que moja y mata
como el rayo que asomaba las crines amarillas
entre el gris plomizo de las nubes bajas
casi tocarlas podía con su brazo, detrás quedaba el río
vuelo de tordos que huyen, un mapa
que ahora dibuja la línea de la tarde
otras aguas cervicales caen del cielo, mojan
la cara del hombre, el niño sobre el caballo
bestia, sudor caliente bombeaba
fuerza sobre las cosas, y el hígado
quedaba como raíz en el cuerpo
tras las cortinas de lluvia del horizonte
el ganado, en ese rumiar lento y pastoso
nunca tiene prisa, miradas bovinas y lentas
que nada esperan, imaginar la casa era un remedio
una conjuración al azar, proyección de un tiempo
futuro, detenido en la percepción del niño
agua cayendo como antes, luces del patio

Jorge Olivera
Libros de la Resistencia, 2024
124 páginas
14 €

De origen británico, Niall Binns es catedrático de literatura hispanoamericana en la Universidad Complutense. Entre sus libros destacan Un vals en un montón de escombros: poesía hispanoamericana entre la modernidad y la postmodernidad (1999), ¿Callejón sin salida? La crisis ecológica en la poesía hispanoamericana (2004), «Si España cae —digo, es un decir—». Intelectuales de Hispanoamérica ante la República Española en guerra (2020) y libros monográficos sobre Nicanor Parra y Jorge Teillier. Es autor, entre otros libros de poesía, de Tratado sobre los buitres (2002, 3ª ed. ampliada 2011).
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