Poéticas

Rosabetty Muñoz

Niall Binns reseña sendos libros de la poeta chilena, recientemente publicados en España.

/ por Niall Binns /

En el terminal de Santiago subes al bus, quizá de la empresa Cruz del Sur o Queilen Bus, y viajas hacia el sur por la Carretera Panamericana. El recorrido es de unos 1100 kilómetros. Después de unas trece horas de viaje, si el bus va directo, llegas al pequeño puerto de Pargua, donde tomas un ferry que en media hora te lleva a otro pequeño puerto llamado Chacao. Estás en el archipiélago de Chiloé. El bus vuelve a ponerse en marcha y a 30 kilómetros hacia el oeste te encuentras en Ancud, la segunda ciudad de la Isla Grande del archipiélago. Es allí donde nació la poeta Rosabetty Muñoz (Chile, 1960), y es allí donde sigue viviendo.

Entrar en Chiloé es como entrar en otro mundo.

El imaginario cultural chileno está cargado con elementos del archipiélago. Chiloé fascina. Está la singularidad arquitectónica de los palafitos, viviendas construidas en el agua sobre estacas y pintadas a menudo de amarillos, rojos y azules deslumbrantes. Está la célebre gastronomía de la isla, sobre todo el curanto, que se prepara en la olla pero también, legendariamente, en un hoyo cavado en la tierra, donde se prende fuego para calentar piedras, cantos rodados sobre los que se añaden, después, capa tras capa de grandes hojas, de una planta llamada nalca, entre las cuales van distintos tipos de marisco (cholgas, choritos, picorocos), de carne (pollo, chancho, chorizo), papas y pan de papa (chapaleles, milcaos). Se cubre todo. Es un festín de olores, colores y sabores. Y luego están los mitos, procedentes de los mundos indígena y español, con personajes como el trauco, un especie de sátiro o deprededor sexual de las islas, o la pincoya (célebre por una canción de Raúl de Ramón), la sumpall (a la que ha dedicado un libro la poeta mapuche Roxana Miranda Rupailaf), o bien el personaje deforme del imbunche, que figura en la más grande de las novelas de José Donoso, El obsceno pájaro de la noche, y el caleuche, una especie de buque fantasma que aparece en otra de sus novelas, La desesperanza.

Separado del continente por el Canal de Chacao, Chiloé es un mundo aparte, tiene una cultura propia. Se podría buscar alguna correspondencia lejana, para un español, en el mundo gallego, y para un británico en el mundo celta del archipiélago de las Islas Hébridas.

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«Hay que ir a Chiloé». Lo recuerdo desde las primeras semanas de los años que viví en Santiago de Chile, pero la poesía de Rosabetty Muñoz tiene poco de todo esto que he estado diciendo y que ha convertido el archipiélago en un lugar de fascinación para turistas del resto de Chile (y del mundo). Es una poesía, sin embargo, situada casi íntegramente en Chiloé, y posee un sentido de pertenencia e identidad que va más allá o, mejor dicho quizá, por debajo del decorado chilote de tarjeta postal; una poesía que asume un sentido de responsabilidad a la hora de sembrar y generar comunidad; una poesía orgullosamente provinciana, algo que no es extraño si se piensa en la fecunda herencia de uno de los grandes de Chile, Jorge Teillier.

Se trata, dice la poeta, de «una tierra tan poco parecida al paraíso», en la que la pobreza «obliga a soñar / sueños ajenos». Una tierra cuyos modos de vida, cuya cultura, se han ido sosteniendo y heredando durante largos siglos, y donde las mujeres, tradicionalmente, han visto partir a sus hombres; han visto a padres, maridos e hijos salir al mar y perderse en el mar o abandonar la isla en busca de trabajo en otros lugares. Una tierra donde las mujeres se han quedado solas, esperando, a cargo de las casas, luchando por sobrevivir, luchando por capear el abandono, la frustración, y sufriendo la violencia perpetrada por los suyos pero también, cada vez más, por los invasores, los depredadores, los que llegan de fuera, siempre de paso, sean estos turistas, militares o agentes de las empresas extractivistas que en las últimas décadas asedian la isla, convertida más y más en un botín atractivo para empresas madereras y para las salmoneras que se instalan en la costa, o bien, últimamente, por millonarios del «continente» deseosos de una segunda casa en las mal llamadas tierras vírgenes de la isla.

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Estos dos libros son los primeros de Rosabetty Muñoz que se publican en España. Ya era hora. Es una de las grandes poetas de la lengua y ha ganado recientemente dos premios notables: en 2022, el Premio Nacional de Poesía Jorge Teillier; y el año pasado, en 2024, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. Ha visto, por otra parte, la publicación en Chile, también en 2024, de su Poesía reunida (Ediciones Tácitas). La antología Misión circular fue publicada originalmente en Santiago en 2020, con selección y edición de Vicente Undurraga. Comienza con un poema adolescente de la autora, «A Rimbaud», escrito en 1978 en plena dictadura, en el que cuenta al poeta adolescente por antonomasia que «todo es difícil», que «nuestros cementerios crecen / los llenamos de flores», y le advierte: «Si supieras, Rimbaud / cómo está la vida en estos días / volverías a irte». A continuación, el libro consiste en cuatro secciones: la primera ofrece una extensa antología de textos de ocho libros de la poeta, organizado anticronológicamente desde Ligia y el impresionante Técnicas para cegar a los peces, ambos de 2019, hasta Canto de una oveja del rebaño (1981), así como una selección de inéditos tomada de otra antología, Polvo de huesos (2012). En las dos secciones siguientes, se reproducen íntegramente los otros dos libros publicados hasta entonces por Rosabetty Muñoz, Hijos (1991) y Ratada (2005), y en el último apartado está el libro inédito Veteranos, dedicado al envejecimiento corporal.

Los libros de Rosabetty Muñoz ofrecen una mirada única sobre cómo la modernidad, con la violencia estatal ejercida durante la dictadura y la de un modelo económico vorazmente neoliberal puesto en marcha por esa misma dictadura y que actúa sin freno desde entonces, se ha ido instalando en la isla y trastornando modos de vida profundamente enraizados. No hay nada complaciente en la mirada de Rosabetty Muñoz. En libros como La Santa: historia de su elevación (1998) y en la sección final de Técnicas para cegar a los peces explora la religiosidad popular de las islas, la devoción por la virgen y los santos que ven impasibles la miseria que los rodea pero ofrecen también consuelo. Vestidos y ornamentados con esmerada adoración, sus cuerpos de madera se ven roídos desde dentro por el desgaste de los años, la humedad y el frío, o sucumben ante los incendios provocados por velas arrimadas en busca de un imprudente amparo. Y ahí está el papel de los restauradores, el trabajo minucioso de los que se empeñan, a veces sin que ellos mismos sean creyentes, en recuperar esas figuras que encarnan, de algún modo, la tradición y la identidad amenazadas del archipiélago.

A partir de su tercer libro, Hijos, el papel de la mujer de Chiloé ha sido central en su poesía. El archipiélago, ha dicho, tiene «algo de útero materno» frente al «continente fiero, masculino, punzante de cerros elevados, dureza de ser anónimo», que está allí siempre, ejerciendo de señuelo y como tierra promisoria, al otro lado del Canal de Chacao. Cada poema se titula con un nombre de la isla, y en esta gran cartografía poética iniciada por Hijos la poeta va explorando la identidad, el sentido de pertenencia: qué es ser de Chiloé, qué es y será Chiloé frente al avance insaciable del neoliberalismo, y sobre todo qué es ser mujer en ese Chiloé que va evolucionando al ritmo enloquecido de la historia reciente.

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Ediciones sin Fin, en cuya colección ya figuran poetas chilenos como Jorge Teillier (Poemas del País de Nunca Jamás, Para un pueblo fantasma) y Elvira Hernández (La bandera de Chile), ha publicado un volumen con tres libros centrales de Rosabetty Muñoz: Ratada, En nombre de ninguna (2008) y Ligia.

El primero, cuyo título es un americanismo del Cono Sur, relata la llegada a Chiloé de «tan enorme plaga» de ratas:

Islas de ratas en los lagos.
Ratas comiéndose las cosechas
las gallinas, la corteza de los árboles,
entre ellas
y las papas, manzanas,
todo
hasta los cerdos encerrados en su corral.

No se trata, sin embargo, de una plaga en concreto, sino de un mal más profundo. Albert Camus, en La peste (1947), alegorizó a su manera la ocupación nazi de París; Gonzalo Millán, en La ciudad (1979), apuntó con la «invasión de ratas» a la epidemia política y moral que suponía la dictadura de Pinochet. Aquí, en el Chiloé de Rosabetty Muñoz, el «olor de la desgracia» lo permea todo. Hay una sexualidad enfermiza, hecha de prostitución, de un «espeso olor a semen» en casas donde el adulterio socava la vida en común, de «soldaditos» que «montan» en la playa a las chicas locales «mientras espían los hijos / de contingentes anteriores», y de un celo irreprimible que afecta del mismo modo a la «más bella» de la isla, a jovenes que se restregan debajo de una escalera, y a perros que fornican «en medio / de los tarros basureros. / Montado el macho / chillando ella espantada / de la jauría que se acerca». El mal vuelve al archipiélago infecundo, sometiéndolo a una sequía insólita en tierras de lluvia: «Nada, ni las zanahorias / crecían en ese pedregal». Se trata, a fin de cuentas, de lo que siembra la modernidad: «Era esto. / A todos color, en pantalla gigante: / el alma y su fractura / comida / saboreada por las ratas».

En nombre de ninguna enfrenta las consecuencias de esta peste en las mujeres de Chiloé, enfocándose en el incesto, en la maternidad no deseada, en la desesperación de los intentos caseros de abortar («Ay de la que se entierra un palillo / o un tallo de apio o una rama de espino. / Ay de la que se toma una taza de cloro») y de los bebés recién nacidos asfixiados y depositados en bolsas negras, los «angelitos» sin nombre que se entierran debajo del ciruelillo. Son lacras de un mundo en descomposición, pero «no es tiempo de amarrar la lengua», dice y luego reitera la poeta.

Ligia está dedicado «a mi abuelo, / quien, como tantos chilotes, nunca volvió», y lleva como epígrafe dos versos: «Una vez que has sido desterrada, / lo serás para siempre». A través del personaje ficticio (o semificticio) de Ligia, el libro examina la experiencia de la emigración forzosa, vivida secularmente por chilotes que han abandonado la isla en busca de trabajo («Hay una caravana de abuelos / enterrados en la pampa argentina / […] / En cada familia hay un hueco en la fotografía»), pero experimetada aquí por una mujer obligada a irse en tiempos de dictadura. Habla de la pérdida no solo de un país, sino también de una lengua, del habla familiar y barrial de los afectos, de la impotencia y la nostalgia del exiliado, y del regreso desesperante a un país que ha dejado de ser el de antes, donde el idioma que se habla no es el de antes («esas palabras que tanto usamos / fueron cayendo en un pozo»), donde la gente es distinta («el país se llenó de gente sensata») y donde la que regresa ya hace mucho tiempo dejó de ser quién era. Y todo ¿para qué?:

Este es el país que se construyó
para esto les sacaron las uñas a los amigos
y tiraron al mar cuerpos amados
atados a rieles
trozos de concreto
para este nuevo Chile amordazaron
            fracturaron huesos
            rompieron tímpanos
            saltaron las cerraduras de las piezas
                                               donde dormían los niños.

Hay esperanza, sin embargo, en el regreso de Ligia y de otros. La lengua de la madre no está del todo perdida. Se cuentan los horrores sufridos por el país; se recuperan nombres, fechas, topónimos; y se vuelve al sur, a la isla del sur, como una pequeña bandada «sobrevolando manzanos en flor» y en la que el sueño y el plumaje comienzan a renacer. Aun después de que la poeta haya hurgado tanto, tan implacablemente, en el deterioro, las sordideces y la falta de perspectivas del Chiloé de la postdictadura, el archipiélago, el lugar donde nació y donde reside, mantiene para Rosabetty Muñoz algo impoluto, algo de un valor irrenunciable. Es un mundo, a pesar de todo, que hay que defender, por el que vale la pena pelear. ¿Y cuál sería la la labor de la poeta, en medio de la fractura social y la desolación ecológica? Lo dijo Rosabetty Muñoz en su libro Hijos: «restituir a la isla su condición de madre».


De origen británico, Niall Binns es catedrático de literatura hispanoamericana en la Universidad Complutense. Entre sus libros destacan Un vals en un montón de escombros: poesía hispanoamericana entre la modernidad y la postmodernidad (1999), ¿Callejón sin salida? La crisis ecológica en la poesía hispanoamericana (2004), «Si España cae —digo, es un decir—». Intelectuales de Hispanoamérica ante la República Española en guerra (2020) y libros monográficos sobre Nicanor Parra y Jorge Teillier. Es autor, entre otros libros de poesía, de Tratado sobre los buitres (2002, 3ª ed. ampliada 2011).


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