/ por Alberto Martín Sánchez /
Fotografía destacada: interior del centro logístico de Amazon España en San Fernando de Henares, por Álvaro Ibáñez
Durante las últimas dos décadas ha surgido una nueva clase dominante, un nuevo modo de acumulación de capital y un nuevo tipo de poder. El desarrollo de la economía digital ha transformado las relaciones económicas y ha dado lugar a un sistema socioeconómico que algunos autores han denominado tecnofeudalismo.
El tecnofeudalismo es un concepto desarrollado por Cédric Durand y Yanis Varufakis para describir algunos de los procesos que están transformando el capitalismo contemporáneo. Según esta perspectiva, tres pilares fundamentales de la economía capitalista —el trabajo asalariado, la búsqueda de beneficio y el libre mercado— están cambiando profundamente. En su lugar, están emergiendo nuevas formas y espacios de producción, distribución y acumulación de capital que recuerdan, en ciertos aspectos, al sistema feudal.
Actualmente las grandes empresas tecnológicas pueden producir valor sin necesidad de pagar un salario, gracias a la mercantilización de los datos y al trabajo gratuito de los usuarios que crean contenido. Por otro lado, el beneficio está siendo desplazado por las rentas digitales como lógica de acumulación del capital. Y por último, los mercados están siendo sustituidos por plataformas y sistemas tecnológicos cerrados como espacios clave de la economía. Si bien el trabajo, el beneficio y el mercado siguen siendo fuerzas fundamentales y omnipresentes, están emergiendo nuevas lógicas que alteran el funcionamiento del capitalismo.
La tesis del tecnofeudalismo es imperfecta e imprecisa, pero es útil para analizar las continuidades y rupturas que hay en el desarrollo del sistema económico y desde las cuales podemos repensar el mundo en el que vivimos. El capital sigue en marcha, pero el capitalismo tal y como lo conocíamos está cambiando.
De asalariados a usuarios
Cada vez que alguien publica en Instagram o escribe una reseña en Amazon, está generando valor para las empresas propietarias de esas plataformas. Cuando salimos de casa de casa con el móvil, Google Maps registra nuestra ubicación y, gracias a esta información, aumentan los recursos de Google para enriquecerse, es decir, aumenta su capital. Un nuevo tipo de capital que no es creado por los trabajadores: el capital en la nube. Este capital se reproduce, mayoritariamente, gracias al trabajo de millones de usuarios que no reciben ninguna remuneración.
Los usuarios de las plataformas producen gratis a cambio de acceder a determinados servicios, participar en una comunidad digital y obtener visibilidad, capital social, satisfacción psicológica y la posibilidad —más o menos remota— de monetizar el contenido que generan. Al igual que en el feudalismo los siervos trabajaban la tierra a cambio de protección, hoy los usuarios ofrecen su contenido, su atención y su tiempo a cambio del acceso a las plataformas.
En el tecnofeudalismo, la explotación de la vida por el capital va más allá del trabajo. Es una forma de explotación que tiene lugar sin la fricción ni la resistencia propias del empleo asalariado, ya que los usuarios producen para las empresas tecnológicas durante su tiempo libre y casi sin saberlo. La extracción y mercantilización de los datos personales se lleva a cabo de manera imperceptible, opaca y vulnerando el derecho a la privacidad de los individuos, bajo un sistema que Shoshana Zuboff ha denominado capitalismo de la vigilancia. Por ejemplo, Tesla almacena los datos de conducción de sus usuarios para alimentar sus modelos de conducción autónoma. Mediante este proceso, las máquinas capturan información sobre los procesos para automatizarlos. Colonización tecnológica de la vida.
De mercados a plataformas
En el capitalismo, una parte fundamental de la creación de riqueza y de la explotación ocurre en los mercados. En mercados financieros, mercados de futuros, mercados de bienes y servicios, mercados de divisas, etc. Pero Amazon o Alibaba no son mercados, son algo diferente. Al entrar en amazon.com, estás saliendo del mercado, estás saliendo del capitalismo, estás entrando en un espacio distinto, en un feudo digital.
Las grandes plataformas se parecen más a feudos digitales que a mercados capitalistas. Mientras que los mercados pueden entenderse como sistemas abiertos de organización descentralizada de las preferencias económicas individuales, en las plataformas las preferencias están producidas artificialmente. Una plataforma es un sistema planificado centralmente, con una estructura jerárquica en la que hay un algoritmo que condiciona lo que ves, con quién te relacionas, qué puedes comprar y a qué precio. Aunque en los mercados también haya algunos de estos elementos, las reglas que estructuran las relaciones económicas en las plataformas no son iguales.
Los algoritmos reducen el espacio para la construcción de los deseos y limitan la autonomía en la toma de decisiones a otra escala. En palabras del exdirector ejecutivo de Google, Eric Schmidt: «No nos hace falta que tecleen nada. Sabemos dónde están, sabemos dónde han estado. Podemos saber, más o menos, qué están pensando». Siempre hay capacidad de agencia, pero los algoritmos moldean, condicionan y restringen las opciones disponibles, encauzando la actividad de los usuarios dentro de unos márgenes predefinidos por otros.
De beneficio a rentas digitales
Por último, el poder de las grandes tecnológicas no se basa en la propiedad de los medios de producción, sino en el control del acceso a infraestructuras clave como plataformas, datos y redes. Más allá de los beneficios que obtienen estas empresas por la venta de productos y servicios creados por los trabajadores, las grandes tecnológicas extraen rentas a partir de cuotas de suscripción y comisiones. Diezmos. Al igual que los señores feudales cobraban rentas a los campesinos que trabajaban las tierras, los tecnooligarcas cobran rentas a quienes quieran acceder a su espacio digital.
Por ejemplo, las empresas que desarrollan las aplicaciones móviles pagan entre el 15 y el 30% de todos sus ingresos para aparecer en la App Store o en Google Play. Aunque estas empresas sean las que realmente generan el valor que se obtiene en las tiendas de aplicaciones, tienen que pagar una renta para acceder a las plataformas de Google y Apple. De este modo, aunque las empresas capitalistas sean esenciales para la producción de valor, establecen una especie de relación de vasallaje con los tecnooligarcas, a quienes pagan a cambio de poder explotar su espacio en la nube.
Este espacio en la nube cumple hoy el mismo papel que las tierras durante el feudalismo. Las empresas que controlan las tierras digitales se benefician del trabajo de las empresas y usuarios, quienes, como los campesinos y vasallos en el feudalismo, dependen de las plataformas y están forzados al pago de comisiones y suscripciones. Las plataformas no se centran en producir bienes o servicios, sino en controlar el acceso al espacio en la nube. El beneficio es vulnerable a la competencia del mercado, pero la renta no lo es, porque la renta deriva del acceso privilegiado a recursos cuyo acceso está limitado, cuya oferta es rígida, como ocurría con las tierras en el feudalismo o como ocurre con las plataformas digitales (o con la vivienda) hoy en día. Así, el tecnofeudalismo extrae el valor producido por el capitalismo a través de las rentas.
¿Y cómo han obtenido este poder las grandes empresas tecnológicas? Yanis Varufakis plantea que las grandes plataformas se desarrollaron gracias a las cantidades masivas de dinero inyectadas por los bancos centrales para salvar el sistema económico tras las crisis de 2008 y de 2020. Esta expansión monetaria permitió que las acciones de empresas con beneficios mínimos, como Spotify, se dispararan en los mercados financieros. La pandemia, además, reforzó la posición de poder de las plataformas y los monopolios digitales se convirtieron en elementos fundamentales para la vida social y económica. Hay varias causas que explican la concentración de poder en el oligopolio tecnológico, pero veamos con detalle la cuestión técnica.
La capacidad de las grandes empresas tecnológicas para monopolizar la economía digital se ha desarrollado, en parte, gracias a que las plataformas se han diseñado como sistemas cerrados. Redes sociales como Facebook, X o Instagram no permiten una interacción abierta y libre con otros servicios o plataformas externas. Su interoperabilidad está muy limitada. Esto hace que, por ejemplo, no se pueda enviar un mensaje desde Instagram a alguien que utiliza TikTok. Si las plataformas permitieran este tipo de uso, se abriría un mundo de posibilidades hoy inimaginables. Las empresas tecnológicas niegan a los usuarios el control y la propiedad sobre la información y los contactos que han generado a lo largo de los años.
En este sentido, la expansión económica de las grandes tecnológicas representa una nueva forma de acumulación por desposesión, basada en el control y explotación de datos de los usuarios como recurso fundamental. Al igual que los cercamientos de tierras, que tuvieron lugar a partir del siglo XVIII, privaron a los campesinos de los medios que garantizaban su subsistencia, las plataformas levantan nuevos muros para extraer nuestros datos, nuestro contenido, nuestro tiempo y nuestra atención.
Contra la servidumbre del tecnofeudalismo
Pero más temprano que tarde se abrirán las grandes plataformas de Silicon Valley. Algunas iniciativas ya están desafiando el poder de las grandes tecnológicas y amenazan con derribar los cercados digitales que levantaron las empresas tecnológicas. La Comisión Europea va a obligar a Apple a garantizar la interoperabilidad del iPhone y el iPad con dispositivos de terceros. La justicia de Estados Unidos amenaza con trocear la empresa de Google por ejercer prácticas monopolísticas. En octubre de 2024 Mark Zuckerberg apareció con una camiseta que decía «aut Zuck aut nihil» (o Zuck o nada), parafraseando la frase de César «aut Caesar aut nihil» (o César o nada). Algo después Jay Graber, la CEO de Bluesky, apareció con otra camiseta que ponía «mundus sine caesaribus» (un mundo sin césares). Frente a las redes sociales cerradas, Bluesky y Mastodon son redes sociales alternativas, federadas, descentralizadas e interoperables, donde los usuarios son propietarios de sus datos.
Para hacer frente la servidumbre digital hay que buscar los modelos y prácticas que nos permitan actuar en la intersección entre la economía y la tecnología como un frente de batalla crucial para el presente. Ante a la escasez artificial producida por las plataformas hay que reivindicar el acceso libre al contenido online y a los datos, que en última instancia son fruto del trabajo colectivo de miles de millones de personas. Hay que democratizar los ecosistemas digitales y desarrollar plataformas públicas, cooperativas y comunitarias. Hay un mundo de alternativas por construir frente a la economía digital actual. ¿Podemos imaginar huelgas digitales de creación de contenido? ¿Sindicatos de usuarios que exijan borrar la huella digital, el derecho al olvido, la desconexión?
Recordemos las experiencias de quienes lucharon por la cultura libre en los años 90: licencias abiertas, open access, copyleft, software libre, hacklabs, Creative Commons, remixes y sampleos. Recordemos las herramientas con las que otros, antes que nosotros, lucharon contra la servidumbre tecnológica.
Alberto Martín Sánchez es activista de Ecologistas en Acción. Su perfil de Bluesky es @quincemayista.bsky.social y su perfil de X es https://x.com/quinzemayista
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Ante el tecnofeudalismo y el auge de la economía digital”