/ una reseña de Luis Castellví /
La primera temporada de El juego del calamar (2021) revolucionó la televisión. Su principal aportación fue el juego de supervivencia cuyos integrantes no participaban forzados (lo habitual en el género: vean Battle Royale, 2000), sino voluntariamente. El ganador obtendría una recompensa millonaria; los demás morirían. Los juegos eran tan perversamente sencillos, la escenografía y el vestuario tan coloridos, y la música tan perturbadora, que el efecto del conjunto fue extraordinario. El juego del calamar tuvo tal éxito que la tentación de prolongar la historia resultó irresistible: aunque la segunda temporada (2023) seguía siendo entretenida, había perdido frescura. Pero lo peor no fue el déjà vu, sino el distanciamiento de la fuente, pues el final parecía más un Rambo coreano que un juego de supervivencia. De ahí que las expectativas fueran bajas al comenzar la tercera temporada, estrenada el 27 de junio. Y, sin embargo, El juego del calamar 3 sorprende al tiempo que satisface, pues retoma y desarrolla la idea original. El juego sigue provocando tensión y permitiendo explorar el comportamiento humano en situaciones límite. Resulta difícil analizarlo sin destripar la trama, por lo que quizá prefieran verla antes de seguir leyendo.
El primero de los tres juegos es una versión retorcida del escondite: la mitad de los jugadores tiene un cuchillo, la otra mitad una llave, y se los suelta en un laberinto lleno de puertas. Llegados a este punto, conocemos bien la comedia humana: la madre coraje y el hijo pusilánime, la joven embarazada, su exnovio miserable, la soldado trans, la pitonisa con sus seguidores… y un amplio elenco de canallas codiciosos. Como de costumbre, destaca el protagonista Gi-hun, interpretado por Lee Jung-jae, sometido a una dieta estricta para parecer cada vez más demacrado. La jugadora 222 da a luz en pleno juego y le pide que salve al bebé.
Así pues, en el segundo juego, que consiste en saltar una violenta y descomunal comba sobre un puente, Gi-hun lleva a un bebé en brazos. El episodio es memorable y retrotrae a las mejores escenas de la primera temporada. En una conversación al respecto, Bong Joon-ho (el director de Parásitos) elogió los juegos que implican estructuras verticales. Funcionan bien porque se nutren del terror de caer al vacío. Este juego y el siguiente parten del mismo miedo atávico. De nuevo aflora lo peor del ser humano, pero también vemos gestos de altruismo, aunque algunos sean estériles.
El juego es observado por el líder organizador y unos misteriosos invitados (los VIP), ocultos tras máscaras de animales imponentes como el león, el tigre o el águila. Se entretienen contemplando el espectáculo desde un salón con vegetación frondosa y lujos que casi evoca un casino de Macao. En la primera temporada, todos los VIP eran hombres, lo que me hizo pensar en Kim Ji-young, nacida en 1982 (2016), la exitosa novela sobre el machismo en la sociedad coreana. En la tercera aparece una mujer entre los poderosos. Pero no basta para equilibrar un juego en el que ninguna llega al final.
El escenario del tercer juego son tres plataformas con forma de triángulo, círculo y cuadrado. Hay que avanzar de una a otra por pasarelas tras empujar a alguien al vacío. El juego es simple y, al mismo tiempo, tremendo por su carga psicológica. A falta de peleas épicas, destacan las disputas entre los jugadores, que intentan legitimarse justificando que matar a tal o cual concursante es lícito, porque así lo ha decidido la mayoría. Parecen personajes actuando ante un público cuya parodia de democracia —los estatutos del juego establecen una votación tras cada ronda sobre si seguir o salir— terminan por reproducir.
El final resulta coherente con el desarrollo de Gi-hun. Tras participar en dos ediciones, cuesta imaginarlo volviendo a una vida normal. Además, él también tiene las manos manchadas de sangre. Por tanto, su sacrificio puede verse como una expiación. Por otro lado, así demuestra al líder organizador que no es como él, pues no está dispuesto a rebajarse para llevarse el dinero, sino que prefiere darle a la recién nacida la oportunidad de vivir. Sus últimas palabras («No somos caballos. Somos personas; seres humanos») evocan el inicio de la serie, cuando Gi-hun apostaba en las carreras, lejos de sospechar que otros acabarían apostando por él.
El epílogo en Estados Unidos me molestó porque sugiere la posibilidad de otra (innecesaria) continuación, aunque resulta coherente con la visión del autor. A su juicio, la serie es una metáfora sobre el capitalismo, de modo que el juego no puede detenerse: debe continuar, aunque sea en otro país. ¿Y qué mejor escenario que Los Ángeles —con sus calles y líneas de metro repletas de homeless, y sus mansiones de Malibú a Pasadena— para atraer a desesperados a jugarse la vida por dinero, y a depravados a pagar por verlo?
Más allá de la trama, El juego del calamar es interesante por las tensiones políticas e históricas subyacentes. Al visitar Corea del Sur, aprendí que no perciben a sus vecinos del norte como enemigos (el enemigo es Japón), sino como hermanos víctimas de un régimen atroz. De ahí la compasión de la serie por el dúo norcoreano: la jugadora 067, mártir de la primera temporada, y la soldado 011, heroína de la tercera, que huyen al sur en busca de una vida mejor. No la encuentran, pero acaso el juego les parezca solo un poco más brutal que el régimen del que escaparon.
Luis Castellví Laukamp es profesor de literatura española en la Universidad de Manchester.
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