Cerca del cielo

Diario de San Carlos, y II

Sergio Fernández Salvador termina el relato de una excursión por los macizos central y oriental de los Picos de Europa.

/ Cerca del cielo / Sergio Fernández Salvador /

Fuera de los caminos más trillados de Picos de Europa, el macizo oriental, mayormente en territorio cántabro, ofrece también parajes y excursiones en absoluto desdeñables. El acceso más cómodo a sus principales cumbres se realiza desde el jitu Escarandi, ya a 1316 m. de altitud. Desde él se llega en cosa de una hora y por pista (el calentamiento, valdría decir) al Casetón de Ándara, único refugio del macizo, a 1725 m. Por tanto, el desnivel hasta las principales cumbres no es mucho (la más alta es la Morra de Lechugales, con 2444 m.); ello, unido a una extensión menor que la de los macizos central y occidental, anima a los más codiciosos de cumbres a enlazar las más prominentes en uno o dos días mediante atractivos y casi siempre cómodos cresteos.

La única vez que troté por el oriental subí, desde Ándara, el pico Valdominguero (2265 m.) en una bonita travesía circular que con gusto repetiría. No repetiría sin embargo la excursión que paso a relatar, pero no por sus parajes, sino por su dureza, con un desnivel de 1700 m. de subida y otros tantos de bajada, ascendiendo por la canal de Lechugales hasta el collado que la da fin para, tras rodear los picos Silla del caballo cimero y Silla del caballo bajero, descender por la canal de las Arredondas. Había visto una descripción muy detallada y útil de la excursión realizada por lo que parecía un padre con sus hijos, los tres en muy buena forma, desde luego mucho mejor que la mía.

Dejo el coche al inicio de una pista a la salida de Tanarrio, a unos 680 m. Tras una hora por ella en continua subida la pista se convierte en un camino comido por la vegetación y los tábanos que acaba dando en el riachuelo de Piedras negras, que se cruza para seguir por su izquierda. De ese lado quedan las paredes del pico Cortés, tras el que discurre el río Duje, que corre paralelo a esta canal de Lechugales.

Pico Cortés

Voy sacudiendo a los tábanos sin tregua y sin remordimiento, puesto que vienen a hacerme daño. Parece que estoy bailando la haka maorí. El calor es agobiante a la entrada de la canal, con forma de embudo invertido. No hay manera de huir del sol, así que pido al cielo unas nubes, y estas se van haciendo. En La Campa no hay camino claro, hay que ir buscándolo, y esto es lo peor: hierbas altas, pinchos, pedreros poco compactados que dan en continuos resbalones y pasos atrás, hierbajos en la cara, caminos que desaparecen… Con la altura la vegetación es más baja, pero la aproximación sigue siendo tortuosa, tal vez la más penosa a la que me haya enfrentado.

Entrada a la canal de Lechugales

La pendiente es muy acusada, y la lejanía del collado que da fin a la canal, mucha. El hecho de avistarla en este caso no ayuda, más al contrario, pues parece que se aleja. Voy hacia la derecha en busca de la pared, que me brinda sombras ocasionales en las que descansar y comer. Luego la hierba cede ante la caliza y me arrimo al lado izquierdo para terminar ganando el collado, a 2395 m.

Collado de la canal de Lechugales

La recompensa es grande, con la panorámica, de izquierda a derecha, de la cocorota de la Morra, los picos y pica del Jerru, los de Grajal de Arriba y Grajal de Abajo y la Rasa de la Inagotable. En la cumbre de la pica del Jerru hay cuatro personas, las únicas que veré en toda la excursión; ningún rebeco.

Los montañeros del citado post que tomé como guía subieron todas estas cumbres, e imagino que luego bajarían silbando. Yo bastante tengo con descender hasta el camino, bien visible desde el collado y, tras un bonito llaneo que a través de una ferrosa horcada cruza el cresteo de los dos Grajales (en ese punto se avista el macizo central y casi el casetón de Ándara), comenzar la bajada por la canal de las Arredondas. Esta me parece mucho más amena que la de Lechugales, con camino más declarado y más variedad paisajística. Cada poco viene a animarme el olor del té.

Canal de las Arredondas

Llego a la bocamina de la mina de las Arredondas, en la que cuento 80 pasos hasta que la galería se bifurca en una T. Sigo bajando hasta llegar hasta un riachuelo que confundo con el de la subida. Creo, pues, que sólo debo seguirlo para, en una hora, plantarme en el coche. Pero el camino me va llevando demasiado hacia la izquierda. Me doy cuenta, pero espero cruzarme pronto con una pista que cruce hacia mi derecha. Ésta no llega, y el camino se va estrechando a la vez que se va la luz. Pongo el frontal poco antes de llegar a una granja a la entrada de un pueblo que resulta ser Lon, no Brez, adonde debería haber llegado para bajar por carretera los 1,5 km. que me separarían del coche. Para llegar a él debo caminar unos diez km. por carretera, con lo que casi prefiero quedarme a vivir aquí. Planteo mi problema a la granjera y su hija y les pregunto si conocen algún taxista de la zona que pueda venir a buscarme. Hay taxis en Potes. La granjera se ofrece a llevarme en su coche, y avisa a su marido. Conduce ella. En el camino me hablan de sus cosas. Él ha sido pastor en estos valles desde niño. Han tenido que reducir el número de cabezas (ovejas y cabras) y las tiene estabuladas, por el lobo. «A nadie le gusta perder». Carlos y Leticia, que así se llaman estas personas encantadoras y sencillas, no me quieren cobrar nada cuando les ofrezco pagarles lo que no se podría pagar con todo el dinero del mundo. «Nos insultas», zanja Carlos. «Eso sí, si alguna vez alguien necesita ayuda como tú ahora, dásela». Les pregunto sus nombres y les doy la mano. Cuando se van quiero llorar, no sé si por su bondad o por estar al fin en el coche, donde me podré cambiar de ropa y hasta lavar un poco, ya en la noche cerrada pero tan a salvo, menos solo.


Sergio Fernández Salvador (León, 1975) es autor de los libros de poesía Quietud (2011)y Lo breve eterno (2013), editados por La Isla de Siltolá, así como de la miscelánea Mitos y flautas (2013) selección de su blog homónimoHa sido incluido en la antología Neorrurales: antología de poetas de campo. Desde 1996 reside en Valladolid, de cuyo conservatorio de música es profesor.


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