Narrativa

Lastras de Cuéllar

Ignacio Sanz escribe la memoria de un pueblo segoviano; un libro por cuyas páginas pasan Carlos el Mosco y la Valentina; Vitorio el Rojo y la vieja fábrica de gaseosa de Juanito Cagarranas; Julián el Truchas, que tiene corazón de roble pero le tiembla un poco el pulso, y Aguedita la Remilgona, de quien sabemos que «la soledad pesa muchas toneladas».

/ una reseña de Mariano Martín Isabel /

Imagen destacada: detalle del escudo de armas de Lastras

Déjate llevar por él, porque conoce el pueblo. Te enseñará el puente Cega, donde acompañó «muchas tardes a don Florentino, el cura, a pescar cangrejos con lamparilla»; te llevará a las eras donde se escapó un toro, que tienen un aire de abandono «lejos del esplendor de los veranos de (la) niñez». Pasarás por el barrio de las bodegas donde «se elabora el vino en las primeras semanas del otoño, en medio del zumbido de moscas y de avispas» y de la «churrumela». El vino se apodera gradualmente de nosotros: primero te pones «achispado», eufórico sin llegar a borracho, pierdes el control y, en tu entusiasmo, cantas, cuentas y parloteas sin freno; luego te pones «piripi» y atraviesas algunos límites sin llegar a la borrachera; entonces te deslizas hacia una ensoñación eufórica y te habrá pisado «la bucha» (algunos dirán que «la gallina»); y al final, completamente borracho, habrás cogido una «torrija, berza, tajada, curda, melopea o cogorza». En las bodegas es donde algunos desarrollan destrezas para las fabulaciones; por eso quizá la inspiración pase por esas tres fases y se ponga también achispada, piripi, bucha y borracha.   

Te llevará por la peguera, la enorme chimenea de la fábrica de resina que recuerda al horno de los alfareros, donde «se destila la pez con la que se impermeabilizan las cubas y antiguamente los barcos». Pasarás por los Barreros, las grandes depresiones del terreno de donde los alfareros extraían a tierra arcillosa, no lejos de las tejeras: Carlos el Mosco y su mujer, la Valentina, pasaron allí su vida fabricando tejas. Y llegarás a la fuente adonde, de niño, mandaban a por agua al escritor que te está guiando («en una carretilla llevaba los cántaros y el botijo», dice). Al bar cerrado de La Paquita y a la casa antigua de Vitorio el Rojo, tantos años cerrada; y en la antigua fábrica de gaseosa de Juanito Cagarranas el autor aún recuerda el ruido de los cascos, cuando entrechocan en la pila de aclarado.

Irás a la casa de la abuela Manuela, donde trajo al mundo al tío Mateo, y enfrente verás el bar de El Mosco, que se prendió junto a la fragua y el taller del tío «Mariano Guerrita»; allí se veían los toros por televisión y soñaban algunos mozos con El Cordobés, también con escaparse en busca de aventuras toreras. Pasarás por la tienda de Martina, La Rosquillera, en cuya trastienda jugaban a las cartas algunos hombres a escondidas de sus mujeres; y la Plaza Mayor, con el ayuntamiento al frente, que, «junto con la iglesia y la chimenea de la fábrica de resinas, son los edificios más notables del pueblo». En la plaza se celebraban las corridas. Oirás hablar del melonero, que guiaba un carro entoldado del que tiraba un burro y te contarán cómo «los melones que exponía […] eran traseros sobresaliendo por encima de la talanquera del carro. Cada cacha del culo pintada con rayas verdes».

Llegarás al bar de El Lidio, luego al frontón de Toribio, y «el tiempo se detenía cuando jugaba». Pasada la carretera comenzará el barrio de Abajo, que no está abajo porque todo el pueblo se sitúa a la misma altura, y descubrirás cómo el escritor que te está guiando, junto con el tío Cerillas y el tío Mariano, se vieron un día «aupados al callejero de Lastras». Te contará que el maestro dio a uno de los niños una paliza «salvaje» en un tiempo en que nunca faltaban los sopapos y capones. Conocerás las lagunas donde anidaban los pájaros acuáticos, y La Serreta, un coto de caza poblado de bisontes (dice el escritor que quizá sea Lastras «el único pueblo de España con dos manadas de bisontes»).

Descubrirás las carnes de Lastras, cuando el viajero busca un buen cordero y querrán venderle sus buenas carnes. Luego el pilón, y la fuente de Abajo, y la casa de la Justa, una de las «más elegantes del pueblo»; la Panera Municipal, convertida en escuela mucho antes de que cerraran las escuelas por falta de niños (un pueblo sin escuela es un pueblo abocado a desaparecer, dice). «Las grandes ciudades en España» son esponjas sobre la España vacía y entonces Serena, una joven italiana que viene junto a Gabriele, a quien el escritor le está enseñando el pueblo, comenta: «hay una Italia rica, muy desarrollada, la del Norte, y una Italia menos rica, la del Sur, pero no hay una Italia vacía y una Italia llena». Ahí queda esa píldora para que reflexionemos.

Conocerás el «Banco de la Paciencia», donde se detenía el tiempo cuando los viejos contaban historias. Y tú, que has ido descubriendo el pueblo mientras el escritor se lo enseñaba a sus amigos (semejante a un renacido Julián María Otero), descubres que «la niñez, por encima de todas las miserias y del frío que […] derivaba en sabañones y que nos atravesaba los huesos, es una época luminosa»; ese «frío de los inviernos polares que combatíamos con un pantalón corto»; y esas «largas sesiones con las rodillas clavadas en las losas heladas de la iglesia en las misas y en las novenas». Un pueblo, «por pequeño que sea, para un niño que ha crecido en él, no se acaba nunca […] Fui un niño feliz», dice el escritor, «porque crecí rodeado de cariño». «Lastras es una fuente de inspiración» eterna. También conoceremos la geografía, física y humana, sentimental y colorida, del pueblo de Valdepinos, un trasunto literario de Lastras.

Las tradiciones orales. El género de las bodegas, que son los brindis. Los juegos, las retahílas, el «sinsentido y los absurdos que alimentan el mundo infantil». Las canciones de corro, de comba, de pelota o de pídola y los juegos callejeros (el frontón, la maya, el bote, las cuatro esquinas, el cinto escondido) que siempre tenían ornamentos literarios y formulillas para terminar: «ronda, ronda, el que no se haya escondido que se esconda».

La magia simpática y el estoicismo larvado («que el que nace pa sufrir / desde pequeño se empieza»); y el canto, con su función terapéutica, «como si las canciones hicieran más liviano el trabajo». Contar palabras encadenadas, juntar el estruendo del cuerno que tocaba el alguacil con los toques de campana de la iglesia. «En una sociedad sin televisión, las palabras ocupaban un lugar central en un pueblo donde los amigos, sentados en el poyete, se juntan para charlar»; en el sotarrizo de las bodegas se bebía, se contaban cosas (por eso al sotarrizo lo llamaban «contador», y por eso la bodega es un espacio mágico donde la inspiración suele pasar de chispa a borrachera).

«La palabra, transformada en sentencia, en refrán, en jota o en letrilla jocosa, en cuento, era el instrumento con que la gente se relacionaba. No había otra cosa». Los materiales son «descriptivos, agudos, disparatados, surrealistas, sorprendentes y, cómo no, poéticos». A veces necesitamos alejarnos para ver la vida con perspectiva y el autor, cuando habla de cultura popular, reconoce a Antonio Machado, a Julio Caro Baroja y a Joaquín Diaz como sus maestros; también reconoce a Juan Rulfo, Álvaro Cunqueiro y Antonio Pereira cuando nos habla del cuento.

El cuento. Nos trae Ignacio Sanz (pues ése es el nombre del escritor del que estamos hablando) un ramillete de historias ya publicadas por él. Adelita la Quejona nos enseña que los hombres valen «para cortar leña y dar puñetazos en la mesa», pero para sostener las familias hace falta «una mujer al lado de una mujer». Farruquines, el apagafuegos nos descubre que en Vitoria se trabaja la mitad que en Valdepinos y se gana el doble. Julián, el Truchas, tiene corazón de roble pero «le tiembla un poco el pulso» y nos mira con melancolía cuando se acuerda de su novia. También aparece Aguedita, la Remilgona, de quien sabemos que «la soledad pesa muchas toneladas». Para Patricio Cosechas el único tesoro no está en la cueva, sino la cosechadora. Algunos emplean las Piedras en el riñón para componer artilugios pintorescos y Don Celso prefiere los curas que juegan a las cartas a los «meacolonias».  Sacarino lleva escrito en su nombre el éxito con las mujeres y resulta que, a veces, «debajo de la bragueta puede esconderse un volcán».

Estamos hablando, cómo no, de Ignacio Sanz. Todo esto aparece en un libro que ha editado Enrique del Barrio y que lleva por título Memoria de Lastras; tiene por portada un hermoso dibujo cuyos colores desbordan generosamente en la contraportada. Sus sesenta primeras páginas son un viaje sentimental por Lastras y las noventa finales, una evocación de su riqueza cultural; entre medias, algunas evocaciones sugestivas y pintorescas: los alfares, los apodos, los dulzaineros y el pedo más grande del mundo. Recomendable. Altamente recomendable. Para quien quiera entretenerse en verano sin perder el tiempo, sin duda este es su libro: un libro que, además de entretener, enseña y además de enseñar, enriquece porque, partiendo de las cosas del cuerpo, nos lleva hasta las del alma. Suele ocurrir que las cosas, cuanto más sencillas son, mucho más hay que trabajarlas, y así lo dice uno de sus personajes: «es un don que tengo», y sus pacientes le contestan: «pero los dones se cultivan». Pocas cosas hay tan difíciles como hacer fáciles las cosas; y quien diga lo contrario, miente.


Memoria de Lastras
Ignacio Sanz
Enrique del Barrio, 2025
196 páginas
15 €

LagunaDeLibros | Biblioteca IES Andrés Laguna

Mariano Martín Isabel es doctor en filosofía y profesor del instituto Andrés Laguna de Segovia. Vivió catorce años en Francia. Ha escrito artículos de filosofía en Francia, España, Italia, Finlandia, Ecuador y Méjico, y ha hecho algunas incursiones en la novela, como Las caras del mar. Su teoría de la razón viva concibe la novela como expresión viva de la razón. Es coautor del libro Andrés Laguna, humanista y médico, y ha escrito sobre Ortega y Gasset, Miró Quesada, Miguel Hernández y María Zambrano, entre otros. Desde hace algo más de un año anima un blog en el que intenta ahondar en el concepto de filosofía literaria; de periodicidad semanal, publica textos agrupados en cuatro secciones: filosofía, literatura, educación y el rincón de «el mirador» (atalaya desde la que desmenuza la realidad con objetividad apasionada).


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