El runrún interior

El runrún interior (157)

Pablo Batalla escribe en su dietario sobre las protestas propalestinas en la Vuelta, la lectura de 'La hambruna española' de Miguel Ángel del Arco o la película 'A complete unknown', un biopic sobre Bob Dylan.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (156)

Lunes, 8/9/2025. Vemos en casa A complete unknown, la película sobre Bob Dylan. Se deja ver. La trama en sí es muy convencional: los gestos de maravillado pasmo cuando el genio todavía desconocido toca una de sus canciones, sus tribulaciones por el precio de la fama, un triángulo amoroso… Pero me gusta la ambientación, la caracterización meritoria de personajes como mi adorada Joan Baez o el entrañable Pete Seeger, la del propio Dylan por Timothée Chalamet —una actuación difícil de la que sale muy airoso—… Y, sobre todo, me gusta mucho cómo se refleja un tema que me interesa: la pugna de aquellos años entre el folk y el rock, que en el filme estallan cuando Dylan transita del primero al segundo, y se empeña en tocar Like a rolling stone en el Festival de Newport.

Entre los organizadores de este, entre los cuales está Seeger, se desencadena un agrio debate, en el que unos exigen preservar el purismo folkie: un hombre —«¡o una mujer!», puntualiza alguien de fondo—, su voz y un instrumento tradicional, punto. Y otros como Seeger, más preocupados por el mensaje político progresista que por la forma concreta de hacerlo llegar a las masas, se manifiestan abiertos a admitir alguna novedad y la posibilidad de un folk electrificado que gane más adeptos para la causa. El debate lo ganan los puristas, pero Dylan ya está harto del papel de cantautor progre de Blowin’ in the wind que le piden seguir desempeñando, y pasa de ellos y toca Like a rolling stone igual, generando un tumulto de abucheos, vítores, intentos de desenchufarle las guitarras e intentos de reenchufárselas que en la película queda muy bien representado.

Aquel debate siempre me ha resultado interesante. A España llegó más tarde, en forma de pugna entre los muchachos de la Movida, y la generación anterior de cantautores comprometidos. Lo que me resulta interesante es la paradoja que habita en el choque de formas y de fondos. En lo formal, la Movida fue progresista en el sentido de transgresora;y los cantautores, conservadores. La figura de estos no tenía nada de transgresor: eran, sí, un hombre y su guitarra. Enamorados y respetuosos de la tradición, recuperaban temas del acervo tradicional (ya fuera el romancero popular recogido por Joaquín Díaz o la poesía española musicada por Paco Ibáñez) o hacían composiciones nuevas que los imitaban, igual que en Estados Unidos habían hecho los Seeger y las Baez. De Joan Baez, que solo tocaba piezas tradicionales o versiones, llegaron a decir que no sabía componer… y entonces ella se descolgó con el impresionante Diamonds and rust, demostrando que vaya si sabía.

Con el fondo político, sin embargo, pasó al revés. Aquellos cantautores tradicionalistas en lo formal fueron valerosos combatientes antifranquistas, pero luego la Movida desdeñó la política y los mensajes políticos, considerándolos un muermo, y declaraba su voluntad de simplemente divertirse. Con los años sus miembros más ilustres, las Alaska y los Loquillo, han solido acabar siendo voceros de la derecha. Allí pasó con el mismo Dylan, no exactamente un vocero de la derecha, pero que en la sucesión de sus reinvenciones acabó convirtiéndose al cristianismo o componiendo una olvidada y lamentable canción proisraelí, compuesta en el contexto de la guerra del Líbano, en el mismo año de la matanza de Sabra y Chatila. Mientras tanto, Baez, Seeger y los demás permanecieron fieles durante toda su vida —lo permanecen hasta hoy, en el caso de los que siguen vivos— a los ideales de entonces; a aquella izquierda antiautoritaria que en Estados Unidos tenía sobre todo una raíz religiosa, cuáquera y demás. Seeger se declaraba «unitario universalista», una persona abierta a todo lo valioso que hubiera en cualquier religión o espiritualidad. Esta de que hasta la extrema izquierda sea religiosa o sienta la necesidad de declarar simpatía por una religión, aunque sea una religión sui generis, es una de esas cosas en las que Estados Unidos es diferente y nos choca a los europeos, mucho menos temerosos de declararnos ateos. Pero no dejo de pensar en el sustrato religioso que también se apreciaba en aquellos cantautores españoles. En el Labordeta que cantaba que «habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga “libertad”», por ejemplo. O en el Raimon que cantaba a «les esperances» y deploraba «la poca fe». O en el Gabriel Celaya que, por boca de Paco Ibáñez, ensalzaba la poesía antifranquista como «un pulso que golpea las tinieblas».

La dialéctica progreso/conservación, en fin, es más compleja, más meándrica, más laberíntica de lo que tiende a parecer.

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Pedro Sánchez anuncia nueve medidas contra Israel, en pos de detener el genocidio palestino: embargo de armas, prohibición de tránsito por puertos españoles a barcos que transporten combustible para las fuerzas armadas israelíes, denegación de entrada en el espacio aéreo a aeronaves de Estado que les lleven armas, prohibición de acceder a territorio español a personas que participen de manera directa en el genocidio, prohibición de importación de productos provenientes de los asentamientos judíos en Gaza y Cisjordania, limitación de los servicios consulares para ciudadanos españoles residentes en los mismos a la mínima asistencia legalmente obligatoria, refuerzo de la colaboración con la Autoridad Palestina y con la UNRWA y aumento de partidas humanitarias.

Se podría hacer más y se podría hacer mucho menos. Mañana (hoy, pero vaya) será día de seguir movilizándose exigiendo el más, pero hoy es día de celebrar y enorgullecerse de tener el Gobierno más avanzado de Occidente en esta materia, como en tantas otras.

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Leo en De campesinos a franceses, de Eugen Weber, esta cita de Louis Chevalier escrita en el siglo XIX, y que convendría, hoy, pasarle a la gente de Sumar, para ver si lo acaban de entender: «Lo grave para este régimen y su gloria es que corre el grave riesgo de que solo lo cuenten las publicaciones del Boletín Oficial».


Martes, 9/9/2025. «¿Disfruto de un baño decente porque sé que John no puede permitírselo o porque me deleito en estar limpio? ¿Admiro la Quinta Sinfonía de Beethoven porque es incomprensible para congresistas y metodistas o porque realmente amo la música?», se preguntaba, leo, H. L. Menken en 1920.

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En 1924 Antonio Gramsci, de visita en su pueblo natal, celebró una reunión con trabajadores y campesinos que, en un momento dado, le preguntaron a qué partido pertenecía. Dijo que al partido comunista y explicó sus razones. Un labriego le preguntó entonces: «Pero ¿por qué después de irte de Cerdeña por lo pobre que es te has metido en un partido de pobres?».

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Publica El País un reportaje sobre el debate de si lo que sucede en Palestina es, o no, un genocidio. Los expertos a los que encuesta el diario concluyen abrumadoramente que sí. Es un genocidio en las palabras y en los hechos. «En el caso de Gaza, pero también en Cisjordania, se dan varios de los elementos que por sí mismos constituirían genocidio, pero que se están dando a la vez», dice uno de los expertos. Genocidio no es matar hasta al último miembro de un grupo humano. El Holocausto o el armenio tampoco habrían sido, entonces, un genocidio; no habría habido genocidio alguno en la historia. Ni siquiera es matar a la mayoría. Es matar a muchos, declarar la intención de hacerlo y deshumanizar, desenraizar y aterrorizar a los demás. Y como dice ese experto, todos esos elementos se dan en el caso palestino. Bastaría con que se dieran algunos de ellos, pero es que se dan todos. Hasta la declaración de intenciones se da, en todos esos llamados explícitos al exterminio por parte de miembros del Gobierno israelí.

Es un genocidio, y algunos aquí en España siguen defendiéndolo. Podremos recordar 2025 como el año en el que descubrimos (en el que lo descubrieron los que no lo sabían) que tienen vecinos, conocidos, gente alrededor en general, que justificaría un genocidio sin pensárselo, sin ponerle un pero, a pies juntillas, a pesar de ver las imágenes en riguroso directo. (Digo 2025 y no 2024 o 2023 porque este es el año en el que Israel ha metido quinta y otros países e instituciones han empezado a condenar lo que hacía, aunque fuera tímidamente. Nadie puede aducir ya desconocimiento o confianza en la aprobación de esas instituciones). Es realmente inquietante. Tal vez la revelación más chunga de estos años muy chungos. Da un miedo atroz.

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Cuenta Weber que, para muchos campesinos franceses de un siglo XIX ya avanzado, los cambios políticos seguían siendo algo vago y que no entendían bien. Un poco como aquel campesino ruso que, en Doctor Zhivago, preguntaba si Lenin era el nuevo zar. En Francia los campesinos pedían un nuevo rey o entendían que los gobernantes republicanos lo eran. Ocurría incluso que los campesinos bretones de la Segunda República relacionaran esta con la Primera, de la que tenían vagos recuerdos, pero que personificaban: «A estas alturas, esa señora ya debe de ser bastante mayor».


Miércoles, 10/9/2025. Esta frase de Ama, de José Ignacio Carnero, que leo citada en otro sitio, podría ser un microrrelato perfecto sobre el desclasamiento: «Mi madre pedía silencio para que [yo] pudiese leer, mientras ella leía a mi lado la Pronto».


Jueves, 11/9/2025. Leo en De campesinos a franceses un pasaje interesantísimo sobre las nodrizas. El amamantamiento fue un negocio en auge en el siglo XIX, que dio salida laboral a muchas mujeres humildes. Los aristócratas siempre habían tenido nodrizas, pero en aquella centuria empezaron a disponer también de ellas muchas familias menos acomodadas. El ferrocarril facilitaba el traslado de aquellas campesinas a las ciudades, y era un trabajo bien pagado: tres nourritures daban para construirse una casa. En algunos sitios llegó a ocurrir que dos de cada tres mujeres lactantes se fueran a París, y las nodrizas llegaron a ser la primera industria, la primera exportación, de regiones como el Morvan; y en general, una de las figuras paradigmáticas de la clase proletaria. En vísperas de la revolución de 1848, la tercera estrofa del popular Chant des ouvriers («Canto de los obreros») de Pierre Dupont estaba dedicada a ellas. Me he acordado de aquello que señalaba Graeber de que la fijación del socialismo por el proletario fabril nos ha hecho perder de vista que, en cualquier época, la actividad obrera más numerosa ha sido, no la industria, sino los cuidados, desempeñados sobre todo por mujeres: criadas, limpiadoras… O nodrizas. En aquella época en Francia llegaron a crearse maisons de lait, edificios especializados en la prestación de este servicio.

Es muy interesante también lo que cuenta Weber del papel proselitista y transformador de estas mujeres cuando volvían al pueblo. En París conocían el lujo y las comodidades de las casas en las que servían. Aunque, por supuesto, no pudieran acceder a todas ellas, la comida, como mínimo, era mucho mejor que las gachas de trigo sarraceno y las patatas hervidas de la aldea. Comían carne, pan blanco, bebían buen vino… Y tampoco dormían en un jergón, ni bajo un techo de paja. Al regresar a su lugar de origen, percibían todas esas penurias como lo que siempre habían sido: esclavitud pura y dura. Y tomaban e inspiraban en otros la decisión definitiva de marcharse. Sobre todo a París, ciudad de modernidades y deleites que los campesinos bretones llegaron a identificar con Ys, la ciudad encantada de unos cuentos muy populares: «Desde que Ys se hundió bajo el mar, no hay ninguna ciudad que pueda igualar a París», decía un refrán.


Viernes, 12/9/2025. Es cierto que la equiparación histórica más atinada de lo que hace Israel con Palestina y los palestinos es el Apartheid sudafricano, y no el Tercer Reich. Pero el Apartheid no bombardeaba los bantustanes con fósforo blanco. Netanyahu está en realidad a medio camino entre Botha y Hitler.

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Últimamente están publicándose muy buenos libros de historia del franquismo. Ayer me llegó a casa y empecé a leer La hambruna española, de Miguel Ángel del Arco Blanco, centrado en el hambre como instrumento de control social en la primera parte de la dictadura. Entre 1939-1942 y en 1946, un hambre que podía haberse evitado acabó con la vida de más de 200.000 españoles. No se evitó por varios motivos que incluyen su utilidad para asfixiar el descontento antifranquista: cuando el estómago está vacío, solo se piensa en comer, en comer lo que sea. Todas las revoluciones que en la historia han sido las hicieron los malnutridos, nunca los famélicos: por eso no estalló una en la Irlanda de la Famine, de la que la respuesta popular fue más bien la emigración masiva. Las autoridades franquistas de Álava comentaban en los primeros años de la dictadura, acerca de los vencidos, que «si estos desgraciados comieran, el número de protestas aumentaría, pero de momento los estómagos vacíos mantienen a la gente callada». Hubo alguna, con todo, llevada a cabo por gente que, por ejemplo, cuando al paso del Caudillo se gritaba «¡Franco, Franco, Franco!», añadía: «¡Aceite, aceite, aceite!». O la popularización del lema «Menos Franco y más pan blanco». Del Arco menciona incluso la pugna que se dio entre la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera y el Auxilio Social de Mercedes Sanz-Bachiller, y cómo la primera derrotó al segundo y eso agravó el hambre, porque el Auxilio Social tenía un enfoque más honestamente humanitario, más dispuesto a ayudar a quien fuera como fuera —dentro de lo que podía caberle a una entidad fascista—, mientras que el de la SF era más político; más adepto a ese uso político del hambre.

Del Arco desacredita los tres mitos con que la dictadura trató de justificarse. En primer lugar, la destrucción causada por la guerra (o sea, por los rojos): las infraestructuras y fábricas no quedaron tan dañadas como para evitar la producción y distribución de alimentos. En segundo lugar, el ostracismo internacional. Al franquismo se le ofreció ayuda que hubiera marcado la diferencia, pero que rechazó por motivos ideológicos: la vocación autárquica y la renuencia a depender de países enemigos del Eje, como Estados Unidos, que quiso darnos ayuda tanto estatal como privada, canalizada por organizaciones cuáqueras. Serrano Súñer dijo que no. El tercer mito es la «pertinaz sequía»: los cuarenta no fueron particularmente secos; lo fueron más los cincuenta.

Hay escenas terribles en el libro. Hay una que lo resume un poco todo. Lo contaba Manuela Moreno, militante de la UGT, que recordaba que, en la cárcel de Barbastro, les forzaban a cantar el Cara al sol, pero estaban tan debilitadas que eran incapaces de mantener el brazo derecho en alto, y tenían que sujetarlo con el izquierdo. Del Arco habla también de los suicidios provocados por la desesperación del hambre, y comenta que, en 1940, el régimen llegó a prohibir a personas solas subir a la Giralda de Sevilla: la torre se había convertido en el lugar predilecto de los hispalenses para quitarse la vida. Qué años terribles y tenebrosos. El autor comenta al final algo que es muy cierto: en esta sociedad opulenta nuestra, donde ya nuestros padres, que ya van siendo abuelos, no conocieron la jambre, la fame, el comer cardos, cazar gatos o hacer tortillas de patata sin huevo y sin patata, solo con mondas, no nos hacemos verdadera idea de lo que fue aquello; de lo que era vivir con hambre. No somos realmente capaces de conceptuarlo. La gente que conserva la memoria de lo que era —esas abuelas que nos atiborraban de comida de una manera en la que palpitaba un resto de la angustia de aquel tiempo— va muriéndose. Y por eso es tan importante que historiadores como Del Arco la recuperen.

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Brasil condena al fascista y golpista Bolsonaro a treinta años de cárcel. Un país serio. La primera potencia mundial no puede decir de sí lo mismo.

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Hacía el difunto David Graeber esta atinada observación que leo ahora, en un libro que estoy corrigiendo: «Los votantes conservadores tienden a albergar mayor resentimiento contra los intelectuales que contra los ricos porque pueden imaginar una situación en que ellos mismos o sus hijos lleguen a ser ricos, pero no la de llegar a ser miembros de la élite cultural».

Otra cita espléndida, esta de Mark Fisher: los trabajadores posfordistas «son como el pueblo judío una vez que dejó la casa de la esclavitud en el Viejo Testamento: liberados de una sujeción a la que ya no quieren volver, abandonados en el desierto, confundidos respecto del camino por seguir».

Tampoco conocía esta de Marx: «La vergüenza es una especie de cólera replegada sobre sí misma. Y si realmente se avergonzara una nación entera, sería como un león que se dispone a dar el salto».

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Leo a izquierdistas hermanitacaritarios decir que Charlie Kirk, el activista ultraderechista asesinado en Estados Unidos, hacía política con la palabra, con el debate. Increíble. Hablamos de un tipo que decía que las mujeres negras tienen menos capacidad cerebral que las blancas o que había que organizar ejecuciones públicas patrocinadas por Coca-Cola. Eso era tan «política de la palabra» como el Mein Kampf. Se puede condenar un asesinato —y yo lo condeno— sin ser ridículamente cándido.


Sábado, 13/9/2025. Lo leo en La hambruna española, en un capítulo sobre las enfermedades derivadas de la malnutrición, como la tuberculosis que mató a Miguel Hernández.El poeta tuvo en su mano la posibilidad de ser liberado, o al menos de ver considerablemente reducida su condena. El régimen no quería matarlo —porque no quería otro García Lorca, otro bardo mártir que recrudeciese la hostilidad del mundo— y le ofreció la libertad a cambio de retractarse por escrito de sus ideas y publicar poemas o escritos a favor de la dictadura. Por su celda pasaron numerosos intelectuales católicos y falangistas, que trataron de convencerlo. Luis Almarcha, antiguo amigo y vicario general de la catedral de Orihuela, que luego se convertiría en obispo de León y sempiterno procurador en Cortes, fue el más insistente, en persona y a través de delegados eclesiásticos que visitaron a Hernández cuando ya estaba gravemente enfermo, ofreciéndole el traslado a un hospital de tuberculosos. El poeta nunca dio su brazo a torcer, y prefirió morir como un perro en el penal de Alicante a traicionar sus ideas. En su hambre mandaba él.

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La Nueva España entrevista a Juan Cofiño, presidente de la Junta General del Principado de Asturias, que el otro día decidió acudir a la misa del obispo en Covadonga. Habla maravillas de este y se declara contrario al pacto del PSOE con Izquierda Unida en la región, y a favor de privilegiar los pactos con el PP. ¿Qué hemos hecho para merecernos a estos quintacolumnistas?

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Me quedo prendado de este trozo de un artículo de El País sobre el fenómeno Labubu, un muñequito chino que ha generado un colectivo de absurdos fieles a su alrededor:

«En la primera mitad de 2025, el número de juguetes adquiridos por adultos creció un 18%, y en 2024 los adultos compraron por primera vez más juguetes para ellos que para los niños en edad preescolar. En el Reino Unido la nostalgia arrastra a los adultos a Lego y a Pokémon, y las ventas a adultos han aumentado un 8% en lo que va de año. […] Los observadores del fenómeno han creado el término kidults para los consumidores mayores de 12 años y los definen como “adultos que compran cosas de niños para escapar del caos global”».

Qué resumen, qué quintaesencia de nuestra era, en esas líneas. Pero no me refiero —no me refiero solo— a la crítica más fácil y rápida que a todos nos sale hacer, contra la frivolidad e infantilización propias de estos tiempos. Hay más cosas ahí, más miga. Lo del miedo, lo de la nostalgia. Pienso que también vale la pena discutir si un mundo en el que los adultos siguieran siendo niños no fue el sueño de todas las ideologías de emancipación que en la historia han sido. ¿Es realmente malo que hayamos construido una sociedad (una sola y a costa de otras que todavía las pasan putas, ya lo sé) en la que la vida se haya vuelto lo suficientemente liviana, lo suficientemente libertada de la guerra, el hambre y la peste, como para que adultos no millonarios puedan regalarse el espacio de lúdica frivolidad del que los ricos siempre han dispuesto?


Domingo, 14/9/2025. Termina la accidentada Vuelta a España de este año, con la última etapa cancelada por las manifestaciones propalestinas. Pedro Sánchez lanza sorprendentes palabras de apoyo para los manifestantes. He ahí a la mejor España. La peor es Isabel Díaz Ayuso, que acudió a la salida de la etapa a saludar efusivamente a los ciclistas del equipo israelí cuya participación está detrás de las protestas. De los Cien Mil Hijos de San Luis para acá, pasando por la «Reconquista al revés» de Franco desde Marruecos, con moros sanguinarios y paganos alemanes, la historia de la derecha española es un hilo nigérrimo de colaboracionismo, cipayismo, besamiento de las peores botas de cada década, antipatriotismo constante y concienzudo.

Perico Delgado tampoco demuestra ser la mejor España. En una entrevista en El Mundo le piden un balance de la Vuelta y responde esto:

«Triste y por desgracia su final ha sido alentado siempre por algún partido político y sus allegados que han conseguido el objetivo de acabar con la Vuelta, pero no de realmente afrontarlo con la realidad de manifestaciones pacíficas sino violentas. A Vinegaard se le ha privado de estar en el podio junto con el resto de sus rivales. Y luego lo que es la fiesta del ciclismo, pues nos hemos quedado todos sin fiesta y dando una imagen lamentable al mundo».

Yo he leído a Delgado en alguna entrevista describir a su padre —sindicalista de la USO— como un tío muy de izquierdas, puntualizando que él no lo era tanto. Ya se ve que no. En un mundo en el que un Estado genocida mata de hambre a niños y dispara a cooperantes humanitarios, hay tipos, sí, que prefieren aprovechar los altavoces mediáticos que les pongan delante para compungirse porque a un ciclista millonario le priven de una fiesta. Y que quizás no entiendan que eso es una postura (muy, muy) política, pero lo es. Una (muy, muy) deleznable. Yo intento con todas mis fuerzas no creerme lo de la superioridad moral de la izquierda, pero es que te lo ponen verdaderamente difícil.

El runrún interior (158)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).


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9 comments on “El runrún interior (157)

  1. jmferrandezverdu@hotmail.com

    ¿Es realmente el amor al pueblo Palestino lo que mueve a Pedro Sánchez y toda la izquierda ha realizar todo tipo de actos inverosímiles y sin sentido? ¿Es el amor por todo aquél que sufre o tan solo por el sufrimiento de los palestinos?
    Si es amor por todo el que sufre, debería haberse manifestado contra muchos más abusos además del de Israel y que persisten a lo largo y ancho de mundo
    Y si es solo por amor a Palestina, no termino de entender ese sentimiento tan intenso que conduce a la gente a la calle a manifestarse para luego irse de cañas y volver a su casas a seguir con sus vidas tranquilamente, acallando así todo su dolor por ver el triste destino de aquéllos pobres diablos de Palestina, y de los pueblos musulmanes en general, de los que olvidan por ejemplo su fanatismo religioso y su particular modo de tratar a las mujeres, cuando es la propia izquierda quien más las defiende.

    Pero es cierto, hay que defender a los que sufren abusos, sean quienes sean, sobre todo si eso contribuye a incrementar el odio entre los propios paisanos

    Me indigné con la corrupción del PP de Rajoy y me alegré de verlos en la cárcel.
    Lo mismo me sucede con el actual régimen. Y es comprensible que ataquen a los jueces, porque a nadie le gusta que lo encierren entre rejas.

    Por todo ello la superioridad moral que la izquierda se atribuye como defensora de las libertades y felicidades ajenas me da bastante risa, y me hace pensar en la superioridad moral de los regímenes anteriores que en nombre del cristianismo se pretendían los buenos de la historia, que, como todo el mundo sabe, es muy parecida a una película

    El antiguo fariseísmo de la derecha se ha contagiado a la izquierda, quien confunde el amor al prójimo con el odio al enemigo
    Y siempre existirán motivos para odiarse mutuamente ambos lados del espejo, que de manera ejemplar refleja a cada uno como la imagen simétrica del otro, aunque esa simetría no parezca real

    La izquierda defiende con razón y ardor la emigración humanitaria y lo utiliza como arma contra la derecha, sin darse cuenta de que quien más necesita de esa inmigración es precisamente el poder económico y la decrepitud demográfica de las naciones ricas

    Los pueblos ricos tienen los días contados, como siempre ha sucedido, pues el bienestar lleva consigo la falta de descendencia, y ese hueco será rellenado inevitablemente por los que vienen

    • Sí, es real, y no son actos inverosímiles y menos aún sin sentido. Si usted lo ve así, disculpa que le diga, es que le falta criterio, y por tanto no es de extrañar lo que comenta a continuación.

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  4. jmferrandezverdu@hotmail.com

    Por qué entonces no se armó tanto revuelo con las matanzas y hambrunas que se han producido en África desde hace tiempo?

    Tal vez porque no sabían el color de la bandera?

  5. jmferrandezverdu@hotmail.com

    Ni yo ni nadie, que yo sepa, señor Garcia

    Pero ahora sí

    Solo digo por qué?

    Lo que no entiendo es cómo se ha enterado el señor Luis de que carezco de criterio

    Ignoro sus argumentos y sus fuentes

    Debe tener a alguien espiandome

    Inverosímiles son las manifestaciones y la flotilla porque es impostado, de cara a la galería, propagandistico, ya que solo lo hace con estos actores y, repito, no lo han hecho con muchas otras situaciones tan graves o más en África

    Y no persigue nada real, solo aparecer como buenos

    De sobra se sabia lo que iba a pasar

    Qué pensaban, que eran la armada invencible?

    No basta con desacreditar, hay que argumentar

    De lo contrario no es más que palabreria

    • A. García

      Es bastante pintoresca esta idea de que es mejor indignarse por cero cosas que indignarse por una sola.

  6. jmferrandezverdu@hotmail.com

    Eso lo ha dicho usted, no yo

    Me indignó en su momento la corrupción del PP y ahora me indigna lo del PSOE

    Me cabrean muchas cosas, no es cosa de enumerarlas

    En cuanto a lo que pasa lejos, no consigo indignarme por más que me esfuerzo y lo intento

    Puede que yo sea mala persona, no digo que no

    En los telediarios no encuentro suficiente fuerza emotiva para sufrir por todos los males del mundo, a pesar de que solo sacan lo que en cada momento es políticamente relevante

    No solo lo pasan mal en Gaza sino que hay trescientos millones de hambrientos que viven en la miseria

    El mundo está lleno de miseria

    Yo no tengo alma para sufrir tanto

    Al revés, me gusta pasarlo bien

    Fíjese lo que le digo, si me hubieran dicho de ir en la flotilla me habría ido

    Seguramente allí habrá habido muy buen rollo y lo habrán pasado no muy mal

    Eso no significa que no lo considere un teatrillo marítimo, y si me hubiera ido yo habría sido un actor más, seguramente muy malo

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