/ por Arturo Caballero /
Fotografía destacada de Barış Aktaş; el resto, de Arturo Caballero
Al contrario de lo que dicen los famosos versos de Espronceda que estaban en la mente de todos quienes viajábamos en el barco proa al Cuerno de Oro aquella mañana de otoño, la visión más interesante de Estambul es la que deja a la derecha los barrios de Beşiktaş (donde presumen de conservar el pesebre en el que se depositó a Jesús recién nacido), Teşvikiye, Taksim (en cuya intersección se encuentra el palacio Dolmabahçe), Beyoğlu, Karaköy (el antiguo barrio de Pera y la Torre de Gálata) y Halicioglu; por la izquierda se ven los perfiles de las múltiples cúpulas y los alminares de las mezquitas (en especial los de la Nueva y la de Solimán) de los barrios de Sultanahmeet, Eminönü, Zeyren, Fener, Balat, y los de Beyazıt, Kumkapı, Läleli, Fatih, Aksaray. Al fondo del estuario, también sobre una de sus siete colinas, que siete tenía la vieja Roma, se encuentra el barrio de Eyüp, desde donde se obtiene otra de las perspectivas más espectaculares de la zona.
Ninguna otra ciudad marítima del Mediterráneo occidental me ha resultado tan atractiva; ni siquiera Génova, que fue, hace mucho tiempo y al igual que Venecia, feroz competidora de Constantinopla. El día era luminoso y el aire limpio permitía la visión nítida de la urbe que hoy es, pero que ha sido otras muchas a lo largo del tiempo.
Desembarcas en Eminönü, al lado del nuevo puente de Gálata y de la Mezquita Nueva, y entras en La Ciudad por antonomasia, sumergiéndote en el vértigo de la historia. Bizancio, Constantinopla, Estambul, que lo mismo da su nombre, es hoy un hervidero de diecinueve millones de personas en continua actividad donde se mezclan, en aparente buena convivencia, las formas más modernas de la vida occidental con las vestimentas de una manifestación más respetuosa con la tradición islámica, que en absoluto parece estar retrocediendo.

Si vas en una visita organizada, y no importa ahora la razón, al visitante ocasional se le impide, con la excusa del tiempo, adentrarse en los aspectos más profundos de la vida; los itinerarios diseñados para los turistas seleccionan unos pocos monumentos con la única lógica del pintoresquismo. Da igual que se trate de los abarrotados mercados de las Especias o del Gran Bazar, incluso de ese otro citado de pasada por el guía, más de uso interno, que se desparrama desde la tercera colina, en la que se encuentra la mezquita de Solimán, hacia el Cuerno de Oro y la mezquita de Rüstem Paşa con infinitos y casi contradictorios objetos cotidianos y bares y tenderetes de comida callejera que transmiten el pulso natural de la existencia. Palacios como Topkapi parecen estimular nuestra imaginación más conjeturando lo que pasaba en su harén que por su aspecto actual.
Además de todo ello, condicionado por las cadenas del tiempo en el que vivimos y acercándome con resignación a la realidad del pasado como la que apreciaban los habitantes de la caverna platónica, buscaba otras imágenes, las que eran la sombra de la Nueva Roma de Constantino, y las de aquella otra de Justiniano, quien soñó con reconstruir la unidad, ya imposible, del viejo Imperio romano. Las encontrabas, aquí o allá, en las viejas murallas, conservadas a tramos y reconstruidas fragmentariamente; también en restos de los acueductos, de columnas como la de Constantino o de las enormes piedras que constituían el foro de Teodosio. Del antiguo circo apenas se intuye el espacio en el que se desarrolló esa pasión absoluta que fueron las carreras de cuadrigas, pero al lado de la incompleta Columna serpentina de bronce, en el obelisco de Teodosio, además de un órgano hidráulico y unos flautistas que parece servían para amenizar al emperador en su palco, hay relieves que recogen tanto el propio traslado del monolito como representaciones del desarrollo de la competición. Los bizantinos de la época clásica (Primera Edad de Oro, ss. VI-VII, con Justiniano y sus inmediatos sucesores) habían heredado ese gusto de los romanos y la pasión con la que vivían el enfrentamiento entre rojos y verdes en el circo fue el origen de revueltas destructivas como la Niká y de la matanza ordenada por Justiniano para contenerla. Han llegado hasta nosotros mejor conservados espectaculares depósitos de agua como la Cisterna Basílica («Yerebatan Sarayi» o «Palacio Sumergido»), que el cine ha hecho popular entre millones de espectadores de todo el mundo y que hoy es emblema de un agua envasada. De aquel mundo clásico, además de la propia vestimenta, los musulmanes no heredaron edificios públicos como los teatros, pero sí la pasión por la higiene, a través de los numerosos hamán que se encuentran en cualquier esquina de la ciudad.


Una de las puertas de acceso a Santa Sofía conserva un ilustrativo mosaico no coetáneo del edificio, sino posterior a las querellas iconoclastas (730-787 y 815-843), que resume cuál era, para los bizantinos de finales del IX o del X, su aportación a la historia de la arquitectura. En él, a izquierda y derecha de la Virgen como trono de su Hijo, Constantino les ofrece las murallas de la ciudad y Justiniano la propia iglesia. Procopio de Cesarea publicó escritos sobre ambas.
No es posible separar el arte bizantino de su construcción más sobresaliente: Santa Sofía, dedicada a la Divina Sabiduría personificada en Cristo, la Segunda Persona de Dios. Esas disquisiciones fueron muy propias de estas tierras, donde los herederos de los sofistas transformaron una doctrina sencilla fundamentada en el amor a Dios y a quien está a tu lado en un complejo sistema teológico compendiado en el credo niceno-constantinopolitano.

Bajo su aparente sencillez, Santa Sofía (Hagia Sophia en griego, Ayasofya en turco) es un edificio complejo en el que se combina el adoptado por los cristianos para su culto, la basílica romana que tenía un desarrollo longitudinal con un ábside orientado al este, con los edificios centralizados (cruz griega, hexágono, octógono) que se reservaban para los bautisterios y los martiria. En época de Constantino ya se había intentado esta mezcla en Belén (iglesia de la Natividad) y Jerusalén (iglesia de la Anástasis del Gólgota), colocando adyacentes uno y otro. Aquí la cúpula, convertida en obsesión como se puede comprobar con los edificios más o menos coetáneos de San Irene y de los Santos Sergio y Baco, ambos en Constantinopla, y de San Vital, en Rávena, se superpone a una corta basílica de tres naves. Santa Sofía ha sufrido como muchos otros edificios los vaivenes de la naturaleza (terremotos) y de los tiempos (el propio devenir de la construcción, incendios provocados, cambio de deidad titular). Fue convertida en museo y abierta al público, pero desde 2020 ha vuelto a ser mezquita y se hace imposible su visita a nivel de suelo. Eso no impide que, desde la tribuna, siga impresionando por sus soluciones constructivas diseñadas por ingenieros (mechanikós), y no por simples arquitectos. Siguen teniendo vigencia las palabras de Procopio de Cesarea en su obra Sobre los edificios:
«La iglesia se ha convertido en un espectáculo lleno de belleza, sobrenatural para los que la contemplan e increíble del todo para los que la conocen de oídas. Porque se alza sobremanera hacia las celestes alturas, y como si estuviera fondeada entre las demás edificaciones, se balancea y se sitúa por encima del resto de la ciudad, embelleciéndola, porque es una parte de ella y, por otra parte, ufanándose de ello, porque perteneciendo a la ciudad y superándola, surge de tal modo que, desde ella, se divisa la ciudad como si desde una atalaya se tratara».
Y sobre la habilidad de su diseño «da la impresión, en cierto modo, de que no se eleva en el aire sobre una base firme, sino de que se alza peligrosamente para los que se encuentran abajo».

En este edificio apenas queda nada, no ya de los mosaicos antiguos, sino de aquellos otros que se adosaron a las paredes a partir del siglo IX y hasta finales del XII, antes de que la locura de los denominados «soldados de Cristo» de la cuarta cruzada se apoderaran de la ciudad en 1204. La Virgen con el Niño, que se ubica en el ábside, se ha tapado con lienzos blancos que la cubren a la hora de los rezos musulmanes. Aun así, los pocos que se han recuperado son una auténtica maravilla por su factura técnica.
Destrozada su decoración por la locura iconoclasta —que bajo una justificación teológica razonable supuso una auténtica desamortización, en especial de los bienes de los monasterios—, se perdieron también los primeros ejemplos de un sistema visual impagable, de absoluta creación a partir de escasos ejemplos del arte pagano, con el que se proporcionó visibilidad a la historia sagrada de la Biblia, a la vida de Jesucristo y de su madre, a la de sus primeros seguidores y a la de los héroes que sufrieron en su cuerpo y con su vida por la fe en un mundo que venía a poner boca abajo el sistema de creencias de la edad antigua, aunque conservase de aquel una insana pasión por las reliquias.
A finales de 1403, con el Imperio bizantino convertido en un sueño circunscrito poco más que a Constantinopla, Ruy González Clavijo, legado de Enrique III de Castilla, llegó a la ciudad que «los Griegos non llaman á Constantinopla como la nos llamamos, salvo Escomboli», en una embajada que tenía como fin entrevistarse con Tamerlán. La visitó ya muy decaída con respecto a lo que había sido en sus momentos de esplendor, cuando ejerció una influencia agobiante en las artes de Italia (en el siglo XI había servido como modelo para, por ejemplo, San Marcos de Venecia, reconstruida por obreros bizantinos). Continuaba Clavijo: «Otrosí en esta ciudad de Constantinopla hay muy grandes edificios de casas é de Iglesias é de Monasterios, que es lo más dello todo caído. E bien paresce, que en otro tiempo, quando esta ciudad estaba en su juventud que era una de las notables ciudades del mundo […] E dicese , que hoy dia hay en esta ciudad bien tres mil Iglesias entre grandes y pequeñas». Pues así y todo, en la pendiente final de su decadencia, en el monasterio de San Juan les
«sacaron de una arqueta de oro pequeña redonda […] el pan que el jueves de la cena dio’ nuestro Señor Jesu-Chrísto á Judas […] un arqueta de oro más pequeña que la primera, é dentro en ella […] estaba de la sangre de nuestro Señor Jesu-Chrísto, de la que le salió por el costado, quando Longínos le dio la lanzada. E […] un cendal pequeño colorado, en que estaban de las barbas de nuestro señor Jesu-Chrísto, de las que le mesaron los Judíos quando lo crucificaron. […] E otrosí de esta abrieron aqueella arca, é sacaron della una tabla que era toda cubierta de oro, y estaba en ella el fierro de la lanza con que Longinos dio a nuestro Señor Jesu-Christo […] estaba la sangre tan fresca, como si entonces acaesciera lo que con él ficieron á Jesu-Christo, […] E otrosí estaba engastonado en aquella tabla un pedazo de la caña con que dieron á Jesu-Christo nuestro Señor en la cabeza, quando estaba ante Pilatos, […] é […] un pedazo de la esponja con que á Jesu-Christo nuestro Dios fue dada la hiél é el vinagre en la cruz; y en la dicha arca de plata onde esta tabla fué sacada estaba la vestidura de Jesu-Christo nuestro D i o s, sobre que echaron suertes los Caballeros de Pilatos».
Y en el monasterio de San Francisco, en Pera, «les fueron mostradas […] una arqueta muy bien obrada, en que estaban huesos de los Innocentes. […] é […] tres cabezas de las once mil Vírgenes».
Me gustaría creer que ese tipo de piedad solo es una sombra en la semejanza que hay entre ella y el negro sobre blanco de la página. Pero es posible recuperar —pálidamente, es verdad— el esplendor de aquellas imágenes en una iglesia dedicada a Jesucristo como salvador de los campos, San Salvador de Cora (Kariye Camii), situada originalmente fuera de las murallas y que fue reconstruida en 1077-1081 por la suegra del emperador Alejo Comneno I. Sufrió un terremoto y el saqueo de los cruzados. Teodoro Metoquites, un intelectual amante de la cultura, tesorero de Andrónico II Paleológo, se hizo cargo de ella años después y añadió a su cuerpo de cruz griega una capilla alargada con funciones funerias y un nuevo nártex, decorándola con un complejo programa iconográfico en mosaicos y frescos, realizados entre 1315-1321, que constituyen un resumen de todo lo que el arte bizantino había sido capaz de realizar. Entregada también al clero musulmán y reconvertida en mezquita, se puede visitar libremente, previo pago de una sustanciosa entrada.

Nos recibe un hierático Cristo Pantocrátor sobre el que se ubica una cúpula con el milagro de las bodas de Caná y el de los panes y los peces. La vida de la Virgen y de Cristo en las cúpulas del endonártex y el exonártex poseen notables concesiones al pintoresquismo. La decoración de la iglesia principal (que tiene su ábside orientado al este, pero en el que se ha ubicado un mihrab que lo hace al sudeste) recogía las doce festividades principales (Anunciación a María, la Natividad, Bautismo de Cristo [Epifanía], Presentación en el Templo, Transfiguración, Entrada en Jerusalén, la Resurrección de Lázaro, la Crucifixión, la Resurrección del Señor, la Ascensión de Cristo, la Dormición de la Virgen y la Venida del Espíritu Santo o Pentecostés). Solo se conserva la Dormición de la Virgen, con una iconografía que en Occidente no es común, en la que el propio Cristo acoge en sus brazos el alma de su madre para llevarla al cielo. De la iglesia adosada (Paraclesion), con frescos de santos militares en sus paredes, se alaba su techo, con un espectacular Juicio Final. La bajada de Cristo a los infiernos (Anástasis) del ábside pasa por ser una obra maestra del arte de la época.

A partir del siglo VII, los musulmanes comenzaron a conquistar provincias de un imperio que con Justiniano recompuso dos tercios del romano. A mediados del siglo XIII el Imperio bizantino ya se había reducido considerablemente, ocupados gran parte de sus territorios asiáticos por los turcos selyúcidas. A mediados del siglo XIV, los turcos otomanos le habían arrebatado los que le quedaban de Asia y, antes de la conquista definitiva en 1453, dominaban el sur y el oeste del mar Negro, todo el Egeo, casi toda Grecia y el sur de Bulgaria. Constantinopla, reducida a un mero espectro, resistió gracias a sus murallas hasta la llegada de los gigantescos cañones de Mehmet II.
Hoy un porcentaje notable de los visitantes de la Capadocia van a la región con el deseo de conocer sus alucinantes paisajes tallados por el viento y el agua y, si es posible, subirse a uno del centenar y medio de globos que despegan todos los días que el tiempo lo permite. Muchos de los pueblos de la zona estuvieron ocupados desde época de los hititas, que aquí excavaron sus viviendas en las laderas y que fueron ocupadas, con posterioridad, por los bizantinos. Y luego dominados por los turcos que desde el punto de vista religioso se comportaron, entonces, de forma tolerante, en oposición a lo que hicieron generalmente los cristianos. Esta región la conformaban núcleos de cultura griega que los abandonaron obligatoriamente después de la guerra greco-turca (1919-1922), cuya paz implicó un trasvase de población entre ambos Estados. Conservadas sus construcciones por si deseaban volver, el tiempo ha realizado metódicamente su tarea y se ven muchos pueblos en los que coexisten los típicos conos con las cuevas excavadas y el hundimiento de bóvedas, arcos y sillares. La supuesta estética romántica del culto a las ruinas no oculta este triste monumento a la barbarie que nos trae otras sombras de hace justamente un siglo.
Pero hablamos de arte. A medida que este se aparta de los centros de creación, junto a la calidad menor de los artistas, perviven estilemas del pasado que hacen imposible una datación visual. Hay en la zona muchos asentamientos eremíticos de difícil datación, reputándose como más notable el de Göreme, que tenía interés en visitar. Se trataba de comunidades pequeñas, puesto que excavaban en la roca la iglesia, el refectorio y las celdas. Sin someterse a la lógica de los materiales, los adornan con arcos de herradura que están tallados en la piedra blanda; también bóvedas, incluso cúpulas, que no responden estrictamente a necesidades de construcción, sino a un peculiar concepto de la dignidad del edificio. Igualmente, mesas y bancos corridos e incluso algún iconostasio. A veces se ha caído una pared exterior y una sección de roca que hacía doblemente de techo y suelo, aumentando el pintoresquismo del efecto.

La decoración de las iglesias, unas veces en sinopia y otras totalmente polícromas, es casi con total seguridad posterior a las querellas iconoclastas, siguiendo los modelos y temas de las metrópolis, tanto de la propia Constantinopla como de los numerosos núcleos culturales y artísticos de Asia Menor. Se repiten con mayor o menor calidad, además de numerosos santos, las representaciones de la Anunciación, el Camino hacia Belén, la Natividad, la Adoración de los Magos, la Huida a Egipto, el Bautismo de Cristo, la Resurrección de Lázaro, la Transfiguración, la Entrada en Jerusalén, el Beso de Judas, la Crucifixión o la Deesis (Cristo flanqueado por la Virgen y Juan, generalmente el bautista en el arte bizantino). De entre muchas otras (algunas no abiertas a los visitantes) me entretuve especialmente en las iglesias de la Manzana, de Santa Bárbara, de la Serpiente (con una pintoresca representación de san Onofre), la Oscura y la de las Sandalias. Y aunque no está permitida la realización de fotografías, también los vigilantes tienen derecho a tomarse unos momentos de descanso.
Sombras todo ello, también, sobre el polvo de la zona y de la propia historia.

Dejó escrito Procopio de Santa Sofía que «se podría decir que su interior no está iluminado por la luz solar de fuera, sino que en ella es connatural la iluminación; tan grande es la abundancia de luz que se esparce por este templo». Tan luminosa como era, parece natural que su sombra fuese especialmente poderosa. Convertida en mezquita después de la conquista, sobrevivió al propio imperio, convirtiéndose en modelo para la mayoría de los edificios religiosos otomanos. Lo fue para la de Bayaceto II realizada por Yakup Şah a comienzos del siglo XVI, donde hoy, además de sus hermosas caligrafías, se pueden apreciar, restauradas recientemente, alfombras de diseño y colorido espectaculares.


Y lo fue en especial para muchas de las obras de Mimar Sinan (1488/90-1588) el arquitecto más grande de la historia del Imperio turco, a quien se compara insistentemente con Miguel Ángel y con Palladio. Se le atribuyen casi quinientos edificios de los que cerca de doscientos están en pie. Los más notables, pero no todos, en Constantinopla. Había sido ingeniero militar y aprendido arquitectura en los tiempos en que estuvo en campaña. Auxiliado por una legión de ayudantes (uno de ellos, Sedefkar Mahmet Aga, levantó para el sultán Ahmed la famosa Mezquita Azul, deudora de las enseñanzas del maestro), planificó baños, palacios, caravaneras, puentes, casas, escuelas, acueductos y hospitales. Por supuesto, mezquitas. Las obras más hermosas fueron para Solimán el Magnífico y sus familiares; para su esposa Hurrem, los baños de Roxelana, con una sección para hombres y otra para mujeres. En memoria de Mehmet, su hijo asesinado, la mezquita de los Príncipes, en la que realiza una cúpula central que descarga sus fuerzas en cuatro pilares y cuatro semicúpulas. El sultán le encargó su mezquita, la Süleimaniye (1550-1557), en la que retorna al esquema de Santa Sofía: tres naves, dos enormes arquerías laterales, una inmensa cúpula que apea en otras dos y un luminoso muro del mihrab. Culminaba la evolución de Santa Sofía convirtiendo el espacio interior en un continuum lumínico, llevando el estudio de los empujes y su contrarresto hasta la perfección para la tecnología de su época. Su enorme complejo, distribuido alrededor del patio desde el que se obtienen maravillosas vistas de la ciudad, contenía siete colegios, un hospital, un asilo, un hamán, dos residencias, un parador, cocina, madraza, palestra y zoco cuyo alquiler contribuía al mantenimiento de la mezquita; también había lugar para los enterramientos. El de Solimán, el de su esposa Hurrem, el de sus hijos Mehmet y Mustafá (que pasaba por haber mandado matar a su hermano y muerto él por orden de su padre) y el de su hija Mihrimah, una de las mujeres más fascinantes de los inicios de la edad moderna. También, un poco más alejado, el de Sinan.
Mihrimah Sultan, cuyo nombre en turco suele traducirse por «Sol y Luna», encargó al arquitecto dos hermosas mezquitas que todavía se pueden visitar: una en la zona asiática y la otra en la europea. Hasta aquí, la historia. Cuenta una leyenda imposible, de la que no he podido documentar el origen, que Sinan estuvo enamorado de la princesa y que las ubicó de tal forma que cada 19 de marzo, nada más acabar el invierno, cuando el sol se oculta tras la de Edirnekapı, la luna se eleva sobre la de Üsküdar.
Sombras, sombras y más sombras.

PD.- En el viaje tenía a mano la AA.VV. (2020): Guía total. Turquía, Madrid: Anaya. Para los asuntos arquitectónicos, y para no aburrir, son recomendables los libros de Richard Krautheimer (1984): Arquitectura paleocristiana y bizantina, Madrid: Ediciones Cátedra y de David Talbot Rice (2000): El arte de la época bizantina, Barcelona: Ediciones Destino y para los mosaicos y mucho más el de Robin Cormak (2000): Byzantine art, Oxford University Press. Hay numerosos libros sobre el islam; me parece útil la obra dirigida por George Michel (1985): La arquitectura del mundo islámico, Madrid: Alianza Editorial en la que, además de las técnicas constructivas y los edificios más significativos, estudia las tipologías, especialmente de las mezquitas y sus elementos: patio (sahn), alminar, fuente de las abluciones (sabil), sala de oración (haram), nicho ritual (mihrab), muro de la quibla, púlpito (minbar)…. El capítulo «Ayasofia de Estambul. Donde un sultán pronuncia un conjuro y traslada el centro del mundo» de Edward Hollis (2012): La vida secreta de los edificios. Del Partenón a Las Vegas en trece historias, Madrid: Ediciones Siruela es, como todo el libro, una auténtica delicia. Las citas de Ruy González Clavijo de su libro Historia del Gran Tamorlan, e itinerario y enarracion del viage… se pueden encontrar en https://bibliotecadigital.jcyl.es/es/consulta/registro.do?id=3833 y las de Procopio en https://www.academia.edu/35899768/Procopio_de_Cesarea_Los_edificios editado en Estudios Orientales, 7 de la Universidad de Murcia, a cargo de Miguel Periago Lorente. Mihrimah, la Mariam de los cristianos de su tiempo, es hoy una estrella de la web. Una aproximación en https://en.wikipedia.org/wiki/Mihrimah_Sultan_(daughter_of_Suleiman_I; sobre ella se han escrito unas pocas novelas (Asha Miró y Pere Cordón (2017): Te espero entre el Sol y la Luna, Amazon; también las todavía no traducidas de Mina Oguz (2013): Mihrimah Sultan ve Mimar Sinan y la de Murat Aykaç Erginöz (2020): A majestic love: the grand architect Sinan and Mihrimah Sultan. Una versión diferente a la citada en el texto la proporciona Elif Shafak (2015): El arquitecto del universo, Barcelona: Lumen, muy recomendable como modo de reconstruir amenamente el pasado.

Arturo Caballero Bastardo (Villanueva de los Caballeros, Valladolid, 1955) es historiador y crítico de arte, facetas que ha compatibilizado con la docencia y otras actividades relacionadas con la organización escolar, entre ellas la coordinación del Bachillerato de Investigación/excelencia en Artes del IES Delicias de Valladolid. Autor de diversos artículos científicos (Un itinerario místico por el Cosmos, 1988), estudios sobre pueblos palentinos (especialmente Dueñas, 1987 y 1992), sobre la pintura del siglo XIX en esa provincia, organizador de exposiciones (Eugenio Oliva, 1985; Casado del Alisal y los pintores palentinos del siglo XIX, 1986; Asterio Mañanós, 1988; Ecos de un reinado. Isabel la Católica, los Acuña y la villa de Dueñas, 2004), ha publicado manuales escolares para las editoriales Edelvives y Epígono. Sobre todo, se ha interesado por las más diversas perspectivas del arte contemporáneo: organizador de ciclos y conferenciante (Fundación Díaz Caneja de Palencia, Museo Patio Herreriano de Valladolid), cursos de formación y actualización didáctica para profesores, comisario de exposiciones de jóvenes artistas. Como culminación de toda esta actividad, en 2007 se publicó Arte contemporáneo. Castilla y León, manual que se distribuyó a todos los centros educativos de dicha comunidad y que es posible visitar en versión web en el portal educativo de la Junta de Castilla y León. En 2021 ha publicado en Trea Arte y perversión: apuntes para una poética de la sociedad satisfecha.
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Muy interesante el artículo. Estambul es una ciudad preciosa que te traslada a otras épocas, a la sucesión de culturas y por tanto de distintos estilos.
Casualmente en estos días he escuchado un podcast sobre Mihrihmah Sultán en el que hablaba sobre la vida de esta y su familia, así como de la construcción de las dos mezquitas y del efecto de la luz.