/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /
El podrido decidió pasar las vacaciones en su propia casa, lejos de toda lejanía e incertidumbre, lejos de la vida, lejos de todas partes; pero una mujer se enteró de dónde vivía y fue a verlo.
—Seamos amantes.
—No vayas tan rápida. Pensaba escribirte, pero tú has venido primero, lo haremos bien.
—Tengo una idea —dijo ella.
—¿Cuál?
—Detrás de mi casa hay un árbol. Cuando mi marido vaya a trabajar, nos subimos al árbol.
—Me gusta la idea. Es original y profunda.
Y así lo hicieron.
Estando arriba del árbol, dijo el podrido:
—Mira, querida, yo me voy a poner acostado en el suelo y tú te lanzas encima de mí para lo que tú ya sabes.
—Pero hay tres metros. Puedo hacerte daño, y no estoy segura…
—¡No seas idiota! Es muy erótico y está haciendo furor en la buena sociedad. Todo el mundo lo hace.
—Bueno, como quieras, pero no me fío.
Se lanzó sobre el podrido, pero este se apartó a tiempo y la mujer llamada Carmen se dio un trompazo contra el suelo que casi se mata y se quedó allí muda, ensangrentada e inconsciente, mientras el podrido pensaba en largarse por miedo a que llegara el marido y lo encontrara con su esposa medio muerta.
Oyó el ruido de un automóvil que llegaba y se detenía, de manera que huyó entre los matorrales y los árboles. Cuando Jaime no encontró a su mujer, la buscó y la halló debajo del árbol casi muerta, llena de morados y sanguinolenta.
—¡Dios santo! Pero ¿qué ha pasado? —y corrió a socorrerla. La incorporó un poco hasta que ella pudo abrir los ojos y lo vio mirándola lleno de espanto.
—¡Ay! —dijo.
—¿Te duele? ¿Qué te ha pasado para que estés así?
—Me he caído.
—¿Y por qué estás desnuda?
—Porque tenía calor.
Poco a poco se fue restableciendo en el sofá de su casa y Jaime le sirvió un whisky para que se reanimara.
—¡Tienes que tener cuidado con las caídas! Ya no eres tan joven, y un mal paso…
—Tienes razón: ha sido un mal paso.
Unos días después, llamaron por teléfono.
—Hola, soy el podrido, me gustaría verte.
—¿Para qué?
—Quiero pedirte disculpas por lo del otro día. Estabas muy atractiva.
—Y por eso te apartaste cuando me lancé sobre ti.
—Al final me asusté de verte venir encima y tuve miedo.
—¿No decías que estaba de moda entre la gente bien?
—Eso he oído, pero, la verdad, no sé cómo lo hacen para que no haya heridos. Así por las buenas no parece muy saludable. Tiene que haber algún truco.
—Vale, pues entérate de cuál es el truco y me lo dices, porque de la misma manera ya no lo vuelvo a intentar, y menos sabiendo que vas a apartarte y dejar que me estampe contra el suelo.
—No te preocupes, cielo, que voy a averiguarlo y lo haremos bien.
Varios días después volvieron a verse en la casa, en ausencia de Jaime.
—Tienes que arrojarte sobre mí de manera que nuestras bocas coincidan y podamos besarnos profundamente.
Eso hicieron y, al chocar sus rostros violentamente, se incrustaron uno en otro de manera que se rompieron varios huesos de la cara y quedaron allí ambos, inconscientes y desnudos.
Cuando regresó Jaime y buscó a su mujer, los encontró a los dos en aquel estado traumático y lamentable. No sabía qué pensar. Estaban medio muertos y desnudos. ¿Qué podría significar aquella situación tan anómala? Había mucha sangre. Llamó a una ambulancia y ambos tuvieron que ser internados en el hospital.
Al cabo de varios días, ya restablecidos, ella no sabía cómo explicar el suceso y la manera en que los había encontrado. Su imaginación no era capaz de encontrar ninguna martingala para justificar la desnudez y aplastamiento de uno contra otro en unas condiciones tan dramáticas y sospechosas a la vez.
Jaime no podía tampoco explicarse los hechos. No veía clara la infidelidad y, sin embargo, no podía estar más clara. Pero dado su estado tan brutalmente traumático, no tenía sentido. Si ella hubiera querido simplemente engañarlo con el podrido lo habría hecho de un modo más convencional, lo cual significaba que allí había algo raro.
Cuando ella mejoró, ya en su casa hablaron:
—No entiendo cómo estabas desnuda encima de un hombre también desnudo y con tu cara incrustada contra la de él. ¿Tanto ardor y violencia hubo en tu infidelidad?
—Oh, cariño, no hubo infidelidad.
—¿Y por qué estabas desnuda encima de otro hombre?
—Me desnudé porque tenía mucho calor. Luego me subí a una rama del árbol para refrescarme con la sombra de sus hojas suaves y húmedas. Aquél hombre apareció desnudo y me amenazó con una vara y me hizo caer. Pero ya no recuerdo nada más…
—Qué historia tan extraña, querida. Deberás reconocer que todo lo que cuentas es bastante incomprensible…
—Ya lo sé. Yo tampoco lo comprendo. Pero es que las cosas a veces son así. No sabemos por qué existe todo y, sin embargo, ahí están todas las cosas puestas por alguien o quizá no. Puede que todo esté ahí desde siempre…
—Ya, no quiero meterme en filosofías que a nada conducen. Pero deberías tener más cuidado con esos caprichos que te das de subirte a los árboles desnuda, etcétera.
Al cabo de unos días, ya recuperados y con la cara llena de quebrantos y contusiones, el podrido fue a visitarla de nuevo en ausencia de su marido.
—Esto no puede seguir así. Debemos cambiar la estrategia. Es mejor que yo me tire encima de ti —dijo él.
—No. Déjate de tirarnos uno encima del otro. ¿Es que no tienes bastante con lo que ha pasado ya? Si quieres lo hacemos normal
—Eso es una vulgaridad, querida ¿No te das cuenta de que para eso no merece la pena correr tantos riesgos?
—Pues entonces, vale más dejarlo. Hemos envejecido diez años con los porrazos
—Tengo una idea mejor. Contaremos con una ayudante que se pondrá debajo del todo. Le pagamos y le decimos que aguante y ya verás que bien lo vamos a pasar.
—¿Crees que eso va a funcionar?
—No lo creo: lo sé. Me lo han explicado unos amigos. Hay mujeres que si les pagas se ponen como colchón. Tienen que ser bastante gordas para aguantar las sacudidas. Luego uno de nosotros se pone encima y el otro se lanza.
Contrataron los servicios de una inmigrante sin papeles muy gorda que por un buen precio estaba dispuesta a ponerse tirada en el suelo y aguantar carros y carretas.
El día acordado el podrido la llevó en su coche y la gorda se puso boca arriba y sobre ella se colocó Carmen. Luego el podrido se subió al árbol y se dejó caer de cara sobre el cuerpo de ella. Pero a pesar de que la otra absorbió gran parte del encontronazo, no pudieron evitar que el choque de sus cuerpos les provocara contusiones y se dieron un cabezazo que los dejó inconscientes a los tres.
Cuando llegó el marido y buscó a su esposa, encontró al trío desnudo y de nuevo atontados uno sobre otro
—¿Se puede saber qué está pasando aquí? ¿Qué hacen estos dos formando un sándwich contigo en medio?
Ella abrió los ojos y, al verlo, dio un grito:
—¡Socorro! ¡Ayúdame, no puedo respirar!
—Pero ¿qué estáis haciendo ahí los tres uno sobre otro? ¿Es que os habéis vuelto locos?
Tras muchas explicaciones increíbles ser largaron y ella se sentó en el sofá a tomar algo para librarse del trauma matrimonial. Su marido no salía de su asombro y decidió que ella debía visitar un psiquiatra que le administrara un tratamiento para algún tipo de desorden que sin duda debía de tener
—Creo que deberías visitar al doctor Cabrita, que es amigo mío y conoce a las mujeres como la palma de su mano.
Alejandro Cabrita era un psiquiatra que vivía en el mismo edificio de apartamentos del podrido y conocía sus hazañas con las mujeres y los árboles, de manera que no se sorprendió cuando Carmen y su marido le explicaron su historia.
—Tómese estas pastillas, dos al día, y no tosa demasiado.
—¿Cree usted que mi esposa está bien del todo?
—No. Sufre un síndrome arbóreo llamado síndrome del podrido. Suele ser frecuente en algunas mujeres que han leído demasiado a los marxistas franceses y a los estructuralistas posfreudianos de la escuela de Vincennes. Deshágase de todos los volúmenes que posea de esos tipos. Son todos ellos peligrosos. Mi consejo es que lea a apocalípticos y underground malditos como Bukowski y familia. Se lo va a pasar de risa.
—Muchas gracias, doctor Cabrita.
Ya en su casa, Jaime le preguntó a su esposa:
—¿Estás segura de que no querías engañarme con ese podrido miserable o como se llame?
—Evaristo. Se llama Evaristo.
—Me da igual. Pero lo tuyo con ese tipo es algo… No sé cómo llamarlo. Infame…
—Perdóname, lo siento, es que he oído hablar tanto de él entre las amigas que quise conocerlo.
—No me digas que es famoso.
—Sí. Bastante.
—¿Y por qué?
—Nadie lo sabe, pero las chicas están todas locas con él, y cuentan cosas.
—¿Qué tipo de cosas?
—Eso es lo de menos, pero no paran de hablar.
—Reconoce que todo lo que dices no tiene sentido.
—Es posible, pero es así. Dicen que viste maravillosamente y que es un hombre muy elegante.
—Yo solo lo he visto desnudo.
—Es que también es elegante quitándose la ropa, cariño. Lo hace con estilo.
—Me gustaría conocerlo. Quiero que lo invites a comer.
—Muy bien.
Pocos días después, Evaristo Podrido Cebollino-Gogarty se presentó en su casa del campo. Lo acompañaba su sastre.
—Los Cebollino-Gogarty siempre hemos ido acompañados a todas las reuniones importantes por nuestro sastre personal desde que mi bisabuelo, el primer Cebollino-Gogarty de Cork, estuvo estudiando en el Trinity College de Dublín.
—¡La hostia santa! —dijo ella—. ¿No te decía yo que este tío tiene clase de verdad?
Estaban en el salón de la casa, los invitados en el sofá y el matrimonio cada uno en una silla de anea muy vieja y cómoda, y entre ellos una mesa de madera baja con algunas botellas de licores y vinos y cervezas extrañas de las que hacen los monjes belgas y que fueron introducidas en Bélgica por los famosos Tercios de Flandes.
—Esa mujer gorda que había debajo de vosotros, ¿es amiga suya?
—Ni hablar. La contraté para que se apretara con nosotros dos, y bien que hizo su papel. Es la amante de mi sastre, Paco Púas.
—¿Y qué pretendían hacer los tres uno encima del otro?
—Engañarte. Tu mujer quería engañarte.
—Ya me lo figuraba. Pero ella siempre lo ha negado.
—Lo siento —dijo ella—, pero no me he atrevido nunca a reconocerlo. Ahora ya lo sabes.
—¿Y habéis conseguido engañarme?
—Supongo que en parte sí —dijo el podrido—. Aquí está mi propio sastre para confirmarlo.
—¿Qué tiene que ver tu sastre en todo esto?
—Los sastres somos quienes más sabemos acerca de líos amorosos, ya que somos los que confeccionamos la ropa que luego se quitan los amantes.
—Ah, bueno, claro, qué pregunta más tonta —dijo Jaime.

José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.
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