Artículo anónimo tomado del blog No Investigues, donde fue publicado el 5 de septiembre de 2025, y en el que hemos una corrección superficial para eliminar anglicismos y facilitar una lectura más natural en castellano de España
Analizábamos recientemente la figura de Peter Thiel en el marco de los discursos casi teológicos que sirven de base (o justificación) para proyectos tecnológicos y políticos de gran escala. Nos encontramos en un presente en el que la acumulación masiva de capital ha permitido a un puñado de multimillonarios colocarse —literalmente, sin alegorías— en posición de dar forma al mundo con arreglo a visiones excéntricas del futuro, y a menudo desquiciadas.
Thiel es solo uno de ellos. Otra figura que opera en el mismo ecosistema es Alexander Karp, cofundador de Palantir. Su vocación es claramente operativa, pero no por ello su influencia es menos importante que la de Thiel; al menos, en que respecta a Palantir. Para quienes no estén familiarizados con esta empresa, podemos resumir que se trata de una firma centrada en el análisis de datos y el desarrollo de aplicaciones de software. Da servicio principalmente al Gobierno estadounidense, para el que desarrolla proyectos, sobre todo, militares y de inteligencia. Su nombre proviene del universo de Tolkien y materializa la ficción de un artefacto poderoso, misterioso y con aplicaciones maléficas en temas de vigilancia, control y despliegue de inteligencia militar. Hay muchos recursos online que explican más a fondo qué papel juega Palantir en el panorama global; y a nosotros nos gustaría explicar aquí por qué debe importarnos, mediante una exploración de la figura misma de Karp.
Por suerte, no necesitamos tecnología lectora de mentes o efectuar un análisis de datos de su perfil algorítimo para descifrar quién es Alexander Karp. Al igual que la mayoría de estas figuras narcisistas, esta expresa abiertamente sus ideas y opiniones. Su cosmovisión y la manera en que esta cristaliza en Palantir se compendian en su libro The Technological Republic, publicado en febrero de este año y del que es coautor junto a Nicholas W. Zamiska.
Karp, igual que Thiel, manifiesta su desilusión con el estancamiento de la innovación estadounidense vinculada al imaginario de Silicon Valley. Y como el rancio meme de «tiempos fáciles crean hombres débiles», repudia la tendencia de las últimas décadas a orientar la innovación a las necesidades triviales de los consumidores masivos. Las mentes más brillantes del momento se conforman con un mediocre afán de reducir la fricción cotidiana y ocuparse de «problemas del Primer Mundo» (¿se acuerdan de Juicero?), en lugar de pensar en nuevas tecnologías de armamento, destrucción y superioridad militar. En el relato de Karp, esto emana de una cultura secular y progresista, hipnotizada por la «corrección política». La progresiva eliminación de la incomodidad, la tensión y el conflicto se traduce en una sociedad que rehúsa creer en algo, ya sea por miedo o por falta de convicción.
Karp presenta la materialización en Palantir de esta visión como modelo a seguir para rescatar a Occidente, entendiendo «Occidente», lisa y llanamente, como la hegemonía de Estados Unidos. ¿Cuál es ese modelo? Karp lo pinta con brocha gorda: consiste en la colaboración entre el Gobierno y la iniciativa privada. Pretende que volvamos a poner de moda aquellos grandes proyectos (generalmente militares) a los que las mentes más dotadas de generaciones anteriores volcaban su talento, con arreglo a una visión grandiosa de su nación.
Karp intenta sustentar su visión unidimensional del asunto en una genealogía del avance técnico militar como fuerza benéfica, al tiempo que describe el declive de Silicon Valley y denuncia el secuestro de la educación superior por un relativismo epistémico que, en términos de discurso cultural, se conecta con «lo woke». Enumera anécdotas de estas esferas y pretende demostrar que Estados Unidos ha renunciado a su posición global como potencia militar temible debido a la excesiva regulación gubernamental, pero también al conformismo que anida en la meca tecnológica, contenta con limitarse a la innovación incremental. En otro capítulo, compendia de forma vaga la filosofía organizativa de Palantir para animar a otros empresarios a adoptar su mindset «ingenieril». De forma casi caricaturesca, lo vincula a una herramienta básica de solución de problemas llamada «los 5 porqués» y a una estructura horizontal.
Todo lo anterior puede parecer un mensaje simple e inofensivo. ¿Qué tiene de raro o de asombroso el que un empresario estadounidense argumente a favor de la colaboración de su sector privado con el Gobierno? ¿Qué hay de malo en fomentar desarrollos tecnológicos prioritarios para el interés nacional? La cuestión estriba en la justificación ideológica que presenta este proyecto como un imperativo moral para las empresas de tecnología. Tal ideología, aunque no se articule explícitamente en el libro, es sencilla de leer en su superficie.
La hegemonía de Estados Unidos se apoya en una historia de conflicto, imperialismo, intervencionismo y excesos, con víctimas directas e indirectas incontables en el Sur Global. Ni siquiera el habitante promedio de este país disfruta generalmente de los beneficios de esta política global violenta y criminal. Es decir, los intereses que Karp pretende impulsar no son un proyecto positivo siquiera para los propios ciudadanos estadounidenses. La hegemonía que Karp y Palantir quieren mantener es la de intereses especiales concentrados en instituciones, empresas y un puñado de individuos que se benefician materialmente de tragedias y horrores como el genocidio de Gaza, al cual Palantir ha contribuido directamente, y al que Karp presta un apoyo incondicional.
El libro, sin embargo, nunca aborda esto en detalle. Karp equipara con cinismo la defensa de su idea de Occidente con los intereses recién descritos. La amenaza de que un rival como China obtenga la superioridad tecnológica le sirve para vender su argumento como un deber existencial para Estados Unidos, pero la justificación moral de este proyecto abiertamente nacionalista, bélico y racista solo empapa el texto, sin llegar a explicitarse, ni a concretarse. Karp, a diferencia de todos esos otros líderes carentes de personalidad y valor, tiene creencias fuertes de trascendencia y delirios de superioridad cultural, que en conjunto con su motivación y visión bastan para poner en marcha un cambio de paradigma, en pos de las creencias duras y los proyectos patrióticos.
El libro no pone encima de la mesa propuesta alguna de acción o política pública, y viene a sugerir que ese cambio de paradigma se producirá de resultas de una suerte de convicción idealista espontánea. Mas no por ello debe considerarse un texto trivial. La declaración de intenciones está clara. Lo que es más importante es que no hablamos de una conceptualización etérea que pueda darse en un futuro distante: ya está en marcha materialmente, a través de Palantir y otros proyectos similares.
La lectura abre una ventana a la racionalización ética que sujetos como Karp, Thiel, Musk, Altman, etcétera esgrimen como marco operativo de sus megainiciativas tecnológicas. Entender sus motivaciones y conocer los relatos que dan sentido a su mundo es importante para que anticipemos —y, en la medida de lo posible, resistamos— sus avances en dirección a colocar los intereses especiales de unos pocos por encima de cualquier consecuencia o ética colectiva.
Para cerrar de manera más optimista (no es que haga falta), cabe mencionar que si en algo tiene razón Karp es en que muchas innovaciones tecnológicas que hoy se atribuyen (y benefician) solo al sector privado se produjeron gracias al apoyo económico, político y organizativo del Estado. Plantear una colaboración que permita retomar grandes proyectos de innovación técnica no tiene por qué orientarse hacia una visión imperista o el deseo de aniquilación del Otro. El proyecto de un Estado genuinamente democrático, capaz de orientar y encabezar el gigantesco aparato técnico en favor de la mayoría de la población, sigue siendo esencial para cualquier aproximación política en la que lo público tenga cabida A continuación, una cita relevante del libro Inventing the future, donde sus autores Alex Williams y Nick Srnicek se hacen eco de datos y tesis del libro El Estado emprendedor, de Mariana Mazzucato:
«En el nivel del Estado, hay un argumento igualmente fuerte que hacer en pro del control democrático del desarrollo tecnológico, dado que las innovaciones más significativas vienen de la financiación del sector público, y no del sector privado. Es el Estado quien dirige las revoluciones tecnológicas importantes: desde Internet hasta la tecnología verde, la nanotecnología, el algoritmo que nuclea el motor de búsqueda de Google y todos los componentes principales de un iPhone o un iPad. El microprocesador, la pantalla táctil, el GPS, las baterías, los discos duros y SIRI son solo unos pocos de los componentes que han surgido de inversiones públicas. El hecho es que los mercados capitalistas tienden a una visión de corto plazo y bajo riesgo. Son los gobiernos quienes proporcionan los recursos de largo plazo que habilitan cambios innovativos mayores a desarrollar, mientras el capital de riesgo tiende cada vez más hacia la generación de retornos de corto plazo.
[…]
De particular importancia en este caso son los llamados proyectos «orientados a una misión». Este tipo de proyecto no apuntan hacia alguna diferenciación de productos o mejoras marginales de bienes existentes, sino que se preocupan por alcances inventivos a gran escala como los viajes espaciales o Internet. Esto es desarrollo revolucionario orientado a crear caminos tecnológicos completamente nuevos y abrir la posibilidad de que surjan innovaciones inesperadas en el proceso. Bajo un control democrático, también pueden responder a problemáticas sociales diarias y fomentar pensamiento a gran escala para, por ejemplo, usar los bancos de inversión estatales para dar forma al valor social de proyectos a través de decisiones de fondeo».
El fragmento anterior también subraya el rol del Estado en el desarrollo tecnológico, pero, a diferencia de Karp, invita a la democratización de la tecnología generada a través de este; a encauzar su impacto y su beneficio hacia el bien común, más que a una simple colaboración para mantener los intereses geopolíticos del Gobierno y esconder ese beneficio privado tras el eufemismo de la «salvación de Occidente». Históricamente, las innovaciones del Estado han venido de la inercia militar. Pero igual que estos multimillonarios siguen planteando proyectos delirantes de superioridad global, nosotros creemos que aún es pertinente el retomar nociones democráticas del control de estos mecanismos para el beneficio interno —y no abstracto— de sus poblaciones.
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “¿Quién es Alex Karp, qué es Palantir y qué quieren hacer con nosotros?”