/ una reseña de Walter Cassara /
No hay peor paraplejia que aquella que intenta representar el movimiento por la mano de un mal dibujante, porque el bueno puede mostrarlo aun cuando dibuje un caminante que no tiene piernas. Lo dijo el genial Karl Kraus, el gran artillero de Die Fackel, dando a entender quizás que el buen aforismo, como el caminante sin piernas, puede cubrir grandes distancias sin apenas tocar el suelo; al malo, en cambio, se le nota enseguida que anda sobre zancos, y que además renquea, o sea que tartamudea por los pies… O nunca levanta vuelo. Ya que bien mirado, el caminante sin piernas, el aforista suspendido en el aire, tiene que ser por fuerza, también, un bailarín excelso, un Nijinsky ultra-ligero que pueda abarcar, en un único e imposible grand écart, todas las variaciones de la lengua.
Conservar esa gracia de movimiento, esa distensión o apertura óptima sin caer en el calambur payasesco, el falso epigrama, el adagio casposo o la miscelánea dominguera, exige ciertamente un perfecto dominio estilístico de la lengua. Dada la extrema economía del género, el riesgo de quedar desnudo o pasarse de listo también es mucho. No obstante, ¿el aforismo es un género o es más bien un contragénero? En lo básico, parece haber nacido de un aborto de la literatura sapiencial antigua, como una máxima que traspapeló por el camino su ritornelo edificante. De la máxima solo quedó lo mínimo, lo más sustancial: el asombro que podría generar, accidentalmente, cualquier frase formulada con la debida precisión poética, que no aspire a ser ni demasiado ingeniosa ni muy memorable, ya que el exceso de ingenio y originalidad envicia a las palabras. De no ser por ese carácter antignómico o contrasapiencial, y por la condición abierta, fragmentaria, poemática —próxima al verso libre—, que ha sabido adoptar en la pluma de algunos escritores, el aforismo quizás no tendría mayor interés para un lector medianamente exigente, más o menos curtido en las dificultades de las letras modernas.
Ya desde el temprano Hormigas blancas (2005), pasando por Perros en la playa (2011) y Todo esto será tuyo (2021), Jordi Doce ha demostrado ser un perspicaz cultivador del aforismo, o mejor dicho de todas esas variadas, mínimas «obras abiertas» que suelen agruparse bajo dicho término. A simple vista, La insistencia —el título más reciente de esta serie— puede leerse como eso: un cuaderno de notas bonsái que revolotean en torno a esas formas abiertas, una gavilla de frases que se animan a aventarse en la intemperie del lenguaje; astillas, teselas que no aspiran al gran mosaico, no quieren desconocer sus desgarraduras ni su irregularidad, no intentan ocultar su dispersión bajo ningún protocolo de género. En muchos de estos fragmentos puede presentirse el camino sigiloso que conduce al poema; se evoca el fraseo rítmico, el pensamiento melódico siempre latente en la economía del poema, sea este una proyección sobre el papel en verso o en prosa, o sea una proyección sobre nada, porque, bien mirado, el poema siempre se encuentra suspendido sobre la nada, como esa rama desnuda, apenas florecida, dibujada exquisitamente por la mano de Ruskin, que ilustra la tapa de este libro.
En otros textos manda la agudeza; se cuela la modesta confidencia autobiográfica o la posdata lectora, la reflexión ecológica y hasta el breve esbozo humorístico, no exento de sátira: «es bueno tener fuera o desplazado el centro de gravedad, pero no hasta el punto de ir a rastras». A la par de estos saltos o vaivenes de registro, el yo que se perfila en estas páginas va mudando de máscaras, se escurre entre diferentes puntos de vista, se va fragmentando, se desmenuza y pierde en otros talantes, entre las múltiples caras de ese versátil poliedro que matiza toda conciencia personal. Es quizás también esa manera oblicua, melancólica —atópica— de observar el mundo, de percibir las cosas y la propia mirada sobre las cosas, que reconocemos como algo inherente al trabajo del poeta: una puntual intensidad o trayectoria de lectura, que muchas veces puede —y otras tantas debe— confundirse con la deriva de su existencia.
En buena parte, también parece efecto de dicha deriva existencial aquello que insiste o instiga a leer este mosaico de apuntes tan personales como un diario de náufrago, entre la borra de esa frase perfecta que nunca encuentra la ocasión, el aliento que se empeña —se empaña en el desaliento— a la zaga del gastado palimpsesto de la vida. Una luz crepuscular, onírica, insomne, palpita agazapada en el interior de estos textos: hace las veces de voz en off que podría hablar en una cinta de filme noir. Otras parece el reflector desnudo y ofuscado que porfía en los cubículos de Bacon. De a ratos esa voz se articula desde una realidad personal, histórica, pero al punto se evapora por algún pasaje desconocido, discurre como por el cauce de algún sueño o pesadilla; «sabes —dice por ejemplo— que estás en altamar, a la deriva, porque el silencio te cuelga del cuello como una piedra». O también, desdoblándose, atestigua: «está justo donde quería estar, y sigue sin reconocer el sitio, sin orientarse». Es en esos momentos de extravío o de estupor, momentos que escapan a la curvatura de la frase, momentos como de Kaspar Hauser recién lanzado contra la dura bola del mundo, con su notita ilegible en la mano, en los cuales los textos prismáticos que componen La insistencia alcanzan sus reverberaciones más amplias y certeras.

Jordi Doce
Pre-Textos, 2025
134 páginas
13 €

Walter Cassara (Buenos Aires, 1971) es poeta, traductor y crítico. Sus artículos, reseñas y poemas han aparecido en publicaciones como Radar Libros del periódico Página/12, el suplemento ADN/Cultura del periódico La Nación, y revistas especializadas como Diario de Poesía, Hablar de Poesía, Nayagua, Letras Libres, La Estafeta del viento, Otra Parte y Cuadernos Hispanoamericanos, entre otras. Es autor de Juegos apolíneos (1998), Rígida nieve (2000), El paseo del ciclista (2001), Máquina de trinar (2007), Nostalgia y otros poemas: antología personal (2011) y El oído del poema (2011). Este último fue galardonado con el Primer Premio de Ensayo del Fondo Nacional de las Artes, Argentina, 2010, y con el Premio Trienal de Ensayo de la Academia Argentina de Letras en 2012. En 2015 obtuvo el Premio Internacional de Crítica Amado Alonso por su libro Conversaciones en la intemperie (2016). Su último libro de poemas publicado es Ladera umbría (2022).
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