/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /
Llamaron a la puerta. Era un repartidor de paquetes.
—¿Es usted Fernando Colgando?
—Sí.
Me dejó un paquete grande, cuadrado, que pesaba bastante. No recordaba haber hecho ningún pedido de ese tamaño. Casi solo pedía libros. Al destaparlo vi con horror una cabeza humana. Vista desde arriba era una gran melena pelirroja, y la cogí al cabo de un rato de mirar aquello con una mezcla de asombro y terror. Al levantarla, vi el hermoso rostro de quien había sido una mujer sumamente atractiva. La muerte, increíblemente, no había conseguido borrar una expresión llena de vida y sensualidad. Parecía que iba a hablar de un momento a otro. Solo había un poco de sangre en el fondo, pero no olía lo más mínimo, lo cual me asombró aún más. Parecía cosa del diablo. ¿Cómo podía haber pasado lo que estaba pasándome a mí? ¿Quién se habría tomado la molestia de enviarme aquello y por qué?
Entré en un estado depresivo cada vez más intenso. La cosa era macabra a pesar de lo guapa que era la muerta, o quizá por eso, aunque cualquier cabeza recibida habría sido lo mismo, algo que no le deseaba a nadie. No sabía si llamar a la policía o qué. Pero si no llamaba, ¿qué iba hacer yo con la cabeza? No la conocía de nada, afortunadamente. Llamar a la policía, por otra parte, podría conducirme a quién sabe qué laberintos legales. Lo único que sin duda no deseaba era complicarme la vida en ese momento. Mi amante se había largado con su amante a los fiordos noruegos y me había dejado una breve nota con explicaciones poco claras. En el trabajo había un ambiente lamentable y todo el mundo desconfiaba de todo el mundo. El trabajo consistía en recibir clientes y hacerles ver por qué la empresa les cobraba por unos servicios que no habían contratado.
Esa noche soñé con la cabeza de la mujer. Yo estoy cenando y la cabeza está frente a mí.
—Tengo hambre.
—Pero si estás muerta, cariño.
—Pues tengo hambre, aunque esté muerta.
—¿Y qué te apetece?
—Comerme tu cabeza al horno.
—Es que el horno está roto. Si quieres te hago una tortilla francesa o unos huevos fritos con ajos tiernos… O una patata hervida…
—Para mí la única patata que existe en el mundo eres tú…
Entonces desperté y recordé que la cabeza seguía en mi casa, metida en la caja y dentro de un armario.
Por la mañana llamaron a la puerta. Era un hombre gordo de estatura media y con bigote.
—Hola.
—¿Qué tal? —dije.
—He venido a por el paquete que le trajeron ayer por error.
—¿Y cómo sabe usted eso?
—¿Puedo pasar?
Después de dudarlo un instante, le dejé que pasara. Nos sentamos .
—¿Quién es usted?
—Bernardo.
—Ya, bueno, pero ¿qué relación tiene usted con el paquete?
—Ninguna.
—Entonces ¿por qué viene a reclamarlo?
—Ya le he dicho que se le entregó por error. No era para usted.
—¿Pero sabe usted qué contiene?
—Yo no sé nada.
—¿Entonces qué hace aquí?
—He recibido instrucciones para venir a recoger ese paquete.
—¿Instrucciones de quién?
—Del jefe de mi oficina. Trabajo en una empresa de servicios de transporte. Esa caja se la envió mi empresa.
—Ya. Pues déjeme que le diga que ese paquete no es un paquete normal.
—Eso a mí me da igual. Me han dicho que lo recoja y tengo que recogerlo. Es mi trabajo.
—Le repito que no es un paquete como los demás… No sé si me entiende.
—Para mí todos los paquetes son iguales. ¿Me lo da o vuelvo a la oficina y le digo a mi jefe que no ha querido dármelo?
Esto me hizo ponerme nervioso. No sabía de dónde había salido aquel sujeto, pero el hecho de que viniera a recoger la cabeza me daba dolor de cabeza.
—Vamos a ver si me explico. Si yo fuera como debo ser, ese paquete estaría ahora mismo en manos de la policía.
El hombre pareció sorprenderse.
—¿Qué significa eso?
—Lo que usted está oyendo. Se lo digo tal y como lo siento.
—¿Y qué puñetas tiene ese paquete para que usted diga eso?
—Una cabeza de mujer. Muerta.
—¡Ostia! —el hombre se puso de pie y me miró—. Una cabeza… ¿solo?
—¿Le parece poco?
—Me cago en mis muertos —dijo mientras se tapaba la cara con ambas manos—. Esto es demasiado. ¿Pero qué me está diciendo?
—Venga conmigo, que quiero que la vea. A ver si lo entiende de una vez.
El hombre no quiso acompañarme. Entré en mi dormitorio y saqué la caja del armario. Luego salí y la puse sobre la mesilla de centro, entre el sofá y los sillones.
—Ábrala usted si tiene cojones.
Aquél tipo la abrió lentamente y vio la melena pelirroja. Se echó un poco hacia atrás.
—¿Qué mierda es esto?
—Sáquela de la caja, vamos, no sea tímido, ¿o es que no tiene agallas suficientes?
El tipo estaba confuso y un poco atemorizado. Tomó de los pelos la cabeza y la sacó. Al verla se quedó con unos ojos como platos.
—¡Qué guapa es, o era!
—Ya, pero, guapa o no, ¿qué le parece que tengo que hacer con ella? ¿Dársela a usted y aquí no ha pasado nada, con mi nombre escrito sobre la caja?
—No sé. Nunca me había pasado nada así
—¿Qué clase de empresa es la suya?
—Ya se lo he dicho: de servicios de transporte. Llevo trabajando allí diez años y nunca había tenido ningún problema de… esta clase.
—Pues ya ve. Ahí la tiene. Si quiere llevársela se la regalo. Pero sin la caja…
—Bueno, no estoy seguro. Podría decirle a mi jefe que usted no ha recibido nada y tirar la caja al río. Decirle que ha sido un error. Es decir, que el error no fue que se la entregaran, sino que…, bueno, lo que sea.
—Me parece que está usted en un lio. Quien le haya encargado a su jefe que recoja este paquete no creo que sea de los que se conforman con cualquier respuesta.
—Si le digo que no la tiene, va a venir en persona a hablar con usted. No se crea que la cosa es tan sencilla. Tendrá que darle explicaciones.
—Yo no tengo que dar explicaciones de ninguna clase. Yo no he pedido esto.
Después de un rato de conversación, se hicieron amigos y decidieron que ambos estaban en un lío. Pero si se desprendían sin más de la hermosa cabeza, podría ser que las cosas se complicaran para ambos. Fernando sacó una botella de whisky para relajarse.
—¿Y si tiramos la cabeza por la ventana así, sin más? Y que averigüe la policía todo lo que tenga que averiguar. Nadie va a venir aquí —dijo Bernardo—. Yo puedo decir que no había nadie cuando vine,
—Eso armaría un revuelo enorme en todo el barrio. La cosa la iban a saber hasta en Zaragoza.
—¿Por qué en Zaragoza?
—Es un decir.
—No sé. Me parece demasiado espectacular. Menudo alboroto se iba a armar si de pronto ven caer una cabeza en plena calle.
—A veces las soluciones más simples son las mejores.
—Puede, pero habría que hacerlo de noche, cuando nadie nos vea.
—Eso está claro.
Ambos quedaron de acuerdo. Bernardo diría en su empresa que no había nadie en la dirección indicada y a media noche Fernando arrojaría la cabeza por la ventana, y que fuera lo que Dios quisiera.
Lo hicieron de este modo. Por la noche, a eso de las doce y media, Fernando sacó la cabeza de la caja y con todas sus fuerzas la arrojó por la ventana que daba a la calle. Era un cuarto piso. Al caer, golpeó a un perro a quien su dueño había sacado a pasear, en mitad del lomo. Era un perro normal y el tremendo golpe hizo que el pobre animal se pusiera a gritar del dolor, como si lo estuvieran matando. Seguramente el choque le habría quebrado la espina dorsal. El dueño era un tipo corpulento y con cara de pocos amigos, quién el oír el sordo impacto y luego ver a su mascota hecho polvo en el suelo a punto de morir, se quedó inmóvil y atónito. Luego vio rodar algo por la calle y fue a ver qué era.
Algún titular de la prensa del día siguiente decía: «Una mujer mata de un cabezazo a un perro y, menos la cabeza, el resto del cuerpo de la mujer desaparece».
El dueño del perro, al ver la cabeza en mitad de la calle y su perro con la espina dorsal rota y agonizando, armó un escándalo en medio de la noche, gritando y chillando e insultando a todo el Gobierno. La policía no tardó en llegar y a la vista de los hechos se acordonó el lugar y se montó un operativo tremendo que despertó a todo el barrio. El detective Carlos Espinilla, de la sección de casos muy raros, fue designado para hacerse cargo y apareció de mala gana haciendo preguntas a diestro y siniestro.
—¿Qué hacía a esa hora en la calle?
—Sacar al perro a cagar, que también tienen derecho.
—Ah, ¿sí? Muéstreme las deposiciones que recogió.
—Las he tirado a la basura.
—Demasiada prisa para todo el jaleo que se ha montado. Dígame en qué contenedor las echó.
El tipo condujo a Espinilla hasta un contenedor, pero allí no había nada de nada. La recogida era por la noche a eso de las diez.
Lo primero que hizo Espinilla fue formalizar una denuncia contra el dueño del perro por no recoger las mierdas de la calle. El otro llamó a su abogado y le dijo que protestara, porque, encima que le habían matado al perro, tenía que pagar una multa. Pero Espinilla era un tipo duro y sabía cómo hacer una investigación desde el principio hasta el final. Cada cosa a su tiempo.
—¿Qué fue lo que pasó?
—Como le he dicho, estaba paseando al perro. Lo había dejado suelto para que corriera un poco, ya que en esta calle casi no hay tráfico y no se veía a nadie. Se alejó de mí como unos diez metros cuando de pronto escuché un fuerte golpe sordo y el pobre Rodolfo, así se llamaba, se puso a gemir como un moribundo y quedó en el suelo. Fui a mirar y vi que estaba como partido por la mitad, con el tronco en forma de V, acostado y sin moverse. Entonces me fijé en algo que había rodado por la calzada después del golpe y al ir a ver qué era me encontré con la cabeza de una mujer muy guapa. Eso es todo.
—De manera que dejó suelto al perro, contraviniendo las ordenanzas municipales.
—Ya le he explicado por qué lo hice.
—No tengo más remedio que multarlo también por liberar un perro.
—Esto es demasiado ¿no cree? Tiene un caso bastante más grave que un simple perro suelto y no hace más que multarme por tonterías.
—Caballero, si hubiera hecho las cosas bien, tal vez no habría pasado nada con su perro, como se llame. En cuanto a la muerte de su mascota a causa del golpe de esa cabeza desconocida, debo decirle que tendremos que hacerle la autopsia al animal, ya que es un caso de muerte violenta.
—Pero esa cabeza aplastó a mi perro.
—¿Y qué quiere, que arrestemos a la cabeza?
—Supongo que será de alguien. Lo que quiero es que averigüen a quién pertenece y aclaren todo esto. Pienso pedir una indemnización.
—Está bien, ya le informaré de lo que averigüe.
La cabeza era de una mujer cuya familia había denunciado su desaparición varios días antes. Era una joven psiquiatra llamada Irma Pérez de las Pantuflas y Gómez de los Osorios. Tenía una consulta en un barrio rico. Espinilla se encontró con un caso de secuestro y la familia se le echó encima igual que la cabeza había caído sobre el chucho. No tuvo más remedio que hacer averiguaciones y habló con los vecinos del barrio desde donde podría haber sido arrojada al vacío el arma homicida, a su vez víctima de asesinato, eso parecía claro.
Cuando le tocó el turno al señor Colgando, este abrió la puerta al detective, quien detectó cierto nerviosismo en aquel sujeto de cara redonda y colorada, seguramente de darle a la priva. Pasaron al salón.
—Soy el inspector que investiga la muerte del perro causada por el impacto de una cabeza de mujer, supongo que estará al tanto.
—Sí.
—Está bien, estoy hablando con todos los vecinos. ¿Tiene usted algo que decirme? ¿Vio algo sospechoso esa noche?
—No, nada.
—¿Está usted seguro?
—Me acosté temprano. Luego escuché ruido de sirenas, pero no hice caso. Tenía mucho sueño.
—Ya. Comprendo.
Pocos días después, una anciana que vivía en un piso enfrente de Fernando Colgando afirmó haber visto a esa hora a alguien arrojar en medio de la oscuridad algo a la calle desde la terraza del señor Colgando. Ella no podía dormir y salió al balcón a mirar el cielo para ver si veía a su difunto esposo, quien había sido un santo.
Al final Colgando confesó haber recibido aquella caja y que, al no saber qué hacer con ella, por miedo a las complicaciones, había decidido deshacerse de la cabeza de la manera más sencilla posible.
—Hombre de Dios, las cabezas de jóvenes psiquiatras agraciadas no deben ser arrojadas por el balcón; es uno de los pilares básicos de la ética.
—Ya, claro. ¿Pero qué podía hacer?
—Entregarla a la policía.
—Es que…
—¿Es que qué?
—Pensé que, si la entregaba en comisaría…, seguramente me iban a acusar de asesinato.
—Usted solo recibió un paquete. Eso no es asesinato.
—Ya, claro, para usted es muy fácil decirlo. Es detective y sabe de esas cosas. Pero yo solo soy un triste empleado. ¿Quién iba a creerme?
—No es difícil comprobar el envío en la empresa que los hace.
Fernando no sabía si mencionar la visita de Bernardo, primero para no complicarle a él también la vida, y segundo porque podrían hurgar y meter por medio a gente peligrosa.
—¿Entonces usted está totalmente seguro de no haber hecho ese pedido? —dijo Espinilla.
Fernando se le quedó mirando fijamente a los ojos.
—¿Qué significa esa pregunta?
—Está claro. Hay que descartar por completo su culpabilidad para que no tenga que contratar un abogado.
—¿De verdad cree usted que en Internet se pueden pedir cabezas de psiquiatras jóvenes y guapas?
—Yo no quería decir eso.
—Pero es lo que se desprende de sus palabras.
—Me refería a que debe de ser un error de la compañía de reparto. Tendré que averiguar qué es lo que ha pasado para que le enviaran ese paquete tan singular y quién es el remitente.
Espinilla fue a la empresa de envíos y habló con el encargado. Se llamaba Gaspar y era un hombre alto y robusto.
—Según he sabido, la cabeza se envió desde esta empresa.
—No es imposible. Nos dedicamos a eso.
—¿A enviar cabezas de gente muerta?
—A enviar paquetes —dijo el otro con sequedad.
—¿Y no saben nunca lo que contienen?
—Normalmente los paquetes los traen ya embalados en cajas. Y muchas veces con la dirección de envío ya puesta. Nosotros solo somos intermediarios. Llevamos cosas de un lado para otro.
—Pues en este caso, si la caja ya venía con la dirección puesta, está claro que quienes la enviaban no sabían lo que hacían. ¿Podría facilitarme el nombre del remitente?
El otro se movió un poco en el sillón giratorio.
—Mire usted, nuestras normas de confidencialidad no…
—En casos como este las normas de confidencialidad no sirven para nada —interrumpió Espinilla.
—Tendré que hablar con mis superiores, yo solo soy el encargado de este almacén.
—Muy bien, hable y volveré mañana.
Pero al día siguiente el encargado apareció muerto debajo de un puente. Espinilla empezó a ponerse caliente con aquello y la familia de la dueña de la cabeza no dejaba de presionarlo. Tuvo que llamar a la central de la empresa y preguntar por el jefazo, el cual daba la casualidad de que se hallaba de vacaciones en Tasmania, cazando demonios.
—¿Demonios?
—Demonios de Tasmania. ¿No ha oído hablar de ellos? El jefe es coleccionista de demonios de Tasmania.
—No lo sabía.
—Nosotros sí, por eso le informo.
Quiso hablar con el responsable que le sustituía y le dijeron que nadie se hacía cargo de todos los envíos, sino que muchos solo dependían del jefe de la sucursal. Y en este caso este se hallaba en la morgue con un balazo en la cabeza. Total, nada.
El dueño del perro exigió a la familia una indemnización y esta no conocía los detalles de los hechos, de manera que se cabrearon enormemente ante la insistencia de aquel energúmeno que, insensible a la muerte de su hija, no era capaz de establecer la diferencia entre un perro y una psiquiatra joven y prometedora. Pero el perro era precisamente el suyo y él no tenía la culpa de nada de lo que le hubiera podido pasar a su pobre hija. Ellos le dijeron que ellos tampoco sabían por qué la cabeza de su hija había impactado contra su chucho, que eso no era responsabilidad suya por mucho que la cabeza fuera la de uno de sus miembros. Los abogados no paraban de ir de un lado para otro con manifestaciones bastante estrafalarias.
Cuando un juez dio la orden a la empresa de aclarar quién era el remitente, resultó ser un tal Bernardo Pardo. Sus datos personales resultaron ser todos falsos, de manera que las pistas se terminaban ahí. Esto no lo sabía Fernando, porque el juez declaró secreto el sumario del asesinato de la psiquiatra. Algún tiempo después, Fernando se encontró a Bernardo por la calle y se paró para hablar con él.
—Nos salió bien la jugada —dijo este último
—Pero la policía vino a verme. Se enteraron de que fui yo quien arrojó la cabeza. Menos mal que me dejaron en paz.
—¿No les dijiste nada de mí?
—No, pero el inspector me dijo que pasaría por tu empresa. ¿No te enteraste de su visita? Seguramente se informaría de quién fue el remitente del envío. Lo raro es que no se haya hablado más del asunto en el periódico. Tengo que llamarlo para ver si han averiguado algo.
—¿Llamarlo tú? ¿Para qué? —dijo Bernardo con evidente nerviosismo.
—No sé. Por curiosidad. A punto estuvimos de quedar enredados en ese asunto. Pero el inspector parece buena persona, quizá un poco tonto incluso. No sé. Me gustaría que me dijera cómo lo lleva.
—No seas imbécil —dijo el otro enérgicamente—. Déjalo correr.
—Bueno, tampoco hay por qué enfadarse por eso.
—No, si no me enfado, solo que no me gustaría que nos metieran de nuevo en el fregado.
—Ya te digo que ya me han dejado en paz. La cosa está clara. Yo recibí ese paquete sin haberlo pedido. Quien tiene que preocuparse es quien lo haya enviado, ¿no?
—Yo no tengo que… —se traicionó a sí mismo—. Bueno, quiero decir que ese no es mi problema. Bueno, me tengo que ir. Adiós.
Y se marchó dejando al otro asombrado ante su brusca reacción.
Cuando llamó a Espinilla para preguntarle cómo iba la cosa, este le dijo, en confidencia, que sabían que el paquete lo había enviado un tal Bernardo Pardo, pero que no tenían su domicilio, ni ningún otro dato suyo, de manera que la investigación estaba atascada. Él, por su parte, le contó que conocía a ese tipo y que había hablado con él el día anterior. Y le explicó todo. Le hicieron un retrato robot y fue repartido entre los agentes.
Al cabo de unos días, un repartidor le llevó una caja similar a la anterior.
—Lo siento —dijo al verla—. Yo no he pedido nada. Llévese la caja
—No puedo hacer eso. Si no la coge la tendré que dejar delante de su puerta.
Ante eso, Fernando tomó la nueva caja y cerró la puerta de golpe. Luego puso la caja sobre la mesa de centro. No quiso abrirla. Decidió esperar a ver si aparecía de nuevo Bernardo. Pero este no volvió.

José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.
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