> Mirar al retrovisor

¿Volvemos a exterminar ratas?

Una pequeña comisaría de la Gestapo cuyo archivo cayó intacto en manos de los Aliados reveló que la policía nazi no solía tomar la iniciativa de la persecución de los enemigos del Reich: se limitaba a atender las numerosas denuncias ciudadanas. Un artículo de Joan Santacana.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

A los judíos que se detenían en Europa durante la dominación nazi no los detenía Himmler, ni Hitler, ni Goebbels, ni ninguno de los altos cargos juzgados en Núremberg. No: quienes los detenían eran sus vecinos, el panadero, el empleado de ferrocarriles que le vendía los billetes, el camarero del restaurante o el barrendero. Ellos eran los que, vestidos con camisa parda, con gorra, botas altas y correajes, los delataban o los detenían de forma violenta, entregándolos a la Gestapo.

Todos estos personajes, investidos de una autoridad que jamás hubieran soñado, se paseaban formando pequeñas escuadras, mientras los transeúntes atemorizados les abrían paso. De esta forma, ellos, que no habían sido nada, ahora podian patear a abogados, profesores, escritores, artistas, magistrados y antiguos funcionarios.

Así, mientras unos daban rienda suelta a sus instintos, otros suplían a los agentes del orden y se convertían en la nueva autoridad de Alemania. Y la gente, la buena gente alemana, contemplaba asombrada estas escenas, pero callaba porque, al fin y al cabo, aquellos hombres vestidos de pardo con brazaletes de la cruz gamada formaban parte del movimiento que había sacado más del 43% de los votos en las elecciones. Unos 17 millones de ciudadanos les habían votado, y con esta fuerza electoral deducían que podían hacer cuanto quisieran. Fueron las últimas elecciones democráticas de la República de Weimar.

Recuerdo un caso que leí, referente a una una pequeña comisaria de la Gestapo, dotada de escasos medios, tales como un teléfono, archivadores y alguna máquina de escribir, y cuyo archivo cayó intacto en manos de los Aliados: algo rarísimo, pues en la mayoría de los casos los agentes nazis lo incendiaban todo. Lo más sorprendente fue que la policía no parecía desarrollar muchas iniciativas para detener a los enemigos del Reich. Simplemente se dedicaba a atender las numerosas denuncias que llegaban cada día, anónimas o firmadas, y que los buenos ciudadanos enviaban al cuartel. Las leían, algunas las desechaban y otras las atendían, yendo a los domicilios de los denunciados. Sin más.

Gentes de buena fe, buenos patriotas, amantes esposas, vecinas y vecinos encantadores. Estos eran lo que empujaron a millones de conciudadanos a los crematorios. Creían o les habían hecho creer que aquellos judíos, o los gitanos, o los sindicalistas de izquierda, no eran personas, sino alimañas dañinas, parásitos que chupaban la sangre alemana, extranjeros malditos que vivían a costa de ellos. Y a las ratas, bichos repugnantes, hay que exterminarlas. Da igual si son ratas viejas, o jóvenes, si están embarazadas o son recién nacidas. Los carteles de propaganda estaban claros: ¡los enemigos del Reich son ratas!

Así ocurrió una vez y así parece que está volviendo a ocurrir. Y es que la historia de poco sirve si no se conoce, ni se estudia, ni se debate.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


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