Creación

Nicolás

Nicolás saca del mueble la última lata de atún... Un relato de Fernando Prado Eirin.

/ un relato de Fernando Prado Eirin /

Hay dos platos idénticos colocados boca arriba en la encimera de fórmica descolorida. Sus superficies están atravesadas por grietas, algunas profundas y oscuras; de sus bordes irregulares ha saltado algún trocito, parecen más mordeduras desesperadas que la consecuencia inevitable del uso diario durante tantos años.

Nicolás saca del mueble la última lata de atún. La abre ayudándose con el mango del tenedor y deja que el aceite se derrame manchando el fregadero de gotas amarillentas y espesas. Extrae el contenido y lo deposita, hasta a última hebra, en uno de los platos. Tira la lata a la basura; de la bolsa, a rebosar, que cuelga del pomo de la puerta de la cocina, se desprende un sutil pero inconfundible olor a putrefacción.

Estira el brazo y se acerca el bote de aceitunas verdes. Lo coge entre sus manos como si fuera el cuello de alguien a quien estrangular y lo abre. Con una cuchara sirve unas cuantas en el otro plato. Las cuenta, una por una, señalándolas con el dedo índice, presa de un temblor incontrolable, hasta llegar a cinco.

Camina arrastrando los pies, cruza el pasillo sombrío y entra en el comedor. Pone los platos en la mesa de patas oxidadas. Una aceituna sale disparada, rueda sobre el hule pegajoso con estampado de flores y acaba en el suelo. Chasquea la lengua, se agacha con dificultad, recoge la aceituna y la devuelve al plato. Corre la silla y se desploma en ella, vencido por un cansancio descomunal. Se quita la gorra y la deja a un lado, casi sin forma, porque eso fue lo que le enseñaron: que la mesa se respeta.

Llueve desde hace días. El frío habita en el apartamento que no es suyo, se aloja en las paredes rugosas sin pintar desde hace siglos, en el suelo de granito, detrás de los zócalos hinchados, en los techos bajos que se le caen encima, se cuela por las juntas malogradas de las ventanas de madera, atraviesa los finos vidrios a través de los cuales se ve el exterior con ondulaciones. Todo es humedad. El televisor encendido, sin volumen, muestra las imágenes mudas del noticiero del mediodía.

Se lleva una aceituna a la boca sin dientes y la aplasta entre las encías enrojecidas; pincha un poco de atún y aplica el mismo procedimiento. Empuja la comida con la lengua, después de ensalivarla, y traga. Hay una barra de pan envuelta en papel arrugado; arranca un trozo con la mano, lo mete brevemente en el vaso de agua y lo introduce en la boca.

Come despacio mientras observa campos anegados, ríos desbordados, vías de tren sumergidas, bombas de gasoil extrayendo agua de aparcamientos subterráneos y estaciones de metro, árboles caídos encima de coches aparcados en calles encharcadas. Luego la predicción del tiempo, que augura más lluvias torrenciales en las próximas veinticuatro horas, acompañadas de un ligero descenso de las temperaturas y vientos de componente noreste con rachas de hasta 50 km/h.

 A Nicolás le da absolutamente igual que el cielo se rompa y que caiga un diluvio de proporciones bíblicas sobre la Tierra. Moviendo el mazacote de atún, aceitunas y pan de un lado a otro de la boca adolorida, se imagina que el agua entra por debajo de la puerta, lenta pero implacablemente, y que el comedor, todo el piso de hecho, acaba convertido en una pecera. No queda espacio que el agua no ocupe. Se imagina con la cabeza pegada a la ventana, abriendo y cerrando los labios rítmicamente, observando a la gente que camina de prisa y jorobada debajo de paraguas inútiles.

Aprieta el blíster con los pulgares y una pastilla cae en la mesa. La pone sobre la lengua blanquecina y se la traga. Después bebe un trago de agua y deja una macha aceitosa en el borde del vaso. Recorre el mueble con la mirada vidriosa. Figuras de adorno inútiles, el recuerdo del bautizo de su sobrina, al que no acudió, pero que su hermano se aseguró de hacerle llegar no sabe muy bien con qué intención, una enciclopedia incompleta, un jarrón sin flores, una foto con Amanda en una playa olvidada. Todo está cubierto de polvo, mucho polvo; en una esquina vibra una telaraña.

Se levanta y se acerca a la ventana dando pasos cortos e irregulares, cojea y no sabe por qué. La calle es un río de agua turbia y marrón que arrastra ramas, latas, plásticos; un poco más abajo se sube a la acera y entra en el portal del número 27. Todo el mundo está en las ventanas con los teléfonos en las manos o pegados a las orejas. Nicolás se pasa una mano por la cabeza como si estuviera echándose hacia atrás el pelo que no tiene, y se pone la gorra roja.               

Se sienta a cámara lenta en el sofá y se quita las zapatillas. Dos tobillos raquíticos asoman por debajo del pantalón mugriento, las venas violetas hinchadas, los talones agrietados, los pies azulados sin circulación, los dedos callosos, las uñas gruesas y amarillas.

Espera.


Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela), siempre ha sentido la necesidad de expresarse a través de la escritura, la música o el dibujo. Ha participado en varios experimentos musicales. Observador nato. Actualmente es colaborador de la web boreal.com.es.


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