Entrevistas

Alfonso Brezmes o la inteligencia creadora

«No puedo desprenderme de la curiosidad del que necesita ver lo que hay detrás del azogue del espejo». Una entrevista de Gloria Díez.

/ una entrevista de Gloria Díez /

«No puedo desprenderme de la curiosidad del que necesita ver lo que hay detrás del azogue del espejo»

Poeta, fotógrafo, abogado del Estado, tras el rostro dúctil de Alfonso Brezmes se esconde una inteligencia brillante y una creatividad en permanente estado de ebullición. Brezmes ha publicado ocho libros de poesía, los cuatro últimos: Vicios ocultos (Leviatán, 2019), Sed (Renacimiento, 2020) Es tiempo (La Garúa, 2022) y La vida en el aire (Renacimiento, 2023). Durante años miró la vida a través del objetivo de una cámara o representó la realidad fragmentaria y recurrente a través del collage, luego la palabra le sedujo, aunque sin conseguir que olvidara del todo sus antiguos aparejos; durante años fue a trabajar en bicicleta, probablemente con sobrios trajes, que yo imagino grises, como corresponde a un representante del Reino de España ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, pero Alfonso nunca ha olvidado la pasión por observar, ni que en el oscuro laberinto de los hechos, «todo lo que se va vuelve de nuevo», porque «el mundo no es redondo por azar».

Usted mantiene que la vida alimenta la escritura. ¿Se puede escribir sin haber vivido? Y en ese sentido, ¿importa más la vida interior o la experiencia del mundo?

En Viaje alrededor de mi cuarto, el francés Xavier de Maistre defiende las virtudes del confinamiento del que escribe en el reducido espacio de su habitación, alejado de las distracciones y peligros de la vida. En el otro extremo podemos pensar en tipos como Bukowski, para quienes su obra era una prolongación de sus excesos vitales. Como todos los extremos, tanto aquel alejamiento de la realidad mundana, como el artista que trata de hacer de su propia vida una obra de arte (aunque sea mala) están lejos de mi interés. Quedaría muy bien como titular que yo dijera que la vida interior es un camelo, y que el poeta o es fruto de la experiencia o no es poeta; y también quedaría muy bien, y podría ser igualmente despellejado por los hambrientos escualos de la poesía, si dijera justo lo contrario, pero no seré yo quien dé gusto a quienes dedican su tiempo a tales menesteres.

Entonces me quedo sin titular. Una lástima.

Con el tiempo he aprendido que hay fases en las que es necesario dejar de escribir y otras en las que la vida debe ceder espacio al que escribe, para que traiga al presente continuo del poema lo que ese trecho de camino le ha dejado en los bolsillos. Podría decirse que soy un poco tierra en barbecho cuando vivo y otro poco tierra fértil cuando escribo. Con todo esto tal vez quiero decir —y digo tal vez, porque ya no soy el que era hace un momento— que por supuesto que es necesario haber vivido para tener algo que decir, pero al tiempo es imprescindible para el que escribe ser capaz de crear de la nada un espacio interior en el que moldear ese barro de la vida, a fin de poder ofrecer luego el resultado de esa recreación personal a un lector desconocido al que poco le importa nuestra vida personal, y poco le interesará el arte que hemos moldeado, si ese barro de la vida no ha ganado un valor añadido al pasar por nuestras manos.

¿Y qué decir de los genios precoces?

Rimbaud ha hecho mucho daño en la construcción del mito del poeta joven, guapo y salvaje. Es evidente que los ensayos de juventud son necesarios, incluso a veces sorprendentes y perdurables, pero lo que se pierde en frescura, con el tiempo se va ganando en profundidad y en claridad (conceptos que algunos creen antagónicos y que yo no concibo separados): las que da experimentar el auge y la caída, el agridulce sabor del sacrificio o del arrepentimiento, los avatares de Fortuna, las noches sin dormir, la amistad y la pérdida, los fracasos cada vez más abultados a la espalda…

Una de sus debilidades es mirar la otra cara de las cosas, ¿Cuándo aprendió a pasar al otro lado del espejo?

Es una deliciosa debilidad la que me aqueja, lo confieso. Supongo que en la Alicia de Carroll por primera vez visualicé esa necesidad de romper, atravesándola, la superficie de las cosas, pero tal vez fuese mi descubrimiento de la fotografía a partir de los diecisiete años, cuando fui desarrollando una peculiar visión tras el objetivo de la cámara, a modo de arma secreta que me permitía ver como a través de una mirilla, espiar la realidad y sacarla de sus escondrijos más oscuros.  Me recuerdo arrastrándome por el suelo para conseguir tomas diferentes, perdiendo casi la vista con exposiciones demasiado prolongadas, obsesionado con las sombras y con los reflejos.

Es curioso cómo esa forma de mirar el mundo se fue luego transformando cuando empecé a tomarme en serio esto de escribir, de suerte que se ha venido conmigo hasta los confines de la página en blanco, y con ella el niño que yo era y que ahora tira de la capa del mago para dejar al descubierto al ser humano corriente y moliente que al fin y al cabo todos somos. Creo que nunca renunciaré del todo a los sueños ni a la magia, porque al fin y al cabo el misterio es necesario para vivir, pero tampoco puedo desprenderme de la curiosidad del que necesita ver lo que hay detrás del azogue del espejo, para desnudar la realidad y así, y pese a todo, amarla. Pienso que el misterio y la claridad no se llevan mal cuando se encuentran, o al menos eso espero que suceda en mis versos.

¿La vida se sostiene sobre la paradoja? ¿O estamos hablando de los viejos opuestos?

Conscientemente o no, vivimos ajenos a las contradicciones de nuestra vida personal y del mundo en que vivimos, sustentado en un consumismo sin freno y una exaltación del yo, de los que intentamos huir mediante la meditación o el yoga, o incluso la poesía. Quizá ésta —escribirla o leerla— sea una forma de enfrentarnos a ángulos de nuestra realidad que no podemos o no queremos ver, y en ese sentido tal vez la paradoja siga siendo una herramienta eficaz para lograrlo.

Por lo que se refiere a mi propia poesía, soy consciente de que a veces empleo este recurso estilístico, ignoro si porque me pone mucho el método socrático de ir contra la opinión común, o porque disfruto con ella como herramienta de exploración de mis propias contradicciones como ser humano. En el poema «Autobiografía ajena» digo que es una extraña paradoja tener la vida por delante y gastarla en soñar cómo vivir.

Ahora bien, confrontar sin más los opuestos (amor-odio, belleza fealdad, estupidez e inteligencia) no es algo que me interese en especial, ni desde luego es lo que pretendo. Aunque es cierto que en alguna medida la confrontación sirve para realzar el mensaje, como en un dibujo en blanco y negro, cierto es que los grises son los que marcan la diferencia en el dibujo. ¿Y desde cuándo es el mensaje lo que importa, cuando de poesía se trata?

También es paradójico que mis ideas sean oscuras, pero mis poemas acaben siendo claros, ya dijo Lope aquello tan actual de: el borrador oscuro y el verso claro. Pues tal vez sea eso: lo que ahorro al lector en ese viaje de mi oscuridad a la claridad quizá sea la verdadera esencia de mi poesía.

Hay un momento en que las palabras obedecen al escritor que puede jugar con ellas. ¿Usted las ha amaestrado a todas?

Es usted una entrevistadora peligrosa. ¿Cómo ha averiguado que en mi casa tengo un circo de palabras en el que paso largas horas enseñándolas a mostrar sus garras y sus dientes, con la cortesía de un tigre de bengala que sabe que luego le darán de comer?

Creo que me falta alguna por domesticar: amor se me resiste; deseo se me escapa, inteligencia me rehúye, bondad me seduce y soutiens-gorge no sé qué quiere decir…

Pues no puedo ayudarle, yo tampoco. Hablemos de identidad. ¿Hay heterónimos en su interior?

A lo Whitman, mi yo contiene multitudes, y pobre yo aquel que no las contenga, me digo para consolarme. En todo caso, las convoco de cuando en cuando para que me asistan. Tanto es así, que he inventado el concepto mi voz ajena para definir esas voces que me han ido construyendo como poeta: las de todos a quienes admiro, pero también las de mis fantasmas familiares y personales. Ambos —los escritores, cineastas y músicos que amo, de una parte, y de la otra la de mis obsesiones y mis ausencias favoritas— conforman esa multitud encantadora e indisciplinada que recorre mis pasillos interiores como Pedro por su casa.

Si bien es cierto que me gusta reconocer en otros autores una voz propia, reconocible en todos sus libros, también es cierto que yo no me aplico a mí mismo el cuento. Sucede a menudo que me aburro de mí mismo, y nada me cansa más que repetirme, por lo que suelo cambiar de registro en cada poemario; es más, casi me obligo a ello, aún a sabiendas de que no me favorece a los ojos de algunos que buscan lo predecible en los demás para confirmarse a sí mismos. Es fácil acostumbrarse a las fórmulas exitosas y caer en el manierismo, pero para eso prefiero dejar de escribir, sinceramente. Supongo que en esto influye cierta indisciplina, pero también la voluntad de dar cancha a las voces suplentes que me habitan y que también tienen derecho a salir al terreno de juego, si se me permite el símil deportivo.

¿Se siente depositario de memorias que no ha vivido? Algo que dice: «sin mí no serías tú»?

Sin duda. Vuelvo a traer a Carroll a escena cuando dijo aquello de «pobre memoria aquella que sólo funciona hacia atrás». Y es que en mí —ignoro en los demás— la poesía funciona a modo de una especie de conjuro para convocar presencias invisibles, pero también un homenaje confeso a las voces que han permitido que mi voz suene como suena hoy. A día de hoy soy un recosido de lecturas y vivencias, una especie de momia literaria que a veces despierta para incomodar o confortar a los que duermen. Un monstruo de papel que espero algunos toleren con indulgencia y otros —los menos— hasta disfruten.

Llamativamente, mi primer libro de poesía (miento, no era de poesía, pero incluía esbozos de poemas junto a las imágenes) se llamó Postales desde el futuro. Fue entonces, ahora caigo, la primera vez en que aludí a esas memorias aún no vividas, en las que un reportero del futuro enviaba postales a unos lectores aún subidos a la inestable balsa del presente. 

¿Teme más, al hambre o al hartazgo?

Al hartazgo, por supuesto, pues no existe verdadera poesía, ni arte de ningún tipo, sin necesidad. Sinceramente creo que hay que tener algo urgente que decir, y un hambre atroz de soltarlo, para atreverse a publicar. Si estás embarazado de tu obra —y a menudo no se está, pues se trata de embarazos imaginarios—, quédate en casa a esperar las contracciones. Por eso me aburre tanto el autor que encuentra una fórmula mágica y la repite hasta la saciedad. Fíjese que en castellano usamos esta expresión con un matiz despectivo: ni siquiera fisiológicamente recomiendan los médicos la saciedad, ya que la calma de los apetitos a menudo no va de la mano de la razón, que aconseja dejar siempre algo para luego.

Una vez dije, y sigo pensándolo, que me basta un solo poema magnífico para salvar a un autor del olvido, y en cambio me sobran esas obras completas en las que no cabe un solo instante para el hallazgo, el recogimiento, la ternura o el asombro. Obviamente, también me conformaría con ser autor de un solo poema imprescindible, antes de conformarme con una elevada mediocridad.

¿Ya no va al trabajo en bicicleta?

No, abandoné mi vieja Brompton al cambiar de trabajo en 2017 y ya nunca la retomé. Pero en cierto modo me alegro, porque ahora camino mucho y la vida a pie se acompasa mejor con el pensamiento y la capacidad de observación. Sigo pillando bicis del Ayuntamiento de vez en cuando, y el Metro cuando la distancia o las prisas lo imponen, pero siempre como última opción: mi corazón y mi cabeza obedecen al dictado de mis pies.

¿Y cómo se ve el mundo a ras de suelo?

Al haber desmontado del sillín, a lo John Wayne, veo el mundo muy mal, digo muy bien, vamos, como siempre: un horror y un caosorganizado, en el que el hombre siguesiendo un lobo para el hombre y en el que, sin embargo, sigue habiendo lugar para la poesía y la esperanza.

Si pudiera entrar en su desván, ¿encontraría algún cadáver?

Desde luego: mi propio cadáver, o el de los que fui y he ido enterrando con el tiempo. Los escondo ahí no para que nadie los vea, sino para no verlos yo, pues condicionan mi presente y mi futuro. Pero ojo, tampoco me arrepiento de ellos, hicieron algunas cosas buenas por mí, y quizá sea yo ahora un cadáver ambulante hecho de todas mis resurrecciones. De ahí mi tez tan pálida, nunca lo había pensado hasta hoy, ya ve…

¿Qué hay en común entre un árbol y usted? He visto una fotografía donde abraza a uno.

Poco, desgraciadamente para mí. No soy de los que va por los parques abrazándose a los árboles, pero sí que lo hago de vez en cuando tras correr, para recuperar el aliento y absorber algo de su energía. Con el tiempo he aprendido a ver en ellos unas presencias ancestrales, casi sagradas, que continuamente me sirven de ejemplo para soportar las inclemencias del destino o del tiempo, y para aprender a esperar y respetar el ritmo interno de las cosas. Hoy en día la naturaleza —y casi siempre la música y algunas veces la poesía— es lo más cercano a la belleza que concibo, más allá de que me sigan fascinando las distintas creaciones del ser humano, alzándose de esa misma naturaleza de la que provenimos y de la que seguimos formando parte.

¿Practica yoga? ¿Zen?  He visto otra imagen…

Practiqué yoga en su día y hoy hago algo de meditación, pero indisciplinadamente. Mi familia dirá que soy lo menos zen que existe, aunque es verdad que me atrae la gente que recorre ese camino de exploración hacia dentro y de renuncia a lo accidental. Y creo que esa cierta ascesis permea en mi poesía (en el poemario SED, de forma más transparente) quizá como una búsqueda de lo esencial y un despojamiento de la hojarasca que paradójicamente nos impide ver el árbol. El humor —que espero no haber perdido por el camino— no deja de ser un mecanismo de relativización de la importancia del yo, por eso camino —no sin tropiezos— por esa delgada cuerda de lo trascedente y lo liviano, a riesgo de caerme un día y engrosar esa lista de cadáveres de mí mismo que empiezan a hacer impracticable mi trastero.

¿Al nombrar el mundo el creador tiene la ilusión de poseerlo? ¿Y que posee? ¿Lo creado?

En esto de la creación hay escépticos, como en casi todo. En cierto modo soy creacionista, como Huidobro, aunque nuestras poéticas sean tan abismalmente distintas, puesto que concibo el poema como un espacio de libertad absoluta en el que todo es posible, y en donde podemos jugar a sentirnos dioses que han robado el fuego a los humanos. Pero lo que no soy es posesivo, es decir, cuando creo algo no tengo la ilusión de poseerlo, sino más bien la contraria: siento la necesidad de deshacerme de ello rápidamente, para que no arda entre mis manos y se extinga. Los artistas somos custodios de un fuego que, nada más crearlo, deja de ser nuestro. Otra paradoja, por cierto, mire usted.

Por cerrar la simetría del octógono, digamos que los cuatro primeros libros de Alfonso Brezmes fueron: Postales desde el futuro (Antes Morir, 2010), La noche tatuada (Renacimiento, 2013), Don de lenguas (Renacimiento, 2015) y Ultramor (Renacimiento, 2017). Estamos ante una voz madura y poderosa dentro del panorama poético español, que ya ha encontrado eco en italiano: Quando non ci sono (Einaudi, 2021), Memoria e Desiderio (La Recherche, 2018) y en inglés: Selected Poemas of Alfonso Brezmes (Cornerstone Press-Wisconsin University, 2020). Se puede consultar una abundante muestra de su poesía en el blog Paraíso en obras. <https://alfonsobrezmes.wordpress.com/>.


Gloria Díez es periodista y escritora. Ha trabajado durante más de veinte años en prensa y televisión, donde ha realizado trabajos de reportera y columnista. Ha entrevistado a personajes como Jorge Luis Borges, Doris Lessing, Adolfo Suárez o Mick Jagger. En televisión, como guionista, ha colaborado, entre otros, con Adolfo Marsillach. Su último trabajo en prensa ha sido como redactora jefe de la revista A Vivir. Su primer libro de poemas, Mujer de aire, mujer de agua, se publicó en la colección Adonáis. En 2012 apareció Dominio de la noche, su segundo poemario. Y en 2018 el tercero, Inocente ceniza. En este momento acaba de terminar el cuarto. Su poesía se ha recogido en antologías como Litoral femenino: literatura escrita por mujeres en la España contemporánea, en el libro Poesía española, 1982-1983 del crítico José Luis García Martín y en la cuarta antología de la colección Adonáis. Es autora de la biografía Serafín Madrid: hortelano de sueños. Desde hace tres años coordina la tertulia El Escribidor, que se reúne en la Biblioteca Mario Vargas Llosa de Madrid.


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