/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /
Entonces aún se veían alacranes en el terreno pedregoso cerca de la playa. Moviendo cualquier pedrusco un poco grande aparecía alguno del mismo color que la tierra. O una tarántula. A veces llegaba caminando más allá de la dársena de la sal, donde los grandes barcos llenaban la panza poco a poco conforme la cinta transportadora traía sal bruta. No lejos de las salinas estaba el cementerio y, un poco más allá, un terreno baldío, limitado por un bancal de olivos viejos. En el atardecer se reunían los murciélagos en aquel espacio vacío para llenar sus estómagos de mosquitos. Había muchos de aquellos mamíferos voladores.
Adquirí un búmeran y acudía algunas tardes para arrojarlo contra la nube de murciélagos, tal y como había leído que hacían los aborígenes australianos para darles caza. Fuimos Manuel y yo, cada uno con su búmeran, y comenzamos a lanzarlo contra aquéllos bichos voladores. Se lo merecían por feos.
En uno de los lanzamientos lo arrojé demasiado fuerte y sin el ángulo correcto. Después de describir una curva extraña, fue a perderse entre los olivos.
Enseguida escuchamos un grito de dolor femenino. Acudimos hasta el lugar donde debió caer y vimos un pequeño montón de ropa de mujer junto al tronco de uno de los grandes olivos. Los gritos venían de lo alto de aquel árbol. Ahora eran solo lamentos, como una salmodia medio cantada.
Una mujer joven y desnuda se hallaba escondida entre las ramas más altas y al vernos gritó de nuevo. Pero al fin se calló. El búmeran también estaba entre las ramas, cerca de su cabeza.
—Hola —dijo Manuel—, ¿qué haces ahí desnuda?
—Se me ha caído la ropa con el golpe del chisme este. ¿Quiénes sois vosotros?
—Yo soy Manuel, y este es Josema.
—¿Cómo se te va a caer la ropa por el golpe de un búmeran? ¿Es que piensas que somos idiotas? —dije—. ¿Y qué estás haciendo ahí arriba?
—Nada.
—Será mejor que bajes y te vistas, ¿no?
Tras vestirse y devolverme mi chisme, nos dijo que había ido a mirar desde allí el nicho donde la semana anterior habían enterrado a su novio, pues el cementerio estaba cerca.
—Lo verías mejor desde el interior del cementerio, ¿no?
—Está cerrado. Desde aquí es mucho más bonito.
—En eso tienes razón.
Varios trabajadores de las salinas venían andando tras acabar la jornada. Al verlos, ella gritó:
—¡Socorro!
Los hombres acudieron enseguida. Eran tres.
—¿Qué pasa?
—Estos idiotas me han golpeado con una madera o lo que sea y ahora creo que iban a hacerme algo…
—¿Hacerte qué? —dijo Manuel.
—No lo sé.
Los tres salineros nos miraron con recelo.
—Si quieres te acompañamos a tu casa —dijo uno de ellos.
—No, prefiero quedarme con ellos. Llevan unos trozos de madera, o lo que sea, que me gustan.
Ellos se fijaron en los bumeranes y luego se largaron de allí hablando acerca de Dios sabe qué.
—¿Cómo era tu novio? —le pregunté.
Ella se puso a llorar.
Como no estaba mal, le propusimos acompañarla al día siguiente al cementerio para ver el nicho de Joaquín, el novio difunto. Ella aceptó y al otro día vino con una amiga, Mariam, y entramos los cuatro al cementerio. Después de ver la foto de Joaquín y llorarle un rato, Sonia y Mariam nos acompañaron a lanzar los bumeranes contra la nube de mamíferos voladores. La fortuna no quiso que acertáramos ninguna vez.
Varios días después, Sonia nos invitó a su casa. Vivía con sus abuelos. El viejo había sido salinero durante más de cuarenta años. Vivian en una casa pobre de una sola planta, como todas las de aquel barrio de pescadores y obreros de las salinas. Nos invitaron a cenar unas sardinas increíblemente sabrosas. Luego ella nos contó su mayor ilusión: acostarse en la cinta que traía la sal desde los grandes montones que había junto a las instalaciones extractoras hasta la dársena grande del puerto, y dejarse llevar durante tres o cuatro kilómetros.
—¿Eso se puede hacer?
—Lo hacíamos a veces Joaquín y yo. No vigilan. Es un paseo increíble. Vas viendo el cielo y las gaviotas.
Les explicó que se podía acceder a la cinta transportadora por un determinado lugar y saltar luego, antes de caer en la bodega del barco. Había un roto para salir de aquella vieja estructura de hierros y bajar al suelo, entre hierros oxidados y alambres. Nos dijo que Joaquín había muerto porque hicieron el viaje juntos, pero él no saltó a tiempo y cayó a la bodega, donde falleció a consecuencia de la sal. Lo encontraron ya muerto varios días después.
—Me gustaría hacerlo con vosotros ahora. En memoria de él. Luego, si queréis, seremos novios los tres.
—Eso es muy difícil…
—¿Ser novios los tres? ¿Cómo se hace eso?
—Yo seré la sultana y vosotros mi harén. Lo haremos en la arena de la playa. Allí seremos novios de arena y de harén.
—Estás loca —dijo Manuel.
—¿Queréis que lo hagamos o no?
—Sí, queremos —dije.
Una tarde nos subimos los tres a la cinta y nos tumbamos sobre la sal. A esa hora nos daba un sol ya débil y veíamos el cielo y las gaviotas, mientras la cinta nos llevaba con un agradable traqueteo, a través de varios kilómetros de charcas, acequias y terrenos pantanosos. Ella iba la última. Previamente nos había enseñado el lugar por donde deberíamos saltar para no ser engullidos por las bodegas gigantescas de aquel barco. Manuel y yo saltamos a tiempo, pero cuando llegó ella, vimos con terror que iba dormida y no nos dio tiempo a hacer nada. Su cuerpo fue desplazándose en medio de la sal blanca hasta caer al abismo.
Corrimos a comunicarlo a la tripulación del barco, los cuales dieron parte a la salinera y se detuvo la carga. Pero, como ocurrió con Joaquín, debido al tiempo transcurrido y al tamaño del buque, no se encontró el cuerpo de Sonia.
Nada más se pudo hacer.
Nos informamos del destino del navío, que afortunadamente no estaba demasiado lejos, pues de allí salían barcos para todo el mundo. Reunimos dinero y en el mismo buque de carga nos dieron pasaje hasta el destino.
Al cabo de tres días de navegación apareció Sonia, quien de alguna manera había conseguido no morir y salir de la enorme y oscura bodega por una escotilla. Se encontraba en un estado lamentable.
En el Pireo apenas estuvimos lo necesario para encontrar la manera de volver. A Manuel le dio tiempo a dibujar pájaros, gatos, serpientes y cocodrilos para dar fe de algunas costumbres antiguas reflejadas en unos papiros egipcios que vendían por allí.
Regresamos en otro barco de carga, en un camastro para los tres que nos permitió calentarnos en las frías noches.
—¿Te gustan los alacranes? —dije.
—No.
—¿Y las tarántulas? —dijo Manuel.
—Tampoco.
—¿Y los murciélagos?
—No lo sé.
—¿Qué animales hay en tu vida?
—Hombres.
—Me refiero a animales irracionales.
—Hombres también.
—¿Tu abuelo es irracional? —preguntó Manuel.
—Mi abuelo es un viejo salinero. No os metáis con él.
—Vale, pero, entonces, ¿qué pasa con tu novio el muerto?
—Bastante trabajo tiene con estar muerto. ¿Qué más queréis?
—Es verdad —dijo Manuel—. Estar muerto debe de ser muy jodido.
—Cualquiera sabe. Igual no tienen nada que hacer en todo el día.
—Eso es lo peor de todo. Te aburres como una mosca en un plato de sopa.
Un año después de esto, íbamos a celebrarlo los cuatro y nos subimos a un olivo para ver desde lo alto el nicho de Joaquín. Pero Mariam tiró el búmeran, que al caer golpeó en la cabeza a Manuel. Toda la ropa se le cayó al suelo y quedó con el culo al aire.
Iba a vestirse, pero la amiga le dio patadas en el culo y Manuel tuvo que salir corriendo con toda su ropa hasta la parte trasera del cementerio para poder vestirse a gusto.
Vio que habían hecho obras en la pared exterior cerca del nicho donde debía estar Joaquín y en otros más. Luego vino la Guardia Civil y se descubrió un plan de algunos concejales para poner en salazón los muertos más jugosos y venderlos en el mercado negro de salazones y mojamas.
Joaquín ya no estaba allí y ella se aficionó a la mojama. Tal vez de alguno de aquellos trozos ella había estado enamorada alguna vez.

José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.
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