/ por Vicent Yusá /
Adherirse a una religión o integrarse en un movimiento político, en sentido amplio, resulta una opción relativamente sencilla. Consiste en asumir un conjunto de creencias, normas y reglas establecidas por el sistema correspondiente. Por lo general, estas estructuras se encuentran bien definidas y consolidadas, aunque puedan experimentar modificaciones con el paso del tiempo. Tales cambios suelen ser lo bastante lentos y graduales como para no alterar la percepción de continuidad.
Ahora bien, ¿qué sucede cuando alguien pretende inscribirse en una corriente filosófica?
Ya no nos situamos frente a una estructura cerrada, capaz de ofrecer respuestas para todas las esferas en las que se buscan explicaciones, sino ante un conjunto de respuestas parciales, ajustadas a dominios específicos: filosofía del lenguaje, filosofía de la mente, filosofía de la biología, diversas corrientes de orientación más o menos terapéutica —estoicismo, epicureísmo—, etcétera. Además, muchas de las cuestiones que tradicionalmente se planteaban en el campo filosófico hallan hoy sus formulaciones más sensatas en el marco de las ciencias: ¿qué es el tiempo, el cosmos, la vida o el ser humano?
¿Cabe entonces prescindir de la aceptación de una filosofía y limitarse a buscar las soluciones y las reflexiones en el marco de las ciencias?
Una manera de seguir reconociendo el valor de la filosofía sin entrar en conflicto con las ciencias —algo poco aconsejable para la solidez del pensamiento— es adoptar una posición naturalista; posicionarse del lado del naturalismo filosófico.
Aunque tal vez el término naturalismo resulte bastante impreciso, hay quizá dos características comunes a todas sus variantes: 1) la necesidad de alinear, de manera estrecha, la filosofía con la ciencia, y 2) la afirmación de que la realidad no contiene nada sobrenatural, nada trascendente. La realidad se agota en la naturaleza. Lo que viene a denominarse la «clausura causal» del mundo físico: todo acontecimiento tiene una causa física suficiente, y no necesita causas no físicas [espirituales, divinas, etcétera]. Esta actitud fisicalista se extiende, entre otros, a los ámbitos mentales, éticos, biológicos y sociales.
Si nos centramos en el área de los estados mentales (creencias, deseos, intenciones, decisiones, emociones), el naturalismo sostiene que, si los eventos psíquicos han de generar efectos físicos, es porque deben tener una base física. Los procesos mentales solo pueden ser causas del comportamiento si son idénticos a estados físicos o tienen una base física. El razonamiento sería como sigue: Primero asumimos que las causas mentales tienen efectos físicos. El principio del cierre causal nos dice que esos efectos físicos tienen causas físicas. Por consiguiente, necesitamos concluir que las causas mentales de esos efectos son entes físicos, o que no son algo separado de estados físicos.
Es decir, el naturalismo sería un fisicalismo de los estados conscientes. Por ejemplo, si decido levantar el brazo para hacer una pregunta, esa decisión (estado mental) causa un efecto físico (mi brazo se eleva en el aire); luego la decisión mental que causa un movimiento corporal debe tener una base física, como prodría ser la disposición de determinadas grupos neuronales.
Desde una perspectiva naturalista, se considera que la ciencia y la filosofía persiguen fines similares. Aunque se ocupen de cuestiones distintas —con un mayor grado de generalidad la segunda—, no debe existir entre ellas una diferencia radical de enfoque, y la filosofía debe orientarse a adoptar los métodos de investigación propios de la ciencia.
En ese sentido, el naturalismo metodológico sostiene que la filosofía tendría que abandonar el recurso a los juicios intuitivos y dirigirse hacia formulaciones y predicados que añadan conocimiento —de carácter sintético— y que, a su vez, se sometan al contraste de la evidencia empírica, de la observación comprobable.
En el terreno de los juicios valorativos, una moral naturalista entiende la ética como un fenómeno humano, histórico y natural, que se deriva de la relación del ser humano con su entorno natural, y se explica sin apelar a entidades trascendentes (dioses, almas, espíritus u otras semejantes), y evaluable a partir de prácticas, consecuencias y formas de vida. La ética, de acuerdo con la visión naturalista y pragmática, consiste en desarrollar los hábitos para orientarse entre los diferentes conflictos, entre valores y normas que conducen a conductas mutuamente excluyentes.
Bajo esta perspectiva, la moral debe vincularse a la experiencia, ser un punto de referencia en contextos de incertidumbre, en situaciones conflictivas, como las que habitualmente caracterizan las interacciones sociales. Más que prescribir conductas de acuerdo con conceptos abstractos como deber, utilidad o placer, la moral debe ser una guía para tomar decisiones entre las diferentes posibilidades, teniendo presentes las consecuencias. Y, naturalmente, sin olvidar que las decisiones morales no son ajenas a las costumbres sociales preexistentes, y que dependen de las disposiciones y rutinas desarrollados por los individuos en un ambiente y en un grupo social determinado.
En este marco, el naturalismo filosófico no aparece como una doctrina cerrada ni como una nueva ortodoxia, sino como una orientación reflexiva que asume sin dramatismo la continuidad entre la filosofía y las ciencias, así como la renuncia a explicaciones trascendentes que en ningún caso resultan necesarias ni fecundas. Declararse naturalista no implica clausurar la reflexión filosófica, sino situarla en un terreno más modesto y, al mismo tiempo, más exigente: el de una indagación que acepta sus límites, que se deja corregir por la experiencia y que se mantiene atenta a los conocimientos disponibles. En el plano teórico, ello supone entender los fenómenos mentales, sociales o éticos como parte del mundo natural; en el plano metodológico, asumir que la filosofía debe aspirar a producir conocimiento contrastable y no meras intuiciones; y en el plano práctico, concebir la moral como una herramienta orientada a la acción en contextos reales de incertidumbre y conflicto.
Más que una adhesión doctrinal, el naturalismo filosófico puede entenderse como un compromiso intelectual con una forma de racionalidad sobria, crítica y situada, adecuada para pensar el mundo —y orientarse en él— tal como hoy sabemos que es.

Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Ha realizado estudios de filosofía y es autor de Ascenso a la Torre. Apuntes para una filosofía de proximidad y de las novelas Otro fin del amor es posible, Obra abierta y El común desorden del amor.
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