texto de Tomás Sánchez Santiago
imágenes de Luis Marigómez (serie Verdín)
Cae sol muy crudo, sol de invierno todavía, sobre los colores clínicos del alba. Aves iniciales por el cielo recién desvelado. Desde dentro de casa creo que podría oler el aire, su invisible gobierno sobre lo amanecido. Es la última insolencia del frío, que aún golpea las ventanas como un tambor desesperado que deja avisos blancos.
Nadie la percibe. Se va sucediendo a sí misma desde la bóveda húmeda de unos fundamentos silenciosos. Se abre paso sin ruido, encharca la serena almohadilla de la lengua, espera sin molestar a que algo la haga crecer, la engorde, la lleve hasta un rebosamiento. Si sale al exterior, brillan a la vez el resplandor y el asco. Lo normal es que se pierda en un oscuro despeñadero interior que nadie conoce. Vida secreta de la saliva.

En el abrigo de las celebraciones familiares hay siempre una llamada al niño que fuimos y ya se perdió. Y ahora emerge sin miramientos. No te habías ido del todo, le hacemos saber en el alegre enajenamiento de la fiesta. Y todos ponemos la voz un poco menos tensa, un poco más cremosa, como si por un rato ya no hiciera sombra.
(conversación de jubilados)
Charlan al aire libre el jubilado veterano y el novicio que va a entrar en la misma orden y se siente inquieto y temeroso. ¿Cómo se maneja la vida a partir de ahora?, desea saber el bisoño. Y todo se reduce en la charla a hablar del gran problema: la gestión del tiempo, el gran drama de la jubilación cuando la opresión laboral al fin desaparece. Hasta entonces el tiempo era una entidad impuesta, regida por dictámenes ajenos y plazos estrictos. La rutina, esa madrastra necesaria y exigente, marcaba por nosotros la temporalidad diaria, establecía los días de descanso, gobernaba las horas de sueño. Pero al jubilarse, la persona pasa a tener otra relación con el tiempo en la que este es un ente perezoso y blando, a su merced. No oprime, no exige, no ordena —en cualquier sentido de esta palabra—, sino que se deja amasar, como un cuerpo disforme y dúctil, por quien a partir de ahora debe decidir cómo han de ser los pactos con el resto de su vida. Nadie nos educó para aprenderlo a hacer. No habíamos vuelto a saber la poca distancia que existe entre la libertad y el aburrimiento, entre el alivio y la ofuscación, entre la curiosidad y el abandono. Ahora se empieza a pisar ese extraño territorio sin nombre. Y hay cautela y desconcierto. Cuanto más prestigio se obtuvo en la vida activa, más cuesta aceptar esta tabula rasa y esta fase de la existencia en que ya no tenemos ninguna importancia social porque ya no somos productores. ¿Ahora qué toca? Rescatar aquello que habíamos olvidado: la llegada del tamaño de la intimidad, la alegría de la lentitud, la bienvenida falta de razones que nos hagan creer en la engañifa de ser imprescindibles. Alguien debería habernos advertido. Aceptemos, pues, con calma esa sabiduría de la ignorancia, los pequeños sustos imprevistos en el horizonte desconocido del tiempo restante, la gloriosa mansedumbre de la inutilidad a los ojos de muchos. Porque es ahí, en esa convicción radical de no contar para el mundo, donde por fin nos encontramos cara a cara con nosotros mismos tras haber atravesado las espesas cortinas de las experiencias y encaminarnos al olvido.

El poeta conoce las cosas porque se extraña. Cuando se acerca a ellas experimenta a menudo ese mismo alejamiento imparable de quien se esfuerza inútilmente en apresar la certeza de un sueño. Y vuelve aquel verso de Paul Celan: «Tú estás tan cerca como si no estuvieras aquí».
«Parece que este documento es largo. Ahorra tiempo leyendo un resumen», dice el ordenador, ofreciendo los servicios de la inteligencia artificial. También en algunos programas musicales de la radio se advierte antes de oír una pieza: «Tiempo de escucha: tres minutos». Se trata de eliminar la duración o de no dejarse invadir por lo incierto del tiempo. Y todo se va pareciendo en nuestra vida a un universo acelerado que debe dejar espacio libre para que otros agentes externos nos puedan colonizar a su gusto.

Aquellos nombres de comercios que indicaban la pertenencia a un lugar: «El Maño», «La Alistana», «El Riojano», «La Sanabresa»… Indicios de una irrenunciable fidelidad de los transterrados al origen. Estoy aquí pero soy de allí. Una manera de aminorar el desarraigo, de seguir convocando el peso de la memoria común; tal vez de ofrecerse a los suyos, a su familia gentilícea: Podéis entrar sin miedo, soy de los vuestros. Benvenuto Cellini cuenta cómo una vez, extenuado, llega a caballo ante el portalón de una casa con un escudo de armas y reconoce en uno de sus cuarteles signos de su propia estirpe. Alguien sale a abrirle y él, desde el caballo, solo pregunta: «¿Un Cellini?». Le aseveran que sí. Él muestra un motivo coincidente con el escudo. Y le dejan pasar sin más.
Una nueva pieza en el último ajuar de las bodas con la vida: un pastillero.
Pasa el agua del río, sucia y lenta, con su arrastrar solemne. Bajo el ventanal, como un espectador que ha salido a verlo todo, el almendro florecido junto a la orilla expone el estruendo de su blancura sin recato. Y atiendo a un desconcierto diverso de sonidos. El río suena; el almendro canta. La imaginación sabe encontrar otros límites para los sentidos.

¡La gárgara alegre de la cafetera! El idioma tempranero de la vida. Nos saluda cada mañana con esa conversación saltarina y gutural, como el ímpetu de un géiser metido en casa.
Me lo hace advertir Elías Moro: «¿Te das cuenta —me dice el poeta extremeño— de que una vez más son las tres culturas monoteístas las que nos han llevado a una guerra?». Y es así. Cristianos, judíos y musulmanes vuelven a rezar antes de dar órdenes para disparar sin pausa.
¿Y dónde apoyar a veces lo insostenible? Lo que de tan ingobernable en la lengua no cabe en el orden del mundo. También el territorio del poema acepta la extraña munición de lo que no tiene socorro ni explicación. Solo el nombre, que no es el suyo pero es el verdadero.

Por lo visto, existe un Informe sobre la Felicidad que tiene a los países alineados en una lista: países felices, países menos felices, etcétera. Como si fuera un asunto de la Bolsa o una competición deportiva, la sacan a la luz de vez en cuando para que todos sepamos qué pupitre es el nuestro en la gran aula de la Humanidad. Nuestro país está en el puesto cuarenta y tantos; ha descendido, al parecer, unos cuantos. Otros países lo han adelantado. Seguimos haciendo del mundo una competición de podio y medallero. El orgullo nacional sigue exacerbándose como un sentimiento excluyente («y España es la mejor», decía el estribillo de aquel pasodoble pavón).
Morirse de hambre, de miedo, de risa, de frío, de gusto, de sueño… Así lo decimos. Morirse. Es curioso cómo utilizamos ese verbo para expresar en esas situaciones extremas de la vida cotidiana que el cuerpo nos abandona. Ya no es nuestro. ¿Dónde se ha ido? Y el hambre, el frío o la risa nos gobiernan del todo, nos hacen más precarios, perdemos el tino de vivir hasta que conseguimos recuperar de nuevo nuestra mismidad. Son, eso es, como diminutos ensayos de la muerte.
Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).
Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.
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