> Creación

Una china en el zapato

Un hombre llamado Manzhos va a comprar unos zapatos, se encuentra una increíble sorpresa que cambiará su vida.

/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /

Manzhos no era un hombre preocupado por su vestimenta: le bastaba con ir decente y pasable. Llevaba varios años trabajando en la oficina y había visto ascender a compañeros que comenzaron después que él, sin que tal ascenso pudiera atribuirse, en su opinión, a un mejor desempeño o a una inteligencia más aguda. Él no se consideraba ningún genio, pero tampoco un idiota. Y sin embargo, más de uno de éstos últimos había hecho una carrera mejor que la suya, simplemente —siempre según Manzhos— adulando cuando hacía falta. Lo que más le subyugaba de ese tipo de gente era el hecho de calzar siempre unos zapatos impecables y brillantes que hacían parecer a quien los llevaba alguien verdaderamente superior.

—Necesito unos zapatos nuevos —le dijo a su mujer.

—¿Qué les pasa a los que tienes?

—Que no brillan tanto como los de la mayoría de los compañeros de la oficina. Con estos zapatos jamás llegaré a ninguna parte.

—¡Ah! Nunca lo hubiera imaginado. ¿Y estás seguro que bastarán unos zapatos brillantes para que te asciendan?

—No. Eso no bastará. No es condición suficiente, pero sí necesaria. La gente que viste como yo no asciende.

—¿Y piensas que el secreto está en los zapatos?

—Si necesito algo más ya buscaré la manera. Hay que saber hablar con los jefes, eso está claro; pero sin unos zapatos brillantes, aunque digas el evangelio, estoy seguro de que no serviría de nada.          

Al día siguiente fue a una zapatería de caballeros especializada en calzado de calidad y pidió un ejemplar marrón del escaparate que le llamó la atención por su esplendor y su brillo radiante.

El empleado sacó una caja con el modelo de su número.

Al abrir la caja y extraer los ejemplares intentó calzarse el izquierdo y al intentar meter el pie escuchó un gritito agudo que salía de lo profundo del zapato.

Para el asombro del empleado y de él vieron salir de allí una pequeña mujer vestida con un extraño atuendo. Parecía recién despertada, porque se movía con dificultad, pero consiguió salir del todo y ponerse de pie junto al zapato mientras con las manos se restregaba el rostro. Tras esto se quedó mirando con sorpresa a ambos, pero la sorpresa de ella no era ni la milésima parte de la de ellos.

—¿Pero qué es esto? ¿Se puede saber quién es usted? —dijo Manzhos dirigiéndose a la diminuta mujer, que lo miraba como si él fuera un asesino de mujeres muy pequeñas. No podía dejar de mirarla. Ella se puso a gritar en algún idioma extraño. Parecía chino u oriental. Sus gritos eran muy agudos y penetrantes. Manzhos miró al dependiente en busca de una explicación, pero el empleado estaba tan desconcertado y mudo como él.

—¿Quién es ella?

—No…, no lo sé, es la primera mujer que veo metida dentro de uno de nuestros zapatos… La calidad de nuestro calzado está por encima de toda duda… Se-, sepa que esta casa existe desde hace más de ochenta años y… que yo sepa, nunca ha habido quejas sobre nuestros géneros… —y mientras decía esto miraba a la mujer y a su alrededor para ver si su jefe aparecía por allí. Estaba aterrorizado.

—¿Quejas? Creo que no comprende usted del todo… ¿Es que no ve bien? No se trata de quejas. Hay una mujer, muy pequeña, sí, pero una mujer, que grita como un energúmeno…, y estaba dentro de uno de los zapatos que usted me ha sacado…

El dependiente estaba blanco verdoso y no sabía bien qué hacer. Se dirigió corriendo al jefe de la tienda, el cual se acercó a ver qué pasaba.

Dígame, caballero ¿Cuál es el proble… —al ver a la mujer allí mismo saltando, moviendo los brazos y dando unos grititos muy agudos pero que no alcanzaban demasiado radio de acción, el jefe de la tienda se puso lívido también y se quedó mudo al principio

—Pe-…, pero eso qué es? ¿Una muñeca?

—Nada de muñecas; es de carne y hueso ¿Es que no lo nota? Había una china en uno de los zapatos que me ha sacado este hombre —dijo Manzhos muy indignado, y señalando al dependiente como culpable del despropósito.

Poco a poco se fueron acercando clientes y se formó un corro. La pequeña china no hacía sino gritar y llorar histérica y alargar los brazos en señal de algo. Por lo visto, la habíamos despertado de un sueño más agradable dentro del zapato que la realidad que ahora la rodeaba.

Para no dar mala imagen de la prestigiosa zapatería el jefe, el empleado y yo cogimos los zapatos, metimos a la china en la caja, no sin que tuviéramos que violentarla un tanto, y entramos al despacho del jefe.

—Esto es más raro de lo normal —dijo este último—; pero, si a usted no le parece mal, puede llevarse los zapatos gratis a cambio de llevarse también a este pequeño ser, que por lo que se ve es una persona de nacionalidad oriental, pero, independientemente de su tamaño, supongo que tiene los mismos derechos que cualquier otro ser humano. De manera que puede usted disponer de la bella joven (era joven y bella la chinita del zapato, aunque mostraba un cabreo monumental) y llevarla a las autoridades para que se hagan cargo de ella mientras se aclara la cosa…

—No sé qué decir. Yo por mí no tengo inconveniente. No parece estar de muy buen humor. Pero sigue siendo un misterio cómo ha podido llegar hasta el zapato…

—Tenga en cuenta que vienen de China… Puede que…

—¿Que qué? ¿Que podría haberse colado un ser así sin que nadie lo advirtiera? Además yo creía que el prestigio de esta zapatería… ¡Mira que traer zapatos chinos!

—No es lo más frecuente, pero, dadas las circunstancias, quizá… En fin, no sé yo… Pero le juro que la tienda no tiene nada que ver en esto, y para salvar el buen nombre, así como el prestigio que da de comer a los empleados, no deberíamos ser nosotros los que lleváramos a este pequeño espécimen a las autoridades.

Al final Manzhos se quedó con el par de zapatos, que representaban su futuro en la empresa, y dentro de uno de ellos, acomodada como se pudo, colocaron de nuevo a la mujer, después de intentar por todos los medios comunicarse con ella en algún idioma inteligible. Al final pareció entender un poco de inglés y después de muchas y muy buenas, aunque mal dichas, palabras, Manzhos le prometió que la llevaría a su propia casa y él mismo se haría cargo de ella hasta que todo se aclarara.

Al llegar a su casa dijo a su mujer que llevaba una china en el zapato nuevo.

—Pero cariño, si no los llevas puestos, ¿cómo sabes que llevas una china?

—Mira —y abriendo la caja, sacó a la pequeña oriental del zapato donde iba cómodamente recostada. Se había quedado dormida de nuevo—. Solo habla chino y algo de inglés.

—¡Ah! Pero si es una chinita de verdad, qué monada, es una muñeca preciosa.

—No es una muñeca, sino una persona normal y corriente, pero un poco pequeña

—¿Qué? ¿Un poco pequeña? ¿Te estás riendo de mí?

—Yo no tengo la culpa. Iba dentro de uno de los zapatos. Al parecer los fabrican en China y esta chinita se ha colado y ha llegado hasta la tienda.

—¿Pero cómo se te ocurre comprarte unos zapatos que llevan una china auténtica dentro?

—Tú no puedes ni imaginarte. Valen casi mil pavos y me los han regalado. Con estos zapatos me harán jefe en poco tiempo. Te lo prometo.

—¡Ni jefe, ni nada! Esto es una… No sé qué es esto.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? Ella es una mujer, aunque sea una miniatura china, y tú y yo estamos casados. No pensarás que va a quedarse a vivir aquí. Eso no puedo ni debo permitirlo.

—No me digas que tienes celos de esta…, en fin, lo que sea .

A todo esto la mujer se había salido y los miraba desde la mesa del salón discutir, y al parecer se daba perfecta cuenta del asunto. Era un ser muy ágil y fuerte para su tamaño, de manera que con una serie de saltos y perigallos se subió encima de una figura que había sobre la mesa, desde donde increpó al matrimonio en un castellano perfecto, como solo un chino sabe hablar.

—¡Eh, ustedes! Déjense de monselgas y atiendan lo que les voy a decil. Yo vivía feliz con mis padles en Chu Zon Pon, donde hay una fáblica gigante de muchas cosas que envían aquí. Ahola tengo que sopoltal discusiones estúpidas. Mejol selá que me vuelva a mi casa, coño.

—Pero si habla español y todo, ¡será puta! —dijo la mujer.

—Cariño, ser puta es otra cosa. A ver si vamos a confundir ahora los términos. Piensa un poco. Podemos hacernos ricos con ella.

—Pero aquí no se va a quedar.

—He dicho que quielo volvel a mi pueblo

—Pues no haberte venido. ¿Qué quieres? ¿Que te llevemos allí nosotros? Como mucho, te enviaremos como paquete.

—Cálmate, cariño  —dijo Manzhos—. Y tú —dijo dirigiéndose a Lo La, que era el nombre de la mujer pequeña—, ¿no te gustaría vivir aquí?

—Tu mujel no quiele. Piensa que te vas a enamolal de mí.

—Eso es una tontería

—Aquí el único idiota que hay eres tú. A nadie se le ocurriría hacer una cosa así —dijo la mujer llamada Lola.

Aquella noche Lo La durmió en un cajón de la cómoda y poco a poco se fueron acostumbrando a su presencia. La mujer de Manzhos razonó que no era sensato tener celos de una joven de quince centímetros. La adoptaron como hija, pues no tendría más de veinte años y ellos ya no estaban en edad de tenerlos. Habían pasado los mejores años viajando de aquí para allá y ahora, cuarentones, tenían que conformarse con ellos dos. De manera que la joven oriental fue tomándoles cariño, y ellos a ella.

Así transcurrieron varios meses.

Una mañana Manzhos habló.

—Quiero el divorcio.

—¿Qué?

—Me he enamorado de Lo La. Quiero vivir con ella. Ella me quiere, me lo ha dicho.

—¡Pero si es como nuestra hija!

—Pero no es nuestra hija: es una mujer con todo lo que hay que tener, pero en pequeño, y sin embargo posee un gran corazón y un alma llena de virtudes como yo no había visto nunca.

—¿Y cómo sabes tú eso?

—Hemos hablado del amor que nos tenemos. Ella dice que no podría vivir sin mí y yo pienso lo mismo.

—¿Entonces lo nuestro qué? ¿Acaso ya no me quieres?

—No es que no te quiera, pero tú ya sabes cómo es el amor. Viene y va según su antojo. Cuando nace no hay quien lo pare. Y yo estoy borracho de amor por ella.

—¡Maldita sea! Me dijiste que ella no podía ser un problema para nosotros y ahora resulta que vas y te enamoras de una mujer china de quince centímetros.

—Pero su alma es tan grande como el mundo entero. Escribe poemas que me quitan el sueño.

—Pues eso no lo sabía. Lo llevabais en secreto, por lo visto.

—Me leyó uno hace un mes, y era tan bueno que mi sensibilidad dejó de ser mía. Ya no gobierno mi voluntad, que ahora es de ella.

—¡Eres un embustero! ¡Maricón! ¡Inútil hijo de puta! ¡Te odio! —y comenzó a pegarle palos por todas partes hasta que pudo zafarse y contenerla. Ella se puso a llorar y se fue a su habitación, donde se arrojó sobre la cama. Intentó coger a la pequeña mujer para aplastarla, pero él se lo impidió.

Al poco de esto, Manzhos se marchó con Lo La en un bolsillo. Se instalaron en un pequeño apartamento en las afueras. Él continuó trabajando con sus zapatos relucientes y se llevaba al trabajo a su amante china, que andaba por la mesa del despacho jugando con todos los objetos que había sobre ella. Los compañeros y los jefes lo tomaron por loco, creían que era algún artefacto artificial y aunque al principio nadie entendió qué estaba pasando, se acostumbraron a verla corretear por allí.

Manzhos mostraba a todo el mundo sus zapatos relucientes de manera que el director no tuvo más remedio que ascenderlo y se instaló en un despacho con un ventanal que daba a una gran avenida de la ciudad. Pronto llegarían unos clientes de China y le encargaron ocuparse de ellos, llevarlos a cenar y emborracharlos para que firmaran el contrato sin enterarse, a ser posible.

Cuando les presentó su amante a los clientes chinos, estos estallaron en risas y se revolcaban por el suelo. Firmaron todos los contratos que Manzhos les puso delante mejor que si se hubieran bebido tres botellas de whisky cada uno, y se marcharon riéndose hasta el aeropuerto que los condujo a Shaghái muertos de risa. Pocos días después se supo que en la gran ciudad del norte había estallado una epidemia que dejaba a la gente reducida a unas dimensiones terriblemente pequeñas, y las autoridades debieron tomar medidas muy contundentes para detener aquel brote de… microsis crónica, al menos eso dijeron algunos médicos bien informados.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.


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