/ por Antonio Monterrubio /
Hace ya mucho tiempo que la política no es digna de su nombre y etimología. Ha dejado de estar centrada en el bien de la ciudad, es decir, común, para plantearse como objetivo exclusivo la persecución a toda costa del Poder. Se ha trocado en un juego destinado a encauzar y controlar a la opinión pública, merced a la información performativa y las omnipresentes encuestas. Ha adoptado las armas, probadas con notable éxito de crítica y audiencia, del marketing más agresivo para aplicarlas a la liza electoral, única arena pública posible en la actualidad. El ciudadano se ha convertido en cliente. La publicidad comercial y la propaganda política jamás han aspirado a conocer la opinión de un sujeto autónomo y soberano, sino a manipularla de forma abierta o sibilina. Los individuos capaces de decidir por sí mismos son su peor pesadilla.
Las democracias parlamentarias viven un estado de crisis polimorfa y permanente que abona el campo para la proliferación de autoritarismos de intensidad variable. Su (aparente) ingenuidad, abundantemente regada por los aparatos ideológicos y coercitivos, facilita el acercamiento al poder de fuerzas autocráticas. A pesar de las trágicas lecciones del pasado, se ignora que su meta es desmontar todo sistema político que se asiente en las libertades, los derechos, la solidaridad y la participación. Su idea de organización social es el cuartel.
Su programa es rudimentario, pero bien clarito para cualquiera que no mire hacia otro lado. Una política económica de rigurosa obediencia al más trasnochado neoliberalismo, basada en la oferta y cuyo objetivo es acelerar el proceso de acumulación de capital. Esto exige suculentas rebajas de impuestos a grandes empresas y fortunas, asociadas, como no podía ser de otra manera, a una disminución del gasto público que dejará en cuadro los pilares del estado de bienestar. Sanidad y educación, pensiones estatales y ayuda a la dependencia corren el riesgo de convertirse en un paisaje en ruinas dando testimonio de un mundo que pudo ser y no fue. Se fomentarán las sensaciones subjetivas de ingobernabilidad, inseguridad y exceso de reivindicaciones, combinándolas con fuertes dosis de populismo punitivo. La idea es construir un consenso de masas favorable al autoritarismo y a la desarticulación de las instituciones del Estado. El feminismo, los colectivos LGTBI, los inmigrantes, los disidentes políticos y sindicales, la prensa independiente o las oenegés contestatarias mutarán en enemigos del pueblo.
En cuanto a la guerra cultural, la ofensiva tendrá lugar en dos frentes. Se reforzará el empeño en desacreditar la herencia de la Ilustración y la modernidad echando mano de todo tipo de censuras, de la institucional a la económica, yendo más lejos si es posible. Por otro lado, se potenciarán valores caducos con olor a naftalina y alcanfor, resucitando de paso algunos de los más pavorosos fantasmas de la historia. Su patético cover de los mitos de la sangre y la tierra en versión cañí es la máscara transparente de su apego a un plagio malo, desnortado, perverso y ramplón de la voluntad de poder.
Hablar meramente de alternancia ante la formación de gobiernos de extrema derecha o con su participación es permanecer deliberadamente ciego. En el mundo de hoy actúan cada vez más abiertamente fuerzas cuyo propósito es un cambio de época. Desean dar por clausurada la era de la democracia, el estado de bienestar, los derechos humanos, las libertades ciudadanas y el respeto a las minorías. Y, ya puestos, abolir las preocupaciones ecológicas, humanitarias y éticas en general decretando la inexistencia de problemas y señalando como revoltosos a quienes plantean tales cuestiones. Una parte de las élites desconfía de la democracia, temiendo que se les pueda ir de las manos. El recurso al nacionalpopulismo es un elemento más en la recomposición de su estructura de dominación. Y si para asegurarse su concurso es necesario pagar, pues se hará, por ejemplo, disimulando las barbaridades proferidas por sus representantes. Tarea facilitada por unos medios de comunicación aquejados de parálisis moral e incapaces de reaccionar.
Hay un hombre que ve la vida en blanco y negro. El espléndido tricromatismo propio de los primates le es ajeno. No conoce más que nosotros y ellos. Se mueve a base de tópicos y estereotipos. Se adhiere a la normalidad y aborrece a quienes se apartan de ella. Solo tiene ojos para los valores tradicionales y se esfuerza en adaptarse a las convenciones, prohibiéndose toda decisión autónoma. Otorga una importancia singular al éxito social, y siempre está dispuesto a doblar el espinazo ante los ganadores. Obsequioso hasta la degradación y la humillación con los poderosos, no vacila en patear sin piedad a los que considera inferiores. Devoto de la autoridad, exige que actúe de forma contundente, en especial contra los débiles. Desprecia a la humanidad en general y a mujeres libres, gays, inmigrantes, pobres o rebeldes en particular. Se queja del materialismo de la vida contemporánea, pero está obsesionado con el dinero, las propiedades y el estatus.
Este personaje, a quien todos conocemos encarnado en familiares, vecinos o colegas, es uno de tantos exponentes de la personalidad autoritaria, estudiada con el máximo rigor, entre otros, por Horkheimer y Adorno (La familia y el autoritarismo). Salta a la vista que una masa crítica de sujetos como este constituye el combustible idóneo para el nacionalpopulismo incendiario. «La cólera de los imbéciles llena el mundo. Vuestro profundo error es creer que la estupidez es inofensiva […] pero una vez en movimiento, puede con todo. Ninguno de vosotros ignora de lo que es capaz el odio paciente […] y sembráis el grano en los cuatro puntos cardinales» (Bernanos: Los grandes cementerios bajo la luna).
Tras décadas en la cresta de la ola, el neoliberalismo económico está naufragando en la teoría y en la práctica. Sin embargo, algunos de sus dogmas más letales han encontrado un nido en las mentes de los hombres. Así, el thatcheriano lema de que la sociedad no existe, solo los individuos. Separarlos unos de otros, escindirlos en grupos menores, y en último término aislarlos es la gran baza del turbocapitalismo. Privados de la solidaridad y el diálogo, presas de sus temores íntimos, alienados de la realidad social, quedan a merced de los manipuladores de servicio. Sin autonomía ni identidad, el sujeto delega la tarea de pensar.
Este objetivo se logra más fácilmente a través del halago que de la opresión. Se obtienen pingües beneficios con costes mínimos. El sueño del tiburón. La servidumbre es llevadera si se consigue ignorar que se vive en tan deplorable estado. «No intentes comprender, sigue la corriente» es el axioma de moda. El ciudadano, obnubilado por los brillos y oropeles del consumo y la tecnología al alcance de todos los bolsillos que puedan pagárselos, se convence de ser uno de los elegidos. Cuestiones como la injusticia social o la catástrofe ecológica se le hacen ajenas.
En esa tesitura, el ciudadano consumidor no tendrá inconveniente en mirar para otro lado mientras el prójimo pierde sus derechos. Y finalmente no vacilará en entregar los suyos a la autoridad (in)competente. Este entramado social se despacha con frecuencia mediante un diagnóstico equivocado y una cómoda etiqueta: cultura del narcisismo. Pero estamos ante «una pérdida de la propia identidad y no ante una autoafirmación […] un ego amenazado de desintegración por un sentimiento de vacío interior. […] acaso fuera mejor denominarlo cultura del supervivencialismo» (Lasch: Consumo, narcisismo y cultura de masas). En este proceso de disolución de la conciencia marcado por la desconfianza en el futuro, toda empatía se marchita. El pasado y el porvenir se convierten en países extranjeros. Solo el hoy y el yo importan.
Constatamos con amargura la subordinación de muchos a los designios de la mano invisible. Cargar con según qué compañías inhabilita a fuerzas nominalmente democráticas. Pues aquellas impondrán sus prejuicios —socialmente minoritarios, además— al conjunto de la población, a cambio de dejar gobernar a los moderados. Las democracias iliberales ponen entre paréntesis, cuando no entre rejas, los derechos humanos y civiles de quienes no comparten las doctrinas imperantes. Cosifican las conciencias, las convierten en materia moldeable, las retuercen y malean. Usan la neurocoacción para que el ciudadano medio no repare en lo que le está siendo arrebatado. Incluso se hacen jalear por el coro de infelices despojados. Es más, canalizan su rabia hacia quienes defienden su dignidad o aspiran a recuperar derechos confiscados. Son totalitarismos con elecciones.
No la excepción
sino el estado de excepción
confirma
la regla.
¿Qué regla?
Para impedir la respuesta
a esta pregunta
se proclama
el estado de excepción.
(Fried: 100 poemas apátridas)

Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024), El serano (Castilla Ediciones, 2025), Antígona vive, El tiempo en llamas y Una época formidable. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en Nueva Tribuna, Nueva Revolución y Diario del Aire. Colabora con la revista El Viejo Topo.
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