/ una reseña de Álvaro Acebes Arias /
Aunque hoy sea un tópico decir que Benito Pérez Galdós es, junto a Cervantes, el mayor novelista de la literatura española, no es menos cierto que durante décadas los elogios y la admiración estuvieron muy lejos de ser unánimes. Es más, puede afirmarse sin temor a exageraciones que ningún otro autor ha concitado tantos rechazos y desprecios como el escritor canario a lo largo del siglo XX. Una mirada despectiva, que comenzó cuando Galdós aún estaba vivo, y que reunió pronto a una alborotadora tribu de desafectos, donde lo mismo tuvieron cabida vanguardistas, decadentes estetas, bohemios y exquisitos defensores de la independencia estética que las élites económicas, políticas y religiosas del país, siempre dispuestas a tacharlo de revolucionario, extremista y anticlerical. A todos los unía una nota común: los reniegos por la fama y la popularidad de un novelista que puso la literatura a ras de suelo, revelando lo que se oculta tras el velo de las apariencias, y al que inmediatamente se acusó de ramplonería y de emplear una escritura tosca y desaliñada, muy alejada del decoro y el esmero que pedían los nuevos tiempos. Cómo olvidar la pedrada que le atizó Dorio de Gádex en Luces de bohemia con aquello de «don Benito el Garbancero» y cuyos ecos, cuando ya eran otros los campeones de la literatura de altos coturnos, siguieron escuchándose muchos años después, hasta el punto de convertir los ataques y el ninguneo a Galdós en una especie de deporte nacional. Ahí están, por ejemplo, los insultos de un pope cultural como Juan Benet, quien le dispensó el título de «desgracia nacional», o los malévolos juicios de Francisco Umbral en Las palabras de la tribu, que no se ahorró ni uno solo de los tópicos y lugares comunes que se han vertido contra la «prosa pedestre, vulgar, carente de inspiración sintáctica, pobre» del escritor.
Esta aversión e inquina hacia el novelista canario, siempre directamente proporcional al escaso conocimiento de su obra, parece que llegó a una tregua con la celebración del centenario de la muerte de Galdós en 2020. Pese al despiste de algunos que siguieron discutiendo sus méritos, insistiendo en ponerlo un peldaño por debajo de otros maestros como Flaubert o Dickens, se estableció un consenso general en torno a los inmensos logros que encierran títulos como Fortunata y Jacinta y la serie de Torquemada o la asombrosa capacidad del escritor para entregar una completa radiografía estética de su época. Seis años después de aquello, apagadas ya las luces de tantos actos, congresos y homenajes en los que no fue difícil observar cierto intento de reparación por los reproches y desprecios recibidos, y cuando uno podría preguntarse si esa voluntad de desagravio fue un espejismo o sirvió para confirmar una evidencia, es de agradecer la aparición de un ensayo como Dos tardes con Benito Pérez Galdós (Alianza Editorial, 2026), de Ignacio Martínez de Pisón, publicado en la colección que dirigen Sergio del Molino y Pilar Álvarez y en la que se invita a un autor a trasladar su pasión por un clásico a los lectores. Al igual que en anteriores entregas como las dedicadas a Joseph Roth, Kafka o Jane Austen, lo que nos encontramos aquí es un estudio extraordinariamente documentado, a pesar de su brevedad, y que combina el entusiasmo y la perspicacia del lector atento con la agudeza y la lucidez del buen crítico, capaz de enhebrar en sus juicios y comentarios una lectura personal, original e inteligente de la trayectoria del novelista canario, pero también del quehacer particular, reconociendo la influencia y el legado de Galdós en la obra propia. Y es que a nadie podría sorprender a estas alturas que Pisón se declarase galdosiano, visto que hablamos de uno de los mejores herederos de una estirpe entre la que se encuentran las grandes joyas de nuestra narrativa, pero es de admirar que con este librito el autor de Ropa de casa (un libro que tiene aquí una presencia destacada, aunque eso tendrán que descubrirlo los lectores) haya logrado la perfecta síntesis entre erudición y amenidad y al mismo tiempo una inmejorable reivindicación de un escritor cuya figura se nos sigue apareciendo «poderosa, hercúlea, abrumadora».
Acierta Pisón desde el principio cuando describe la literatura de Galdós como un paulatino proceso de concienciación política y social. Dividido en diez secciones, el libro examina sucintamente los diferentes contextos históricos que activaron ese movimiento, desde los tiempos de tiranía y opresión del reinado de Fernando VII a los de corrupción generalizada y oportunismo que presidieron el de Isabel II, pasando también por los momentos de mediocridad y chatura de la vida burguesa y pequeño-burguesa en la Restauración alfonsina. Es la mirada sobre todos esos periodos y el análisis de las transformaciones a que dieron lugar lo que, según Pisón, conduce a la creación de un completísimo cuadro de la historia colectiva de los españoles a lo largo de casi un siglo que, en su conjunto, se observa también como complejo y ambicioso ejercicio de investigación sobre todos los campos posibles: política, economía, educación, medicina, religión… No resulta extraño, en este sentido, que el autor empiece poniendo su lupa en los Episodios Nacionales, especialmente en los que conforman las dos primeras series, pues es en esa colección de novelas donde mejor se observan las extraordinarias habilidades de Galdós para integrar lo anecdótico e individual dentro de unas fuerzas históricas y sociales. Del examen de títulos tan predilectos para Pisón como Memorias de un cortesano de 1815, La segunda casaca o La de los tristes destinos surge la idea de un escritor que puede leerse hoy como un especialista en el retrato de revoluciones perdidas y transiciones fallidas, alguien que se sabía «inmerso en el mismo periodo histórico que los protagonistas de todas sus novelas» y en cuya representación de la realidad estructural de la sociedad española, con todas sus deficiencias, lacras y desajustes, se combina siempre el detallismo minucioso con la mejor intuición crítica.
Pero no solo dispensan estas dos gratas tardes un riguroso análisis de la trayectoria galdosiana, con parada en acontecimientos y personajes clave de la época o en las principales escenas de títulos imprescindibles como El doctor centeno, La de Bringas o Fortunata y Jacinta. También hay espacio para indagar en la particular manera en que el escritor canario entrelazó en su obra lo público y lo privado, subrayándose la compenetración de ambos planos y la naturaleza conflictiva de esa asociación o su interés por contar «las cosas pequeñas antes que las grandes». De esa mirada extrae Pisón conclusiones sorprendentes, como la de percibir en Galdos a un pionero de los estudios microhistóricos que inauguraría el recientemente desaparecido Carlo Ginzburg varias décadas después, o la de observar en él los signos de una tradición que hunde sus raíces en Cervantes por la concepción perspectivista de la realidad, el uso del humor y la ironía o el reflejo de los diferentes niveles y estratos sociales. Los personajes que pueblan sus páginas, con su completa galería de arribistas sin escrúpulos, cortesanos de todo pelaje, cínicos oportunistas, funcionarios y cesantes, burgueses cursis, mendigos y humildes modistillas, son un retrato de la contemporaneidad de Galdós, un bullir humano que, a pesar de la distancia, refleja en sus comportamientos y maneras no pocos gestos de la nuestra. A todos esos seres, afirma Pisón, los redime Galdós, precisamente porque el novelista nos los presenta «humanos, demasiado humanos», con todas sus miserias y flaquezas, y esforzándose por comprender cualquier conducta. Y son ese afán por aproximarse al otro y la negativa a juzgar a la ligera, concluye, los rasgos que emparentan a Galdós con Cervantes, unidos ambos por un mismo modelo de tolerancia y generosidad para con actitudes o puntos de vista contrarios a los suyos. Este retrato de la personalidad del escritor, bien apoyado en los trabajos de sus biógrafos, la descripción de los ambientes en que vivió o en los documentos personales del propio Galdós, como las cartas que cruzó con Emilia Pardo Bazán o los comentarios de colegas tan alejados ideológicamente como Pereda o Menéndez Pelayo, constituye una muestra más del rendido entusiasmo con que Pisón contempla la figura de Galdós. Y al encontrarnos con ese retrato es imposible no pensar en aquellas otras palabras que escribió en su exilio Luis Cernuda, cuando reivindicaba al autor de los Episodios Nacionales como paradigma moral frente a la España «obscena y deprimente / en la que regenta hoy la canalla».
Como es sabido, la obra de Benito Pérez Galdós concluye cuando el país ya estaba camino del drama. En Cánovas, publicado en 1912, última novela de la quinta serie de los Episodios, escribió aquello de «siga el lenguaje de los bobos llamando paz a lo que en realidad es consunción y acabamiento». Son palabras en las que ya se vislumbra el sombrío fantasma de una guerra que estallaría dos décadas más tarde. El mejor de los novelistas españoles, como lo define Pisón, tuvo el talento de profundizar en la España de su época para mostrar sus acomodos ideológicos y enfrentarse a las versiones oficiales, pero esa perspicacia para capturar unos momentos determinados, sin la que «la sociedad española habría quedado algo huérfana de su propio pasado», revela también la lucidez del novelista para iluminar otras zonas oscuras que podrían ser la de nuestro presente. Haríamos bien en regresar a Galdós. Este libro, que está lleno de sabiduría y sensibilidad, es la mejor invitación a ello.

Ignacio Martínez de Pisón
Alianza, 2026
104 páginas
12,50 €

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.
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