Man leaning on blue SUV parked on street at dusk in residential neighborhood
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Paseo Buenavista

«Román descendió las escaleras que atravesaban el jardín y llegó a la puerta incrustada en el enorme muro, que ya estaba abierta. El golpe de la puerta al cerrarse provocó un estruendo en la calle desierta en la que hasta ese momento reinaba un silencio sobrecogedor». Un relato de Fernando Prado Eirin.

/ un relato de Fernando Prado Eirin /

Román llegó unos minutos antes de la hora prevista, como era su costumbre (le habían enseñado a ser puntual ya que no serlo, le repetía su madre hasta el cansancio y hasta que se produjo el irremediable silencio tras su muerte, no solo era una falta de respeto hacia los demás, sino también, iteraba entrecomillando con los dedos índice y corazón de ambas manos, hacia uno mismo; el tiempo es oro, le decía ella con esa vocecita que parecía frágil pero que, sin embargo, predicaba autoridad y esparcía doctrina, de cosecha propia, no podía ser de otra manera, las veinticuatro horas del día) después de atravesar el valle por la autopista inusualmente libre de atascos y accidentes, debía ser por el puente (un día festivo a mediados de mayo en el que se celebraba algo que él nunca recordaba), pensó, y se adentró en la ciudad prestando máxima atención a no sobrepasar el límite de velocidad para evitar ser multado, deteniéndose en los semáforos aunque estuvieran en amarillo y en los pasos de cebra aún sin ser necesario, ya que en algunas ocasiones le habría dado tiempo de continuar la marcha, pues los peatones que aparentemente caminaban hacia el rayado aún se encontraban lejos de este o no tenían intenciones de cruzar. Siguió, atento y nervioso, las indicaciones del GPS, que poco a poco lo fue alejando del centro en donde el tráfico era cada vez más denso y el ruido aumentaba exponencialmente, y dirigiéndolo hacia una de las montañas que abrazaban la urbe dibujando una semicírculo que se hundía en las aguas del mar centelleante bajo el sol, ascendiendo, pues, por calles que parecían recién asfaltadas por las que el coche se deslizaba tan suavemente que parecía flotar, calles en las que crecían frondosos árboles que proporcionaban una sombra generosa; habían desaparecido los edificios y los solares estaban ocupados por grandes casas con amplios jardines como los que salen en las revistas, aquí una casa modernista con la fachada pintada al pincel y las tejas relucientes que recordaban a exóticos caramelos, allá una construcción minimalista, un cubículo acristalado sin gracia alguna a cuyos pies había una piscina rodeada de tumbonas de diseño, y así, registrando con ávida curiosidad el paisaje y el excepcional trabajo de  urbanismo de aquel barrio, llegó finalmente a su destino, el número 1 del Paseo Buenavista, así se leía en la placa inmaculada colocada en lo alto de un poste de aluminio que emergía de los adoquines impolutos, una calle ciega al final de la cual la montaña permanecería virgen de no ser por un sendero de grava que se adentraba en el esplendoroso bosque de alcornoques, encinas y pinos mediterráneos.

Aparcó justo delante de la casa que se ocultaba detrás de un altísimo e infranqueable muro de hormigón, apagó el motor y se bajó del coche despacio, estirando lentamente su espalda, que poco a poco se fue enderezando hasta que su cuerpo pudo adoptar la postura más correcta posible. Hacerse viejo es una mierda, se quejó (como lo hacía en innumerables ocasiones a lo largo del día, porque, en efecto, durante los últimos años su cuerpo había ido experimentado ciertos cambios no solo estéticos ciertamente visibles como por ejemplo un aumento considerable de las líneas de expresión, arrugas más profundas en la frente o un vientre ligeramente abultado, sino también físicos, que se traducían en vista cansada, dolores provocados por el desgaste de su rodilla izquierda, una hernia lumbar que le ocasionaba episodios de ciática, además de síndrome del túnel carpiano en la muñeca derecha, del que tendría que ser intervenido según la recomendación de su médico y la confirmación del especialista al que fue derivado, quien lo había incluido en una interminable lista de espera) en un susurro que adquirió dimensiones de grito en aquel silencio prístino, y una punzada de vergüenza le hizo girar la cabeza a uno y otro lado para asegurarse de que nadie lo había oído. Lo golpeó un viento casi gélido e inesperado en aquella época del año que, además de alborotarle los cabellos oscuros y abundantes, le provocó un escalofrío, pero que, al mismo tiempo, le hizo respirar profundamente, llenando sus pulmones de ex fumador de un aire fresco y menos contaminado, sin duda, que el que se respiraba allá abajo, en la ciudad cubierta, ahora lo apreciaba desde las alturas, de una bruma grisácea. Tras consultar la hora en el reloj digital de plástico que se cerraba alrededor de su delgada y peluda muñeca izquierda decidió acercarse a la puerta encajada en el gran muro, pulsó el timbre y evitó mirar directamente a la cámara. Al cabo de unos segundos escuchó una voz metálica femenina, ¿diga?, dijo la voz, soy Román, del servicio técnico, contestó él, y acto seguido se abrió la puerta como por arte de magia invitándolo a entrar sin que nadie lo esperara al otro lado. Subió unas escaleras que, serpenteando, lo situaron en el jardín presidido indudablemente por un majestuoso olivo, y a continuación, lo llevaron a la puerta principal de la casa, que encontró abierta y en cuyo vano una mujer pequeña (no debía de pasar del metro sesenta, midió a ojo) y menuda lo esperaba con una sonrisa de mentira. Buenos días, se dijeron casi al unísono, y ella lo invitó a pasar no sin antes pedirle que, salvo que sufriera de podobromhidrosis, se quitara los zapatos, los dejara afuera y posteriormente se pusiera los calcetines desechables debidamente precintados que le extendía con la mano derecha. Román, desconcertado (miró intermitentemente a la mujer sobre cuyos ojos caían varios mechones de cabello cobrizo, a la mano extendida ofreciéndole los calcetines, a la boca de labios tersos y ligeramente hinchados, para luego pasar a sus propios pies calzados con unas viejas zapatillas de correr de la talla 47, después al felpudo de textura áspera y vuelta a empezar, todo eso en el transcurso de apenas unos segundos), pues, además de no haber escuchado jamás la palabra podobromhidrosis, nunca le habían hecho una petición semejante, tardó en reaccionar, pero obedeció al fin y al cabo, sumiso, ya que, como también le habían enseñado, cada uno es rey o reina en su casa. Román reflexionó un instante sobre el significado de propiedad y concluyó precipitadamente que, además de no ser el momento adecuado para semejantes cavilaciones, jamás tendría una casa, ni un apartamento, ni una vivienda de ningún tipo y pagada hasta el último céntimo, con las respectivas escrituras a su nombre, a la que pudiera considerar su hogar.

Siguió a la mujer, la señora Bargalló, recordó de pronto su apellido, que caminaba descalza sobre sus pies diminutos de dedos delgados, pedicura perfecta y talones hidratados y acolchados casi sin tocar el suelo, por un largo pasillo hasta llegar a la suite. Allí se detuvo. Román (que avanzaba distraído observando los lienzos que colgaban de las paredes mientras se preguntaba cómo era posible que se pagara tanto dinero por telas con manchones de pintura incomprensibles; porque si esos cuadros estaban ahí, en una casa como esa, ubicada en un barrio como aquel, debían ser de artistas reconocidos y cotizados), hizo lo mismo. La mujer se agachó hábilmente para apartar la alfombra doblándola sobre sí misma, para luego girar a la izquierda. Es aquí, indicó con la voz atiplada y casi inaudible. El problema, comenzó a explicarle mientras ambos entraban en un lavabo blanquísimo y de proporciones similares a las del apartamento en el que vivía P de alquiler, es que el grifo gotea sin cesar por el caño a un ritmo de aproximadamente dos gotas por minuto, puntualizó la mujer, las manos dentro de los bolsillos de un holgado pantalón de seda de color violeta pálido que no presentaba ni una sola arruga. Román observó que encima del lavamanos había dos grifos colocados en la pared exactamente a la misma altura y estaba a punto de preguntarle cuál era el que tenía la avería cuando vio que de uno de ellos, de uno de esos caños brillantes que emitían destellos cegadores, se desprendió tímidamente una gota. Glup, escuchó el sonido de la gota impactando contra la cerámica, amplificado por el agujero del desagüe que hacía de caja acústica y que reverberó en la estancia como si estuvieran dentro de una catedral en absoluto silencio. ¿Has escuchado?, preguntó la mujer con los ojos abiertos de par en par, saltones, de un azul indefinible, pero inquietante. Román afirmó con un movimiento de cabeza. Esto es lo que no me deja dormir, prosiguió la mujer, explicándole que cada noche se despertaba de madrugada y luego era incapaz de volver a conciliar el sueño. No se preocupe, señora, dijo él, con una mezcla de aburrimiento y sorpresa, pues pensaba que no era para tanto, más aun teniendo en cuenta que la habitación era aún más grande que el lavabo y, en consecuencia, que la cama estaba situada a una distancia de aproximadamente 8 metros del lugar en el que se producía la insufrible fuga de agua. No se preocupe, repitió, haciendo énfasis en cada sílaba (se detestaba a sí mismo cuando se ponía en esa tesitura, es decir, cuando hablaba de esa manera con un adulto que se comportaba como un niño malcriado), y acto seguido se descolgó la mochila que llevaba pegada a su espalda y se puso manos a la obra. La señora, antes de retirarse, le hizo saber que estaría cerca, por si necesitaba algo.

Román respiró con alivio al quedarse solo. Si había algo que le molestaba era que estuvieran observándolo mientras trabajaba; por alguna extraña razón, sus clientes solían tener la peculiar costumbre de explicarle cómo tenía que hacer las cosas, de advertirle si consideraban que estaba apretando demasiado una pieza, de prevenirle que las juntas se podrían romper si no aplicaba grasa en el mecanizado. Tras cortar el agua haciendo girar las llaves de paso ocultas detrás de la puerta, de descargar la cisterna y abrir todos los grifos para vaciar el agua del sistema, eligió de entre las herramientas un destornillador de estrías y una llave inglesa. Primero desmontó la manija en forma de cruz, luego el casquillo embellecedor y por último la montura del agua caliente. Apenas encontró restos de cal, algo sorprendente, así que supuso que la señora habría instalado un descalcificador. Después de una inspección ocular diagnosticó que, afortunadamente (acabaría rápido y así podría irse cuanto antes), esa era la pieza que ocasionaba la insoportable fuga de agua que hacía que la señora Bargalló pasara las noches en vela. Colocó una montura nueva y el resto de las piezas; giró nuevamente las llaves de paso, esta vez en la dirección contraria, y escucho cómo el agua volvía a circular por las tuberías. Se acercó al lavamanos y accionó las manijas del grifo. Repitió la operación varias veces hasta asegurarse de que la fuga se había solucionado. El reluciente suelo de mármol del lavabo se había encargado de enfriarle los pies; bajó la mirada y los encontró allá abajo, dos miembros largos, sumamente delgados, con aquellos calcetines azules cubriéndole sus calcetines negros y se sintió ridículo. Señora Bargalló, llamó (con la voz débil y ligeramente ronca de un moribundo o de alguien que no usaba las cuerdas vocales desde hacía días) al tiempo que salía del baño caminando de puntillas porque todo en esa casa parecía, además de exquisito, refinado y lujoso, sumamente delicado y frágil, motivos por los cuales, él, una persona que no estaba acostumbrada a habitar en espacios semejantes, debía tener cuidado, toda precaución era poca con tal de no ocasionar ningún daño al ostentoso mobiliario, a los suelos de madera natural, a las alfombras persas (persas era un decir, pues desconocía qué manos o en qué telares se habían tejido), a las paredes inmaculadas pintadas exclusivamente del blanco más blanco que jamás había visto de las que colgaban obras de arte únicas, hasta que se encontró con la mujer que venía de nuevo flotando hacia él, la mirada de lechuza nival y la perenne sonrisa que dejaba ver unos dientes del mismo tono que las paredes.

Le detalló lo que había hecho llamando a cada pieza por su nombre y utilizando los términos correspondientes para explicar cada procedimiento. La señora Bargalló se acercó al grifo, lo accionó girando las manijas del agua fría y caliente hacia la izquierda, y, al cabo de un minuto o dos, podrían haber sido cinco (tiempo en el que Román se dedicó simplemente a esperar mientras veía cómo el agua brotaba del caño en un chorro potente y uniforme) las giró en sentido contrario. La mujer permaneció inmóvil durante otra eternidad hasta que, transcurrido el tiempo que creyó necesario para comprobar que, en efecto, no caía ni una sola gota de agua, asintió mirando a Román. Espero que haya quedado solucionado y no le tenga que volver a llamar, le dijo, pronunciando las palabras con una pasmosa y desesperante lentitud.

Bien, dijo la señora. Cuánto le debo, preguntó, y a continuación extrajo del bolsillo del pantalón una tarjeta azul con caracteres plateados grabados. Román le contestó que el pago debía hacerse en efectivo, como le debían haber informado por correo electrónico, pues no contaba con un datáfono, y tampoco aceptaba transferencias, ya sabe, políticas de empresa, se excusó. La mujer lo miró incrédula mientras sujetaba, con la punta de sus dedos delgados, la tarjeta del mismo color del cielo que se veía a través de las grandes ventanas de la casa, pensando tal vez, se imaginó Román, que cómo era posible que en el presente año no pudiera pagar con tarjeta o transferencia un servicio técnico oficial de una empresa supuestamente seria y reputada, si hasta los artistas callejeros se habían adaptado a los tiempos, a la era digital y contaban, todos ellos, con un datáfono asociado a un número de cuenta. Todo eso estaba imaginando Román cuando la mujer, visiblemente incómoda, le dijo que iba a comprobar si tenía suficiente efectivo disponible porque de lo contrario, tendría que ir a un cajero a retirar dinero, para lo cual se vería obligada a cambiarse de ropa (Román la miró de arriba abajo disimuladamente tratando de averiguar qué tenían de malo el pantalón de seda, la vaporosa blusa de color beis y por qué no podría, simplemente, ponerse unos zapatos y salir así a la calle), sacar el coche del garaje, conducir unos veinte minutos de ida y otros tantos de vuelta hasta la oficina bancaria más cercana en cuyo exterior había dispuestos varios cajeros automáticos, eso siempre y cuando pudiera aparcar un momento en doble fila o en una zona de carga y descarga y no tuviera que dejar el coche en un parking porque de ser así, en lugar de demorarse 40 minutos se demoraría más de una hora, motivo por el cual, Román tendría que esperar su regreso para cobrar por el trabajo realizado y posponer su agenda, en caso de que la tuviera, retrasando las visitas a otros clientes que lo llamarían enfadados, como es lógico, por su demora, porque a nadie le gusta esperar, insistió ella. Dígame cuánto le debo, repitió la señora, y Román contestó, leyendo en voz alta el importe de la casilla inferior derecha de la factura que había recibido por wasap (y que en ese mismo instante reenvió a la mujer), que eran 198,63€. Ciento noventa y ocho euros con sesenta y tres céntimos, repitió la mujer con parsimonia mientras revisaba la factura recién recibida y le pidió que esperara afuera mientras ella buscaba el dinero para pagarle. Román se quitó los estúpidos calcetines desechables, se puso las sucias y viejas zapatillas y por un momento volvió a sentirse persona. Cuando regresó, la mujer lo encontró con los brazos cruzados, sosteniendo entre las manos los calcetines azules arrugados y bostezando. Aquí tiene, dijo, levantando una ceja y extendiéndole un sobre blanco que él dobló por la mitad y guardó en el bolsillo trasero del pantalón. Gracias, que tenga un buen día, dijo, a lo que la mujer respondió asintiendo, sin pronunciar palabra alguna. Román descendió las escaleras que atravesaban el jardín y llegó a la puerta incrustada en el enorme muro, que ya estaba abierta. El golpe de la puerta al cerrarse provocó un estruendo en la calle desierta en la que hasta ese momento reinaba un silencio sobrecogedor. Una vez dentro del coche (entró en el vehículo encogiéndose, doblando las rodillas y encorvando su espalda con movimientos lentos, apoyándose en el techo para evitar dejarse caer en el asiento raído, respirando conscientemente como le habían enseñado en el taller postural) y, una vez abiertas las ventanas, pues el aire acondicionado estaba averiado, revisó el contenido del sobre. Contó 198,63€, el importe exacto que correspondía al desplazamiento, la hora de trabajo y la pieza sustituida. Ciento noventa y ocho euros con sesenta y tres céntimos. Tres billetes de 50, dos de veinte, uno de cinco y tres monedas de un euro, una de cincuenta céntimos, una de 10 céntimos y tres monedas de un céntimo.


Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela), siempre ha sentido la necesidad de expresarse a través de la escritura, la música o el dibujo. Ha participado en varios experimentos musicales. Observador nato. Actualmente es colaborador de la web boreal.com.es.


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