Crónica

Cuando el cerebro paleolítico no ve más allá de sus narices

'La especie inadaptada: por qué nuestro cerebro desfasado puede llevarnos al desastre', de José Montero Omenat: un ensayo sobre el tribalismo y sus peligros en el siglo XXI.

/ Novedades Trea /

Hace unos 300.000 años aparecieron en África poblaciones cuya morfología guarda un gran parecido con el de las poblaciones de nuestra especie. Salvo por algunos detalles en el cráneo y en la cara, los fósiles del yacimiento de Jebel Irhoud, en Marruecos, datados aproximadamente 315.000 años antes del presente, sugieren que Homo sapiens estaba naciendo en ese momento. Desde entonces nos hemos convertido en la especie animal más dominante de la historia: nuestro número pronto rondará los diez mil millones y no hay prácticamente hábitat planetario que no hayamos abarcado y transformado a nuestro antojo, poniendo, prácticamente, el mundo a nuestros pies. Gran parte de nuestra trayectoria como especie, el 99 por ciento aproximadamente, se desarrolla en el período Paleolítico, durante el cual los seres humanos vivían en pequeños grupos nómadas de cazadores-recolectores. Por tanto, es lógico pensar que la selección natural haya favorecido aquellas características que resultaran más eficaces biológicamente hablando durante ese período. Además de las morfológicas, como la postura bípeda, el pulgar oponible o el tamaño del cerebro, las presiones evolutivas cincelaron también nuestra psicología, nuestros comportamientos, emociones y reacciones.

Nuestra mente es, por tanto, paleolítica. Un cerebro tribalista, preparado, no para hacernos felices, sino eficaces, en un mundo en el que era cuestión de vida o muerte ver las cosas en blanco y negro: amigo/enemigo, predador/presa, lucha/huida, comestible/no comestible. Un cerebro, al fin y al cabo, adaptado, al igual que nuestra anatomía, a un ambiente ancestral, que desaparecería con la llegada de la revolución neolítica y la adopción de la economía productora. El mundo cambió, sí, pero nuestro cerebro apenas lo hizo, convirtiendo a la especie humana en desadaptada, desajustada con el entorno moderno. Ese desajuste se manifiesta en nuestros cuerpos, con enfermedades físicas y mentales propias del mundo moderno, y también en nuestros comportamientos. El tribalismo surgido en las pequeñas comunidades paleolíticas otrora adaptativo, y una de las fuerzas más potentes que han conformado nuestra historia, es ahora incapaz de una cooperación y un altruismo universales, encerrándonos en grupos antagónicos obsesionados con los intereses grupales en lugar de los globales, como refleja José Montero Omenat en su ensayo La especie inadaptada: por qué nuestro cerebro desfasado puede llevarnos al desastre (Ediciones Trea, 2026). A lo largo de sus páginas, y tal y como indica el título, el autor reflexiona sobre nuestro cerebro, sus características y las consecuencias de su desajuste con el entorno. El mismo que nos permitió sobrevivir es el mismo que nos está convirtiendo en una especie inadaptada. Un cerebro impulsivo, pendenciero, dominado por las emociones y obstinado en crear antagonismos. En definitiva, un cerebro paleolítico que no ve más allá de sus narices.

Seguidamente publicamos un adelanto del libro, el subcapítulo del capítulo 2 titulado «Homo categoricus = humano tribal»


Homo categoricus = humano tribal

/ por José Montero Omenat /

En el capítulo anterior dijimos que el cerebro emocional, el sistema uno, se encarga de responder automáticamente a cualquier reto de supervivencia. Para ello, otorga valor positivo o negativo a cualquier estímulo, es decir, ve el mundo en blanco y negro (agradable/desagradable, amistoso/peligroso, etcétera). Las emociones nos permiten crear categorías o patrones de manera automática e instantánea.

La cuestión es que crear categorías exige simplificar el entorno. Por ejemplo, toda serpiente y toda araña son peligrosas. Y reaccionamos frente a ellas en décimas de segundo para salvar la vida, porque es preferible equivocarse al aplicar ese patrón que perder un tiempo precioso en analizar cada caso con detalle. Tal como ocurre con un detector de humo o un supuesto ataque al corazón, categorizar puede evitarnos problemas serios y, como en estos ejemplos, es mejor ser hipersensible que quedarse corto: «si se dispara la alarma, huye»; «si te duele el pecho, ve a Urgencias», por si acaso. En el pasado evolutivo, actuar así, tanto con el mundo natural como con el entorno social, era ventajoso. La evolución nos empujó a simplificar en categorías la infinita diversidad de casos particulares. Un montón de decisiones que nuestros más remotos antepasados tomaron (huir ante un ruido extraño, ayudar a un compañero en apuros, mantenerse unido al grupo, calibrar las intenciones de un desconocido…) no podían depender del cálculo racional, del «pensamiento lento», sino de impulsos viscerales instantáneos, de emociones que sentimos en las tripas. Las emociones dieron a los que nos precedieron la respuesta más conveniente y, con ello, protegieron su supervivencia y la de sus genes, que hoy nosotros compartimos. Somos hijos de los que hicieron caso a sus emociones.

En realidad, esos patrones y categorías se han utilizado para prever el futuro, tanto el inmediato como a medio plazo, algo enormemente útil en la lucha por sobrevivir. Poder predecir las consecuencias de nuestras decisiones es lo que nos ha traído hasta aquí, y establecer pautas que se repiten (categorías) ha sido la herramienta fundamental para ello. Por ejemplo, en el pasado asociábamos ciertos ambientes con los lugares donde suele esconderse un depredador, es decir, creábamos un patrón, y esa capacidad de previsión redujo el riesgo de que nos devoraran. Otros ambientes nos anunciaban la abundancia de comida, otro patrón, por lo que nos asentábamos allí. Y así ocurría con casi cualquier aspecto de la vida. Puede que erráramos de vez en cuando, pero en promedio, que es como la selección natural hace su poda, esta habilidad mental nos ha beneficiado. Por eso las categorías nos resultan tan útiles. Como dicen Elliot y Joshua Aronson, somos «avaros cognitivos», es decir, simplificamos los problemas complejos utilizando atajos, reglas generales e intuiciones. Y pocas veces somos conscientes de ello, por no decir que nunca.

Por supuesto, también categorizamos o clasificamos a los demás humanos; es inevitable y lo hacemos constantemente, tanto que algunos psicólogos de prestigio nos definen como Homo categoricus. Una vez que lo hacemos con alguien, lo tratamos más como miembro del grupo en el que ha sido clasificado que como individuo. El psicólogo social James E. Waller dice que categorizar es al cerebro lo que respirar es a los pulmones, y los citados Elliot y Joshua Aronson sostienen que cuando nos encontramos con un extraño nos preguntamos inconscientemente: «¿es de los nuestros o de los otros?». La evolución, dicen, nos ha diseñado así, «está en nuestro adn». Por eso tenemos áreas especializadas en el cerebro, dedicadas precisamente a esta función: categorizar a los demás, mostrando preferencia por los nuestros y suspicacia hacia los otros. Esta característica humana universal, que es inconsciente porque es producto del sistema uno, es una de las ideas capitales de este ensayo, porque es el origen de buena parte de las iniquidades que cometemos. Por ello, conviene verla con más detalle.

Los psicólogos evolucionistas sostienen que los prejuicios y estereotipos tienen su origen en la historia evolutiva de los humanos. Hace decenas de miles de años, nuestro cerebro tenía que captar en un instante toda la información posible de los extraños, bien para adelantar riesgos, bien para entrever una relación beneficiosa con ellos. La manera más eficaz de hacerlo no es un análisis detenido y pausado de la edad, el sexo, la complexión física, los gestos, la vestimenta y accesorios… Lo mejor era tener en mente unos «moldes», unas categorías (los estereotipos) en que encajar a los extraños, patrones que nos permitieran predecir rápidamente y con cierta precisión cómo actuarían hacia nosotros (recuerde: la previsión ha sido clave en nuestra supervivencia). Por tanto, categorizar a los humanos puede considerarse una ventaja adaptativa, porque, en promedio, nos funcionó. Si el lector reflexiona sobre esto se dará cuenta de que aún tenemos esos «moldes», lo que es lógico teniendo en cuenta que el cerebro no ha cambiado significativamente en los últimos miles de años. Con estos «moldes», por ejemplo, cualquiera de nosotros extraerá conclusiones inmediatas sobre un grupo de jóvenes varones con los que se cruza en una calle oscura de un barrio degradado (jóvenes + barrio degradado + oscuridad = posible peligro; respuesta: alejamiento); o sobre una o un joven que nos sonríe al cruzarnos en un bar (joven + sonrisa + ambiente de diversión = posible pareja; respuesta: acercamiento). En un instante sabremos, o creeremos saber, si se puede confiar en ellos, si hay posibilidades de colaborar, de emparejarse, etcétera. Y no será el razonamiento, sino las emociones, lo que nos desvele esa información: de ahí la importancia que tienen. En su momento, en el Paleolítico, este mecanismo cerebral era ventajoso porque, aunque pudiera errar, también podía salvarte la vida o darte más oportunidades de expandir tus genes. Por eso todos tenemos estereotipos sobre los extraños: si es alemán será muy trabajador; si es andaluz, tiene que ser chistoso; si es japonés, metódico y obediente. El estereotipo es, por tanto, una imagen mental que aparentemente nos proporciona un conocimiento previo o inmediato de alguien a quien no conocemos. 

Obviamente, nos resulta más fácil etiquetar y crear categorías en función de lo que podemos ver: color de piel, vestimenta, edad, sexo, etcétera. Pero también lo hacemos cuando conocemos alguna característica no distinguible a la vista: nacionalidad, ideología, religión… De cualquier forma, aplicamos los estereotipos a todos los extraños y les asignamos los caracteres que para nosotros tiene todo su grupo.

Pero los psicólogos sociales nos advierten de un riesgo: tiene el mismo sentido categorizar a las personas por su piel, su religión o su ideología que hacerlo por el color de su camisa o por llevar gafas. A nadie se le ocurriría asignar una determinada forma de ser a los que visten camisa azul y otra distinta a los de camisa blanca. Pues bien, el mismo fundamento tiene asignar caracteres a musulmanes, cristianos, negros o judíos: ninguno. Suponiendo que el lector sea un occidental de raza blanca, ¿cree que tienen razón muchos ciudadanos de Oriente Medio cuando dicen que los occidentales «somos todos iguales»? Una categorización negativa puede evitarse o ser reversible, pero lo que es inevitable es el hecho básico de categorizar y de crear estereotipos. En otras palabras, un blanco puede evitar ser declaradamente racista con los negros, pero no puede frenar su inclinación a establecer categorías y a etiquetar al otro. Es algo que la evolución ha seleccionado y aún lo seguimos haciendo (tendrás más miedo si te siguen tres jóvenes varones que si te siguen tres señoras mayores).

La científica cognitiva Sarah-Jane Leslie, de la Universidad de Princeton, sostiene que esas categorizaciones son visibles cuando generalizamos al hablar. Por ejemplo, la frase «las serpientes son peligrosas porque muerden a la gente» es una generalización que está mostrando un estereotipo y que, en consecuencia, incluye una parte de falsedad, pues hay serpientes que son inofensivas —el 90 por ciento, de hecho—. Como solo el 10 por ciento de las serpientes son peligrosas, es tan falso decir «las serpientes no son peligrosas porque no muerden a la gente» como decir lo contrario. A pesar de que es evidente en este caso, no nos lo parece cuando hablamos de los extraños. Al categorizar a una persona, le otorgamos el carácter que creemos que tiene su grupo, incluidos los atributos morales e intelectuales. A partir de ese momento, ese individuo será indistinguible de la masa homogénea a la que etiquetamos con nuestros estereotipos.

Pero hay un lado oscuro, porque el estereotipo se convierte con harta frecuencia en prejuicio. Por ejemplo, todavía para muchos un ateo suele ser alguien con principios éticos relajados y, como mínimo, inclinado al egoísmo. Para otros, un homosexual es un individuo de vida sexual promiscua, incluso con cierto gusto por lo pervertido, y/o una persona sensible e inclinada a las artes. En los países occidentales, un terrorista tendrá la imagen de un joven musulmán, no de un blanco supremacista (en Estados Unidos, sin embargo, este último es el terrorista más frecuente). De hecho, cuando el lector ha visto esas categorías (o estas otras: gitano, derechista, comunista, magrebí…) a su mente han acudido más etiquetas adosadas a cada una de ellas, aunque haya ocurrido en el subconsciente. Estos prejuicios son los que explican que, por ejemplo, en Estados Unidos los negros reciban condenas más duras por los mismos delitos que los blancos, o menos analgésicos y tratamientos más tardíos para el cáncer, el sida o el corazón. No hay intencionalidad en ello, porque son las emociones inconscientes las que influyen en las decisiones de los jueces y los médicos.

De la misma forma que etiquetar es inevitable, también lo es sentir ansiedad en el encuentro con un extraño, sobre todo si su aspecto es muy distinto del nuestro. Es una reacción instintiva e inconsciente (otra vez); «estamos hechos para ello», en palabras de Elliot y Joshua Aronson. Tanto es así que el miedo a los extraños es uno de los más extendidos entre todas las culturas humanas junto al miedo a las serpientes, las arañas (para las que disponemos de neuronas especializadas en reconocerlas) y la oscuridad. El neurocientífico Robert Sapolsky menciona distintos experimentos que muestran la inevitable reacción preventiva frente a los extraños. Algunos de esos estudios han demostrado que ver una imagen de un rostro de otra raza durante solo una décima de segundo (algo que pasa desapercibido) dispara las amígdalas de nuestro cerebro, que están relacionadas con el miedo. Otros estudios indican que percibimos más enfado y sensación de amenaza en una cara de otra raza con expresión totalmente neutra que en una cara de nuestra propia raza. Otras investigaciones con neuroimágenes muestran que ver un pinchazo en una mano con distinto color de piel estimula en menor medida nuestro cerebro que si contemplamos ese mismo pinchazo sobre alguien semejante, lo que se interpreta como una reacción menos empática hacia el extraño. El neurocientífico Giacomo Rizzolatti, descubridor de las neuronas espejo (donde reside la capacidad para empatizar), sostiene que es natural sentir empatía hacia los nuestros y miedo hacia los extraños. Los sentimientos espontáneos son así, pero sentir empatía hacia los diferentes requiere un trabajo previo de la razón. En otras palabras, tenemos que forzar a nuestro cerebro y nuestra voluntad para empatizar con los otros.

Y no solo ocurre con los adultos: entre los seis y ocho meses, los bebés desarrollan ansiedad ante los extraños, sobre todo ante los varones. Los psicólogos evolucionistas lo interpretan como un mecanismo adaptativo para evitar el contacto con individuos potencialmente peligrosos. El que sea sobre todo con varones parece reforzar esta hipótesis, dado que los infanticidios suelen ser cometidos mayoritariamente por hombres no emparentados genéticamente con los niños. Estos y otros estudios que miden la respuesta al estrés vienen a demostrar que nuestras reacciones fisiológicas ante los desconocidos son algo innato y espontáneo. En realidad, es lo más lógico, pues el resto de especies animales muestran la misma reacción ante el extraño, al menos durante los primeros instantes.

El problema de crear estereotipos es que ocurre sobre todo con los eventos negativos, donde un solo caso puede servir para categorizar a miles o a millones, algo que difícilmente ocurre con eventos positivos. Por ejemplo, un caso de terrorismo islamista convertirá a todos o a casi todos los musulmanes en terroristas, pero si un musulmán salva a una niña de morir ahogada no convertirá a todos o a casi todos los musulmanes en héroes. ¿Acaso es racional decir que casi todos los musulmanes son héroes? ¿Y por qué sí parece racional catalogarlos como terroristas? Cuando tratamos de mostrarle a alguien su incongruencia, más contumaz se muestra y más se enroca; no valen argumentos racionales ni datos objetivos, porque estamos luchando contra emociones. Las asociaciones entre inmigración y delincuencia, musulmán y terrorista, cristiano y asesino de musulmanes, negro y amenaza, conservador y desalmado, progresista e inmoral, homosexual y promiscuo, etcétera, nos sobrevuelan constantemente, generando con frecuencia suspicacias, rechazo y odio.

Esto ha sido ampliamente demostrado por los psicólogos sociales. En un experimento recogido por Elliot y Joshua Aronson, un vídeo mostraba o bien a una persona negra empujando a una blanca o bien lo contrario. En el primer caso (el negro empujando al blanco), los espectadores lo interpretaron mayoritariamente como agresión, pero en el segundo (el blanco empujando al negro) lo interpretaron como un juego. Esto demuestra que las etiquetas que acompañan a los estereotipos suelen mostrar rasgos negativos cuando los individuos no pertenecen a nuestro grupo: negro = agresor, blanco = víctima. Como sabrá el lector, hay policías estadounidenses que muestran especial debilidad poreste estereotipo.

Otro de los problemas derivado de lo anterior es que estos prejuicios acaban con frecuencia en actos violentos. Por ejemplo, en Estados Unidos, tras los atentados del 11-S, los crímenes de odio contra los musulmanes aumentaron más del 1600 por ciento. Por supuesto, ninguna de estas víctimas había estado involucrada en los atentados. Según la citada Sarah-Jane Leslie, esos crímenes ocurren con frecuencia cuando les negamos a los otros incluso la categoría de humanos. Y la deshumanización, como veremos en próximos capítulos, está en el núcleo de las mayores infamias que hemos cometido.

Por fortuna, estos procesos no llevan inevitablemente a dañar a los otros. Pero son un paso imprescindible, una condición necesaria que ha precedido siempre a las grandes atrocidades que se han cometido.

De cualquier forma, nuestro cerebro (recuerde, el emocional) establece una frontera entre el grupo de extraños (el exogrupo) y el propio (el endogrupo). Mientras al otro le otorgamos etiquetas de lo negativo, al nuestro le concedemos lo positivo. Valoramos especialmente nuestros logros, minimizamos nuestros defectos (si es que logramos verlos), somos menos severos con los errores de los nuestros, etcétera. Con el exogrupo hacemos justo lo contrario: minimizamos o ignoramos sus logros, exageramos sus defectos, que queremos que se castiguen duramente… Los psicólogos llaman a esto «sesgo endogrupal». Por ejemplo, observe el lector qué opinión tan diferente dan aficionados de distintos equipos de fútbol sobre un posible penalti. Y ya puestos, observe de qué manera tan distinta se tratan los casos de corrupción del partido político contrario respecto del propio. Esta manera de pensar (de sentir, más bien) da lugar a una visión maniquea que, en casos extremos, puede conducir a cometer una atrocidad sobre los otros. Será por eso que, como señala el psiquiatra e historiador George Makari, en varios idiomas se usa la misma palabra para extraños y para enemigos.

Recuerde que todo esto ocurre en el subconsciente. Son procesos, por definición, inaprensibles, pero al mismo tiempo son de enorme importancia. Como dice la psicóloga social Diane M. Mackie, las emociones intergrupales están detrás de los prejuicios y juegan un importante papel en nuestra historia porque regulan las relaciones entre los grupos humanos. En definitiva, son las emociones las que nos unen a otros individuos, las que dan cohesión a las comunidades, y son también las emociones las que expulsan a otros fuera de nuestro círculo. Establecer fronteras entre endogrupo y exogrupo es automático e innato en los humanos: el cerebro emocional es xenófobo, y el racional, con frecuencia, también. Somos, en fin, seres tribales.

Hagamos un inciso aquí para destacar una de las ideas clave de este ensayo: somos tribales, es decir, tendemos a favorecer a nuestro grupo y a ser recelosos, e incluso hostiles, con los de fuera. Recuerde: la evolución nos ha construido así. El tribalismo es la causa de fondo por la que hemos cometido infamias en cualquier época y lugar, el motivo por el que aún las cometemos y, tal vez, la razón que nos impida actuar como colectivo único ante las amenazas que tenemos delante. El tribalismo es una de las claves por las que somos la especie inadaptada.

Decíamos antes que la inclinación a crear estereotipos es natural e inevitable, tanto que somos capaces de crear grupos excluyentes basándonos en lo más intrascendente. Henry Tajfel, uno de los más importantes psicólogos sociales, mostró con un experimento la facilidad con que creamos tribus. A los sujetos, que no se conocían entre sí, se les mostraron dos cuadros y se les pidió que señalaran el que más les gustara. Luego se les indicó que se repartieran dinero entre ellos. Pues bien, los que señalaron el mismo cuadro eran más generosos entre sí que con los del otro grupo, calificaban a sus compañeros como más agradables y estaban dispuestos a ganar menos si el otro grupo perdía más dinero aún, es decir, ¡se castigaban a sí mismos si eso suponía castigar más a los otros! Todo esto indica una preferencia por aquellos a los que, a pesar de ser completos desconocidos, nos une lo más trivial. Tajfel llegó más allá al afirmar que no necesitamos ninguna razón objetiva para caer en el antagonismo con los otros, ni intereses materiales, ni competencia, miedo u odio previo. Grupos a los que incluso se informa de que han sido creados arbitrariamente o por azar muestran antagonismo y hostilidad hacia los que están fuera. Categorizar y discriminar son cosas inseparables.

Como contrapunto de lo anterior, en el momento en que nos autoetiquetamos como nosotros, nuestra identidad grupal recién adquirida puede convertirse en algo de gran importancia. Hay una explicación psicológica para esto: los humanos buscamos constantemente mantener elevada la autoestima (de hecho, una autoestima baja puede ser causa de un sufrimiento intenso). Pues bien, un mecanismo psicológico al que recurrimos para ello es elevar el estatus y la consideración de nuestro grupo propio, y esto se consigue fácilmente despreciando a otros colectivos. En otras palabras, creemos que nuestra comunidad es mejor que el resto, y que eso también hace mejor a cada uno de nosotros. Los seguidores de un equipo deportivo o de un partido político lo entenderán inmediatamente. Ese sería el origen del sentimiento de superioridad que unos grupos tienen sobre otros, del engreimiento que tienen ciertos Estados o culturas respecto de otras. Este sentimiento ha sido una constante en la historia y hoy sigue presente en todo el mundo. ¿Qué europeo no cree que su cultura está por encima de la árabe? ¿Qué estadounidense no cree que su país es el mejor del mundo? Lo creen incluso los que ignoran cómo funciona el sistema político de su país, los que desconocen buena parte de su historia o de su geografía, o los que apenas saben nada de la procedencia de sus genes. Como decía George Bernard Shaw, «el patriotismo es la convicción de que tu país es superior a todos los demás solo porque tú naciste en él».

Como somos superiores, cualquier rasgo de nuestra tribu adquiere especial valor; lo sacralizamos, es decir, lo que es insignificante para los demás pasa a ser sagrado para nosotros. Esta transformación es tan intensa que nos sentimos físicamente heridos y humillados si alguien ataca a esos símbolos. Cuando ocurre esto, sentimos que ha habido un daño moral, un ataque a nuestra propia identidad. Y cuando hay de por medio sentimientos morales fuertes, se acepta fácilmente el uso de la violencia. Esto es constante en la historia, y está bien establecido por la ciencia. Recordemos la «sentencia a muerte» que planea sobre Salman Ruhsdie o algunos caricaturistas daneses por «ofensas al islam», o el atentado en París contra el semanario Charlie Hebdo, o los cinco mil muertos de la segunda intifada que provocó el político israelí Ariel Sharón cuando visitó la Explanada de las Mezquitas. Pero no hace falta ir tan lejos: hay gente que está dispuesta a usar la violencia si se «agrede» al escudo de su equipo o a su bandera; la tela de colores transmuta en algo sagrado, como el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. De hecho, quemar la bandera nacional está penado en casi todos los países. A consecuencia de todo ello, como veremos en capítulos posteriores, parece que en la conflictividad humana está adquiriendo mayor importancia lo intangible y lo contingente respecto de lo más básico, como recursos, territorio o reproducción. Si antes guerreábamos y matábamos por lo imprescindible, ahora también por lo imaginado.

Esta tendencia al tribalismo no se aprende en el contacto con otros grupos, puesto que no es algo exclusivo de los adultos: hasta los niños de corta edad lo muestran, como demostró un conocido experimento llevado a cabo por los psicólogos Muzafer y Carolyn Sherif en 1954. En un campamento infantil, asignaron a varios niños de once años a dos conjuntos distintos. Cada grupo tenía diferentes signos externos, como el nombre grupal o una bandera. Pues bien, cuando los dos bandos entraron en contacto, se generó una rivalidad que se acercaba peligrosamente a la agresión, tanto que los científicos tuvieron que modificar el experimento para evitar problemas mayores. Es cierto que con los cambios introducidos se logró cohesionar de nuevo a los dos grupos. Se consiguió, por ejemplo, que colaboraran en la solución de una amenaza o problema que cada bando por separado no podía afrontar. Esto da esperanzas de reducir el tribalismo y el antagonismo. Pero en capítulos posteriores veremos las enormes dificultades que hay para conseguir ese objetivo, entre ellas la inacabable diversidad humana.

Pocos años después de ese experimento, en 1968, otra investigación famosa realizada con niños indicó que el sesgo o preferencia por el endogrupo y la discriminación del exogrupo pueden ser innatos. Una maestra, Jane Elliot, preocupada por la intensidad del conflicto racial en Estados Unidos, llevó a cabo este experimento con sus alumnos de primaria. Les dijo que el color azul en los ojos demostraba una mayor inteligencia. En muy poco tiempo surgió un agrupamiento espontáneo de los niños que coincidían con ese color, que comenzaron a sentirse superiores a los de ojos marrones y a desdeñarlos. Al día siguiente, Elliot intercambió los papeles («los ojos marrones indican más inteligencia») y la agrupación y el rechazo se repitieron, pero ahora en sentido inverso. Esto da idea de la ligereza con que categorizamos al otro y de lo fácil que es crear antagonismo agresivo. Niños que hasta aquel momento compartían clase, juegos y amistad de pronto se convirtieron en rivales.

En otro estudio más reciente, Yarrow Dunham y sus colaboradores asignaron aleatoriamente camisetas de dos colores distintos a un conjunto de niños de cinco años. En las pruebas posteriores, los niños mostraron clara preferencia hacia los que compartían color de camiseta y les asignaban valores positivos, mientras que a los de color diferente les asignaban valores negativos. ¡Y todo sucedió en unos pocos minutos! Resultó también turbador que, desde el momento en que los niños se enrocaron en sus respectivos grupos, ya solo captaban la información positiva de su grupo y no la negativa.

Más inquietante aún, incluso los bebés de solo nueve meses tienen preferencia por aquellos que tratan bien a los que se les parecen y por aquellos que tratan mal a los diferentes, algo que se ha observado también en adultos. Desde los primeros meses de vida, nos agradan los que son amables con nuestros semejantes, pero también los agresivos con los otros. Tal vez por eso nuestros circuitos neuronales del placer se activan cuando vemos sufrir al otro e incluso si somos nosotros quienes provocamos ese sufrimiento. Esto parece demostrar que se trata de un rasgo innato en los humanos; que estamos diseñados para ser tribales.

Numerosos estudios indican que existe un fundamento neurológico para esa diferencia de actitud con los nuestros y con los otros; que disponemos de mecanismos neuronales específicos para todo esto. Y esto solo puede haber surgido a lo largo de nuestro pasado evolutivo. Por ejemplo, Elliot y Joshua Aronson sostienen que nuestros cerebros tienen mecanismos mentales muy rápidos que nos permiten evaluar las amenazas y discernir los peligros que suponen los extraños. Y el psicólogo de la Universidad de Oxford Kevin Dutton afirma que tenemos una «tecnología neurocognitiva especializada» en detectar coaliciones en la dinámica social de los grupos. En todos estos procesos neurológicos, la oxitocina tiene un papel relevante. Por un lado, esta hormona nos hace más generosos, confiados y cooperadores con los cercanos; por otro, provoca recelos y agresividad frente a los extraños, aumenta los niveles de estrés y reduce la empatía hacia su sufrimiento. Si ambas actitudes dependen de la misma hormona, podría decirse que no existe la una sin la otra.

Por tanto, la oxitocina y todo su circuito neuronal podrían ser uno de los fundamentos neurológicos de la creación de antagonismos y tribalismos. No es casualidad que esta hormona esté presente, actuando de la misma forma, en múltiples animales: peces, otros primates y mamíferos, aves, etcétera (por cierto, también alcanza niveles altos en las parejas enamoradas y la maternidad, relaciones en las que somos muy cariñosos, pero al mismo tiempo agresivamente protectores de la otra persona). La evolución se ahorró trabajo utilizando el mismo mecanismo para el apego y la aversión en múltiples situaciones y especies.

Por último, es importante señalar que los antropólogos han incluido el sesgo endogrupal, esa preferencia hacia el grupo propio, en el listado de los «universales culturales», es decir, es una característica que tienen todas las culturas humanas; un rasgo tan humano como hablar.

En definitiva, la existencia de áreas neuronales diferentes para tratar a los nuestros y a los otros, la presencia de una zona en el cerebro especializada en detectar alianzas grupales, la coincidencia de que tanto en nuestra especie como en otras muchas la oxitocina genera recelo y agresividad hacia los extraños, más el hecho de que otros primates se comporten igual que nosotros, confirman el origen evolutivo de nuestra predisposición al tribalismo. Y este se manifiesta en el sentimiento de superioridad moral frente al extraño, en la discriminación, el menosprecio o la hostilidad hacia él, en el fortalecimiento de la cohesión con los compañeros, etcétera. Hay pues, en palabras de los psicólogos Mark Van Vugt y Justin Park, toda una «psicología tribal» por la que nuestra especie bascula entre hacer el bien y cometer la infamia. Somos una especie maniquea.


José Montero Omenat (Mérida, 1964) es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Extremadura, de cuyo Departamento de Historia fue becario durante dos cursos. Ha sido profesor de Enseñanza Secundaria durante más de treinta años. Fue accésit en el Premio de Investigación Muñoz Torrero en Ciencias Sociales (1988). Es autor del libro La población de Mérida en la primera mitad del siglo XIX y coautor de Historia de Mérida.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Cuando el cerebro paleolítico no ve más allá de sus narices

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo