/ un relato de Eduardo García Fernández /
Salí de casa temprano para ser domingo a comprar el periódico y un par de croissants. Iba meciéndome por el fuerte viento mientras intentaba mantener el equilibrio y entrecerrando los ojos a cada pocas pisadas; la cantidad de hojas y polvo que levantaba Eolo era insuperable y comencé a arrepentirme de acercarme hasta la pastelería. Entré empujado por el viento e inmediatamente recordé al personaje de la serie El comisario Montalbano, el gran Catarela, que cuando abre la puerta del despacho del comisario habitualmente entra a trompicones. Me reí para mis adentros (eso es síntoma de salud, me dije). Saludé mientras me peinaba y comenté a la dependienta:
—¡Menudo tiempo hace!
Ella contestó mientras miraba a la puerta:
—Ya, pero por muy mal tiempo que haga, aquí nunca termina de nevar. ¡Que menos que nieve para hacerse la foto!
Me quedé unos segundos (o fueron varias horas) pensando en lo de «la foto», como si fuera la fotografía que se sacan los dirigentes de los distintos países cuando se reúnen en Davos. Mientras, ella me miraba con cara de pocos amigos, como a punto de enfadarse, y de repente olvidé qué quería comprar. Ella me espetó un:
—¿Qué desea?
—Ah, dos croissants.
Pagué y al salir me llegó como un flash el porqué de «la foto». No me iba a decir la muchacha que era bueno que nevase porque se limpia la atmósfera y, además, siendo invierno es lo que toca, o que cuando nieva todo parece distinto y transforma el paisaje. Entonces recordé que hace dos semanas había nevado en las provincias vecinas, incluso en sus capitales, León, incluso en la propia ciudad de Santander, pero que aquí no, aunque estuvo a punto y claro: los demás se sacaron la foto en la nieve y la colgaron en la red social de turno, para que los demás viesen lo mucho que disfrutaron de la nevada en su ciudad y así, sobre todo, dar envidia a aquellos que no habían podido hacerse la foto de rigor en su ciudad con la nieve. La pobre chica no pudo alimentar su selfi. Así que lo importante no es lo que hagas con tu vida, sino que lo vean los demás. Es como si generaciones de personas viviesen en una revista del corazón virtual que se actualiza continuamente, y unos estuvieran pendientes de otros continuamente; vamos, una locura generalizada y normalizada. La gente no quiere experimentar a través de sus sentidos la realidad, sino vivir mediante lo virtual, porque ahí está el público y muchas vidas ya son mero espectáculo de narcisismo sin límites.
Mientras me encamino hacia casa observo a los árboles agitarse, temblar como si estuviesen a punto de ser arrancados de la tierra, y pienso en las 45 personas fallecidas en el accidente ferroviario de Adamuz (Cordoba), que jamás volverán a ver la luz del día, y cómo estarán sus familiares y seres queridos, de inmediato, una ráfaga de pena y tristeza me recorre la espina dorsal, me emociono, y una frase aparece en mi conciencia con una fuerza inusitada: «La muerte solo tiene importancia en la medida que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida». Resulta increíble cómo el mero azar zarandea y golpea de continuo nuestras vidas.
Cerca del portal veo a una pareja que por el aspecto parecen extranjeros. Sostienen en brazos un pequeño perro vestido y se hacen un selfi sonriendo. Al salir del ascensor me encuentro con un vecino que saca un gato con una correa a pasear, paramos a charlar un momento mientras el gato, ronroneando, se frota con mis piernas, lo miro y me devuelve esa mirada felina, penetrante, mientras maúlla como queriendo decir: «¡vámonos de aquí!».
Una vez en casa y ya desayunado, decido entrar en Facebook porque ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que anduve por ahí, y entonces veo fotos y fotos de nieve, hielo y más nieve. Tenía la intención de subir un vídeo del crítico de cine y profesor Rafael Llano, que dio una conferencia muy buena en el Círculo de Bellas artes de Madrid sobre el cineasta Andréi Tarkovski, pero me paro en seco diciéndome: ¿le va interesar a alguien? Entonces apago el ordenador y pongo música mientras observo la planta que me regalaron, preguntándome si necesitará un poco más de agua.

Eduardo García Fernández (Oviedo, 1968) es licenciado en psicología clínica y máster en modificación de conducta. En 1999 abrió una consulta de psicología clínica en la que aborda todo tipo de patologías y adicciones. Entre sus aficiones se encuentran la literatura y el cine. Y acostumbra a vincular éstas con su profesión dando lugar a artículos con un enfoque diferente. Ha realizado y participado en programas de radio en Radio Vetusta, ha colaborado con la revista digital literaturas.com y en la actualidad colabora esporádicamente con artículos y reseñas en el periódico La Nueva España.
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Tarkowski no es moco de pavo, pero para gente elegida y llamada
Como Tchaykowski, Dostoyevski, Bukowski y Strugatski brother, por solo citar
No sé que tendrán en común,
Pero lo de las fotos, como es tan sencillo, es una plaga enviada por el hombre a sí mismo
Un relato encantador