> Estudios literarios

Jesús Gardea, un escritor de atmósferas

Rodolfo Elías escribe sobre un cuentista peculiar, atmosférico, climático, telúrico y anímico: el juarense Jesús Gardea.

/ por Rodolfo Elías /

Hace unos meses recibí una invitación del dueño de la Librería Anticuaria Juárez, Yves Figueroa, a tener una conversación acerca del escritor juarense Jesús Gardea, misma que Yves grabaría para su canal cultural Club Dumas. Una de las relevancias de Jesús Gardea es que fue de los muy pocos autores chihuahuenses con una obra densa (13 novelas y seis libros de cuentos) y un impacto fuerte a nivel nacional. Para un escritor juarense, eso equivale a jugar en las ligas mayores.  

Acordamos que la conversación sería exclusivamente acerca de los cuentos de Gardea. Como yo también escribo cuento, mi participación sería en calidad de cuentista: un cuentista hablando de otro cuentista. Además, en lo personal me identifico con Gardea, porque él publicó su primer libro ya grande, a los cuarenta años; y yo publiqué mi primer relato a los treinta y nueve. Pero con su obra posterior a su primer libro en verdad que él sí se desquitó, ya que fue un autor muy prolífico.

Jesús Gardea es un escritor peculiar, un maestro creador de atmósferas y estados de ánimo. Su estilo muy personal —sui géneris— proporciona al lector todo un viaje sensorial que desborda en una experiencia humana única. Gardea era originario de la ciudad de Delicias (Chihuahua) y juarense por adopción. Murió el 12 de marzo de 2002 en la Ciudad de México, adonde había acudido, irónicamente, a recibir un premio.  

Tenía dieciocho años la primera vez que oí hablar de Jesús Gardea. Regresaba yo de Los Ángeles a Ciudad Juárez, y en la biblioteca de University of Southern California había conocido a un gringo con el que estuve platicando animadamente. En ese tiempo yo andaba muy entusiasmado con los escritores Beat y quería hablar con él acerca de ellos. En vez de Jack Kerouac, Allen Ginsberg o William Burroughs, el hombre se puso a hablarme del boom latinoamericano.

A pesar de que había leído algo de García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar, yo realmente no sabía mucho acerca del boom ni de sus representantes, y empecé a buscar libros de ellos. Fue así como llegué a un módulo del Correo del Libro, que expendía —subsidiado por la Secretaría de Educación Pública (SEP)— libros a precios accesibles para la economía del mexicano promedio. Tanto estuve frecuentando el lugar, que Víctor Urbina, dueño del módulo, acabó dejándome de encargado en las tardes. Fue así como hice nuevos amigos y empecé a conocer a mucha de la gente (escritores, músicos, pintores, poetas, actores) relacionada con la cultura juarense, que llegaban ahí a comprar libros y a pasar el rato.   

Un día estaba ahí un hombre viendo los libros. Al irse, me dijo un amigo, «ese que se acaba de ir es Jesús Gardea, el escritor». Era el año 1988, y para entonces la SEP y el Fondo de Cultura Económica (FCE) habían publicado su segunda colección de la serie Lecturas Mexicanas. En esa y en la primera serie se publicaron grandes obras de las letras mexicanas a precios módicos. Ahí en el Correo del Libro teníamos Los viernes de Lautaro, primer libro de Jesús Gardea, publicado en la segunda serie de Lecturas Mexicanas.

Algo muy significativo que cabe destacar aquí es que en esas series sólo aparecen autores consagrados y muchas obras clásicas de la literatura mexicana. Obras como La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, Perfil del hombre y la cultura en México de Samuel Ramos, Libertad bajo palabra de Octavio Paz o El complot mongol de Rafael Bernal. Y el hecho que Los viernes de Lautaro haya sido publicado en Lecturas Mexicanas le concede un gran merito. Exploraré aquí parte de ese mérito en su obra cuentística.

Hasta antes de mi participación en la plática sobre Gardea, yo solo había leído dos de sus libros, ambos de cuentos: Los viernes de Lautaro y el penúltimo, Difícil de atrapar; además de una pequeña antología de cuentos. Para estudiar esta parte de su obra, conseguí un libro con los cuentos completos del autor y así me familiaricé con su cuentística, lo cual fue toda una aventura de apreciación literaria.

«Aquellos Bamba» es el primer cuento de Los viernes de Lautaro. Como influencia se siente una mezcla de Cien años de soledad y Pedro Páramo. Los personajes son seres anómalos y prodigiosos, que parecen no pertenecer a este mundo. Candelario Bamba, el protagonista, es un mudo que de pronto empieza a hablar y a hacer una música angelical con su flauta. Su tío Neftalí Bamba, hermano de su madre Magdalena, es como una especie de Pan. Que no toca flautas, pero las hace, y también vive en los bosques. El hecho que Pan (hijo de Hermes) es el dios de la fertilidad y sexualidad masculina es muy significativo en este libro.

En el cuento que da nombre al libro, la soledad es el tema principal. Lautaro Labrisa es un viudo cuya esposa, Ausencia, murió cinco años atrás. Su única compañía es un gato, Talavera, y el único contacto que parece tener con el mundo es el de «los proveedores» (de víveres), seres misteriosos que no parecen venir de ninguna parte. Con unos binoculares —«el miralejos», les dice él—se pasa viendo un zopilote negro y en su propiedad hay un pozo. Cada viernes, Lautaro visita la tumba de su esposa, donde plantó un árbol.

Hay tanto contenido en este cuento. El zopilote negro (transformación, conexión entre la vida y la muerte), el pozo o aljibe (conocimiento profundo y secreto; el inconsciente colectivo, purificación), el tiempo, el árbol (sabiduría, cambio, crecimiento), el ciclo vida y muerte, el viernes de Venus (Eros), el gato, y también aparecen los elementos y los cinco sentidos. Lautaro es el nombre de una de las primeras logias masónicas en Latinoamérica, a la que pertenecieron Simón Bolívar y José de San Martín.  

Y debo agregar aquí que la obra de Gardea es de difícil comprensión, porque Jesús Gardea es un escritor hermético, idiosincrático y arbitrario. Como que solo los entendidos pueden captar un mensaje escondido a plena vista. Al principio me quebraba yo la cabeza tratando de asimilar su estilo, su abordamiento y propuesta literaria. Y no fue hasta que releí un par de veces el cuento «Los viernes de Lautaro» que por fin me cayo el veinte. Con él pude descifrar el resto de su cuentística.

En este punto temprano se nos revela también que, al igual que la obra de García Márquez, la obra de Jesús Gardea —al menos sus cuentos— está cargada de simbología iniciática. Una obra que va de lo local a lo universal —del desierto chihuahuense a la historia milenaria— por los elementos que maneja. En todos los cuentos aparece el sol: mucho sol, mucho dorado; el oro. Además de constantes perennes que le dan peso y rigor literario a cualquier obra, como en la obra de Cervantes, Borges, Rulfo, García Márquez: la soledad, el deseo, el sueño, el tiempo, la muerte, el duelo y la experiencia humana. Y mucha metáfora; cuya falta de presencia enfática en la obra de grandes como Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti y el mismo Cortázar le ha restado cierto carácter, al ser estos autores más de lo cotidiano, más domésticos.

«Como el mundo» es acerca de un hombre que ha sido un déspota para su familia toda la vida. Viejo y desvalido, un día el hombre se queda muerto en la letrina, donde es abandonado por sus hijos a su descomposición. Una historia acerca de un mundo y una vida nauseabundos, llenos de opresión y hediondez; de violencia, de crueldad humana latente y patente. El hartazgo y la intolerancia —desacralizantes— en una sociedad hostil en extremo.      

Luego tenemos un cuento de acoso y persecución, con «La acequia». Un hombre se encuentra enjaulado en una cabaña, rodeado por sus persecutores, unos hermanos. Después se invierten los papeles y el perseguido se convierte en perseguidor, y ahora los tiene a ellos a su merced, a punta de pistola. Se acaba el cuento con el hombre apuntando un rifle al narrador, a punto de disparar. Efecto perturbador que no recuerdo haber leído antes en otra historia, y que Gardea repite a placer en algunos de sus cuentos. ¿Quién está narrando el cuento, un muerto?

Jesús Gardea es un escritor idiosincrásico y autónomo que tiene sus propias reglas: su propia imaginería, retórica y su propio léxico (el lenguaje como lo hablaba él, como lo hablamos nosotros por acá en la frontera: trastes, miralejos, esprin, etcétera). Y crea sus propios diálogos, como Cortázar y Rulfo, sin recurrir al argot local ni a coloquialismos pintorescos. Es esa otra de las formas en que su obra adquiere características muy peculiares que lo sacan de la norma.

Literatura desolada, llena de apatía y desamparo. Poblada de personajes intransigentes, con el nihilismo de los que perdieron —o que nunca lo tuvieron— el espíritu hace mucho tiempo, por causa del medio ambiente, las circunstancias de la vida o por pura inercia. Y la imposibilidad de las relaciones humanas, instigadora de actos tremendos y horrorosos que producen una desazón continua en el lector. En algunos cuentos se siente la opresión y la amenaza latente relacionadas con el poder y la autoridad mal encauzados, en un mundo señoreado por seres autoritarios con tipo de señor feudal, al estilo de Pedro Páramo; alcaldes, funcionarios y policías que abusan de su autoridad. 

En «Nazaria», cuarto cuento del libro, hay una historia muy peculiar, acerca de la viuda (Nazaria) de Nazario Riquelme, cuyo esposo muere en circunstancias turbias. Los buitres del pueblo quieren poseerla y después de la muerte de su marido la acechan como a Penélope. Incluso, el alcalde usa su autoridad y solvencia económica para tener acceso libre a Nazaria. En este cuento se pronuncian otras constantes que compondrán este libro y, de hecho, el resto de la obra de Jesús Gardea: el poder, el autoritarismo, el amour fou (desesperado e irrealizado, como el que siente Pedro Páramo por Susana San Juan y la frustración sexual que permea la cinematografía de Luis Buñuel de principio a fin).  

También, contrario a su propio deseo y a lo que la gente cercana a él dice, en este libro se pueden ver influencias marcadas en la obra de Jesús Gardea: García Márquez, Juan Rulfo, Onetti, Horacio Quiroga, Kafka, Faulkner, Dante, Knut Humsun (como en «Aquellos Bamba» y «Las puertas del bosque», que aluden a Pan), Beckett y hasta de Cormac McCarthy, que vivió algunos años en El Paso [Texas], frontera con Ciudad Juárez).

Del segundo libro, Septiembre y los otros días (premio Xavier Villaurrutia), tenemos «Más frío que el viento», que confirma a Gardea como un experto creador de atmósferas, ambientes y topografías. Un hombre está en el hospital —no se sabe por qué— y en un estado de duermevela empieza a hablar con gente que él conoció, y que ya no vive; ¿algún augurio de la muerte, quizá? Todo sucede en la frontera entre el sueño y la vigilia. La forma en que la historia está narrada produce un estupor y desazón que pueden ser aterradores, muy evocativa del cuento «La noche boca arriba», de Cortázar.

Como mencioné antes, Gardea es también un escritor de estados de ánimo; o desánimo. En sus cuentos aparecen algunos personajes borrosos y apáticos, muy beckettianos, que habitan en el absurdo. Samuel Beckett es otra influencia palpable. Incluso, en De alba sombría — su tercer libro de cuentos— hay un cuento, «Bazúa», con un personaje llamado Moloy, como el personaje que da nombre a la primera novela de Beckett. Y la historia del cuento hasta se puede leer como una continuación del Molloy de Beckett, con sus personajes declaradamente absurdos.  

En «Latitudes de Habacuc», también de De alba sombría, Habacuc es un ciclista que se apasiona con una bicicleta que le regala el narrador, lo que le ocasiona conflicto con otros ciclistas que lo empiezan a hostigar. El narrador lo increpa por su pasividad al no defenderse, pero Habacuc no presta mucha atención, porque para él son minucias y cuando habla de ello parece una especie de iluminado. Un día desaparece, dejando esposa e hijos atrás. Cuando el narrador le pregunta a la esposa por Habacuc, ella le responde que se fue a «sus latitudes». Como sabemos, una latitud es la distancia desde un punto de la superficie terrestre al ecuador, contada en grados de meridiano.

Las luces del mundo es la cuarta colección de cuentos de Jesús Gardea. En el cuento que da nombre al libro hay una historia cargada de un erotismo gótico, que se lee casi como si hubiera sido escrita por Cormac McCarthy, con su Blood Meridian y el llamado gótico sureño. Dos mujeres —una prostituta y una restaurantera— tienen encuentros con un hombre misterioso, que habla de vivir donde «los muertos tienen lámparas negras», que «al amanecer suben a beberse las luces del mundo». Desarrollado en un paisaje y un ambiente doméstico, lleno de cotidianidad, pero acechados por lo tenebroso, evocativo también del Cortázar fantástico.    

«Los visitantes», del penúltimo libro Duro de atrapar, es otra historia donde la violencia y la fatalidad están latentes con una inminencia angustiosa. No se explica el contexto de la historia, pero el protagonista es un periodista al que vienen a callar de una forma violenta. También con un desenlace abrupto e insólito, al igual que en «La acequia», donde la historia se acaba con el narrador en una posición de blanco final.

Con «La carpa» llegamos a la colección última: Donde el gimnasta. Otro cuento de hostilidad y violencia latentes, muy al estilo de Vargas Llosa en algunas de sus obras más emblemáticas. El juego de poderes y voluntades, donde vale la ley del más fuerte o el menos escrupuloso. El final se le deja al lector para que haga con él lo que quiera.

Hay dos autores que escribían historias trágicas, llenas de fatalidad y violencia. En ambos la muerte violenta parece ser el único destino. Ellos son Horacio Quiroga y Ambrose Bierce, cuyos cuentos producen una desazón continua. Así son algunas de las historias de Jesús Gardea. Y, al igual que aquellos, Gardea es también un escritor telúrico; de su tierra. Por eso se especializa en describir topografías, parajes y ambientes. Curiosamente, los tres autores tuvieron finales trágicos —cada uno a su manera— casi por elección propia. 

En «Los fumadores», unos hombres fuman hasta la saciedad mientras esperan a una mujer. Al final, su propio humo los ahuyenta, menos a dos: los protagonistas y orquestadores de la reunión. ¿Para qué esperan a la mujer? El autor usa lo banal, o actos banales —cargados de tensión y propiciadores de sucesos impactantes—, como fuerzas motrices  de la trama. Otro cuento donde el lector saca sus propias conclusiones o crea su propia historia.

En todo este proceso al fin llega uno a la conclusión de que en muchos casos Jesús Gardea no nos cuenta una historia. Porque escribe desde las impresiones, desde las sensaciones, desde las percepciones y las emociones. Y usa el lenguaje más como un elemento expresivo que narrativo. Gardea es un escritor arbitrario que escribe como le da la gana, en sus propios términos. Pero nos ofrece una literatura sólida, llena de universalidad, arquetipos y metáforas, que se sostiene en andamiajes de aforismos, lenguaje críptico y simbología incesante.

Jesús Gardea es atmosférico, climático, telúrico y anímico. Y como buen latinoamericano, sus influencias son de carácter universal. Así, su obra contiene una amalgama de influencias eclécticas: Rulfo, Onetti, García Márquez, Dante, Beckett, Kafka, Hamsun, Buñuel, Bergman, Polanski y quizá algunos otros que apenas hoy se me ocurren, como Mozart, Ravel y Caravaggio. Se le recuerda hoy, 2 de julio, en el 87 aniversario de su natalicio. 

Mi padre no era expresivo, pecaba de sequedad, como el desierto, pero ese día me sonrió, como un sol, desde arriba.

(Jesús Gardea: «La pecera»)


Rodolfo Elías, escritor en ciernes nacido en Ciudad Juárez y criado en ambos lados de la frontera, colaboraba con la revista bilingüe digital, hoy extinta, El Diablito, del área de Seattle. Sus textos han sido publicados en la revista SLAM (una de las revistas literarias universitarias más prominentes de Estados Unidos), La Linterna Mágica Ombligo. En la actualidad trabaja en dos novelas, una en inglés y otra en español.


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